A mi primer amor, con pesar - 99
—Vaya, ¿y eso que te sientes mal del estómago?
No sonaba como alguien preocupado por la salud de Eve. Entre ese tonito de quien lanza la piedra para ver dónde cae y esa mirada de cazador que tiene a su presa contra la pared, se le notaba un placer bien raro.
Era obvio: Ethan estaba sentado esperando el momento de confirmar que cualquier cambio en ella era un síntoma de embarazo. Eve no podía dejar que se asegurara de que eran náuseas matutinas. Con su usual aire de suficiencia, lo miró de reojo y soltó:
—Se me pasó la mano con el trago estos días.
Pero a Ethan no se le engaña así nomás. Mientras todos los demás comían, él se quedó quieto, analizándola como si fuera un bicho raro.
—¿O sea que te fuiste de avance con el alcohol y como no sabías por qué te dolía la panza fuiste al médico? Qué gracioso. Es tan absurdo como si una mujer con la barriga como una sandía fuera al doctor porque no sabe que está embarazada.
Justo tenía que usar esa comparación. Eve trató de no inmutarse y soltó una carcajada, como si hubiera escuchado el chiste más ocurrente del mundo.
—Pero qué cosa… Se me pasó la mano, pues. ¿Qué problemas tendrá nuestra ‘Princesa de Corazón de Hielo’ para andar ahogando las penas en alcohol?
—¿Podrías dejar que me olvide de mis problemas de plata aunque sea mientras como?
Parece que el cuento de la crisis financiera de Kentrell funcionó como una excusa creíble. Ethan dejó de fregar y por fin agarró el cubierto.
Después de eso, Eve siguió comiendo como si nada, pero por dentro sentía que el estómago le daba vueltas como un barco en plena tormenta. Si se le ocurría tener una arcada o salir corriendo, sería como confesarle su embarazo a ese ‘fiscal’ que tenía al frente.
Eve se obligó a terminar el plato, tomando de a pocos un jugo tan ácido que le dormía la lengua, solo para calmar las ganas de vomitar. Más que un almuerzo, parecía una pelea por su vida.
Pensó que, al terminar esa tortura, podría librarse de esa mirada que la escaneaba entera. Pero se equivocó medio a medio.
No pasó mucho tiempo desde que se tiró a la cama a descansar cuando se despertó de un salto. Sintió una mano tosca apretándole el pecho. Al abrir los ojos, lo primero que vio fue esa mirada azul grisácea que no la soltaba. Ethan se había metido al cuarto —burlándose de la cerradura— y estaba encima de ella como si fuera su dueño.
—Te han crecido las tetas. Qué raro que una mujer que casi no come y se está quedando en los huesos suba de peso justo aquí, ¿no te parece?
El tipo la manoseaba como si estuviera chequeando que ya estaba lista para dar de lactar, se le notaba la excitación. Pero no era el deseo normal de un hombre por una mujer; era más bien el placer de un lobo que está a punto de comerse a una oveja.
—¿Qué tal si esta noche nos damos un gusto aquí mismo, al ladito de tu marido mientras duerme?
Eve sabía que ese deseo tan directo era solo un anzuelo. Debajo había una trampa bien armada esperando que ella cayera solita.
Si rechazaba tener relaciones, como siempre lo hacían, Ethan lo tomaría como la prueba final del embarazo. Eve se hizo la que todavía estaba medio dormida para ganar tiempo y le soltó una parada en seco:
—Si tantas ganas tienes que necesitas despertar a alguien que está durmiendo, ándate a un burdel.
Sería una estupidez aceptar a esa bestia solo para ocultar que está encinta y poner en riesgo al bebé que recién se está formando. Eve prefirió que él sospechara.
—Bueno, qué se va a hacer. Descansa.
Ethan se retiró sin insistir más, casi como si hubiera estado esperando que le dijera que no.
Y no era una paranoia de ella. Justo antes de sacar la mano de su pecho, bajó lentamente y le acarició el vientre. Fue una caricia tan suave que le puso los pelos de punta. Eve ya no podía tapar el sol con un dedo:
Ethan ya se dio cuenta de que está embarazada.
Se quedó helada al sentir el rastro del calor del padre biológico sobre su hijo.
No hay tiempo.
Apenas él salió del cuarto, Eve agarró el teléfono. Poco después, se encontró a escondidas con Owen en la biblioteca. Él llegó con la cara iluminada, como si hubiera estado contando los segundos para que lo llamara.
—Mi reina… ¿quería decirme algo?
La miraba de rodillas, como un fanático esperando un milagro. A Eve le dio un asco tremendo ver la esperanza que brillaba en sus ojos. Tragándose las náuseas, le soltó las palabras que él tanto quería escuchar:
—Estoy embarazada.
En ese momento, Owen se quedó tieso como una estatua. No lo podía creer. Sus ojos se llenaron de lágrimas al toque y, avergonzado de llorar como un niño, se quitó los lentes rápido para secarse mientras balbuceaba:
—Mi señora… ¡snif!… que le dé este milagro a este humilde servidor… no sé qué decir… Gracias, mil gracias. Le juro por mi vida que seré el mejor esposo y el mejor padre del mundo.
Eve lo miraba desde arriba, sin sentir nada, le lanzó una pregunta que lo dejó frío:
—¿De verdad quieres ser padre?
El hombre, que estaba temblando de la emoción por la idea de tener un hijo, se quedó congelado y levantó la mirada hacia Eve. Sus ojos bailaban de confusión.
Se supone que él ya era el padre desde el momento en que ella concibió, así que no entendía a qué venía eso de ‘¿quieres serlo?’. Pero algo en el tono de ella le hizo sospechar que había gato encerrado. Owen Callas podía ser un mediocre, pero para entender indirectas era como un perro fiel.
—Owen, ¿tú crees que de verdad vas a poder ser padre?
—Por supuesto que s…
—¿Tú crees que Chantal va a dejar que ese niño nazca?
A Owen se le fue el color de la cara al toque. Sabía perfectamente que Chantal, cegada por los celos, sería capaz de cualquier cosa. Pero fiel a su instinto de parásito que vive de los demás, trató de tirarle la pelota a Eve.
—No hay por qué preocuparse de Chantal. Usted, mi reina, ya tiene a esa payasa insignificante comiendo de su mano, ¿no es así?
—¿O sea que en vez de protegerme, piensas esconderte detrás de mis faldas? Como padre, ya estás jalado.
—¡No, no! No es eso… me equivoqué. Le juro que, aunque me cueste la vida, las protegeré a usted y a la criatura.
Owen se puso pálido y se aferró a ella desesperadamente. Qué curioso que la cobardía de un parásito se quiebre justo cuando siente que su ‘huésped’ lo va a botar. Pero mejor para Eve; él solito le estaba entregando el punto débil donde ella iba a clavar el cuchillo.
—No quiero pasarme todo el embarazo escondida y sufriendo como una criminal.
dijo Eve, llevándose las manos al vientre como protegiendo al bebé.
—Si este niño nace débil por culpa de mi ansiedad, será pecado tuyo por no haber sabido cuidarnos.
—E-eso no va a pasar. Yo haré lo que sea…
—¿Lo que sea?
—Sí, lo que sea.
Eve estaba esperando exactamente esas palabras. Sus ojos brillaron con una luz peligrosa, como el destello de un arma lista para disparar, soltó la orden:
—Mata a Chantal.
En ese instante, pareció que el que se había muerto era el propio Owen Callas. Se quedó tieso y blanco como un papel; parecía un cadáver parado.
—… ¿Qué? Pe-pero eso es…
Balbuceaba palabras sin sentido. Mientras Owen se debatía entre la espada y la pared, sin saber si obedecer o salir corriendo, la ‘reina’ activó el temporizador de la bomba de tiempo con total frialdad:
—Tienes hasta antes de que regreses al Norte.
Solo le quedaban tres días.
—Si Chantal no muere en ese tiempo, tu hijo morirá.
Apenas escuchó la sentencia de que ella abortaría, Owen empezó a temblar como una hoja y a respirar con dificultad. Parecía que estaba viendo en vivo cómo le quitaban a su hijo. Su cara se deformó en una mueca de terror puro.
Quién diría que ese tipo tan debilucho podría poner una cara tan espantosa.
Tal como Eve lo planeó, el hecho de que Chantal hubiera hecho que Owen perdiera un hijo antes fue la estocada final para destruir lo poco que quedaba entre ellos.
¿Estará arrepentido de haberme contado su secreto?, pensó ella. Él mismo me dio el arma para destruirlo.
Ah, ese sentimiento… lo conozco bien. Yo pasé por lo mismo.
Hace diez años, cuando Ethan la dejó y ella no veía salida, Owen y Chantal se acercaron fingiendo ser sus salvadores. Se ganaron su confianza para que les contara sus secretos y luego se los clavaron como estacas en el cuerpo. Así que esto no era crueldad; era pura y simple justicia.
—Un cobarde que no puede ni sacarse de encima a una garrapata no merece ser el padre de mi hijo.
La elección era obvia: ¿el hijo que tanto quería o la mujer por la que ya no sentía nada? Para Owen, abandonar a Chantal ya estaba decidido. El problema era el ‘cómo’.
—¿T-tiene que ser matarla? ¿No es más fácil y seguro encerrarla en un manicomio para siempre?
El tipo seguía resistiéndose, tratando de evitar el asesinato a toda costa. No porque quisiera salvar a Chantal, sino porque se moría de miedo de matar a alguien.
Bueno, si tiene miedo, Eve le iba a dar un terror mucho más grande para que se olvide del primero. Clavó el puñal en la parte más miserable del orgullo de Owen:
—Prefiero tener otro hijo de Ethan Fairchild antes que seguir con esto.
—¡No! ¡Eso sí que no! Mi reina, por favor, lo que sea menos eso…
—Ethan, si yo se lo pedía, era capaz hasta de matar.
Eve retorció la verdad a su antojo. Hizo que el asesinato de Harry a manos de Ethan no pareciera un accidente o un arrebato, sino un acto de obediencia ciega hacia ella. Le hizo creer que Ethan Fairchild era el esclavo perfecto, alguien que no dudó en mancharse las manos de sangre por ella. Todo lo contrario a él.
Esa mentira descarada fue el hechizo final para que un hombre carcomido por los celos y la inferioridad terminara de transformarse en un asesino.
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