Annette - 1
Desde que era princesa, Annette siempre fue una cobarde. Había nacido como la única hija y la menor del rey, así que uno pensaría que no tenía nada a qué temer; sin embargo, incluso en el lujoso y cómodo palacio de Kingsberg, había muchas cosas que la asustaban.
Por ejemplo, Annette les tenía miedo a los gatos. Si entraba a una habitación a oscuras, temía encontrarse con un fantasma, y si hacía algo malo, le aterraba que los dioses le mandaran una maldición. También le temía a los caprichos de su padre y a la furia de su madre, por lo que, cada vez que el rey traía a una nueva amante, ella se portaba más cariñosa y atenta con su madre.
Solo así lograba que su madre no descargara su mal humor con ella. Con tan solo escuchar que alguien alzaba la voz frente a ella, Annette se ponía ansiosa y el corazón le empezaba a latir a mil.
Por eso, si ahora se esforzaba tanto por mantener los ojos abiertos, era simplemente por puro miedo. Sabía que, si apartaba la mirada de esa escena, recibiría un golpe tremendo en la mejilla. Annette le temía al dolor del castigo físico, pero le tenía aún más miedo a la humillación que venía después.
Así que no le quitó la vista de encima a su esposo, que yacía en la cama, ni a la joven empleada que estaba encima de él. Aunque no era la primera vez que veía a un hombre y a una mujer revolcándose desnudos, la escena le seguía pareciendo asquerosa. El dueño de este castillo, Conde Gallard Lott, tenía una edad similar a la del difunto rey, su padre, y desde la noche de bodas había traído a esa empleada al dormitorio nupcial.
—Usted no tiene que hacer nada, señora. Solo siéntese ahí y mire. ¿Entendido?
En aquel entonces, Annette, que estaba fuera de sí por el miedo y la desesperación, no llegó a comprender del todo la petición de su marido. La escena frente a sus ojos le daba tanto miedo y asco que, una y otra vez, terminaba cerrando los ojos o volteando la cara. Por eso, tuvo que aguantar que la empleada le tirara varias bofetadas.
—Le dije que si hacía eso le iban a pegar. ¿Tan difícil es entender algo tan simple?
Conde Lott no le ponía la mano encima a su joven esposa directamente. Desde que se casaron hace tres meses, él nunca, ni una sola vez, la había tocado. Se limitaba a llamarla de vez en cuando a su habitación solo para que viera lo que él hacía.
Aunque Annette no había recibido una formación completa para ser esposa en el palacio, sabía perfectamente que el rol de una señora no era quedarse mirando cómo su esposo tenía intimidad con una sirvienta. Por eso, por más que le daba vueltas, no lograba entender la intención detrás de este acto tan bizarro.
¿Por qué? ¿Por qué me sienta aquí para que los mire? Annette se mordía los labios con ansiedad, hundida en esa duda que no se resolvía desde hacía tres meses.
—Vaya. Otra vez.
Recién cuando escuchó la voz del conde, se dio cuenta de que se había quedado absorta en sus pensamientos y había bajado la mirada por un momento.
—Ah…
Un miedo instintivo le cerró la garganta. La empleada que estaba sentada sobre su marido se levantó al instante. Annette vio esa cosa extraña y repugnante, erguida verticalmente, que asomaba entre las piernas de la mujer. Vio los pechos colgantes y el vello púbico de la empleada mientras bajaba de la cama como si nada. Luego, antes de que tuviera tiempo de reaccionar, ¡ZAS!, sintió que le volteaban la cara de un golpe.
—Señora. Es un problema si no hace caso.
El dolor llegó junto con esa voz burlona. La mejilla izquierda le ardía como si tuviera fuego y sintió que toda la cara se le calentaba. La humillación y la rabia la dejaron sin aliento.
¿Por qué?
Al principio se hacía mucho esa pregunta. Cuando su familia real fue destruida y ella fue tomada como prisionera de guerra; cuando estuvo encerrada medio año en el palacio en ruinas, se lo preguntó mil veces. Incluso cuando la separaron de su familia y la llevaron a un convento desconocido, y cuando dos meses después la trajeron a esta mansión, Annette no dejó de hacerse la misma pregunta.
¿Por qué diablos tuve que caer en este infierno?
Era un sentimiento cercano al rencor o a la rabia. Como no se atrevía a descargar su furia contra los dioses, lo repetía como si fuera una pregunta al aire. ¿Por qué me pusieron en esta situación? ¿Qué hice de malo para que me traten así? ¿Por qué ni siquiera me dan el valor para matarme?
Por más que gritaba hasta quedar ronca, no recibía respuesta. Y de tanto insistir en una pregunta que nadie respondía, Annette terminó agotada.
—Se me pasó… lo siento…
Murmuró una excusa servil y volvió a levantar la vista. Frente a ella, que seguía sentada en la silla, estaba la empleada desnuda. Como no quería ver eso, prefirió dirigir la mirada hacia su marido en la cama. Como no tenía la valentía de mirarlo con odio, abrió bien los ojos para demostrar que, de ahora en adelante, miraría con más atención.
Ay, Annette Roanne. Eres realmente patética.
Se insultaba a sí misma una y otra vez por dentro. Sentía que, si se despreciaba, se convertía en alguien un poco mejor que su propia realidad. Como si la verdadera Annette estuviera encerrada en su corazón y, de manera hipócrita, una Annette falsa hubiera tomado posesión de su cuerpo para vivir en contra de su voluntad. La única persona a la que Annette podía insultar y culpar con total libertad era a ella misma.
—Con la boca.
Ante la orden del conde, la empleada se arrodilló en la cama sin decir palabra. Annette, con los ojos llenos de lágrimas pero bien abiertos, observó cómo esa carne desagradable desaparecía dentro de la boca de la mujer. Quizás hasta debía agradecerle a los dioses por no tener que hacer eso ella misma. Tal vez debía rezar con fervor para poder evitarlo por siempre.
Si alguna vez me obligan a hacer eso, ese día sí me mato de verdad.
Aunque sentía náuseas por el miedo y el asco, Annette no cerró los ojos. Tampoco desvió la mirada cuando el conde, mirándola fijamente, agarró a la empleada por el cabello. Esos ojos turbios, la mano apretando la cabeza de la mujer, el sonido de las arcadas de la empleada que parecía asfixiarse… Annette ya no sabía si lo que estaba viviendo era la realidad o el mismísimo infierno.
—¡Ah…!
Al escuchar el gemido que marcaba el fin de ese calvario, Annette pensó: Esta noche sí, me mato. Que colgaría una soga de la viga y se ahorcaría. Que hoy, por fin, se pondría fuerte y lo haría.
Sin embargo, sabía que hoy también se quedaría temblando sobre la silla. Que se quedaría parada un buen rato y luego bajaría tambaleándose. Que lloraría hasta quedarse dormida mientras se insultaba y se maldecía. Y cuando amaneciera, se sentiría aliviada en el fondo y fingiría que no recordaba su resolución de la noche anterior.
Porque Annette Roanne era una cobarde patética.
—Ya puede retirarse, señora.
Solo después de recibir el permiso de su esposo, Annette pudo levantarse de la silla. Se inclinó con elegancia para despedirse; era lo último que le quedaba de orgullo y dignidad. O tal vez, simplemente era una forma de adulación, esperando que su marido sintiera algo de lástima por esta esposa tan dócil y obediente.
—Me retiro. Que descanse.
Insultándose por dentro, Annette dio media vuelta. A sus espaldas, creyó escuchar que la empleada se reía y decía algo, pero fingió no oír nada. De todos modos, no entendía lo que decían. Annette solo hablaba la lengua común de Roanne, y aquí en Trisen, solo los nobles sabían hablarla.
Al salir de la habitación del conde, el miedo fue bajando poco a poco. No había nadie en el pasillo largo y oscuro. En algún lugar se sentía un aroma tenue a flores.
Es mayo. La época en que florecen las peonías. El mes que tanto le gustaba.
Annette recordó el jardín del palacio de Kingsberg, lleno de peonías rosadas. Extrañaba a su padre, a su madre y a sus tres hermanos mayores. Pero ellos ya no podían hacer nada por ella. Ya nadie protegería a Annette.
Nadie.
Sumergida en esa desesperación ya conocida, Annette no lloró. Sujetando con fuerza el frío candelabro de plata, avanzó paso a paso apoyada en esa pequeña luz. Al llegar a su cuarto, hoy también maldeciría al conde y al emperador. Le rogaría a Dios que les mandara un rayo sobre sus cabezas. Luego sacaría la soga que tenía escondida en el baúl, la colgaría de la viga y rezaría para que, por favor, esta noche sí tuviera el valor de ahorcarse.
Con esa débil determinación, Annette volteó hacia la ventana. Tras el vidrio, una luna pálida flotaba en el cielo negro. Como se veía tan nítida, parecía que mañana el día estaría despejado. La cobarde de Annette, pensando en esas cosas y adivinando cómo estaría el clima mañana, regresó finalmente a su habitación.
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Herpantes, Dios del Juicio.
Te lo suplico con toda mi alma: castiga al asqueroso usurpador. Lanza al fuego del infierno a todos los traidores que rompieron su juramento. Mata a mi esposo Gallard, y mátame también a mí, que paso los días maldiciéndolo. Por favor, dame el valor para hacerlo.
Dios mío, te lo ruego, escucha mi oración.
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A Reingar le gusta junio. Le gustaba el olor del aire que, antes de entrar de lleno al verano, todavía conservaba el frescor de la primavera. Le gustaba el verde cada vez más intenso de los árboles y el cielo nocturno con su luna despejada. Cuando salía a caminar de noche, Erich, tirado en la cama, soltaba un bufido y se burlaba diciendo: «Si vas a andar de miedoso como una nena, mejor deja el rabo aquí»; eso también era parte infaltable de sus junios.
Aunque ya no volvería a escucharlo.
Reingar cabalgaba lentamente con el rostro inexpresivo. A inicios de junio, su tierra natal se veía exactamente como la recordaba: los cipreses apuntando afilados hacia el cielo, los robles y las higueras frondosas, y las flores anaranjadas colgando de granados centenarios.
Más allá de los campos, el castillo del señor feudal se iba acercando.
Lott, ubicado a un día de camino al oeste de la capital, Isen, originalmente era un vizcondado. Se convirtió en condado después de que el gran señor de Trisen conquistara el reino. ¿Estará satisfecho Conde Lott? Perdió a un hijo en la guerra, pero como obtuvo el título de conde, seguro piensa que salió ganando. Después de todo, aún le quedan dos hijos más y varios nietos.
Gallard Lott era un hombre que se había pasado la vida sacando cuentas. Reingar lo sabía perfectamente, y también sabía que el conde no lo culparía por haber regresado solo tras perder a Erich.
Es más, quizás el conde hasta se alegre de que Reingar esté a salvo. Los señores nobles siempre quieren tener al mejor caballero bajo su mando, y era un hecho aceptado por todos, incluido el conde, que su capacidad era muy superior a la de Erich.
—Tú serás el mejor caballero de Lott. Serás el vasallo en quien más confíe.
En el momento en que recordó eso, la cara pálida de Erich se le vino a la mente. Parecía que su difunto hermano de leche lo miraba con una sonrisa amarga. Tienes razón. Tú estás muerto y yo aquí sentado, sacando estas cuentas de porquería. Soy un malagradecido de mierda. Reingar se burló de sí mismo mientras apretaba las riendas del caballo.
Fue entonces cuando vio a la mujer.
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