A mi primer amor, con pesar - 85
Ethan no tenía ni idea de lo que tramaba Eve. Se quedó mirando un rato la ropa interior que ella había dejado bien dobladita en la mesa de noche, luego, como si estuviera pescando, la enganchó con un dedo y se la sacudió frente a la cara.
La princesa le lanzó una mirada de pocos amigos por la bromita y le arrebató la prenda, pero no se la puso. Ethan se quedó extrañado. En vez de alistarse para irse, ella seguía ahí echada en su cama, como si estuviera esperando algo.
‘¿Y tú qué esperas?’.
Sintió que la garganta se le secaba, así que, sin quitarle la vista de encima, le dio otro trago a la botella y preguntó:
—¿Te vas a quedar a dormir aquí?
—Estoy mareada. Déjame descansar un ratito y me voy.
Eve tuvo que aguantarse las ganas de soltar una risa burlona. ‘Este tipo viene a la fuerza a sembrar su semilla, pero no tiene ni idea de que, para que pegue, una no puede moverse justo después del acto’, pensó.
—Parece que te exigiste mucho. Con lo débil que eres y te pides otra ronda… Siempre tan ganosa, no cambias.
A ella le convenía que él no se diera cuenta de que tenían el mismo objetivo, así que en ese momento hasta le agradeció que fuera tan ingenuo. Pero lo que no le hacía ninguna gracia era que la estuviera provocando sin intención de terminar lo que empezó. Ethan se sentó apoyado en la cabecera y se quedó mirándola fijo mientras tomaba. Eve solo esperaba que ese brillo medio perdido en sus ojos fuera por el alcohol y nada más.
Eve intentaba ocultar su rabia, pero no podía dejar de mirarlo. De pronto, él se lamió los labios mojados de whisky y se inclinó hacia ella. ¿Acaso la iba a abrazar para besarla?
—¿Quieres un poco?
Pero lo que le puso en la cara no fueron sus labios, sino el pico de la botella. Eve soltó el aire que estaba aguantando y lo empujó.
—¿Cómo le vas a ofrecer trago a alguien que te está diciendo que está mareada?
Él soltó una risa amarga y se dejó empujar sin oponer resistencia. Menos mal que no intentaba portarse como un novio cariñoso, pero que la mirara como si fuera un bicho raro en exhibición la ponía de los nervios. Tenía que distraerlo con otra cosa.
—¿Desde cuándo esto se volvió una galería de arte?
Al principio solo estaba colgado el cuadro del faro de ‘Leclerc’, pero ahora las paredes estaban llenas de pinturas. Hasta había lienzos apoyados en los caballetes y los muebles porque ya no quedaba espacio.
Finalmente, el hombre perdió el interés en Eve, dejó la botella y se levantó. Se acercó a los lienzos apoyados y preguntó como si fuera el tipo más generoso del mundo:
—¿Hay alguno que quieras?
—No.
‘¿Para qué querría mi propio cuadro?’
Eve evitó mirar esas obras que eran como su diario íntimo y prefirió clavar la vista en la espalda de él.
Ethan se detuvo frente a un caballete y se quedó ahí parado un buen rato, con la mano en la quijada, como un experto analizando una obra. El lienzo estaba tapado con una tela, así que no se sabía qué estaba mirando con tanto interés. De pronto, se volteó hacia ella y soltó una pregunta de la nada:
—¿Conoces ‘El baile de máscaras’ de Maximilian Graf?
—Obvio que sí.
Hasta el que no sabe nada de arte ha escuchado de esa obra maestra. Preguntarle eso a una pintora, aunque no fuera famosa, era casi un insulto. Además, ese cuadro tenía un significado especial: su padre, que era fan de Graf, se murió con las ganas de tenerlo y nunca pudo conseguirlo.
—¿Lo has visto en persona?
—No.
Ese cuadro estaba en Constanza.
—¿Alguna vez quisiste verlo?
—Sí, pero eso es…
Antes de que Eve pudiera terminar la frase diciendo que ‘al ser de una colección privada, es imposible verlo’, Ethan tiró de la tela y destapó el cuadro.
Ahí estaba: El baile de máscaras. La obra maestra que su padre persiguió toda la vida y que no pudo comprar ni con todo el oro del mundo.
‘No puede ser’
Eve se quedó sin aliento mirando ese lienzo que mostraba, de forma tan irónicamente lujosa, el momento trágico en que dos amantes no logran reconocerse. Pero recuperó la compostura rápido y preguntó con desdén:
—¿Es una copia?
—No, es el original.
—…¿Qué?
Del impacto, casi se levanta de la cama, pero recordó a tiempo por qué tenía que quedarse ahí echada. Ethan acercó el cuadro a la cama para que lo viera de cerca, pero a ella le intrigaba otra cosa.
—¿Por qué… cómo es que tú tienes esto?
Su voz temblaba por la incredulidad.
—Digamos que es el trofeo de mi última misión.
—…¿O sea que no fuiste a la guerra a defender al país, sino a saquear tesoros?
En la guerra era común que se robaran cosas de otros territorios. Qué gracioso: si lo hace el Estado es ‘confiscación legal’, pero si lo hace un individuo es un crimen sin nombre.
—No, el dueño me lo dio.
—¿Te lo dio así nomás?
Ni el hombre más rico del mundo regala una reliquia familiar como si fuera un caramelo.
—Claro que no fue gratis.
dijo Ethan con una sonrisita de suficiencia.
—Fue el pago por un pasaje.
—…¿Un pasaje?
—Rumbo a Lavinia.
En cuanto escuchó el destino, Eve armó el rompecabezas en su cabeza. Ethan había ayudado al dueño del cuadro —un ciudadano de Constanza— a escapar hacia Lavinia, recibió esta obra como pago.
—Es un ciudadano de un país enemigo. ¿Acaso no es eso traición a la patria?
—El dueño de este cuadro no es ni militar ni un funcionario del gobierno, así que no pasa nada.
Según él, era solo un civil que no pudo salir del país porque el gobierno de Constanza no lo dejaba. Pero esas palabras solo confirmaban que el dueño de esta obra maestra no era cualquier hijo de vecino; de hecho, debía ser alguien con muchísimo poder.
—Después de cómo los reventamos en la batalla de desembarco, los más vivos se dieron cuenta de que su país se iba al tacho y empezaron a hacer lo imposible por escapar. ¿Cómo no iba a ayudar a esa pobre gente que gritaba por auxilio desde un barco que se hunde?
—¿Así que ayudaste con el contrabando de personas a cambio de un precio altísimo?
Ethan soltó una risa ronca, como si le pareciera tierno que Eve estuviera tan impactada.
—No sé por qué te sorprendes.
Como si estuviera tratando con una niña inocente, se inclinó para quedar a la altura de los ojos de Eve, que estaba petrificada, le preguntó:
—Eve, ¿quién soy yo?
Sin romper el contacto visual, ladeó la cabeza ligeramente. Era un gesto juguetón, pero en su sonrisa se sentía una locura peligrosa.
—Soy un criminal de la peor calaña.
‘Ethan Fairchild, tú…’
Cierto, era un criminal.
Lo había olvidado por un momento porque estaba disfrazado con esa máscara de héroe justiciero y ese uniforme impecable. Pero debajo de todo ese engaño, la realidad era que por las venas de Ethan Fairchild corría sangre negra: era el jefe de una pandilla.
Lo increíble era que él mismo siempre había tenido la clave para que ella se librara de este ladrón cuando llegara el momento. Ethan seguía burlándose, sin sospechar que la mujer que tenía enfrente ya estaba pintando un cuadro de traición absoluta.
—Soy un tipo egoísta al que solo le importa vivir bien. ¿La conciencia? Si te pones a cuidarla, terminas pisoteado y muerto por los que no tienen ninguna.
La mirada de Ethan apuntaba directamente a Eve.
—Tienes razón.
Pero ella, lejos de achicarse, le devolvió el ataque, fingiendo que compartía esa lección cruel que Ethan aprendió a costa de perderlo todo.
Ambos sonreían, pero con el puñal escondido detrás de la espalda. Era el baile de máscaras perfecto.
—Bueno, entonces……
dijo Ethan, apoyando el brazo relajado sobre el caballete
—¿Qué se siente ver una obra maestra de verdad, en carne y hueso?
—Ahora entiendo por qué mi padre se moría por tenerlo.
En cuanto ella confirmó que era ‘el objeto que su enemigo nunca pudo conseguir’, una sonrisa de ganador brotó descaradamente en los labios de Ethan. Debe sentirse muy satisfecho: primero conquistó a la hija del difunto duque de Kentrell, ahora le refriega en la cara el trofeo que su padre tanto codició.
‘Sí, disfruta tu triunfo todo lo que quieras. Porque muy pronto vas a ser el perdedor’
Eve puso su trampa con total naturalidad:
—¿También vas a mandar esto a tu bóveda subterránea? Sería una pena tenerlo enterrado bajo tierra, ¿no crees?
—Mmm…
Ethan se quedó pensativo mirando el cuadro y, de repente, volteó hacia Eve.
—¿Te lo regalo?
Eve se quedó muda por un segundo ante su actitud relajada, como si le estuviera ofreciendo un caramelo a un niño. El hombre que recibió ese cuadro como pago por un crimen peligroso debía saber mejor que nadie que su valor era astronómico.
Y también que era un objeto robado.
En otras palabras: ese cuadro era la prueba del delito.
—Lo acepto sin dudar. Gracias.
Ella tenía miedo de que fuera una broma pesada, pero Ethan no dudó ni un segundo y le entregó el cuadro con una sonrisa.
—Vaya… no puedo creer que ‘El baile de máscaras’ sea mío ahora.
La razón por la que Eve sonreía con tanta victoria no tenía nada que ver con la excusa que soltó. Pero como cualquiera se reiría así al ponerle las manos encima a una obra legendaria, Ethan no sospechó ni un poquito de la verdadera intención de esa sonrisa.
—Eso sí, no lo vayas a poner en una subasta. Si intentan confirmar el origen, la cosa se va a poner color de hormiga.
—Es un regalo. ¿Cómo crees que lo voy a vender?
Para este hombre, que ahora la miraba con una sonrisa satisfecha, Eve no era más que una tonta interesada que estaba feliz por recibir un regalo carísimo.
Hubo un tiempo en que Eve se odió a sí misma por querer aprender los trucos sucios de un estafador. Pero hoy finalmente lo aceptó: hasta de Chantal, esa estafadora, hay algo que aprender.
No hay actuación más inteligente que hacerse la que no tiene nada en la cabeza. Porque recién cuando todos creen que eres inofensiva, es cuando puedes armar el plan más peligroso de todos.
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