A mi primer amor, con pesar - 96
Eve forzó la respuesta a través de sus dientes apretados.
—Sí.
—Ja, ¿cómo es que tu cuerpo siempre está en ‘días seguros’? ¿Acaso tienes un candado en el vientre?
Si no se tratara de ella misma, Eve se habría burlado junto con él. ¿Días seguros todos los días? Era una estupidez sin sentido. Sin embargo, planeaba enseñarle más adelante, con mucha amabilidad, cómo esa sofisma que desafiaba el sentido común cobraba sentido. El día en que se demostrara que todo lo que él derramó noche tras noche no fue en vano.
—Uggh…
En el momento en que él llegó al clímax, la restricción alcanzó su punto máximo. Ethan la apresó con ambos brazos, como una serpiente que envuelve a su presa para asfixiarla, mientras descargaba su semen dentro del vientre de Eve.
—Haa, haa…
Aunque la explosión de placer ya debería haber terminado, él no la soltaba y seguía sacudiendo su cadera. Ese movimiento persistente, como si intentara exprimir hasta la última gota dentro de ella, le resultó indeciblemente asqueroso. En cualquier otra circunstancia, ella habría soportado con los dientes apretados la presencia de Ethan Fairchild latiendo en su interior, solo para ganar tiempo y dejar que su útero se empapara bien con su semilla.
—Si ya terminaste tu asunto, lárgate.
Pero hoy, tan pronto como se cumplió el propósito de este acto, lo empujó sin la menor vacilación. Para su sorpresa, Ethan también se retiró a la oscuridad sin ninguna nostalgia.
—Gracias por lo de esta noche también, señora Kallas. Que tenga una buena noche con su esposo.
Como era de esperarse, se comportó como un macho cuyo único objetivo era la concepción y no Eve.
Bang.
La puerta, que había estado abierta un momento, se cerró. El sonido de sus botas militares se alejó hasta desaparecer, el silencio se apoderó del lugar. Un silencio tan violento que casi podía escuchar su propia respiración agitada. Incluso le pareció oír el sonido del semen de Ethan Fairchild goteando entre sus piernas y empapando las sábanas.
Eve huyó hacia el baño y echó el cerrojo, aunque sus piernas temblaban tanto que tropezó varias veces en el camino.
—Haa… hup…
Solo entonces, al soltar el aire que había estado conteniendo, un sollozo intentó escapar de su garganta. Se tapó la boca como alguien que intenta no vomitar y entró tambaleándose en la ducha.
Shuaaaaa.
Se quedó de pie, inmóvil, bajo el agua caliente que caía como una lluvia torrencial. El camisón de seda que no llegó a quitarse se empapó y se pegó a su piel, volviéndose cada vez más pesado, igual que su estado de ánimo. Aunque el calor abrasador recorría todo su cuerpo, su pecho seguía congelado. El olor crudo que Ethan Fairchild había dejado en cada rincón de su piel para marcar su territorio, el frío de sus últimas palabras al marcharse, no parecían querer irse con el agua.
—Gracias por lo de esta noche también, señora Kallas.
Hasta antes de escuchar esa despedida tan seca, Eve había estado sumergida en una terrible ilusión.
—¿Acaso ese esposo que metiste en la cárcel está tan avergonzado que no ha venido a verte ni una vez?
Ella admitía que hoy, cuando Ethan derramó su resentimiento sobre ella, sintió que la sangre le hervía de indignación, pero al mismo tiempo, un rincón de su corazón dolió con intensidad. Porque sintió que ese odio tan afilado no era más que el reflejo de un amor retorcido.
Estar todavía furioso porque ella no fue a verlo era una confesión de cuánto había esperado que Eve fuera. Nadie confiesa con tanta viveza un amor que ya está muerto.
¿Habrá sido por culpa de esa vana ilusión que estaba tan ciega? Esta noche, se esforzó por encajar el comportamiento rudo de él como una prueba de amor tosco. Incluso las caricias con las que él devoraba su cuerpo con avidez, alejándose de la inserción mecánica que solo buscaba la concepción. Y hasta esos celos ciegos que él estallaba como de costumbre.
‘Eve, no solo deseo lo que posees, sigo deseándote a ti como mujer’.
Durante toda la noche, parecía que él le susurraba eso con cada parte de su cuerpo. Pero la verdad era que Eve simplemente quería creer eso. ¿Acaso Ethan Fairchild no disfrutó meticulosamente de ese juego sádico de deshonrar a la mujer de otro para luego marcharse sin mirar atrás? Fue tal como él lo anunció desde que entró en la habitación. En realidad, él lo repitió varias veces mientras mezclaban sus cuerpos, pero Eve simplemente no quiso escucharlo.
Señora Kallas.
Ese era el punto final: ‘Ya no eres mi amor’. Esa sentencia clavada en su corazón era tan fría que Eve temblaba bajo el chorro de agua hirviendo, como si hubiera sido abandonada en un acantilado en una noche gélida.
Esa ostentación ruidosa al marcar territorio frente a un rival no era deseo de posesión hacia Eve. Era solo el berrinche arrogante de un macho que se negaba a quedar como el perdedor.
Entonces, ¿qué significaban esas manos que exploraban el cuerpo de Eve sin ningún rechazo? Lejos de ser una prueba de amor, la respuesta era la ausencia de este. Al no quedar ya ningún sentimiento, él pudo degradar a Eve a una simple herramienta, por eso pudo arrebatarle el placer con tanta indiferencia.
Ethan ya no me ama.
—Hup…
Se tapó la boca con la mano para ahogar el llanto que brotaba como un dique roto. Pero dejó que las lágrimas fluyeran sin control; total, el fuerte chorro de agua se las llevaría sin que nadie se diera cuenta.
—Huuup…
Tal vez el resentimiento que vomitó frente al hospital no era otra cosa que el nombre oculto del amor. Ella lo había amado, pero ¿acaso él, al malinterpretar que ella eligió a Owen, terminó por borrar hasta el último rastro de esa nostalgia que carcomía su orgullo?
De pronto, el corazón se le desplomó. Un impulso miserable de aferrarse a cualquier rastro de afecto que Ethan aún sintiera por ella asomó la cabeza.
‘Es solo un malentendido. Si lo aclaramos, él volverá a amarme’.
Pero entonces, la herida gélida clavada en lo profundo de su pecho le devolvió la pregunta con crueldad:
¿Por qué tendría él que volver a amarme? ¿Por qué tengo que rogarle que me ame? El que siempre me abandonó y se fue fue él, Ethan Fairchild.
Hace diez años la dejó con la excusa de ser la hija de su enemigo; esta noche, la pisoteó con el pretexto de ser la esposa de otro.
—Huuu…
Sus fuerzas se evaporaron como por arte de magia. La mano que contenía el llanto cayó sin fuerzas. Sus piernas cedieron y Eve se deslizó por la pared de azulejos fríos, como si no pudiera soportar el peso del chorro de agua.
Al igual que ella, los diez años que había construido con tanta firmeza se derrumbaron estrepitosamente.
La mujer sentada en el suelo, sumergida bajo el agua, ya no era la gélida princesa de Kentrell. Solo era, una vez más, esa chica de diecinueve años que lloraba desconsolada tras ser abandonada miserablemente por el hombre que amaba, sin siquiera saber por qué.
En aquel entonces, sus lágrimas se las llevó el viento cortante del acantilado; ahora, se perdían en el agua que se iba por el desagüe. Nada había cambiado. Tanto antes como ahora, la única persona que estaba de su lado en este mundo era ella misma, temblando de miseria.
Después de expulsar esos sentimientos acumulados como pus durante tanto tiempo, lo único que quedó fue una risa seca y vacía.
‘¿Por qué deseaba el amor de Ethan Fairchild? ¿Quién se cree ese tipo rastrero para que yo ande dando pena porque no me ama?’
Evelyn Sherwood, no caigas tan bajo como para colgarte del amor de un tipo así. Vales muchísimo más.
Se había jurado darle una lección a ese hombre arrogante que se atrevía a usarla para su venganza. Pero apenas estuvo en sus brazos, terminó buscando el calor de su antiguo amor. Esa maldita debilidad siempre era el problema. Por dejarse llevar por su corazón blando en los momentos en que debía ser despiadada, le habían arrebatado todo: sus posesiones, e incluso a su hijo.
‘Nunca más permitiré que me quiten nada’.
Eve se apoyó en la pared y levantó su cuerpo tambaleante.
‘Ethan Fairchild, ahora yo también te voy a desechar por completo’.
Se apartó con brusquedad el cabello mojado que le nublaba la vista. La mujer reflejada en el espejo del baño era un desastre, pero sus ojos brillaban con una intensidad feroz.
‘Ya no estoy sola. Tengo a Tony y…’
Su mano mojada cubrió su vientre, aún plano, como protegiéndolo.
‘Pronto seremos tres’.
Y entonces, nos libraremos de todas las trampas y volaremos muy lejos de esta maldita jaula llena de bichos.
Tras hacerse esa promesa solemne frente al espejo, Eve cerró la ducha y salió del baño. A sus espaldas, la nostalgia que acababa de lavar se fue por la alcantarilla hasta desaparecer.
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—Uuuhm…
Un dolor de cabeza punzante martilleaba las sienes de Owen. Estaba seguro de que era por el somnífero que le dio la Reina. En cuanto recordó eso, su corazón empezó a latir con fuerza.
‘Quiero confirmar los rastros de cómo mi Reina me usó anoche’.
Owen abrió sus pesados párpados y lo primero que hizo fue mirarse el cuerpo. Para su decepción, seguía vestido, aunque sentía que debajo de las mantas sus pantalones estaban desabrochados.
‘Dios mío… no fue un sueño’.
Tenía que ver con sus propios ojos qué clase de ‘gracia’ había derramado la Reina sobre su cuerpo. En el momento en que se movió para levantar la sábana, el tejido crujió a su lado. Owen se detuvo en seco.
… ¿Acaso ella seguirá aquí?
Con mano temblorosa, tanteó el espacio a su lado mientras giraba la cabeza, pero lamentablemente el sitio estaba vacío. Aunque el calor ya se había disipado, la almohada hundida y las sábanas hechas un desastre daban fe del frenesí de la noche anterior. Sobre esos restos caóticos, las manchas de fluidos corporales ya secos eran evidentes.
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