A mi primer amor, con pesar - 91
Eve, sumida en una impotencia que le carcomía los huesos, sintió, curiosamente, un alivio. Había sido una decisión sabia no armar un chongo hoy. Aunque el estigma de ser llamada ‘traidora’ le dolía en el alma, soltarle sus verdades a alguien que terminó en el infierno por su culpa solo habría sonado a una excusa barata y cobarde.
Y por más que su rabia fuera justa, frente a la cruda verdad de: ‘Pero no pudiste salvarme’, no había escudo que valga. Solo habría servido para abrir más la herida.
La comida que ordenó se enfrió sin que ella la tocara. Sentía un nudo en la garganta, como si tuviera un fierro caliente atravesado que no la dejaba pasar nada. Lo único que bajaba era el trago fuerte. Se bajó una copa tras otra, pero ni ese fuego lograba quemar la indignación que sentía por dentro.
—Ah…
Dejó la copa y sacó su cigarrera de plata del bolso. Iba a prender uno cuando la mano de Owen se metió de la nada para frenarla.
—Lady, entiendo cómo se siente, pero…
bajó la voz, cuidando que nadie escuchara, para seguir soltando su floro
—¿No podría aguantarse por el bien del bebé que va a venir? Aunque aún no esté embarazada, hay estudios que dicen que el cigarro y el trago le hacen daño al feto.
Ante ese comentario tan hipócrita, la mano de Eve se quedó congelada en el aire. Miró a Owen con unos ojos más fríos que el hielo y cerró la cigarrera de un porrazo.
Solo le hacía caso porque era el consejo ‘profesional’ de un médico. Pero claro, este parásito ya se la estaba creyendo, actuando como si fuera el ‘padre’ del año. A Eve le daban unas ganas locas de matarlo ahí mismo.
‘Paciencia. Solo hasta que tenga al hijo’
Y ese hijo tenía que ser, oficialmente, de Owen Kallas. Era su escudo para escapar de las garras de Ethan y, al mismo tiempo, su ataque más letal. Eve ya lo tenía todo planeado: en el momento en que el niño estuviera en su vientre, se activaría un efecto dominó que terminaría en una carnicería total.
Como parte de su jugada, hoy le había dicho a Owen que, ya que demostró ser un hombre útil, cumpliría su promesa de hacerlo padre. El tonto se tragó el cuento, hasta lloró, ahora empezaba con sus mimos de sabelotodo. Como si el útero de Eve fuera su territorio. Se sentía con poder solo por poner su semilla mediocre, como si eso le diera derecho a mandonearla.
El tipo ya se había olvidado de que era un simple esclavo; ignoró la orden de cerrar el pico y siguió dándole a la lengua:
—Lo que le pasó a Tony, lo de su malformación en el corazón, no fue culpa suya, Lady. Fue culpa del hombre que abandonó de forma cruel a una mujer embarazada.
Y siguió con sus promesas de que él sí sería un padre entregado y un esposo fiel, puras mentiras que nunca cumpliría. Eve, que ya no aguantaba las ganas de soltarle una carcajada en la cara, se levantó de la mesa.
—Ya escuché suficiente de tus promesas. Subamos de una vez.
Llegó el momento de la ‘gran tarea’. Aunque claro, no era la tarea que él se estaba imaginando.
Salieron del restaurante y subieron al ascensor. Debería haber un silencio sepulcral ya que estaban solos, pero el sonido de una respiración agitada le rascaba los oídos a Eve. Le daba asco ver cómo él se había puesto en guardia apenas supo que se irían a la cama. Eve intentó no mirarlo, pero como la respiración se volvía cada vez más pegajosa y descarada, lo miró de reojo y se topó con una escena asquerosa.
Por encima del pantalón de su uniforme bien planchado, se notaba un bulto obsceno. El tipo se había puesto ‘al palo’ solo de pensar que se iba a acostar con ella.
Al toque, un escalofrío le recorrió la espalda a Eve. Le dio miedo darse cuenta de que, por más débil de mente que fuera este tipo, físicamente era un hombre que podía reducir a una mujer sin esfuerzo.
‘Si en cuanto entremos al cuarto, este perro faldero se vuelve un perro rabioso y me fuerza…’
Eve agarró su bolso, donde tenía su revólver, como si fuera su única salvación. Pero el miedo se convirtió rápido en asco puro.
—Per… perdóneme. Es que de solo pensar que por fin voy a serle útil como hombre, no pude contenerme…
El tipo, al verse descubierto, en lugar de saltar sobre ella, prefirió ponerse en cuatro patas en el piso del ascensor. Parecía un perro esperando que su dueño le diera su castigo.
—Por favor, castígueme por ponerme así sin su permiso, ama.
Eve, lejos de aliviarse, se horrorizó más. El ascensor estaba por parar y las puertas se iban a abrir. ¿Qué pasaba si alguien los veía así?
La rabia le ganó a la vergüenza y reaccionó al toque.
¡Pum!
—¡Ah!
Eve le metió un taconazo bien dado en todo el trasero que el tipo tenía levantado con descaro.
—Fuera de aquí, compórtate como un ser humano.
—L-lo tendré muy en cuenta.
Justo en ese momento el ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. ¡Gracias al cielo!, el pasillo estaba más vacío que billetera a fin de mes. Eve salió disparada, casi huyendo de ese ascensor. El tipo, que se había quedado atrás recogiendo sus lentes que salieron volando, la siguió todo apurado y tropezándose.
Al llegar frente al cuarto, él sacó la llave del bolsillo para meterla en la cerradura. Daba vergüenza ajena verlo; el pobre diablo estaba tan excitado que las manos le temblaban como si estuviera con terremoto.
La puerta por fin se abrió, pero Eve no pudo entrar al toque. Owen se plantó en medio, tapándole el paso con la cara roja como un tomate y soltando sandeces:
—E-esto… Lady… dicen que en la noche de bodas, el novio debe cargar a la novia para entrar al cuarto… para que tengan buena suerte…
Eve soltó una risita burlona y, sin pensarlo dos veces, le metió un punta-pie con su zapato de aguja justo en la canilla.
—¡Agh!
Ella pasó por encima del tipo que se retorcía de dolor y entró sola a la habitación, bien empoderada.
—Yo no creo en esas supersticiones baratas.
Y tenía razón, pues su matrimonio anterior, donde cumplieron con todos esos ritos de ‘buena suerte’, terminó chocando contra un muro y hundiéndose en la desgracia total.
Click.
El sonido de la puerta cerrándose le puso los pelos de punta a Eve. Estaba encerrada en una habitación con un macho que lo único que quería era ‘aparearse’. Por suerte, este paciente adicto a la humillación no se le lanzó encima; al contrario, se arrastró en cuatro patas hasta los pies de Eve y se postró ahí.
—Mi Reina, le entregaré todo de mí para que quede satisfecha. Después de esta noche, le juro que ni se acordará de ese tipo ordinario…
—¿No te dije que solo abras la boca para comer?
Eve sacó algo de su bolso y se lo puso en la cara. Era un frasquito con somníferos.
—Tómate esto.
Owen no podía ocultar su cara de ‘¿qué fue?’. Había venido para pasar la noche con su Reina y ella le pedía, literalmente, que se fuera a dormir. La miró de abajo hacia arriba, como no entendiendo nada. Lady Evelyn, como quien cuenta un secreto vergonzoso, humedeció sus labios y le susurró bajito:
—Yo también tengo mis fetiches, cosas que no le cuento a nadie.
¡Un fetiche! ¡Por Dios, un fetiche! Ante esa confesión tan íntima, la respiración de Owen se volvió un desastre. Con la voz temblando de la emoción, juró:
—Solo déme la orden. Haré lo que sea con tal de que usted sea feliz.
Su Reina sonrió, como si ya estuviera satisfecha, le levantó la mandíbula usando la punta del frasco de pastillas.
—Ya me cansé de los hombres que tienen pensamientos o voluntad propia. Yo quiero un esclavo que no pueda moverse ni un milímetro sin mi permiso. Incluso en la cama.
En ese instante, los ojos de Owen brillaron como los de un fanático religioso. Para él, esto era como una señal divina.
—Entonces, yo soy el esclavo perfecto para usted.
Y así, por un lado, él sentía que por fin había encontrado a su Reina perfecta.
—Mi Reina, no tengo voluntad ni conciencia propia. Mientras usted me use, me quedaré quieto como si estuviera muerto, sin mover ni un solo dedo.
Pero su Reina, como si todavía le faltara algo, entrecerró los ojos con desconfianza.
—Hacerte el dormido no es suficiente.
Clinc, clinc.
Ella agitó el frasco de pastillas como quien chasquea un látigo. Owen, sin dudarlo ni un segundo más, se zampó las pastillas de un solo golpe, entregándose por completo a esa orden absoluta.
Se arrastró hasta la cama y se echó; su cuerpo temblaba de pura anticipación. Solo de imaginar que su Reina bendeciría con sus propias manos su miembro, que estaba por reventar, sentía que se iba a venir ahí mismo.
—Por favor…, deje marcas de su paso en mi cuerpo. Quiero sentir la alegría de despertar de este dulce sueño y descubrir, detalle a detalle…, cómo… jugó… conmigo…
Sus palabras empezaron a arrastrarse. Su conciencia se derretía. Owen no luchó contra el sueño que su ama le ordenó; al contrario, soltó el hilo de la realidad emocionado por la ‘violación secreta’ que Lady Evelyn cometería mientras él estuviera en el séptimo sueño.
En cuanto la respiración del tipo se volvió rítmica y pesada, Eve soltó por fin el aire que tenía contenido.
Lo había logrado. El plan basado en las mañas de ese pervertido funcionó a la perfección. Pero todavía era muy temprano para celebrar el triunfo; lo más yuca venía ahora.
Ahora empezaba la ‘dirección de arte’. Tenía que montar toda una escena para que, cuando el tipo despertara mañana, creyera jurado que tuvo una noche de pasión con Eve. Tenía que manipular desde el cuarto hasta ese cuerpo que yacía ahí.
‘¿De verdad tengo que llegar a esto? ¿Hasta dónde más voy a caer?’
Un sentimiento de asco por sí misma la golpeó de pronto, Eve se llevó la mano a la frente.
‘Reacciona. Siendo una dama educada no vas a sobrevivir ni un día entre estos demonios’.
Se dio ánimos a la fuerza y estiró la mano hacia la cintura del dormido Owen. Pero justo cuando estaba por soltarle la hebilla del cinturón…
¡Pum, pum!
Unos golpes secos en la puerta, como si quisieran tumbarla, la frenaron en seco. Pensó que si no contestaba, el que estaba afuera se iría, así que se quedó calladita.
¡Pum, pum, pum!
Pero el de afuera no tenía planes de irse. Si seguía así, Owen se iba a despertar y ahí sí que se armaba el chongo.
Eve suspiró y se acercó a la puerta con un mal presentimiento que no la dejaba en paz. Puso la cadena de seguridad y abrió apenas una rendija para ver quién era.
Lo primero que vio por el estrecho hueco fue el frío uniforme gris azulado de un oficial de la fuerza aérea. El corazón de Eve se le cayó a los pies al toque.
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