A mi primer amor, con pesar - 90
—N-no se atreva a insultar a una dama tan respetable.
Su voz temblaba clarito. No se sabía si era por la furia de ver a su reina insultada o porque se estaba orinando de miedo ante la locura del otro. Había que reconocerle el valor de enfrentarse así mientras tiritaba, pero…
—El mayor y mi, mi es-esposa… ya no tienen nada que ver, ¿no es cierto?
‘Esposa’
Esa palabra fue como un dardo que despertó el instinto asesino no solo en Eve, sino también en Ethan. Si él perdía los papeles ahora, ya no habría marcha atrás.
—Owen, lárgate ya.
Apenas cayó la orden, el tipo borró su veneno, puso ojos de perrito faldero y bajó la cabeza. Luego, se dio media vuelta bien pegado a Eve, como para que Ethan lo viera bien.
Ethan se quedó mudo ante esa escena tan ridícula. Ese perro sarnoso que hace un rato ladraba sin miedo, ahora metía la cola entre las patas solo porque su dueña le habló bajito. Pero por más que él también ladrara, la realidad le dolía en el alma: él nunca sería ese ‘esposo’ que Eve mantenía a su lado. La mujer que amaba lo había cambiado por ese tipo miserable.
Sintió que la traición y el rencor le subían por el pecho como siempre, pero esta vez no pudo aguantarse. Le gritó a la espalda fría de la mujer que ya estaba subiendo al carro:
—¿Tan orgullosa te sientes de ese infeliz? ¿Por eso viniste hasta este campo de batalla para verlo? ¿O es que te daba mucha vergüenza visitar al esposo que tú misma refundiste en la cárcel?
Soltó toda la rabia que tenía guardada desde que se enteró de que ella venía a ver a su ‘marido’. Hoy Ethan no solo dejó por los suelos la imagen de Eve; terminó de arrancar su propio orgullo y lo tiró al fango.
Ella, que lo estaba ignorando como si fuera un mendigo pidiendo limosna en la calle, se detuvo en seco. Al voltear a verlo, sus ojos estaban congelados, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. Pero ese hielo no tardó en derretirse bajo una furia ardiente.
—¿Cuándo te metí yo a la cár…?
Eve no pudo terminar la frase. Owen, atrevido, le rodeó la cintura con la mano sin permiso. El tipo estaba pálido como un muerto y le temblaban las manos, sabía bien lo que había hecho.
—Tenemos que irnos.
le susurró desesperado.
Al verle la cara a Owen, Eve recuperó la cabeza que había perdido por un segundo con la furia. Si seguía cayendo en el juego de la lengua sucia de Ethan, sus secretos saldrían a la luz y todo su plan se iría al tacho.
Eve le dio la espalda con frialdad y subió al carro. ¡Tac! La puerta se cerró sin asco, como cortando el mundo de ella del suyo.
‘Esa mujer no tiene alma’.
El carro se alejaba y ella ni una sola vez miró atrás. Con ese gesto le respondió todo: que el dolor desesperado que Ethan soltaba como sangre no le importaba ni un comino. Que para ella, un hombre como él ya no valía nada.
Le estaba refregando en la cara que lo había abandonado hace tiempo. Mientras Evelyn Sherwood avanzaba sin mirar atrás, dejando atrás ese ‘error’ llamado Ethan, él se sintió un estúpido por haber elegido quedarse ahí, como un hombre abandonado.
Si seguía encerrado en esa cárcel mental era por una sola cosa: porque aunque ahora fuera el rey de los bajos fondos de noche y un héroe de guerra de día, su alma seguía siendo la de ese chibolo de diecinueve años que esperaba que su chica regresara.
Por más que juraba venganza, por dentro estaba listo para perdonarla y amarla si ella tan solo le decía ‘perdón por traicionarte’.
‘Qué idiota soy’.
Lo que brillaba en los ojos de Ethan no eran lágrimas; era puro veneno. En medio de su vista nublada, afiló lo que le quedaba de amor y lo convirtió en ganas de matar.
‘Mátalo. Mata a ese chibolo de diecinueve años que vive dentro de ti’.
Él también tenía que avanzar sin asco. Se iba a tragar a Kentrell de todas maneras y metería a Evelyn Sherwood en una cárcel llamada ‘Ethan Fairchild’ para asfixiarla de a poquitos. Ya no quería perdones. Para cuando ella quisiera pedir disculpas, ese Ethan de diecinueve años ya estaría bien muerto.
Su rencor cruzó la línea del odio. Si ya no había forma de arreglar ese amor torcido, solo quedaba destruirlo todo.
A pesar de la distancia, la vibra asesina de Ethan atravesó las lunas del carro y le apretó el cuello a Owen. Sintió un frío que le recorrió toda la columna y volteó la cara rápido hacia adelante.
Su corazón latía como si quisiera romperle las costillas. Owen miró de reojo a la mujer que tenía al lado, todo asustado. Evelyn seguía mirando hacia adelante, pero él no podía estar tranquilo: en sus ojos se veía la furia de alguien a quien han acusado injustamente.
‘El esposo que tú misma refundiste en la cárcel’.
Seguro ella estaba tratando de entender ese ataque. Era cuestión de tiempo para que se diera cuenta de que alguien había movido las piezas en su contra. Ahora, el silencio de Evelyn le apretaba el cuello más que el miedo.
‘Por favor, que piense que son cosas de un loco’. ‘Por favor, que no le vaya a reclamar nada’.
Porque si lo hacía, se iba a enterar de que la carta que ella escribió para salvar a Ethan fue usada como la prueba principal para condenarlo. Y que Owen lo sabía todo, se quedó callado y encima le mintió diciendo que la carta se había publicado en el periódico.
El pecador bajó la cabeza como si estuviera arrepentido, pero su rezo no era para pedir perdón, sino para que no lo ampayen.
Solo le quedaba rezar para que su pecado nunca saliera a la luz.
Cerca del hospital militar, solo había un hotel abierto. Al caer la noche, bajaron las cortinas negras en todas las ventanas, sin dejar ni una rendija. Aunque la oscuridad tapaba las sombras cenicientas de la guerra que cubrían la ciudad destruida, Eve no podía olvidar que estaba en un campo de batalla donde, en cualquier momento, podían llover bombas del enemigo.
Sin embargo, el restaurante del hotel, a donde fue para cenar, estaba lleno de una vitalidad que, irónicamente, no tenía nada que ver con la guerra. La mayoría de los clientes eran oficiales que buscaban escapar, aunque sea por un rato, del infierno del frente.
En medio de ese ambiente forzadamente alegre, Eve estaba sumergida en un silencio profundo.
—¿Tan orgullosa te sientes de ese infeliz? ¿Por eso viniste hasta este campo de batalla para verlo? ¿O es que te daba mucha vergüenza visitar al esposo que tú misma refundiste en la cárcel?
‘El esposo que tú misma refundiste en la cárcel’
Esas palabras la estaban aplastando.
‘¿Yo te metí a la cárcel? Por más que me odies, ¿cómo puedes inventar algo así? Si yo fui la única que se puso al frente para detener a mi padre cuando él quería matarte’.
‘Mientras tú sufrías ese infierno encerrado, yo también era una prisionera que hacía de todo para escapar y darte la libertad. Hice lo imposible por salvarte… incluso protegiendo a nuestro hijo’.
‘No fue que no quise visitarte ni una vez… es que no podía ir…’.
Eve se mordió los labios con fuerza para no soltar ni una gota de toda la pena que sentía. El sabor metálico de la sangre se le extendió por la lengua. Mientras más trataba de ocultar lo que sentía, más se le notaba en la cara.
—Lady Evelyn…
No pudo evitar la mirada de Owen, que estaba sentado frente a ella chequeando cada uno de sus gestos.
—¿Acaso todavía le duele el alma por todas las sandeces que soltó ese tipo hace rato?
—Owen, de ahora en adelante, mete en tu cabeza que tu boca no es un órgano para botar palabras, sino uno para pasar la comida.
—Entiendo, pero… por favor déjeme decir esto y ya no hablo más.
Él tomó su silencio como un ‘ya, habla’.
—Me da una rabia que no puedo aguantar al ver que él la tacha de traidora, después de todos los sacrificios que usted hizo por él. Si usted me lo ordena, yo mismo voy a buscarlo para poner su honor en su sitio.
Una risa seca y amarga se escapó de los labios de Eve. ¿Poner su honor en su sitio? ¿Cómo pensaba hacer eso?
No es que fuera a retarlo a un duelo a la antigua; seguro pensaba defenderla con cuatro palabras. ¿Él? ¿Ese cobarde que no paraba de temblar frente a Ethan? Dejando de lado lo ridículo que sonaba, Eve pensó:
‘¿Qué gano yo con sacarle de su error a ese hombre?’.
Su relación ya había cruzado el punto de no retorno. Si Ethan aceptara que ella es inocente, ¿dejaría su venganza? Lo dudo. Él es un hombre adicto a su propio rencor.
Para empezar, habría que ver si le creería. Es un hombre que eligió cerrar los ojos ante todo el esfuerzo desesperado que ella hizo hace diez años, solo para poder marcarla como una traidora. Ese odio ciego no se iba a mover ni un milímetro solo por unas cuantas palabras.
Tal vez su pecado fue no tener la fuerza suficiente para sacarlo de la cárcel, a pesar de que se dejó despellejar por el mundo entero, dejando que la llamaran ‘mujer cualquiera’ con tal de salvarlo.
Parece que en el mundo de Ethan Fairchild, un esfuerzo que fracasa es solo una excusa, un amor que no logra salvar al otro es pura hipocresía. Le dolía en el alma, pero ¿qué podía hacer? Para él, nada de lo que ella hizo fue suficiente.
‘Está bien, perdón. Perdón por ser una mujer tan poca cosa… La verdad es que me muero de la pena por haber sido tan débil’.
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