A mi primer amor, con pesar - 92
¿Qué haces aquí? ¿Y por qué justo ahora?
El pánico la invadió e intentó cerrar la puerta, pero ya era tarde.
¡Crac!
La cadena fue arrancada de cuajo por una fuerza bruta desde afuera. Al mismo tiempo, una mano se coló por la rendija y empujó a Eve, haciéndola retroceder sin poder evitarlo.
En cuanto el paso quedó libre, Ethan Fairchild irrumpió en la habitación como una fiera herida.
Clac.
Antes de que ella pudiera recuperarse del impacto, el sonido metálico de la cerradura resonó en el cuarto. En un segundo, el hombre que la había encerrado en ese cuarto la miraba de arriba abajo con ojos de depredador. Su mirada era tan feroz, como si estuviera a punto de destrozarla a mordiscos, que Eve ni siquiera se atrevía a parpadear.
—… ¿Te has vuelto loco?
Quería gritar con todas sus fuerzas, pero tuvo que bajar la voz para reclamarle, temerosa de que Owen, que seguía desparramado en la cama, se despertara.
—¿Qué te pasa? Lárgate ahora mismo.
Por supuesto, si él fuera de los que obedecen y se van, no habría echado la puerta abajo. Ethan se limitó a soltar una sonrisa cínica, con una mano metida de lado en el bolsillo del pantalón. Disfrutaba verla así: muerta de miedo y con los nervios de punta. Realmente hacía honor a su fama de villano.
De pronto, él dio un paso hacia ella. Por instinto, Eve intentó retroceder, pero no pudo moverse. Ethan le atrapó la muñeca de un tirón, dejándola clavada en el sitio.
La distancia entre sus cuerpos se acortó peligrosamente. En el momento en que el aliento pesado de Ethan cayó sobre ella, Eve sintió que se asfixiaba por el fuerte olor a alcohol.
‘¿Está borracho?’
¿Qué planeaba hacer este hombre que parecía haber perdido el juicio por completo al meterse así en su habitación?
Los ojos temblorosos de Eve bajaron hacia la cintura de él. No podía dejar de mirar el arma fría que asomaba en la funda de su revólver.
Parecía que los malos presentimientos nunca fallan. La mano de Ethan salió del bolsillo y, lenta pero decididamente, se dirigió hacia la pistola. Aterrorizada, Eve le sujetó la muñeca de inmediato.
—Ethan, por favor, no hagas esto.
Pero ella no era rival para su fuerza. Él se sacudió la mano de Eve con indiferencia, como si se quitara de encima un bicho molesto.
Clac.
El sonido metálico volvió a escucharse. Eve se quedó tiesa, esperando lo peor, cuando de pronto…
Ploc.
Lo que siguió no fue el disparo que esperaba, sino el sonido de algo soltándose. Ethan no iba a sacar el arma; solo había desabrochado la hebilla del cinturón de cuero donde colgaba la funda.
Mientras Eve miraba el cinturón colgar con los ojos como platos, Ethan empezó a desabotonarse el saco con total naturalidad mientras soltaba una frase incomprensible:
—Acepto el trato.
—¿Qué… qué trato?
—Ese de acostarnos los dos y que tu marido se quede mirando.
—… ¿Qué?
La mentira que Eve le había lanzado una vez para callarlo se le regresaba ahora como un bumerán. Aquella vez, él se había indignado como si lo hubieran insultado, pero ahora era él mismo quien exigía esa bajeza.
Fue un golpe total. Y no solo por la propuesta perversa. ¿A dónde se había ido esa posesión enfermiza que lo llevaba a mandar a cualquier hombre al matadero con tal de no compartir a Eve?
Ahora se ofrecía a compartirla por voluntad propia. Como si, para él, ella ya ni siquiera valiera la pena como para tenerla en exclusiva.
‘No… no puede ser’.
—Dijiste que no querías… ¿Por qué cambiaste de opinión?
Ethan terminó de quitarse el saco, se aflojó la corbata, la tiró al suelo y sonrió con malicia.
—¿Acaso necesito una razón para que se me antoje?
Él se burlaba de ella, regodeándose en ver cómo su rostro se quedaba de piedra.
—A tu maridito le excita que le quiten a la mujer, a mí me ha empezado a gustar eso de quitarle la esposa a otro, a ti te vuelve loca revolcarte con extraños. Los tres somos unos pervertidos cuyos intereses sexuales encajan perfecto… así que vamos a pasar una noche increíble.
Aturdida por ese bombardeo de palabras humillantes, Eve miró de reojo hacia atrás. Owen seguía sumido en un sueño profundo, ajeno a todo este lío. Dentro de todo, era una suerte; no quería ni imaginar cómo habría manejado este desastre si él se despertaba.
En ese momento, la mano de Ethan, que ya la rodeaba por la cintura y manoseaba su falda, se detuvo en seco entre sus muslos. Él siguió la mirada de ella y, frunciendo el ceño, preguntó:
—¿Y por qué tu marido sigue ahí tirado como un tronco?
La mirada de Ethan se clavó en la cintura de Owen, a quien Eve ya había empezado a desvestir antes de que él llegara. Aunque el dueño estaba tieso como un cadáver, su miembro se alzaba grotescamente, como si quisiera romper la ropa interior y salir disparado.
El hombre que acababa de proponer una noche ‘increíble’ entre los tres, arrugó la cara con total asco al ver la erección del otro tipo. Soltó las palabras como si estuviera masticando algo podrido:
—Vaya, así que al renacuajo este también se le para.
La cara de Ethan, que antes mostraba una burla descarada, se puso rígida de pronto. Se quedó mirando el estado de Owen y, como si acabara de entender algo, regresó la mirada hacia Eve lentamente, como si estuviera viendo a un monstruo.
—No me digas que… ¿estabas desnudando a este infeliz borracho para subirte encima de él?
Había que admitirlo: el tipo era un lince para darse cuenta de las cosas. Eve, en vez de ponerse nerviosa y dar excusas, sonrió y lo admitió con toda la concha del mundo:
—No está borracho. Le di un somnífero. Es que me gustan los hombres que no están conscientes.
La intención de esa mentira era una advertencia: ‘Ni se te ocurra despertarlo’. Pero, por supuesto, Ethan se quedó pegado solo en el ‘gustito’ tan perturbador de Eve.
—Tú… tú no eras una enferma de ese tipo…
—La gente cambia.
—… ¿Pero qué diablos hiciste estos diez años para caerte tan bajo?
Eve soltó una frase seca, cargada de veneno:
—Es que ahora no me siento tranquila si no es con un hombre que no pueda escaparse de mí por su propia cuenta.
Era un dardo directo por haberla abandonado hace diez años, pero Ethan no pareció captar la indirecta.
—Ja… qué considerada es usted, Lady; al menos no le cortó los tobillos. Ya, digamos que a ti te excita eso. ¿Pero por qué este imbécil aceptó tomarse la pastilla? ¿Qué tiene de excitante hacerse el muerto?
Se notaba que no entendía nada. Ethan Fairchild podía ser un libertino, pero parece que no llegaba a ser ‘ese’ tipo de enfermo. Eve vio su oportunidad:
—¿Tú también quieres una pastilla? Puedo turnarme con los dos toda la noche. Si quieres, hasta te dejo marcas en el cuerpo para que te diviertas imaginando qué te hice cuando despiertes mañana.
‘¿Ves que estoy loca? ¿Ya se te quitó la borrachera? ¿Ya se te bajaron las ganas? Entonces lárgate de una vez de mi cuarto’.
Los ojos grisáceos de Ethan, que la miraban como si fuera un bicho raro, empezaron a temblar. Al ver ese desprecio gélido en su mirada, Eve sintió un escalofrío, pero a la vez un alivio enorme.
‘Ya está. Ahora va a recoger su ropa y va a salir corriendo de aquí’.
—¡Ah!
Pero se equivocó medio a medio. El que terminó cargado en peso fue ella. Ethan, con una mirada que seguía gritando lo mucho que le asqueaba la situación, torció la boca en una sonrisa retorcida.
—Bueno, a mí no me excita eso. Así que mejor hagámoslo como siempre, ¿no? Eso también te gusta a ti.
‘¿Qué diablos hiciste estos diez años para caerte tan bajo?’
Esa era la frase que Eve debería haberle dicho a él.
El tipo estaba tan obsesionado con sembrar su semilla de venganza en el vientre de Eve que no le importaba la tremenda falta de respeto de revolcarse con alguien más presente. Eve todavía no había caído tan bajo. Solo imaginar tener sexo al lado de ese pervertido asqueroso le daba una vergüenza insoportable.
Y lo más importante: no era momento de intentar quedar embarazada. Era el momento de fingir que lo habían intentado y manchar la cama con las pruebas.
En cuanto esa idea le cruzó la mente, una lógica fría y a la vez demente se apoderó de ella. Su cuerpo, que forcejeaba como un bulto sobre el hombro de Ethan, se quedó lacio de pronto. Sus manos, que antes resistían, cayeron muertas sobre la ancha espalda de él.
‘Si de verdad nos acostamos, ya no tendré que inventar pruebas’.
Era el camino fácil, uno al que no podía negarse, pero al mismo tiempo era la parada final de su degradación moral.
Por más inconsciente que estuviera el otro, enredarse como animales en una cama donde había otra persona tirada le revolvía el estómago. Pero, por otro lado, desvestir a un hombre dormido para fabricar rastros de un encuentro falso también era una asquerosidad. De pronto, se cansó de ser tan ‘fina’ cuando ya tenía las manos manchadas de lodo.
Estaba harta de todo. Eve cerró los ojos ante su propia caída y dejó de resistirse. Se dejó llevar por el camino fácil.
Ploc.
Mientras la cargaba, la falda que él le había quitado cayó al suelo. Ahora solo la cubría un camisón delgado y su ropa interior.
Al llegar a la cama, Ethan se detuvo. Por alguna razón, se escuchó una risa hueca y amarga. Estaba claro que miraba a Owen, que ocupaba un lado del colchón.
—Es la primera vez que me como a una mujer frente a su marido.
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