A mi primer amor, con pesar - 81
Que por favor haya fluido lo suficiente en su interior.
Eve se sentó en la cama con movimientos cuidadosos, rodeando su vientre con las manos como si ya llevara a un hijo dentro. Podía ver el rostro de Tony, que dormía profundamente. Solo entonces, la tensión de su boca se relajó en una pequeña curva.
Mi ángel. La única razón por la que me lanzo por voluntad propia a este infierno. Mientras te vea a ti, puedo sonreír en cualquier abismo.
Como un ladrón que entra a robar propiedad ajena, Eve se recostó con cuidado en la cama de su hijo. Se acercó tanto que su aliento cálido le rozaba la mejilla; pero mientras contemplaba ese rostro dormido, su sonrisa empezó a resquebrajarse.
Pequeño, ¿te volví a lastimar?
Tony se había quedado dormido después de llorar; tenía el rastro de las lágrimas seco en los ojos y las mejillas. Eve limpió su ‘pecado’ con suavidad y susurró:
—Perdóname.
No cerró los labios de inmediato; se quedaron temblando un momento. Eve soltó, por fin, las palabras que tanto había dudado en decir:
—Te amo… mi pequeño.
Como quien se confiesa ante un cura, soltó su declaración de amor y se inclinó para darle un beso secreto en la mejilla. Al sentir la suavidad de su piel, las grietas de su corazón se abrieron y un torrente de emociones reprimidas amenazó con desbordarse.
Su amor con Ethan Fairchild había muerto. Por más que intentara negarlo —incluso después de lo de esta noche—, era la cruda realidad.
A cambio, ahora tenía otro amor. Pero este amor era un secreto cruel, un pecado que debía esconder incluso más que cualquier romance prohibido. La rabia de no poder amar a su hijo a la luz del día se transformó en un odio visceral hacia ese hombre irresponsable que, cobardemente, huyó solo y la obligó a renunciar al niño. Este destino enredado y podrido tenía que desenredarlo ella sola. Sentía una soledad tan inmensa que el pecho le dolía de frío, haciéndola temblar.
Cuando sintió que todo iba a estallar en un sollozo violento, no le quedó otra que morderse los labios y alejarse.
Perdóname. Te amo, mi niño.
Cerró los ojos con fuerza y repitió las mismas palabras. Era una confesión y una penitencia adelantada para el hijo al que todavía no podía besar libremente. Este niño podría llamarla ‘mamá’, pero pasaría toda su vida creyendo que otro hombre era su padre. Le dolía más por Tony, que moriría sin saber quién era su verdadera madre. Y para colmo, sus dos hijos, siendo hermanos de sangre, tendrían que llamarse ‘tío’ y ‘sobrino’.
En este árbol genealógico retorcido, dos vidas crecerían alimentándose de mentiras.
En la primera vez, Eve fue una víctima; pero en esta segunda, era una culpable sin excusa alguna. ¿Y acaso podía presentarse dignamente ante Tony? Ella siempre había concebido a sus hijos como un medio, no como un fin.
Eve lo aceptó. Con este amor maternal tan retorcido, ella no era más que un demonio hipócrita. Por eso, se hizo una promesa: Seré yo el medio para ellos. Aunque eso me cueste la vida.
Mi pequeño, no importa en qué clase de demonio me convierta…
—A ustedes sí los voy a proteger. Yo soy la única que los va a cuidar.
La sonrisa frágil de esta mujer, que solo sabía amar y pedir perdón de las formas más ciegas y peligrosas, se empapó por completo en lágrimas.
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Ese día, desde la mañana, su humor se fue directo al tacho.
Porque vio sangre.
Eve confirmó que no había ganado nada de su trato con Ethan Fairchild, salvo el precio humillante que tuvo que pagar. Ese milagro de quedar embarazada a la primera, obviamente, no ocurrió.
Su encuentro clandestino de hace quince días fue el primero y el último, ya que el eficiente Mayor Fairchild se había largado de inmediato al frente norte. Sigue perteneciendo a la base de Littlewick y dejó sus cosas en el cuarto de Harry, así que en algún momento volverá.
… No puedo creer que esté esperando a ese tipo.
Eso también ayudó a que su ánimo se hundiera en la miseria.
—¡Tú fuiste, ¿no?!
En medio de todo, Chantal apareció gritando como una loca desquiciada.
—¡Tú lo incitaste para que se fuera a morir allá!
Owen, tal como prometió, se volvió médico militar, a pesar de que Chantal se opuso. Parece que de verdad está desesperado por ese hijo de Eve.
Qué asco.
Por cierto, ¿por qué Chantal está tan obsesionada con un hombre tan mediocre? Hasta llegó a pedirle a Eve, de forma humillante, que moviera sus influencias para que mandaran a Owen a un hospital cercano o, al menos, a la retaguardia.
—¿Y yo qué sé? ¿Qué poder crees que tiene una ‘Lady Kentrell’ casada con un plebeyo? ¿Por qué no le pides tú misma el favor a la Reina, Gran Duquesa?
Eve, por supuesto, la mandó a rodar con sarcasmo. Y ahora que al tipo lo mandaron al frente de batalla, Chantal la señalaba como la culpable.
—¿Crees que no me doy cuenta de que quieres matar a Owen? ¡Te da vergüenza ser una divorciada, así que quieres ser una ‘viuda honorable’ para cambiar de marido!
La acusaba de complotar con su exmarido para mandar al actual al matadero. Bueno, técnicamente, no era una calumnia.
En el ejército, casi nunca mandan a gente de la alta sociedad o a sus parientes al frente de batalla. Que el esposo de una Lady Kentrell terminara en un hospital militar en el frente norte significaba que alguien ‘pesado’ había metido su cuchara.
Estaba más que claro quién había sido. Ethan Fairchild.
No es que él hubiera leído la mente de Eve para hacerle un favor; simplemente lo mandó lejos porque no soportaba la idea de que Eve se acostara con Owen. No sé si por posesividad o por asco. Como sea, Ethan estaba haciendo el papel de sicario bajo las órdenes de Eve, sin tener la menor idea de que no era más que su marioneta.
—Chantal, Doctor Kallas está cumpliendo con su deber como el adulto que es. ¿Por qué no sigues su ejemplo y maduras de una vez? En momentos así, pareces una madre que no puede despegarse de su hijo. Das pena.
—¡No me cambies el tema! ¡Ya sé que te estás viendo con ese tipo de nuevo!
A Eve se le escapó una risa sarcástica. ¿’Viéndose de nuevo’? Qué término tan exagerado para dos personas que solo se buscan para sus asuntos y luego se dan la espalda.
—¿Y cómo se supone que me veo con un hombre que ni siquiera está aquí? Voy a tener que buscarte un psiquiatra como nuevo médico de cabecera.
Al tratarla de loca, la cara de Chantal se deformó del odio. Pero, como queriendo demostrar que la desquiciada era otra, le soltó el veneno con ganas:
—La noche de la fiesta, estuviste a solas con Ethan Fairchild en el cuarto de juegos.
En ese instante, a Eve le recorrió un escalofrío por toda la columna. Ya sabía que sospechaban de sus encuentros; Owen se lo había suplicado de rodillas antes de partir al frente:
—Mi Lady, se lo ruego… este humilde servidor le suplica que no deje entrar a Ethan Fairchild en su dormitorio.
—¿Y por qué chucha metería yo a un tipo así en mi cama? ¿Acaso me ves tan barata como para andar de coqueta en las piernas de un hombre que detesto, como hace Chantal? —No, no es eso… es que, por su tipo de sangre, tal vez usted lo necesite…
—… ¿Qué?
¿Será que tantos años viviendo como un esclavo, pendiente de cada gesto de sus amos, le dieron ese instinto? Owen había leído las intenciones de Eve. Solo había una forma de salir limpia de esa trampa:
—Qué buena idea has tenido.
Fingió que no se le había ocurrido, sorprendida, e incluso felicitó a Owen por esa ‘brillante’ idea. El pobre tipo se puso pálido como un papel, se metió un cachetazo él mismo por haber hablado de más y se le colgó de la ropa rogándole que, por favor, no tuviera un hijo de Ethan. Fue un mate de risa.
Incluso el muy tonto se puso a porfiar diciendo que ese tipo de sangre —que un especialista ya había confirmado que era genético— podía no heredarse. Qué lástima daba.
—¿Yo acostándome con Ethan Fairchild? Jamás se te habría ocurrido una atrocidad así por tu cuenta, seguro fue Chantal, ¿no? ¿Prefieres creerle a otra mujer antes que a mí? Entonces lárgate con ella.
—¡Per-perdóneme, mi ama!
—Idiota, ¿no te das cuenta de que ella sabe que estás de mi lado y solo quiere ponernos en contra? Te dije que fueras discreto, ¿qué diablos hiciste?
—¡Nada! No creo que me hayan descubierto. ¡Por favor, perdóneme!
Por supuesto, la que estaba sembrando la cizaña era Eve. Owen, paralizado por el terror de que lo abandonara, no volvería a unirse a Chantal para cuestionarla.
Pero volviendo al presente… Chantal no había mencionado pruebas del encuentro. ¿Cómo sabía que ya se habían revolcado en el cuarto de juegos? Eve no había dejado ni una sola huella de lo que pasó, mucho menos de que ella fue la que armó todo ese laberinto.
—Chantal, no sé de dónde sacas esas ideas, pero nunca he estado a solas con ese hombre en ese cuarto de juegos tan horrible.
Eve lo negó con toda la seguridad del mundo, pero Chantal no retrocedió. Parecía una investigadora que por fin tiene al culpable contra las cuerdas. De pronto, sacó algo del bolsillo y lo tiró sobre el libro que Eve estaba leyendo.
Era una colilla de cigarro con una mancha roja bien marcada en el filtro. Había rebuscado hasta en el cenicero. Qué tía tan pesada.
Eve se quedó mirando la colilla en silencio, mientras Chantal preguntaba victoriosa, como quien atrapa al ladrón con las manos en la masa:
—Entonces, ¿qué hacía un cigarro con tu marca de labial en ese cuarto?
—¿Qué…?
Eve no pudo aguantar la risa. ¿Esa era toda su prueba? Qué chiste.
—¿Ahora resulta que cualquier cigarro con labial es mío? ¿Acaso fui la única mujer que fumó en esa fiesta? ¿Y cómo sabes que ese es mi labial? Qué pena me das, Chantal, esperando que caiga en una red tan mal tejida.
Sin embargo, por dentro, sintió un poco de miedo. El instinto de Chantal para señalar el lugar exacto del encuentro era, por decir lo menos, escalofriante.
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