A mi primer amor, con pesar - 87
Estaba caminando por la plataforma, dándole vueltas a sus problemas, cuando de pronto…
¡Fuuuu!
La locomotora soltó un chorro de vapor con fuerza, avisando que ya se iba. El guarda tocó su silbato con un sonido chillón y empezó a gritar:
—¡Todos a bordo!
Ante la señal, los pasajeros que andaban dando vueltas por ahí subieron en mancha al tercer vagón con cara de pocos amigos. La mayoría eran soldados con semblante sombrío; después de todo, ese tren iba directito a la guerra.
—¡Yo también quiero ir!
gritaba un chibolo que parecía estar en edad escolar, colgado del uniforme de su viejo, haciendo su berrinche. Ver eso hizo que Eve se acordara de Tony, que hasta anoche le había estado rogando lo mismo.
—Me voy a portar bien, ¿no me puedes llevar?
—Tony, a donde voy no es un parque de juegos. Es un campo de batalla donde caen bombas de verdad.
Le metió el floro de que era muy peligroso para un niño, pero la verdad era que su propia casa ya no era un lugar seguro. O mejor dicho, mientras Ethan Fairchild existiera, el mundo entero era un matadero para Tony.
‘Si en el peor de los casos llego a tener un hijo… Ethan sería capaz de matar a Tony para que su propio hijo sea el Duque’.
Podía parecer una alucinación demasiado extrema, una película de terror. ¿Acaso Ethan no se portaba bien con Tony? Precisamente por eso, Eve desconfiaba más.
Esa ‘amabilidad’ de devolverle parte de su herencia era solo el cebo de la trampa que él mismo había cavado. Lo más inteligente era asumir que, mientras le sonreía a Tony, Ethan escondía un cuchillo en la espalda.
Evelyn Sherwood, no seas tonta. No te dejes engañar.
Eve siempre terminaba ‘con el puñal en la espalda’ por confiar en la buena voluntad de la gente. Pero esta vez, el precio de ser ingenua no era solo plata o propiedades. Si perdía a su hijo, no habría marcha atrás.
¿Y si escondía a Tony lejos? Donde las garras de ese hombre no llegaran.
Pero ella ya lo sabía: mientras la organización de Ethan Fairchild tuviera sus raíces metidas en todo el país, no habría escondite seguro para el niño.
Entonces, lo mejor era tenerlo cerca, bajo su control total. Ya le había puesto vigilancia extrema a Tony con la excusa perfecta de que ‘un Duque siempre debe andar con guardaespaldas y ayudantes’.
Aun así, Eve no podía estar tranquila. Antes de irse y dejar al niño, le encargó la misión a Chantal:
—Ethan Fairchild quiere usarme para quedarse con Kentrell. Eso significa que podría intentar matar a Tony. No le quites el ojo de encima por nada del mundo.
Cuando hay intereses de por medio, hasta los enemigos se dan la mano. Ellas dos, al menos en lo de mantener a Tony vivo, eran aliadas fijas.
Chantal, que andaba como loca gritando que ella tenía razón desde el principio, parecía haber perdido un tornillo. Pero lo que soltó después no fue un simple comentario por la emoción, sino su verdadera esencia de bruja:
—Si tú nunca pudieras tener hijos, nuestro pequeño estaría a salvo. Si de verdad amas a Tony, piénsate lo de la operación para no tener hijos.
Pero Eve no podía rendirse así por el futuro de Tony. Sin embargo, en el momento en que naciera otro bebé, a Tony le quitarían todo lo que le pertenece.
Atrapada en este dilema de porquería y con el miedo a mil, a Eve se le pasó por la cabeza una idea recontra peligrosa:
‘¿Y si le confieso a Ethan que Tony es su hijo?’
Sería la forma más segura de frenar ese instinto asesino contra su propia sangre y salvar a Tony. Además, ya no habría necesidad de tener otro hijo.
Aunque, claro, eso significaba rendirse ante el invasor y entregarle todo en bandeja de plata. No solo su apellido, sino a ella misma.
Ethan no se iba a conformar solo con usurpar Kentrell. Mientras más días pasaban durmiendo juntos, más claro le quedaba: él estaba obsesionado con ella, más allá de usarla como un trofeo. ¿Sería un deseo de posesión retorcido? La imagen de un futuro gris, atada a él mientras se consumía por dentro sin amarlo, se le aparecía clarita frente a los ojos.
No era difícil imaginárselo; Eve ya había visto a un hombre así antes. Y por culpa de un tipo así, perdió a su madre.
‘No quiero vivir como el trofeo de guerra de un hombre’.
Cansada de todo, de pronto pensó en la salida fácil:
‘Lárgate sola’.
Al final, todo lo que Ethan quería eran solo cadenas para ella. Podía tirar su nombre al tacho y desaparecer. Irse a un lugar donde él nunca, pero nunca, la pudiera encontrar.
Ethan se quedaría con la corona que tanto quería, Eve se libraría de la obligación de ser la guardiana de una corona ajena. Todos felices, ¿no?
Excepto por el precio que pagaría Tony.
Ese hombre, fijo que le soltaba a Tony la verdad de que él era su padre biológico, Tony se daría cuenta de que su madre era la que lo dejó tirado para desaparecer.
‘Entonces me odiarías para siempre, pensando que no te quise’
‘Igualito que yo con mi madre’
De pronto, Eve se dio cuenta de que estaba a punto de elegir el mismo camino que su madre: esa mujer que dejó a sus hijos para buscar su libertad y se fue a un lugar de donde nunca regresó.
Ese matrimonio por conveniencia que nunca quiso y la vida asfixiante como Duquesa habían terminado por anularla, quitándole toda su libertad. Obligada a vivir con el alma muerta, esa mujer decidió que la única forma de vengarse de sus opresores era matando también su cuerpo, lanzándose al vacío en su auto.
—Eres igualita a tu madre, tienes su mismo genio.
Esa frase que su padre repetía siempre, casi como una burla, terminó siendo una profecía. Era, sin duda, un diagnóstico preciso de alguien que había calado hondo en el destino de su hija.
Eve estaba sufriendo por el mismo deseo que su madre. Recién ahora, con una edad y una situación parecida, podía entender y sentir en carne propia esas ganas locas de mandar todo al diablo, soltar las obligaciones y buscar su libertad.
Usar el nombre de soltera de su madre como seudónimo para sus pinturas no era solo un homenaje; era una promesa de que ella sí viviría la vida que su madre tanto quiso.
Pero que la entendiera no significaba que hubiera perdonado el resentimiento que guardaba desde chiquita.
‘Mi madre no solo tiró su vida a la basura. También me tiró a mí’
Esa elección que Eve llamaba ‘libertad’, para el hijo que se queda atrás no es otra cosa que un ‘abandono’, una herida que se carga para toda la vida.
‘No puedo hacerle lo mismo a mi hijo. No puedo heredarle ese dolor’
Al final, siempre regresaba al mismo punto de partida, como un círculo vicioso. Se encerraba en la trampa ella misma por el bien de su hijo. Pero como era una trampa que ella misma había armado, no tenía derecho a quejarse.
Aun así, no pensaba entregarle la llave de sus cadenas a Ethan Fairchild. Estaba harta de pasar de un invasor a otro, de ser un trofeo que se turnaban.
‘Pero mientras me quede en este país, tarde o temprano terminaré siendo su prisionera’.
Al llegar al vagón, el ayudante le abrió la puerta con mucha educación. Aunque todavía no sabía qué camino tomar en esta encrucijada, de lo único que estaba segura era de que no podía quedarse quieta. Mientras subía a primera clase para ir a la siguiente parada, se le ocurrió una idea de locos.
Tony, ¿y si nos mandamos a mudar juntos?
¿Por qué se había obsesionado tanto con la idea de irse sola? Si el problema para irse era el niño, pues se lo llevaba y listo.
Era una fuga arriesgada, una locura, pero para Eve, que ya estaba entre la espada y la pared, parecía la única forma de sobrevivir. No, era más que eso: era el escape perfecto.
Así, Eve no tendría que elegir entre su libertad y su deber, dos cosas que parecían imposibles de juntar.
Tony tal vez extrañaría a Ethan por un tiempo, pero al final lo terminaría olvidando cuando conociera a otras personas. Los años que vivieron sin ese hombre eran la prueba de que no lo necesitaban para nada.
Solo había una cosa que la hacía dudar antes de lanzarse a la piscina:
Kentrell.
‘Capaz que mientras no estoy, aparece cualquier ladrón y se me tira encima de Kentrell para robárselo’.
Tenía ganas de decir que le llegaba al pincho lo que pasara con el ducado, pero si quería llevarse a Tony, no podía ser tan ligera. Para vivir con el niño necesitaba plata, casi toda su fortuna estaba amarrada al apellido de la familia.
Lo más importante era que, aunque ella quería quitarse de encima el peso de ser una ‘noble’, quizás Tony no quería perder su título de Duque.
‘Pero si nos fugamos juntos, ¿quién nos va a quitar el título?’
La vez pasada, su padre —que tenía el derecho de sucesión— estaba solo y acorralado por esos demonios, por eso le arrebataron todo tan fácil. Pero ahora, los únicos herederos de Kentrell eran Eve y Tony. Si ellos dos desaparecían, nadie podría meterle mano a la familia.
El título de Duque se quedaría ahí, esperando por su dueño, así que si en el futuro Tony quería reclamar su vida en Kentrell, podría hacerlo. Para ese entonces, Eve ya tendría una edad en la que no podría tener más hijos, así que cualquier otro reclamo de sucesión moriría por su propio peso.
Y así, la ambición de Ethan de quedarse con todo a través de Eve también se iría al tacho.
Ahora que ella tenía todo el poder en Kentrell, podía manejar sus bienes incluso estando en el extranjero, como una nómada. Al final, hay un montón de nobles que viven así y nadie les dice nada.
‘Así que no lo pienses más. Esta no es una huida por impulso o por debilidad. Va a ser un escape fríamente calculado’.
Eve por fin tomó una decisión.
Se iba a escapar con Tony, lejos de las garras de Ethan Fairchild.
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