A mi primer amor, con pesar - 86
Ethan había caído redondito. Como si creyera que Eve sonreía de pura alegría por el cuadro, se rió con ella y hasta se emocionó por enseñarle más obras.
—¿Y qué te parece si ahora coleccionamos la obra de una futura eminencia antes de que sea famosa?
Lo que trajo para presumir, jurando que era la nueva pieza de alguien que llegaría lejos, era una pintura de animales.
En el cuadro, un patio se bañaba en una luz de primavera tan cálida que casi hacía llorar. Sobre un césped lleno de flores silvestres, una gallina empollaba sus huevos con orgullo. Se veía pacífico, pero también peligroso: uno de los huevos sobresalía por debajo de la gallina, a punto de rodar y hacerse trizas.
Esa escena, que a simple vista desbordaba vida, estaba rodeada por tablas podridas que hacían de marco. Porque la perspectiva de la pintura era la de alguien que observa desde adentro de un gallinero oscuro.
El verdadero protagonista de la obra no aparecía. Eve lo sabía porque la pintora era ella.
—Eve me odia. Me odia porque soy el hijo de la mujer que ella odia.
Eran los sentimientos que ella había volcado en el lienzo el día que le dijeron que su esfuerzo por elegir el deber sobre la libertad no había servido de nada. No le hacía ninguna gracia reencontrarse con ese cuadro precisamente ahora. Ya se imaginaba que Ethan lo compraría. Mirando de reojo a ese coleccionista de sangre fría que veía el alma desnuda de los demás como una simple ‘inversión a futuro’, Eve preguntó con tono desafiante:
—¿Y tú qué crees que significa este cuadro?
—¿Quién sabe?
Ethan se encogió de hombros y miró la pintura con ojos vacíos.
—No parece que la gallina sea la artista… más bien parece alguien mirando desde el gallinero…
Hasta ahí llegaba su análisis.
—¿Será una mujer que, como no puede tener hijos, envidia a otra que sí los tiene?
Eve tuvo que morderse los labios para no soltarle una burla en la cara.
—¿Y qué voy a saber yo del instinto maternal?
‘Idiota. No es un cuadro sobre la maternidad’.
—No me genera mucha empatía, pero siendo su obra más reciente, no podía dejar de tenerla. Además, esta vez la técnica es distinta. Si te fijas bien, el tejido del gallinero está hecho uno por uno, como un mosaico…….
‘Claro, para ti solo existe la técnica. Es obvio que no podrías sentir empatía’.
Mientras el hombre hablaba de tecnicismos en lugar de la emoción que dio vida a la obra, de pronto le preguntó:
—A tus ojos, ¿qué significa esta pintura?
‘El lamento hipócrita de una mujer que perdió lo que más quería por estúpida’.
Perdió a su hijo por un amor estúpido. Perdió su linaje por una fe estúpida. Y al final, renunció a su libertad atada a un estúpido sentido del deber. Eve quería creer que era astuta, pero no era lo suficientemente retorcida como para abandonar sus obligaciones.
Desde el odio a sí misma y el arrepentimiento, hasta el rencor hacia los demás y la envidia. Ese cuadro era el desagüe donde había echado todas sus emociones más feas con colores hermosos. Era un lamento vergonzoso que no quería volver a ver. Pero, de repente, una lucidez fría como el hielo la golpeó, congelando hasta su propia vergüenza.
Si ese cuadro aparecía justo ahora ante ella, de manos de Ethan, debía haber una razón.
Era una advertencia.
‘No repitas tus errores estúpidos’.
‘No te dejes seducir de nuevo por Ethan Fairchild. El amor es ruina y la confianza es engaño. En el momento en que caigas en esa trampa, perderás todo otra vez y nunca más podrás volar fuera de esta jaula’.
Mientras Eve saboreaba esa advertencia amarga como la sangre, Ethan se dio la vuelta para buscar otro cuadro. En ese instante, la mirada de ella cambió por completo. Una hostilidad más clara que nunca lo atravesó sin piedad.
Ahora, Ethan Fairchild era el enemigo declarado.
Eve afiló el puñal que guardaba en su pecho para enfrentar al que venía. La Evelyn Sherwood inocente de diecinueve años ya estaba muerta. Murió el día que Ethan Fairchild la abandonó en esa jaula y se fue volando solo.
Lo único que quedaba era la obsesión de no dejarse arrebatar nada nunca más.
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Ni bien se despejó la neblina del amanecer, el tren que salió de Cliffhaven recién al mediodía entró chirriando a la estación central de Richmond, la capital.
En cuanto el tren se detuvo, Eve bajó al andén repleto de gente apoyada en el brazo de su escolta. Entre el vapor denso, la silueta de Richmond se recortaba bajo un cielo gris ceniza.
Ese paisaje romántico de otoño que solía verse en las postales ya no existía. Y aunque hubiera quedado algo de esa magia, Eve no tenía cabeza ni tiempo para detenerse a mirar.
Gente con el mismo uniforme militar se cruzaba en la multitud: unos volvían vivos de milagro, otros se iban directo al matadero. Entre el caos, Eve alcanzó a leer los titulares de un puesto de periódicos:
¡Extraña explosión en el río Connaught!
Bomba fallida de Constanza estalla y siembra el pánico en las afueras de Richmond…
Esta tierra estaba gimiendo por la guerra. Y Eve también estaba armando su propia estrategia para enfrentar al enemigo que se le acercaba poco a poco para invadir su territorio.
Cada noche que pasaba durmiendo con el enemigo, esa invasión se volvía una realidad inevitable.
Ethan, cuando están en la cama, se pone como un perro alzado, pero se nota que en el fondo ni siquiera tiene ganas de tocarla. Dice que quiere su cuerpo, pero no busca placer; solo le interesa el camino que lleva al útero.
Parece que se obliga a estar con ella, el único momento en que se le ve satisfecho es cuando eyacula dentro de ella. Solo cuando apunta a su objetivo.
Maldito saqueador.
Tratarla como una simple herramienta de cría… era una humillación total, una anulación de su persona.
Encima, se atrevía a intentar sembrarle un hijo sin siquiera preguntarle. Eso no era solo una falta de respeto hacia una ex, era una falta de humanidad básica. Era pura violencia.
Hoy, Eve había quedado reducida a una yegua que solo sirve para parir un semental.
¿Cómo terminó así?
La razón más obvia era que Ethan Fairchild era una basura de ser humano. Pero había una razón más profunda: la posición de Eve como heredera con derecho a sucesión.
Que Ethan fuera un desgraciado era algo que ella no podía cambiar. Pero el derecho a la sucesión… eso era otra historia.
Acorralada, la princesa tomó una decisión extrema.
Le ruego a Su Majestad, perdone mi impertinencia, pero le suplico:
Por favor, quíteme el derecho de sucesión al Ducado de Kentrell.
Era una medida radical, pero la única solución clara y de raíz.
Eve siguió a su escolta por el andén lleno de gente. Pero en lugar de ir hacia el centro, donde estaba el palacio, subió a otro andén.
Como princesa de Kentrell, ya no estaba en posición de pedir audiencia con la Reina. Ya no era la amiga de la infancia de su única hija; ahora era una mujer ‘impura’ manchada por escándalos fatales.
Pero Eve no se rindió. A través de un contacto cercano a la Reina, envió una carta expresando su deseo desesperado. Pero no hubo respuesta. El mensajero le dijo que Su Majestad se había molestado.
Dijo que cómo se atrevía a rechazar un ‘privilegio tan especial’.
¿Privilegio?
Qué tremenda hipocresía.
¿Qué beneficio le había traído ese derecho de sucesión? Era un título que ella no podía disfrutar, solo entregarlo a alguien más. Eve no era más que la guardiana de una corona que nunca podría usar.
Hubo un tiempo en que creyó que eso era poder. El poder de regalarle su linaje al hombre que amaba. Qué ilusa, creerse tan importante cuando solo era un escudo humano contra los que querían usurpar el trono.
Si no fuera porque el que ahora lleva esa corona es su hijo, habría mandado todo al diablo hace tiempo.
Primero su padre, luego su amante, ahora su hijo. La vida de Evelyn Sherwood no había salido de ser una herramienta para los hombres.
Un Rey es alguien que lo ve y lo escucha todo en su reino. Por eso, Su Majestad debía saber perfectamente en qué callejón sin salida estaba Eve para llegar al extremo de renunciar a algo tan valioso. Si la rechazó con esa frialdad, era porque lo sabía.
Al final, de tal palo, tal astilla.
La mala leche de la difunta Princesa Heredera era igualita a la de la Reina. Eve lo sabía, pero recién ahora se daba cuenta de verdad.
‘No me dieron la sucesión porque me querían, sino porque me despreciaban. Querían tirar una bomba dentro de la familia Kentrell para que todos nos fuéramos al abismo’.
Harry fue asesinado, su padre vivió una vida peor que la muerte, la propia Eve vivía humillada por un maldito título.
El demonio sentado en el trono seguro se reía detrás de su abanico viendo cómo se hundía la casa Kentrell.
‘He sido demasiado ingenua. Tan ignorante que ni siquiera sabía que no sabía nada’.
Por culpa de esa ignorancia, ahora Eve tenía que irse a una guerra total contra el jefe de una pandilla que tenía a todo el país temblando. Un demonio que mandaba sobre una organización criminal que hacía de todo, desde robos hasta asesinatos, que ahora quería saquearla a ella.
Este tipo no era como esos abogados o enfermeras doble cara; este era de otra liga. Solo de imaginar lo que venía, Eve sentía que se quedaba sin aire.
¿Y ahora, qué diablos iba a hacer?
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