A mi primer amor, con pesar - 95
—Ghg… ghg…
Un sonido metálico y raspado salió de su garganta apretada. Era cuestión de tiempo para que Owen se despertara.
—Ah… es un… malentendido. Déjalo.
Por más que Eve tratara de frenarlo, Ethan no tenía la más mínima intención de parar. Justo cuando ella estiró la mano hacia la que le apretaba el cuello a Owen —sabiendo que eso solo echaría más leña al fuego de su locura— ocurrió.
—¡Cof, agh!
Soltando un quejido que sonó a último aliento, Owen abrió los ojos de par en par. En ese microsegundo, la mano de Eve, rápida como un látigo, le arrebató los lentes que colgaban peligrosamente de la punta de su nariz.
‘Por favor, que no reconozca nada’
Pero por más miope que fuera, instintivamente distinguiría que esa figura enorme que se movía con violencia encima de Eve era un hombre. Apenas tiró los lentes, Eve se incorporó y pegó su cara a la de Owen. Fue una defensa desesperada, llenando su visión borrosa solo con su rostro para que no pudiera ver al otro sujeto detrás de ella.
—¡Agh! Cof, cof… ghg…
Apenas abrió los ojos, Owen empezó a toser seco; no tenía cabeza para fijarse en lo que pasaba alrededor. Recién cuando terminó de escupir la ceniza que Ethan le había echado en la boca, parpadeó con los ojos perdidos y la miró atontado.
—Lady… Lady…
La respiración de Eve se volvió un desastre. No sabía si era porque Owen ya estaba lo suficientemente consciente como para reconocerla, o porque detrás de ella, Ethan la estaba embistiendo con más crueldad que nunca. Su única esperanza era que el efecto de la droga fuera tan fuerte que le impidiera a Owen articular siquiera una palabra clara. Eve aguantó sus gemidos con todas sus fuerzas y le ordenó con severidad:
—¿Quién te dio permiso de abrir los ojos? Duérmete otra vez.
Owen hizo el intento de decir algo, pero no pudo con el sueño químico y sus párpados se cerraron lentamente.
Justo cuando ella sentía alivio al oír que su respiración se calmaba, el hombre que le daba contra la cama para lucirse ante el ‘marido’, que extrañamente había estado callado, le agarró la quijada con fuerza. Su peso muerto la aplastó contra el colchón. Un susurro malvado, como el siseo de una serpiente, se le metió en el oído:
—¿No decías que a tu marido le encantaba que te quitaran a tu mujer? Entonces, ¿por qué te mueres de miedo y lo mandas a dormir?
Una risa fría le rozó la oreja.
—Era mentira, ¿no? Me pregunto por qué habrás inventado algo así…
Como burlándose de Eve, que se había quedado helada y sin aire, él empezó a soltar cochinadas con un tono de lo más educado.
—No se preocupe, señora Kallas. Mantendré esta relación tan cochina que tenemos en absoluto secreto. Su marido no sabrá nada.
Era obvio que Ethan Fairchild no iba a ser tan ‘bueno’. En el momento en que ella empezó a dudar de sus intenciones, él la soltó y se levantó. Esa risa ronca que se iba alejando sonaba, como siempre, a pura maldad.
Clac.
Se apagó la luz y la oscuridad se tragó el cuarto. Los pasos del depredador volviendo a la cama en medio de las sombras le fueron cerrando el cuello a Eve poco a poco. Una mano invisible le agarró la cintura con brutalidad. Antes de que pudiera resistirse, terminó con la cara contra las sábanas, obligada a ponerse en cuatro como una perra. Y encima se le montó ese perro rabioso.
Pum, pum, pum.
El sonido de la bestia descargando sus deseos dentro de Eve retumbaba de forma obscena en el silencio de la habitación. Los golpes del coito le daban en los oídos y, como la cama no dejaba de sacudirse, parecía que Owen no podía conciliar el sueño profundo.
—Mmm… hng…
—¡Ah, hmp, ahhh!
Sobre los quejidos de él, que parecía que iba a despertar en cualquier momento, se encimaron los gemidos de Eve que no pudo contener. El hombre, que dirigía solo este dúo pecaminoso, le sopló el oído con su aliento caliente y se burló:
—Shhh. Si no quieres que tu marido se entere, cállate pues.
Pero él no hacía ningún esfuerzo por guardar silencio. Movía la cadera con tanta saña que hacía que los resortes viejos de la cama soltaran chillidos agudos.
—¿No que era un marido de mentira? ¿O es que ya te dieron ganas de que sea el de verdad? ¿Por eso viniste hasta este campo de batalla a sobornar a tus superiores?
En la oscuridad, una risita nerviosa le rozó la oreja.
—Pobrecita, qué pena me das. Todo tu esfuerzo fue por las puras.
‘¿Por las puras? Ni hablar’, pensó Eve, sonrió para sus adentros.
‘Con que te hayas creído el cuento completito, yo ya logré mi objetivo’.
—Coronel Wallace es gente mía.
Ethan estaba segurísimo de que Eve no tenía ni idea. No sabía que el hecho de haber mandado a Owen Kallas precisamente a este hospital, en plena línea de fuego, era porque este lugar era uno de sus escondites. Wallace, como el perro fiel que era desde que Ethan le empezó a soltar plata, se estaba encargando de pudrir a Kallas en este pabellón infernal, matándolo lenta y dolorosamente.
Así que no fue para nada una coincidencia que a los oídos de Ethan llegara el chisme absurdo de que Eve visitaría a ese tipo hoy día.
—Señora Kallas, si quiere que cuiden bien a su marido, pídamelos a mí.
—Ah… hng…
—Como ya sabe, a mí me sobra la plata, así que no acepto ese tipo de pagos. Pero si con esa boquita con la que pide por él, me la chupa tan rico que sienta que me derrito, le aseguro que la vida militar de su maridito será una seda.
Ethan le agarró la quijada para obligarla a abrir la boca y le metió los dedos. Después de juguetear con su lengua, mojó con su pulgar los labios de ella, que estaban sequísimos por la respiración agitada. Era una preparación descarada.
Eve movió la cabeza para rechazarlo, entonces los dedos de él se deslizaron por su cuello hasta la línea de los hombros. Empezó a juguetear con el tirante del vestido que apenas colgaba, soltando otra indirecta:
—Si no quiere usar la boca, ¿qué le parece si me deja jugar con sus pechos?
Cada vez que ella se horrorizaba pensando que él no podía ser más vulgar, Ethan Fairchild se encargaba de mostrarle un nuevo fondo. La mano que le sobaba el clítoris con insistencia subió como una serpiente por debajo del camisón.
—¡Ah!
Mientras su mano grandaza le apretaba el pecho como si quisiera reventárselo, él le susurró al oído una historia tan inmoral como el acto que estaban teniendo:
—Hace tiempo, hubo una mujer que le dio de lactar al superior pervertido que acosaba a su esposo. ¿Y sabes qué pasó con esa pareja?
—Ah… ya basta…
—Apenas el marido murió en combate, la mujer se volvió a casar con el superior antes de siquiera quitarse el luto.
Sus dedos toscos pellizcaron y jalaron el pezón erecto con ambición. Era como si, al tocar a Eve, quisiera arrebatarle ese destino sucio a otros para hacerlo suyo.
‘Tú también vas a terminar igual que esa mujer’
Eve se burlaba en la oscuridad de esa alucinación tan ridícula, cuando de pronto:
—¡Ah!…
Ethan jaló con violencia el brasier y el camisón hasta la cintura. Sus pechos, que estaban apretados, saltaron y quedaron totalmente expuestos.
Aunque estaban en una oscuridad donde no se veía nada, eso no tapaba la vergüenza de Eve. El solo hecho de estar casi desnuda, atrapada entre dos hombres con instintos retorcidos, le resultaba una humillación insoportable.
Atrapada en los brazos de él, forcejeó para subirse la ropa, pero él la sometió con una facilidad pasmosa. Con una sola mano le atrapó las dos muñecas y las estampó contra la cama.
—Suéltame… ah… suéltame.
—Quédate quieta. Vas a despertar a tu marido. ¿O quieres que te ampaye engañándolo con tu ex?
El hombre que se burlaba de ella con esas bajezas se detuvo en seco. Lo único que se movía era su pulgar, que rodeaba el anillo en el dedo anular de Eve como si estuviera perdido.
Hasta hace un momento se excitaba jugando a quitarle la mujer a otro en su propia cara, pero apenas sintió la prueba de que ella era ‘esposa de alguien’, se enfrió por completo.
Lo que seguía era obvio: le quitaría el anillo y lo tiraría por ahí.
Pero Eve se equivocó. Él tanteó la cama con la otra mano, arrastró algo y se lo puso a Eve en la mano izquierda.
Sintió un calor desagradable y un tacto extraño. Era otra mano con un anillo en el anular.
Era la mano de Owen.
Sintió un escalofrío apenas se dio cuenta. Eve trató de soltarse horrorizada, pero las manos quedaron pegadas. Ethan obligó a que los dedos lánguidos de Owen se entrelazaran con los de Eve y apretó las dos manos juntas para que no se separaran.
—¿Pero qué te pasa? ¿Por qué haces esto?
—¿Hay alguna razón para no hacerlo? ¿Qué pasa? ¿Ahora sí sientes remordimiento por este infeliz?
Se burlaba con un tono cargado de rabia.
—¿Y por qué habrías de sentir culpa? Dilo con orgullo: ‘Owen, para salvarte, dejé que el hombre que odias me diera contra la cama hasta que me vine… y ya van cuatro veces’.
—¡Ahhh!
—Ja… el espíritu de sacrificio tan puro de la señora Kallas me calienta tanto que ya se me está saliendo todo el veneno.
Eve no dejaba de forcejear para escapar del agarre de los dos hombres. Y claro, mientras más se resistía, más se apretaban sus paredes internas. Sin querer, terminó exprimiendo el miembro de él con una fuerza brutal, haciendo que el hombre detrás de ella se pusiera rígido y soltara un gemido:
—Uf… ya se me salió de verdad.
No solo se la metió hasta el fondo, sino que la embistió como si quisiera atravesarle el cuello uterino y terminar ahí mismo. Luego, le preguntó al oído:
—Señora Kallas… ah… ¿hoy también es su día seguro?
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