A mi primer amor, con pesar - 84
Era una duda humillante. Más aún porque jamás había sentido deseo sexual por ninguna otra mujer, ni mucho menos este tipo de dilemas. ¿A dónde diablos tenía que ir uno para curarse de esta enfermedad de ser esclavo del deseo solo por esa traidora?
Si Ethan hubiera vencido la tentación por su cuenta, habría sido algo motivador, pero para su mala suerte, fue Eve quien lo sacó del trance. Recién se daba cuenta de que tenía el pecho al aire y se apuró en taparse.
Al verla tan panuda y nerviosa, Ethan no pudo aguantar una risita burlona. Después de todo lo que ya habían visto, encima habiendo venido para tener sexo, que se anduviera tapando le parecía un chiste.
La próxima que venga con armadura, pues.
Aunque se tapara, sus ojos se iban solitos hacia sus pechos, que se marcaban clarito. Ethan hizo un esfuerzo sobrehumano para subir la mirada hasta la punta de la barbilla de la mujer.
Eve tenía la cabeza levantada mirando solo la pared, con los ojos bien cerrados. De vez en cuando los abría, pero…
—Ah…
Daba la coincidencia de que siempre era cuando Ethan soltaba un gemido. Al cruzar miradas, ella se palteaba y quitaba la vista al toque; ¿lo haría sin querer? Aunque solo miraba a la pared y no a él, se notaba que sus mejillas estaban rojas como un tomate.
—… ¿Por qué me miras?
Encima la mujer, de puro roche, hasta se ponía a reclamarle.
—¿Y a dónde quieres que mire? Si quieres te destapas de nuevo.
Eve bajó la mirada como para cuadrarlo, pero se arrepintió y miró hacia un costado donde no había nadie. Dejó de mover la cadera y estiró la mano hacia la mesa de noche, inclinando el cuerpo. Iba a apagar la lámpara.
—¿Y ahora por qué apagas la luz? ¿Acaso me vas a agarrar la nariz otra vez para dejarme la cara como un panqueque?
Ethan agarró a Eve por la cintura y la sentó de porrazo sobre él. Su miembro, que ya estaba casi afuera y apenas rozaba la entrada, volvió a entrar completito hasta el fondo.
—¡Agh!
Le salió el tiro por la culata.
—Maldita sea… ah…
Cuando ese placer tan agudo le recorrió toda la columna, Ethan apretó con fuerza la cintura de Eve y retorció el cuerpo.
Él pensaba que era el único molesto por haberse rendido ante el placer, pero Eve también lo miraba con una cara de pocos amigos y soltó un suspiro como si se le acabara el mundo.
¿Y ahora por qué diablos agarraba la almohada?
—Oye, ¿qué… mmmgh!
¿Y por qué me la chanta en la cara?
Antes de que Ethan pudiera tirar la almohada por ahí, Eve empezó a mover la cadera de una forma salvaje.
—Ah, ugh, ah…
Él volteó la cabeza hacia un ladito para poder tomar un poco de aire y levantó la voz:
—No sabía que a Lady Evelyn le excitaba ser una pervertida que asfixia a la gente. No quedamos en que esto iba a ser una relación de ‘mátame para no dejar huellas’.
En verdad, Eve no estaba apretando la almohada tan fuerte como para asfixiarlo. Así que la intención solo podía ser una.
—¿O sea que mi cacharro te da tanto asco que tienes que taparlo para poder seguir?
¿Qué, el mío es más grande pero el de ese cuatro ojos es más bonito? Alguna vez me dijiste que podrías vivir toda la vida mirando solo mi cara sin aburrirte… ¿cómo puede cambiar tanto una persona? Por más excusas que pusiera Eve, el humor de Ethan ya estaba por los suelos.
—Es al revés. Lo hago por consideración, para que no te bajonees al ver mi cara de asco.
—Esa ‘consideración’ tuya… si la sigo recibiendo, voy a terminar siendo el hombre asesinado de la forma más cariñosa del mundo.
¿Qué consideración ni qué ocho cuartos? Esta mujer lo estaba usando como si fuera un juguete sexual. Hasta a un gigoló le miran la cara, ¿no? Ethan apretó los dientes al ver que la duquesa ni siquiera lo trataba como a un ser humano.
Para quitarse a esta mujer de encima, lo mejor era acabar rápido y mandarla a su casa. Siguiendo esa lógica, decidió no aguantarse más, pero…
—¡Ah! ¿Todavía no… has acabado? Espera, ah… ¡no…! ¡Ahg!
—¡Ugh! Me vas a comer vivo… ¡Maldita sea…!
Recién cuando terminó siguiendo a Eve, que se fue primero, Ethan se dio cuenta. A pesar de sus intenciones, se había estado aguantando todo el tiempo.
… ¿Por qué me aguanté?
Ethan volvió a caer en ese hueco de odiarse a sí mismo, pero no detuvo el movimiento. Agarró fuerte a Eve por la cintura para que no se escape y, con unas embestidas fuertes, acabó dentro de ella con todas sus ganas.
Con ese movimiento brusco, el cuello del útero subía y bajaba golpeando su glande una y otra vez. Se pegaba a él, recibía todo su semen y luego se retiraba.
Entra de una vez, por favor.
Pero como la posición no ayudaba, el semen empezó a chorrear y a mojar la base de su miembro.
Maldición…
—¡Ah! ¿Qué haces…?
Ethan abrazó a Eve de golpe y giró los cuerpos. La puso a ella debajo y empezó a juguetear con su oreja y su cuello, pero todo era una finta. Todos sus sentidos estaban puestos en el ‘camino de la vida’ de Eve, el cual él había llenado con su semilla y ahora tapaba con su miembro para que no se saliera.
De pronto, Ethan dejó de actuar como si estuviera disfrutando del ‘después’. Sintió algo raro en Eve, que se había quedado ahí echada recibiendo las caricias.
Porque Eve también debió haber visto cómo su semen se chorreaba hace un momento.
Se quedó petrificado de la sorpresa, así que para que no saliera corriendo a limpiarse, la echó sobre la cama al toque y la encerró debajo de su cuerpo. Él juraba que ella lo iba a empujar. Que se iba a asar y le iba a reclamar por qué diablos se había venido adentro sin preguntar. Lo lógico en una mujer como ella era que se levantara en ese mismo instante a quitarse de encima su ‘semilla sucia’, ¿no?
Pero Eve se quedó ahí, echada y calladita. Ethan sabía que para que su plan funcionara lo mejor era cerrar el pico, pero no pudo con la duda que le carcomía. Mirándola fijo, arrugó los ojos fingiendo que se sentía mal por el ‘error’ y confesó su pecado, que de todas formas ya era obvio:
—Perdón. Me vine adentro.
Eve lo miró por un buen rato con unos ojos que no dejaban notar qué estaba pensando, luego le respondió con una indiferencia que lo dejó helado:
—No pasa nada.
—¿Por qué?
‘¿Acaso… acaso quiere tener un hijo mío?’
—Porque es mi día seguro.
Con esa sola frase, a Ethan se le enfrió la sangre. Resulta que todo el esfuerzo de este encuentro humillante no había servido para nada. Lo habían usado simplemente como un ‘consolador’ para calmar las ganas de Evelyn Sherwood.
—… Qué bueno, entonces.
Daban ganas de mandar al diablo este servicio tan insignificante y humillante, pero Ethan apretó los dientes y siguió con las caricias. Recién cuando calculó que era el momento de acabar con el teatrito, se apartó de ella.
En cuanto Ethan se acomodó la ropa, le dio la espalda y se sentó al borde de la cama. Eve se quedó mirando esa espalda que se sentía media rara, le preguntó como si fuera una sonsa:
—¿Quieres otra vez?
—No.
—¿Por qué?
—Ya es tarde.
Dijo que era tarde, pero agarró su licorera de plata de la mesa de noche. Esa espalda tiesa y fría no era la de un hombre que ya hizo lo suyo y ahora se porta indiferente. Se veía más bien como alguien frustrado.
Como un perdedor que no pudo lograr su objetivo de la noche.
‘… ¿Acaso saciar tus ganas conmigo no era tu único objetivo?’.
La mirada de Eve se puso afilada mientras lo observaba.
‘Ethan Fairchild, ¿qué es lo que buscas de verdad al acostarte conmigo?’.
Si quitamos el hecho de desfogar las ganas, solo hay una cosa que un hombre podría ganar del cuerpo de Eve.
Un hijo.
Un hijo con derecho a heredar el título de Duque de Kentrell.
—Perdón. Me vine adentro.
Cuando dijo eso, Ethan Fairchild era el vivo retrato del típico hombre irresponsable que intenta tapar un error imperdonable con una simple disculpa. Por culpa de esa actitud tan común, ella no sospechó de sus intenciones.
Al contrario, Eve tenía miedo de que él se diera cuenta de lo que ella tramaba.
‘No puedo dejar que se entere de que estoy tratando de tener un hijo suyo a propósito. Ni que sepa que el hijo que voy a tener es de él’.
—Porque es mi día seguro.
Esa mentira que soltó para tapar su plan terminó, irónicamente, revelando el plan de Ethan. Si no iba a quedar embarazada, él debería estar tranquilo, pero más bien se veía decepcionado.
Como un cazador que se regresa con las manos vacías porque se le escapó la presa. Ahí fue donde empezó a sentir que algo no cuadraba.
Esa duda que era como una neblina se convirtió en una verdad clarísima. Eve sintió un vértigo horrible, como si el suelo se le abriera bajo los pies.
Ethan Fairchild no era un animal que buscaba el cuerpo de Eve.
Era un ladrón que buscaba su apellido.
En los ojos de Eve se prendió una rabia caliente y, a la vez, una sensación de peligro bien fría. Había aparecido otro ladrón que quería robarle lo suyo usando a su hijo como rehén.
‘¿Por qué diablos regresó Ethan Fairchild a este maldito acantilado blanco?’
Eve siempre se lo había preguntado.
¿Será que no podía olvidar su venganza? No. Este hombre volvió porque su plan desde el comienzo era quitarle Kentrell.
‘Tu venganza todavía no había terminado’.
Eve no podía entender a ese demonio vengativo.
‘Si ya castigaste con tus propias manos a todos los que te hicieron daño, ¿por qué no te detienes?’
Esto ya no era venganza. Era pura ambición disfrazada.
Le daban ganas de meterle un cachetadón en esa cara asquerosa, pero Eve tuvo que apretar los dientes y esconder las garras.
Porque, después de todo, ella también era una ladrona que había venido a robarle su semilla, ese robo todavía no terminaba.
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