A mi primer amor, con pesar - 98
—Mande a Ethan Fairchild a la cárcel.
En ese instante, se hizo un silencio absoluto al otro lado de la línea, como si el tiempo se hubiera detenido. Después de un largo rato, un quejido lleno de angustia se filtró por el auricular.
—Meter a ese tipo tras las rejas es el sueño de mi vida, pero…
No pudo terminar la frase y soltó una risa sin fuerzas. Se notaba la impotencia de un cazador parado frente a un monstruo que se había vuelto peligrosamente gigante.
—Para eso, más rápido le sale pedírselo a Dios que a un detective.
—No tire la toalla antes de empezar. Esta vez, yo tengo las pruebas de sus delitos.
Recién ahí, la voz de Shepherd cobró un brillo de entusiasmo, sutil pero innegable.
—¿De qué delito estamos hablando?
—Contrabando.
—Hum, eso ya se sabe…
—Ethan Fairchild está usando al Ejército Nacional como si fuera su propia red de contrabando.
—… ¿Me está diciendo que usa a la milicia para sus chanchullos?
Así era. Ethan Fairchild utilizaba la red de transporte militar, las arterias del país, como su ruta privada de contrabando.
¿Por qué Ethan Fairchild se habría hecho militar? Eve siempre se lo había preguntado. Un tipo como él, que se zurraba en la ley y salía bien parado, no habría tenido problemas para evadir una simple orden de reclutamiento. ¿Acaso un criminal como él tenía algo de patriotismo?
Pero la respuesta era, obviamente, digna de un delincuente. No se había ido a servir a la patria; se había ido a aprovecharse de ella. Convertirse en el comandante de la unidad de transporte debió ser una decisión calculada. Así podría usar los aviones militares a su antojo para sus tráficos.
—No sé exactamente qué cosas mueve, pero estoy segura de que saca a gente del país enemigo hacia un tercero y cobra una millonada por lo bajo. Y lo hace en medio de operativos militares, usando aviones de la fuerza aérea.
—Sacar a gente del bando contrario en plena guerra…
Se escuchó cómo Shepherd pasaba saliva al otro lado del teléfono.
—Si esa gente tiene nexos con la cúpula militar o el gobierno enemigo, la cosa cambia. Ahí ya no es un simple contrabandista, sino un traidor a la patria.
La voz de Shepherd temblaba ligeramente por una emoción incontenible.
—Ese es el peor delito que existe, la ley militar lo castiga con una mano de hierro. Encima, estamos en guerra, ¿no?
—Exacto. ¿Todavía cree que hay que pedírselo a Dios?
Shepherd soltó una carcajada. La impotencia de hace un rato se había esfumado por completo.
—Aunque ese infeliz haya aceitado a medio mundo en la fiscalía militar y en las cortes, no va a poder tapar esto así nomás. Ya lo verá. Ese tipo se va a pudrir en la cárcel.
‘Que así sea’
Para que no nos vuelva a encontrar nunca más. O mejor, para que ni siquiera sepa que desaparecimos. Solo así seremos realmente libres.
Eve se quedó en silencio, sumida en ese deseo cruel, hasta que Shepherd, que ya había perdido la calma de nuevo, no aguantó más y preguntó:
—¿Y qué clase de pruebas tiene?
Por ejemplo, notas que los de la banda habían tirado en el basurero del salón de juegos de la mansión. Eve hasta había frotado un lápiz sobre el bloque de notas para revelar los surcos de lo que habían escrito.
Y la prueba reina: la pintura <Baile de Máscaras>, que Ethan recibió como pago por sacar a un ciudadano de Constanza hacia Lavinia. Pero las pruebas que Eve había recolectado no se quedaban ahí.
—Tengo la lista de los cómplices que ayudaron a violar la ley militar.
Desde los matones de Ethan que entraban y salían de la mansión con uniforme, hasta los colaboradores fuera de su banda. Por ejemplo, un tal Coronel Wallace del Ejército, que dirige un hospital militar, o el Mayor Thomas Holbrook de la Marina, que de seguro estuvo metido en el traslado de mercancía o personas por mar.
Mientras Eve recordaba cada evidencia, sus ojos brillaban con una frialdad implacable. El hombre que solo veía en esos ojos aburrimiento o desprecio, jamás se habría imaginado que detrás se escondía una razón así de afilada.
Al final, imitar al estafador que le arrebató todo le sirvió de mucho. Se hizo pasar por una mujer débil y asustada, el tipo, creyéndola inofensiva, terminó revelando sus puntos débiles por su cuenta.
Gracias a eso juntó pruebas rápido, pero ya no podía seguir sola. Si se arriesgaba más, podían seguirle el rastro. Si tan solo pudiera pinchar las llamadas de su dormitorio y del salón de juegos, tendría pruebas irrefutables; pero en esa mansión había empleadas que sabían tender camas, pero no técnicos que supieran intervenir una línea telefónica. Por eso necesitaba a Shepherd.
—Su trabajo es conseguir la prueba definitiva para ponerle las esposas. De arrastrar a Ethan Fairchild a la cárcel, me encargo yo misma.
Se escuchó una inspiración profunda desde el otro lado. Sonaba como una brasa que volvía a encenderse.
—Déjelo en mis manos. Aunque me cueste la vida, voy a meter a ese desgraciado al hueco.
Ahora, la voz de Shepherd ya no tenía la debilidad de un perdedor; goteaba la sed de sangre de una fiera hambrienta. Eve esbozó una sonrisa gélida y colgó el auricular.
Fue la mejor elección. No existe aliado más perfecto para cuidar la espalda que alguien que comparte el mismo odio.
La llamada terminó, pero no pude ir directo al cuarto como le había prometido a Tony. Me sentía como si me hubiera metido al fango y acabara de salir. Tuve que lavarme hasta el último rastro invisible de esa intriga asquerosa antes de animarme a tocar la puerta del niño.
—¿Eve? ¡Pasa!
Había dudado un segundo pensando que quizás ya se había dormido, pero su grito animado me quitó la duda. Tony me estaba esperando con los ojos bien abiertos, llenos de vida, sin rastro de sueño.
Pronto, bajo la luz amarillenta de la lámpara, nuestras cabezas se juntaron con cariño. Mis manos con el pincel y sus manitos con las piezas iban y venían sin parar.
Pintar, secar, encajar. Se nos pasó la hora de dormir hace rato, pero aunque lo veía frotándose los ojos de sueño, no tuve corazón para mandarlo a la cama. Ni las reglas estrictas de sueño que siempre le impongo, ni la oscura realidad que nos esperaba afuera de la ventana, iban a arruinar nuestro momento.
—¡Ya está! ¡Lo terminamos!
Tony levantó el avioncito a escala como si fuera un trofeo. De pronto, sentí un nudo en la garganta, esa emoción que solo siente alguien que de verdad ha ganado una batalla.
No era un simple juguete. Era ‘nuestro avión’, lo primero que Eve y Tony construían juntos.
El niño hizo girar la hélice, miró de reojo la oscuridad afuera de la ventana y me jaló la manga con cuidado.
—Eve… ¿no podemos volarlo ahorita?
En otro momento, obsesionada como estoy con criarlo bien, le habría dicho que no.
—¿Y por qué no?
Pero esa noche, tomé a Tony de la mano y salimos al jardín bañado por la luz de la luna.
Yo también me moría por verlo. Necesitaba ver ese instante en que algo se desprende de la gravedad de la realidad y vuela libre.
Llegamos a una parte despejada del jardín, desde donde se veía el mar negro iluminado por el faro. Tony, que llevaba el avión como si fuera un tesoro, me lo extendió de pronto.
—¿Quieres volarlo tú, Eve?
—¿…Yo? Pero si yo no sé cómo se hace…
No quería malograr algo que nos había costado tanto trabajo por lanzarlo mal.
—No pasa nada. Yo te enseño.
Recibí el avioncito con cuidado y Tony, poniéndose de puntitas, me explicó con toda la seriedad del mundo cómo hacerlo.
—Gira la hélice para este lado. Sigue hasta que la liga esté bien estirada y ya no puedas más.
Hice caso a mi pequeño profesor. Conforme giraba, sentía la tensión en la punta de mis dedos. Parecía el latido del corazón del avión, desesperado por salir disparado. Mi propio corazón empezó a latir al mismo ritmo.
—¡Ahora! Levántalo bien alto y suéltalo al cielo.
Me dio miedo que, al soltarlo, se fuera directo al suelo. Con ese temor, lancé el avión hacia el mar.
—¡Guao! ¡Vuela! ¿Viste? ¡Es fácil!
El avión no se cayó. Como un pájaro que recupera su libertad, extendió sus alas plateadas y se perdió en el cielo nocturno sin miedo a nada.
Sentí una envidia profunda por ese pajarito de juguete que se burlaba de la gravedad. Me quedé mirando cómo se alejaba hasta parecer una estrella más, susurré mi deseo más profundo:
—Yo también… yo también quiero volar así.
‘Tranquila’
Traté de calmar al pajarito que pedía libertad dentro de mi pecho.
Pronto vamos a volar. En un avión de verdad, cruzando el mar hacia el fin del mundo.
A un lugar donde no existan las cadenas de Ethan Fairchild ni la cárcel de Kentrell. A una tierra extraña donde nadie nos pueda encontrar.
Con una mano abracé el hombro de mi hijo y con la otra me acaricié el vientre, haciéndoles una promesa silenciosa.
‘Hijos míos, vámonos’.
A buscar la libertad.
Y a encontrarnos a nosotros mismos, por fin completos.
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Cerca del final del otoño, cuando el invierno ya empezaba a colarse, Owen consiguió unos días libres y regresó a White Cliff Hall. Que Ethan hubiera aparecido un día antes que él no era coincidencia; de seguro era para marcar territorio y evitar que otro macho le sembrara su semilla a Eve.
Sin saber que, ahora, él también había perdido la capacidad de sembrar la suya.
Bajo una tensión insoportable que solo Eve lograba descifrar por completo, comenzó la cena de las cinco personas.
El mayordomo caminaba alrededor de la mesa sirviendo vino tinto en las copas de los adultos, pero pasó de largo la copa de Eve, la dueña de casa, a quien debió servir primero.
Al ver la copa vacía, la comisura de los labios de Owen se elevó apenas un milímetro, pero ocultó su sonrisa de inmediato y volvió a ponerse serio. Había captado la razón.
—Oye, Redgrave. Te saltaste la copa de Lady Evelyn.
Ethan, ya sea por falta de tino o porque era un tipo rápido pero despreciable, le hizo un gesto con la barbilla al mayordomo para que le llenara la copa. Eve, sin bajar la guardia detrás de su máscara de indiferencia, respondió como si nada:
—He estado mal del estómago últimamente. El doctor me dijo que no tomara nada de alcohol por un tiempo.
Todavía no quería que ese hombre se enterara. Todavía no.
Sin embargo, su propio cuerpo, ahora más sensible, traicionó su voluntad de hierro. En el momento en que pusieron sobre su plato ese guiso de carne que tanto solía gustarle…
—Ugh…
Una náusea se le escapó antes de que pudiera evitarlo. Se tapó la boca volando, en ese mismo instante, la mano que sacudía la copa de vino con arrogancia al otro lado de la mesa se detuvo en seco.
Eve hizo un esfuerzo sobrehumano para tragarse el asco y levantó la cabeza tratando de fingir calma, solo para encontrarse de frente con la mirada obsesiva de Ethan Fairchild, que la observaba como si estuviera diseccionándola.
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