A mi primer amor, con pesar - 97
‘¡Dios mío, Dios mío! He sembrado mi semilla nada menos que en el vientre de la Reina’.
Owen no recordaba haber sentido un éxtasis tan grande, pero el simple hecho de ver la ‘prueba’ lo hizo estremecer de emoción. Se levantó tambaleándose. Estaba a punto de hundir la cara otra vez en esas manchas secas de fluidos para grabar en lo más profundo de su mente el momento en que se hizo uno con ella, cuando una voz lo detuvo.
—¿Ya despertaste?
Owen levantó la cabeza de golpe ante esa voz gélida. La Reina estaba de pie frente a la ventana, bañada por la luz del sol matinal. Ya estaba vestida impecablemente y bebía de su taza de café apoyada en el marco de la ventana. Incluso ese aspecto cansado parecía, a los ojos de Owen, el rastro de la feroz noche de pasión que supuestamente habían tenido.
Al encontrarse con la mirada fría de Lady Evelyn, los recuerdos de la noche anterior, que habían estado enterrados por el efecto de la droga, empezaron a flotar hacia la superficie.
La cama crujiendo violentamente, su cuerpo sacudiéndose al mismo ritmo… y esa presión. La presión de una mano apretando su garganta hasta dejarlo casi sin aire.
En cuanto recordó la escena que vio fugazmente entre el dolor y el placer, Owen se quedó petrificado. El rostro de Lady Evelyn, vestida solo con ese camisón rosa pálido, encendido por el deseo.
Dios mío, la Reina realmente se montó sobre mí.
Sin detener el movimiento de su cadera ni un solo segundo, apretó su cuello con todas sus fuerzas para obtener el placer máximo de este cuerpo.
—Ah…
Owen intentó soltar un suspiro de emoción, pero terminó sujetándose el cuello adolorido. Hasta ese dolor le sabía a gloria. Estaba desesperado por ponerse frente a un espejo; seguramente la marca de propiedad que la Reina grabó con sus nobles manos estaría allí, bien nítida.
Quién diría que ocultaba gustos tan sádicos.
Evelyn Sherwood era, sin duda, la Reina perfecta. Solo esperaba haber sido un esclavo perfecto para ella.
Desbordado de gratitud, Owen se arrastró por el suelo hasta postrarse a los pies de la Reina.
—¿Quedó… satisfecha?
Preguntó con voz rasposa mientras aclaraba su garganta. Lady Evelyn asintió con indiferencia, manteniendo la vista fija en la ventana.
—Gracias. Por favor, búsqueme de nuevo. Para su satisfacción, yo haría cualquier…
—Si de verdad quieres mi satisfacción, limítate a rezar para que mi vientre crezca antes de que termine el año.
—Así será, sin duda alguna.
Eve esbozó una sonrisa retorcida mientras miraba la coronilla de aquel tipo que volvía a agachar la cabeza, jurando devoción eterna para ella y para el supuesto hijo.
Cayó redondito.
Pero el teatro de engaños de Evelyn Sherwood recién acababa de levantar el telón.
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Eve abandonó el Norte apenas amaneció, pero cuando volvió a pisar su tierra natal en el extremo sur, el sol ya se había ocultado. Había comprimido en apenas dos días un viaje agotador que cruzaba el país dos veces. El cansancio físico la aplastaba, pero el desgaste de su alma era mucho peor.
Sin embargo, el largo viaje de Eve aún no terminaba.
Fue justo cuando entró a White Cliff Hall arrastrando su cuerpo fatigado.
—¡Eve!
Tony bajó las escaleras casi rodando y se lanzó a sus brazos. Eve se quedó desconcertada, pero sintió un calor repentino en el pecho.
Pensé que la única persona a la que recibías con tanto entusiasmo era a Ethan Fairchild. ¿Acaso también me extrañaste a mí?
Sintió que el agotamiento de esos dos días de tortura física y mental se derretía solo con el calor del niño. Justo cuando una sonrisa radiante estaba por asomar en el rostro de Eve, el pequeño preguntó con los ojos brillando:
—¿Ethan también estaba en el campo de batalla?
La sonrisa de Eve se retiró como la marea.
Claro, era de esperarse. Lo que esperabas no era a mí, sino noticias de ese hombre.
Tragó amargura y respondió con la verdad.
—Sí.
Mentir no tenía sentido; él mismo se encargaría de pregonarlo.
—Tsk, debí haber ido yo también…
Ver al niño desanimarse tan rápido le revolvió el estómago.
‘Pequeño, ese hombre vino para matarte’.
Era una confesión que no podía hacer para proteger la inocencia del niño, pero que le carcomía las entrañas. En su lugar, Eve acarició el suave cabello rubio de Tony y soltó unas palabras que eran un consuelo para el niño, pero una advertencia aterradora para ella misma.
—Ethan volverá pronto.
Porque aún no ha cumplido su objetivo de usurpar Kentrell a través de mi vientre. Tony, tú creerás que ese invasor regresó a esta mansión por ti y correrás a abrazarlo como un cachorro ingenuo.
Solo de imaginar esa escena, sentía que las entrañas se le carbonizaban. Para intentar borrar a ese hombre no solo de la mente del niño, sino también de la suya, Eve le tendió a Tony la caja que había comprado en la estación de tren.
—Es un regalo.
—¡Guao! ¡Es un Stormbreaker!
Las nubes negras en los ojos de Tony se disiparon al instante y sus pupilas empezaron a brillar como el sol. Eve seguía sin entender nada de modelos de aviones, pero su simple intuición de que no había ninguno con ese nombre en la colección del niño había dado en el clavo. Tony abrazó la caja con fuerza y tiró de la manga de Eve, suplicando:
—¡Vamos a armarlo juntos ahora mismo!
Ante la duda de Eve, Tony malinterpretó su vacilación.
—¡Es súper fácil! ¡Yo te enseño!
—Ah… lo siento, cariño. Es que tengo que hacer una llamada urgente ahora mismo.
—¿Va a demorar mucho?
—¿Quién sabe? Lo sabré cuando logre comunicar.
—No importa. ¡La noche es larga! Esperaré en mi cuarto leyendo el manual.
Eve asintió, aunque no podía garantizar cuánto tardaría. No solo era por no querer decepcionar al niño, sino porque ella tampoco quería desperdiciar un momento tan íntimo con su hijo.
—No empieces sin mí, tienes que esperar.
—¡Obvio! ¡Pero tienes que venir apenas cuelgues!
—Está bien.
Dejó atrás al niño entusiasmado y se dirigió al despacho. A sus espaldas, ya se oía el sonido de la caja siendo abierta.
El niño esperaba armar un juguete, pero lo que Eve se disponía a armar esa noche era la ruina de Ethan Fairchild. Tras cerrar la puerta con firmeza, levantó el auricular para la llamada que tenía programada.
- Habla Frank Shepherd.
Tan pronto como la voz de la operadora de larga distancia desapareció, la voz ronca de un hombre de mediana edad fluyó por el auricular. Fue una respuesta inmediata, como si el tipo hubiera estado esperando ese momento con la mano puesta sobre el teléfono.
Eve reguló su respiración con calma. Era hora de confirmar que ella era la persona que él esperaba.
—Habla la Gran Dama de Kentrell.
Elevó el tono de su voz y arrastró excesivamente las palabras, imitando el estilo afectado y pretencioso de Chantal. Lo hacía para evitar que su verdadera identidad fuera expuesta, por si acaso.
- Es la primera vez que tengo el honor de hablar con usted, milady. Le agradezco que me haya contactado, pero ¿en qué puedo servirle?
Al otro lado de la línea, era evidente que el hombre se preguntaba por qué la Gran Dama de Kentrell —con quien no tenía contacto alguno— lo buscaba, pero no sospechó ni por un segundo que no fuera ella.
Después de todo, habían pasado más de diez años desde que Eve y ese hombre tuvieron un enfrentamiento verbal feroz. Y aquel encuentro fue el único, cara a cara.
Fue el día que arrestaron a Ethan, en la comisaría de Cliffhaven.
En aquel entonces, Frank Shepherd era el jefe de investigación de la comisaría de Cliffhaven. Aunque ahora no era más que un detective privado de mala muerte.
Él fue quien dirigió la investigación del asesinato del barón Langdon y quien señaló a Ethan como el culpable. Sin embargo, unos años después, el destino dio un giro cruel: se descubrió que Shepherd estaba implicado en un delito. Lo acusaron de robar y traficar droga que había sido confiscada como evidencia. Así, no solo perdió el uniforme con deshonor, sino que terminó encadenado como aquellos a los que solía arrestar.
Hasta el día de hoy, Shepherd clamaba su inocencia. Decía que le habían tendido una trampa y que todo era una venganza atroz de Ethan Fairchild, quien se había convertido en el rey del hampa.
El mundo se burlaba de él llamándolo criminal desvergonzado, pero Eve era la única que creía en su versión. En los libros de sobornos de su padre, el nombre de ‘Frank Shepherd’ no aparecía por ninguna parte.
Él no era un policía corrupto que incriminó a un chico inocente por dinero; era un investigador real que persiguió al verdadero culpable con instinto animal. Solo que el culpable, tras escapar del cerco, terminó mordiéndole el cuello a él.
Pero una verdad en la que nadie cree no es más que un eco vacío. Tras quitarse el uniforme y vestir el traje de preso, Shepherd huyó de su ciudad natal apenas salió de la cárcel. Ahora, se hundía en el alcoholismo en una oficina de investigación donde apenas entraban las moscas.
Para Eve, que buscaba aliados antes de la guerra contra el ‘rey del hampa’, toparse con Frank Shepherd fue inevitable. ‘El enemigo de mi enemigo es mi amigo’, ¿no es así?
—Pagaré la recompensa que sea necesaria. Solo quiero una cosa.
Y así, Eve hizo su encargo formal al detective Shepherd.
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