A mi primer amor, con pesar - 80
Ese lugar está repleto de matones disfrazados con uniformes militares. Como siempre que se cruzaban con él buscaban pelea, Owen se había acostumbrado a evitarlos por instinto. Por eso, aunque estaba buscando desesperadamente a Lady Evelyn, se saltó esa zona sin darse cuenta.
—Chantal, ¿llegaste a… abrir esa puerta?
¿Chantal también se la habría pasado de largo por la misma razón? Al escucharlo, ella puso una cara de pocos amigos y, entre desconcertada y furiosa, corrió hacia la puerta.
Owen la siguió, aunque sentía como si estuviera caminando por su cuenta hacia la horca. Tenía el presentimiento de que Lady Evelyn y Ethan Fairchild estaban en ese cuarto de juegos, esa sensación se hacía más fuerte a cada paso.
¡PAM!
Chantal abrió la puerta de un porrazo. En ese microsegundo, a Owen hasta se le olvidó cómo respirar.
Lo que vieron adentro era, en una palabra, un desmadre. El suelo estaba lleno de fichas de póker y pedazos de discos de vinilo rotos. Sobre la mesa de cartas, que era un desastre de restos de apuestas, solo se movían unas sombras de forma errática.
Lo único que tenía vida en ese cuarto de juegos era la lámpara del techo, que se balanceaba de un lado a otro por el viento que entraba por la ventana abierta.
No había ni un alma.
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Ethan caminaba por el pasillo del primer piso de la mansión, jurándose a sí mismo que se veía igual que siempre, como si no viniera de tener un encuentro sexual tan intenso que parecía una guerra.
Al fondo del pasillo, la puerta de servicio se abrió y apareció el mayordomo con una bandeja en la mano. Parecía que iba hacia el salón de la fiesta; se acercó, se hizo a un lado y lo saludó con la cabeza, por pura formalidad.
Pero en cuanto estuvieron a un solo paso de distancia, la sonrisa de compromiso del mayordomo se desmoronó por completo.
—Mayor Fairchild, si necesita ayuda con algo, por favor, no dude en decírmelo.
Ethan se había arreglado la ropa meticulosamente antes de salir del cuarto de juegos. ¿Qué rayos estaba viendo este tipo para pensar que estaba tan ‘desarmado’ como para necesitar ayuda?
Pero lo que Ethan necesitaba no era el auxilio de un extraño. Sin decir ni una palabra, le arrebató la botella de cristal que estaba en la bandeja y pasó de largo.
Apenas empujó la primera puerta que vio y salió al jardín, aspiró el aire húmedo de la noche como si se estuviera asfixiando. Necesitaba calmar esa furia que le hervía por dentro.
Finalmente, había sembrado la semilla de la venganza en el vientre de su enemiga. Así que esta noche, Ethan Fairchild era el cazador que, tras una persecución implacable, por fin había atrapado a su presa más difícil.
Sin embargo, en lugar de sentir el dulce sabor de la victoria, lo único que sentía era algo amargo que le subía por la garganta. Ethan cerró los ojos con fuerza por el mareo y los volvió a abrir.
¿A dónde se había ido ese jardín que bajo el sol rebosaba de vida? Ahora, bañado por la luz pálida de la luna, el lugar se sentía frío y lúgubre como un cementerio. Ante sus ojos nublados, los arbustos cuadrados parecían tumbas y los árboles alineados se transformaban en lápidas.
Entre esas ‘lápidas’, el viento traía el eco de unos susurros de pareja:
—Como estamos caminando de puntitas, parece que fuera un ladrón.
—¿Acaso no lo eres?
—¿Y qué me he robado, según tú?
—Mi corazón.
—Ja, pero si tú me lo diste. ¿A quién llamas ladrón ahora?
Ethan se encontró cara a cara con su yo de diecinueve años, ese que ya había muerto hace mucho. Ese chico tonto e inocente que, mientras acompañaba a su novia a casa tarde en la noche, hablaba cualquier sonsera con tal de que el tiempo juntos no se terminara, aunque se moría de miedo de que los descubrieran.
White Cliff Hall era un lugar donde los recuerdos viejos flotaban como fantasmas. Este era el cementerio donde estaba enterrado su amor muerto.
Ese sentimiento de juventud también debió haber muerto ahí, bajo tierra, pero salía de la nada como un cadáver que no se pudre para agarrarlo de los tobillos.
Ethan intentó tomar aire para aguantar las ganas de vomitar, pero se quedó tieso, como si le hubieran clavado un cuchillo en el pulmón. El olor a mar, tan familiar, se mezcló con un perfume provocador que invadió su respiración. Era obvio que el aroma de Eve se le había pegado al cuerpo durante el acto.
Maldita sea. Una mujer que cambia de hombre como de calzón, pero que no ha cambiado de perfume en diez años.
Por culpa de esa crueldad, ahora hasta el aire que respiraba estaba manchado por ese amor difunto. Ahí fue cuando los esfuerzos de Ethan se fueron al diablo; ya no pudo aguantar más la náusea que le venía apretando desde que terminaron de estar juntos.
Se apoyó apurado en un árbol y se agachó. ¿En qué parte de este cuadro penoso estaba la dignidad del cazador? Parecía más bien una presa herida de muerte escupiendo sangre.
Quería arrancar de su interior ese sentimiento que se negaba a morir, quería vomitarlo todo junto con su arrepentimiento. Pero sabía que, aunque se sacara hasta las tripas, eso no se iba a salir de él. Esa desesperación le pesaba en el pecho como plomo. Empezó a respirar entrecortado y se le nubló la vista.
De pronto, Ethan empezó a vomitar otra cosa: el asco que sentía por sí mismo, por seguir guardando ese sentimiento podrido que solo servía para infectarlo por dentro.
Ese encuentro sexual debió ser solo un ritual frío de venganza. Pero él se había comportado como un animal en celo, embriagado por el placer y moviéndose con una vulgaridad desesperada.
La única satisfacción que debía obtener de la traidora que lo metió en la cárcel era el goce de la venganza. Sin embargo, como un animal perdido que busca su nido por instinto, él había buscado consuelo en los brazos de ella. Exactamente como ese perfume de Eve que todavía recordaba a la perfección.
‘Ethan Fairchild, ¿cómo puedes… cómo te atreves a seguir mendigando amor de alguien como Evelyn Sherwood? De la enemiga que te quitó la vida brillante que construiste con tu propio esfuerzo y te hundió en un pantano lleno de sangre y porquería’.
Daba asco. Más que esa mujer, le daba asco él mismo por seguir sintiendo algo parecido al amor por alguien así. Ahora, más que la traición de Eve, lo que más odiaba era la traición de su propio cuerpo y de su corazón.
—Maldita sea…
Aunque vomitó hasta quedarse vacío, esa sensación asquerosa no se le iba. Dejó de tener arcadas, caminó tambaleándose y se sentó de golpe en el borde de una fuente de mármol.
Le arrancó el corcho a la botella de cristal que le había quitado al mayordomo; el tapón rodó por las piedras del suelo hasta detenerse. Como un tonto que cree que desinfectar una herida incurable va a servir de algo, Ethan pegó la botella fría a sus labios y dejó que el alcohol fuerte le quemara la garganta.
—Uf…
Parece que el ‘remedio’ no era tan malo después de todo. A medida que se le subía el trago, las náuseas empezaron a bajar. No sabía si lo que se estaba adormeciendo eran sus sentimientos o su razón, pero al menos ya podía aguantar el dolor.
Recuperando un poco la compostura, Ethan levantó la vista hacia la mansión bañada por la luz azulada de la luna.
‘El que da asco de verdad no soy yo, es ese lugar’
Edén. El paraíso del que lo botaron y la flor asquerosa que brotó sobre el cadáver de un amor pobre.
Ethan agarró el nudo de su corbata negra, que antes colgaba floja, lo apretó fuerte contra su cuello como si fuera una soga. Agarrándose con uñas y dientes al único sentimiento que tenía derecho a sentir ahora, hizo una promesa:
‘Voy a cortarle la respiración a los Sherwood con mis propias manos y les voy a quitar Kentrell. No me importa si para lograrlo tengo que matar mi alma o vender mi cuerpo’.
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Para Eve, esto no era más que un trato por el bien de su hijo.
Aunque intentaba convencerse de eso, ella sabía muy bien la verdad: que por más que se tomara esto como un cálculo frío, en el momento en que le suplicara una noche al hombre que la traicionó, su corazón iba a terminar doliendo por mucho tiempo.
Y pasó tal cual lo esperaba. Ethan Fairchild le había desgarrado no solo el vientre, sino hasta el corazón antes de irse de su lado.
Él la trató solo como un lugar donde desfogar su deseo. Ni siquiera era porque quisiera su cuerpo; ese hombre solo estaba teniendo un encuentro sexual solitario con su propio odio. Eve, sabiendo todo eso, todavía buscaba entre sus brazos al amor de hace diez años.
Por eso, hubo algo en este encuentro que no salió como ella pensaba. La persona que le clavó un puñal en el alma no fue él, sino ella misma.
Todavía le temblaban las piernas tanto que no podía ni sostenerse, sentía esa zona caliente y adolorida. Ese ‘camino’ que ella abrió de par en par solo para recibir la semilla de la vida, no podía olvidar al hombre que se fue y seguía reaccionando por su cuenta. Eran las secuelas de un orgasmo humillante.
‘Evelyn Sherwood, ¿te divertiste con un tipo al que ya no le importas ni un poquito?’
No tenía derecho a despreciar como a un animal a ese hombre que, aunque decía odiarla, se volvía loco de placer cuando ella se movía para él.
‘Tú eres igual de animal que él’
Pero de ahora en adelante, tendría que acostumbrarse a haber caído tan bajo. ¿Acaso se quedaría embarazada en una sola noche? Hasta el día en que confirmara su embarazo, Eve tendría que seguir abriéndose de piernas ante el hombre que la abandonó, suplicándole que, por favor, descargara su deseo dentro de ella.
—Ay…
Solo de pensar en tener que pasar por esa autoflagelación otra vez, ya se sentía agotada. Ethan no había sido brusco mientras estaban juntos, pero estar con él era dañino por donde se le mirara.
Con el cuerpo y el alma hechos pedazos tras esa única vez, Eve se quedó apoyada en la puerta como si fuera un cascarón vacío, mirando la oscuridad del cuarto con la vista perdida.
Recobró el sentido cuando escuchó unos pasos apresurados pasando por detrás de la puerta. Recién ahí pudo moverse hacia la cama, donde se escuchaba la respiración pausada y tranquila de su hijo.
A cada paso que daba, sentía la humedad entre sus piernas. Sentía cómo algo se le escapaba de adentro y mojaba su ropa interior.
Esa semilla de vida, que recibió a costa de matarse por dentro, se le estaba escurriendo.
Apenas terminaron, ella quería meterse al agua hasta la cabeza para lavarse cualquier rastro maldito de Ethan Fairchild. Quería borrar hasta su propia estupidez por seguir confundiéndolo con su primer amor muerto… pero parece que aguantar tanto no había servido de nada.
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