A mi primer amor, con pesar - 89
—No me vas a quitar la cámara.
El oficial de relaciones públicas, preparándose para recibir una sarta de insultos de su superior, se atrevió a preguntar:
—Mayor, con todo respeto, ¿podría saber qué está pasando?
En ese instante, los labios del mayor, que sostenían un cigarrillo, se torcieron en una mueca. El oficial de la Fuerza Aérea se quitó el cigarro de la boca lentamente y le soltó todo el humo en la cara, con un desprecio evidente.
El joven cerró los ojos con fuerza. Al abrirlos, vio la brasa roja quemando justo frente a sus narices. El Mayor sacudió la ceniza peligrosamente cerca de él y dijo con una voz lánguida:
—Escúchame bien.
El teniente, sin darse cuenta, contuvo la respiración para escuchar.
—Si vuelves a abrir la boca para decir una estupidez y haces que me quite el cigarro otra vez, te juro que lo siguiente que voy a quemar serán tus ojos.
El oficial sintió un sudor frío recorriéndole la espalda; su instinto le decía que no era una broma pesada. Sin atreverse a protestar más, entregó la cámara, que para él era como su propia arma.
El Mayor volvió a ponerse el cigarro en los labios y, con la mano libre, le arrebató la cámara como si fuera un juguete de plástico.
Click.
El sonido de la tapa trasera abriéndose le dio un vuelco al corazón al oficial. Todo su trabajo, todo el rollo de fotos, quedó expuesto.
—¡No! ¡Eso no!
Al Mayor le importó un bledo su grito desesperado y jaló la película sin asco. La cinta marrón se desenrolló inútilmente bajo la luz del sol. Las fotos de la princesa de Kentrell y su esposo médico, ese momento ‘sagrado’ de sacrificio y reencuentro, se quemaron hasta quedar en blanco.
Ethan le tiró la cámara de vuelta al pecho, con la cinta colgando como si le hubieran sacado las tripas a un animal muerto.
—Te doy tres opciones. Uno: yo rompo ese cuaderno. Dos: tú lo rompes. Tres: ignoras mi advertencia, escribes ese artículo sobre esa parejita de farsa y yo mismo me encargo de romperte las manos.
La amenaza era tan salvaje que el oficial empezó a temblar. Era irreal; en el ejército hay superiores crueles, pero no demonios que hablen de arrancar extremidades así de fácil.
—¿Pero… quién se cree que es…?
—¿Que quién soy yo para decirte que te voy a matar si escribes sobre ella?
—No, no es eso…
—Soy el verdadero esposo de Lady Evelyn.
—… ¿Qué?
Como militar y periodista, el tipo no vivía en una burbuja. Sabía perfectamente quién era ese oficial de la Fuerza Aérea: Ethan Fairchild. En otras palabras, el líder de una banda criminal de lo más sanguinario. Un tipo capaz de cortarle las manos como si fueran mantequilla.
—Todavía no nos hemos divorciado. Así que no me parece que debas publicar en el periódico que esa criminal tiene ‘dos casas’ como si fuera una historia de amor, ¿no crees?
—N-no escribiré nada, se lo juro.
Ethan lo miró un momento más para asegurarse de que el chiquillo estaba bien asustado y luego desvió la mirada. Afuera se veía un cuadro ridículo: una sirena de cabello negro parada entre una morsa gorda y una medusa pálida y debilucha.
‘Evelyn Sherwood, ¿qué diablos haces aquí?’. Tiró al suelo el cigarro que ya estaba desecho de tanto morderlo y lo aplastó con su bota militar. Se acomodó el uniforme, pero de nada sirvió el gesto porque de inmediato sacó su petaca y tomó un trago largo para nublarse el juicio. Recién ahí, empezó a caminar hacia ellos.
Iba directo a destrozar ese jueguito de casita tan patético. La conversación de los otros estaba terminando.
—Capitán Kallas, tome esto.
dijo el coronel Wallace sacando algo de su bolsillo.
—Por hoy, queda libre. Váyanse a descansar.
Apenas tuvieron el pase de salida en las manos, ni Owen ni Eve pudieron ocultar su alegría. Claro que, en el caso de Eve, no era por la razón ‘romántica’ que Owen esperaba. Ella solo estaba satisfecha porque todo estaba saliendo según su plan.
—Ya que la señora Kallas ha venido desde tan lejos, deben pasar tiempo a solas como pareja, ¿no creen? El coronel, ignorando títulos más altos como ‘Princesa’, llamó a Eve ‘Señora Kallas’. Era su forma de mostrar respeto a la ‘esposa abnegada’ que buscaba a su marido en el frente. No tenía idea de que para ella eso era un insulto.
Cuando se despedían frente al auto que les habían prestado, el coronel volvió a llamarla así, eso fue lo que terminó de reventarle los nervios al hombre que se acercaba merodeando como una fiera que cuida su territorio.
—Ha sido un honor. Espero volver a verla, señora Kallas.
—Es la Señorita Sherwood.
La voz afilada cortó el aire como una daga. No parecía que estuviera llamando a Eve, sino más bien corrigiendo el ‘error’ del coronel. Eso sí, sus ojos azul grisáceo estaban clavados únicamente en ella.
—Cuando me fui de la casa, tú estabas ahí. ¿Qué haces aquí ahora?
Como Ethan hablaba como si fuera el dueño y señor de Eve, Owen se apresuró a aclarar la situación antes de que el coronel malinterpretara las cosas:
—El Mayor Fairchild se está hospedando en el alojamiento de oficiales de la mansión Kentrell.
—Ah, ya entiendo.
Parecía que el coronel conocía a Ethan. El brillo de respeto con el que miraba a Eve —como a la esposa perfecta— desapareció al instante. Ahora, en sus ojos solo había la curiosidad morbosa de un chismoso que acaba de descubrir a la mujer más escandalosa de la ciudad.
Eve ni siquiera podía culparlo por ser maleducado. Tener a su primer marido y al segundo parados en el mismo lugar era, objetivamente, un espectáculo bizarro. ¿Quién no sentiría curiosidad ante semejante cuadro?
Si tan solo Ethan no estuviera aquí, ella no tendría que soportar esas miradas.
—Y dígame, Mayor Fairchild, ¿qué hace usted en un hospital en vez de estar en la base aérea?
Eve se moría por preguntarle lo mismo. Cuando sus ojos se cruzaron con los de Ethan por primera vez al verlo acercarse, sintió que el corazón se le caía hasta el fondo del abismo. ‘¿Qué haces en un hospital…? ¿Estás herido?’.
Pero al verlo caminar por su cuenta y soltar veneno, quedó claro que estaba entero de pies a cabeza. Se sintió una tonta por haberse preocupado, aunque fuera por un segundo, por el bienestar de su enemigo. No sabía si era porque su corazón aún era demasiado blando para ser una villana, o porque todavía quedaban restos de un cariño que no podía tirar a la basura. Fuera lo que fuera, Eve se detestó a sí misma por ser tan débil.
—Vine a ver a alguien. ¿Y tú?
—Como puedes ver, vine a ver a mi esposo.
Eve soltó las palabras con total claridad mientras clavaba la mirada en Ethan y, para que no quedara duda, entrelazó su brazo con el de Owen. Era una declaración de guerra: ‘Por más que patalees, tú ya no eres nada mío’.
—Mayor.
Owen, que estaba al lado de Eve, también estaba en modo alerta, como un animal cuidando su territorio, de pronto se metió en la conversación:
—Le pido que le guarde las formalidades a la Princesa de Kentrell, por favor.
Owen estaba señalando la forma tan igualada y sin respeto con la que Ethan le hablaba. Ethan torció la boca con desprecio y barrió a Owen con la mirada de arriba abajo.
—Capitán Kallas.
Parecía que iba a usar su rango superior para frenar esa pelea de gallos por el ‘cromosoma Y’, pero en vez de eso, pisó el acelerador a fondo y se descontroló:
—Si ‘Eve’ y yo nos guardáramos las formalidades, no habríamos terminado revolcándonos calatos en la misma cama, ¿no te parece?
A Eve se le encendió la cara de la vergüenza. Sabía que ese hombre siempre había sido un malhablado, pero… ¿ponerse a gritar frente a todos que no solo fueron esposos, sino que ‘tuvieron sexo’? Eso ya era caer bajo, era dejar de ser humano.
Sintió una nostalgia dolorosa por ese primer amor que, aunque libre, sabía dónde estaba el límite; al mismo tiempo, se odió profundamente por haberse enamorado de una bestia tan vulgar y haber tirado su vida por la borda por él.
Coronel Wallace parecía igual de choqueado por la revelación de Ethan. Al ver que la situación se ponía color de hormiga, puso cualquier excusa de que estaba ocupado y desapareció volando de ahí.
Ahora que solo quedaban ellos tres, la lengua de Ethan se desató del todo. Miró a Eve, que lo fulminaba con una mirada asesina, soltó como un loco:
—Lady Evelyn, dígame usted. Cuando estamos desnudos y chocando ombligos, ¿también quiere que le guarde las formalidades?
Ethan puso una expresión cínica, imitando la cara que ella ponía en el clímax, solo para humillarla más, siguió con sus asquerosidades:
—Ah, perdón. Es que con ese movimiento de caderas tan divino que tiene, Lady, no me pude aguantar y me vine adentro. ¿Hoy también es su ‘día seguro’?
Eve estaba hirviendo de rabia, pero el miedo fue como un balde de agua fría. Con lo suelta que tenía la lengua ese tipo, era capaz de soltar en cualquier momento que ‘hace apenas unos días tu mujer se pasó toda la noche jugando encima mío’. E incluso si no lo decía así de claro, con semejantes indirectas Owen terminaría dándose cuenta solo.
Si eso pasaba, todo el plan que Eve había armado con tanto esfuerzo se iría al tacho y tendría que empezar de cero. ‘Eso sí que no’.
Ya habría tiempo para meterle una cachetada. Ahora lo urgente era sacarlo de ahí. Pero no podía dar ni un paso hacia el auto que tenía la puerta abierta; Owen la tenía sujeta del brazo, plantado en su sitio como una roca.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com
Deja una respuesta
You must Register or Login to post a comment.