A mi primer amor, con pesar - 78
Maldita sea, si esto sigue así, no tiene ningún sentido.
¿Por qué la obligó a echarse sobre la mesa? ¿Para dominarla? ¿Para rebajar a la digna hija de un duque al nivel de una perra? ¿O simplemente porque era más cómodo para penetrarla? Si Eve se lo preguntara, él le soltaría cualquier excusa de esas. Pero la verdadera respuesta, esa no la diría ni aunque le pusieran un cuchillo en la garganta.
No tengo el valor de acostarme con ella mirándola a la cara.
A Ethan le aterraba que, mientras ella disfrutaba descaradamente de un placer sin amor, él fuera el único que terminara chocándose de frente con los recuerdos del pasado. Eso sería un insulto a la pureza de lo que alguna vez sintieron. Pero, claro, como nunca fue amor de verdad, los recuerdos son falsos, y al final el único insultado y humillado sería él.
Traicionero de mierda.
Mientras su orgullo gritaba de dolor, siendo destrozado por esta humillación, su cuerpo estúpido se hundía con gusto y sin una pizca de dignidad en ese placer tan familiar.
—Ha…
De pronto, a Ethan esa ‘familiaridad’ le pareció un absurdo. Se supone que lo familiar es un hábito que se te pega al cuerpo tras años de práctica, como respirar. Esa fantasía que duró apenas un mes hace diez años no tenía derecho a llamarse familiar.
Se sintió patético por haber vivido rumiando esa fantasía fugaz hasta hacerla parte de su piel. ¿Si se cortara ese bulto de instinto idiota que recuerda las cicatrices como si fueran placer, se libraría por fin del dolor? No, no habría forma de lograrlo a menos que se arrancara el corazón. Porque hasta su alma, de forma terca, se estaba emborrachando de placer y retrocediendo al pasado. Ante la rebelión feroz de su cuerpo y sus sentimientos, su razón se desmoronaba sin poder hacer nada.
Él creía que en la batalla de esta noche su única enemiga era Evelyn Sherwood, pero qué equivocado estaba. El enemigo más letal de Ethan Fairchild era ese recuerdo que él mismo se había negado a soltar durante diez años.
¿Qué clase de soldado tan idiota salta al campo de batalla llevando al enemigo en el pecho? Al final, quien hundió a Ethan en el abismo no fue Eve, sino él mismo.
Por otro lado, en este acto de odio donde los restos de un amor que creía muerto la golpeaban de golpe, Eve también estaba cayendo en ese abismo llamado placer.
Placer sin amor. Por fin entendía la cara real de ese tabú que nunca había comprendido.
Cuando Ethan la obligó a echarse sobre la mesa, ella hasta se sintió agradecida, como si hubiera encontrado un salvador. Pero mientras se bajaba la ropa interior ella misma para un hombre que solo la veía como un juguete sexual, su orgullo se retorcía hasta el límite y una rabia repentina intentaba ganarle a su fría lógica. Por eso, no dejaba de preguntarse:
¿Podré evitar darle una patada entre las piernas?
Eve no era una mujer sin orgullo, ni mucho menos una santa. Tenía al frente a un animal en celo que regresaba arrastrándose a la mujer que lo botó sin asco. No estaba segura de poder contenerse y no estrangularlo de pura rabia.
Pero en el momento en que Ethan la penetró por detrás, se dio cuenta de lo tonta que fue al sentirse aliviada por no tener que verlo a la cara.
Lo de esta noche no podía ser amor, de ninguna manera. Pero, ¿acaso esperaba que por fuera pareciera un encuentro apasionado entre dos amantes? No, eso tampoco era lo correcto. El mejor escenario era un acto mecánico para los fines egoístas de cada uno. Eve juró que, sin importar la obra que se montara en el escenario, ella sería la actriz y no un simple objeto. Pero eso también fue un engaño.
—¡Mmm, ah, uff!
Apretada por ambos lados, sometida por el hombre, en este estado no era un ser humano con dignidad. Ahora mismo, Eve no era más que un desfogue para los deseos de Ethan Fairchild, un receptáculo para su lujuria unilateral.
Él ya no era aquel chico de diecinueve que aguantaba su pasión desbordada para tratar su cuerpo con dulzura. Ya no le susurraba cosas lindas ni encendía el fuego en su alma.
—Maldita sea…
Lo único que salía de su boca durante todo el acto eran insultos vulgares que caían como bombas, y los nombres de los hombres a los que les tenía hambre.
—¡Ah!
—Caracho…
Ese movimiento brusco que parecía querer romper la mesa no era amor, ni siquiera era deseo por Eve.
—Maldito enfermo de mierda… ¡caracho!…
No era más que un instinto de competencia dirigido a otro hombre. Un animal enfurecido que arremetía con más fuerza solo para ganarle a otro macho. El hombre estaba a solas con ella, pero no estaba con ella.
Ethan Fairchild solo estaba teniendo sexo con su propio ‘odio’.
De pronto, Eve sintió una soledad espantosa. Y casi al instante, se puso roja de vergüenza al darse cuenta de lo ridículo que era sentirse así.
… Evelyn Sherwood, ¿qué es lo que quieres ahora?
Ambos habían acordado que esto sería una relación de cuerpos sin sentimientos. Pero Eve se estaba enfureciendo con el hombre que simplemente estaba cumpliendo el trato tal cual. Solo porque él no le entregaba su corazón.
Sin darme cuenta, estaba buscando el amor en un lugar donde solo debería haber placer.
¡Ese hombre ya no es mi primer amor!
En realidad, ese ‘primer amor puro’ nunca existió, pero si todo es una farsa, ¿por qué estos sentidos se sienten tan desesperadamente reales?
—¡Mmm, ugh, mmm!
—Ja… ¿te gusta?
En el momento en que el cuerpo de Eve traicionó su voluntad y se estremeció, la risa ronca de Ethan se filtró en su oído. Era, sin duda, una burla. Le resultaba gracioso que Eve sintiera el mismo placer de antaño a pesar de que sus movimientos ahora eran bruscos y cargados de malicia.
La rabia inundó sus ojos abiertos de par en par. Sin embargo, Eve no permitió que ni una sola gota de llanto escapara; se tragó las lágrimas con amargura. No podía dejar que esa mano cínica que le tapaba la boca se humedeciera. No quería ser todavía más el hazmerreír de este hombre al dejarle saber que estaba llorando.
Evelyn Sherwood, ya das risa. No, das pena.
Jadeando de placer mientras estaba sometida por el hombre que la despreciaba, sintiendo el roce de la infamia. Quería detener esta locura, este ‘autodaño’ que la hundía en el fango antes de que el autodesprecio cruzara una línea sin retorno al llegar al clímax.
Reacciona. No puedes parar. No hasta que él termine.
Eve se obligó a sí misma a quedarse, aterrada por ese abismo que se acercaba en forma de orgasmo.
Aguanta. Esto no es pecado. Es un sacrificio.
Pero no pudo mentirse ni a sí misma llamándolo ‘noble’. Era un sacrificio sucio. Eve nunca había concebido a un hijo por puro amor. Siempre había albergado primero en su vientre un frío cálculo para utilizar a ese niño. La primera vez, para apoderarse de la familia; la segunda, para proteger el futuro de su hijo. Siempre usó su útero como una herramienta.
Evelyn Sherwood, ¿después de todo eso, todavía esperabas tener dignidad humana?
Quien le arrebató la dignidad a Eve no fue Ethan Fairchild, sino ella misma. Por eso, incluso la palabra ‘sacrificio’ se convirtió en una autodefensa patética. Dar satisfacción sexual a un hombre a cambio de su semilla es un trato. Y esa es, precisamente, la definición de prostitución.
—Uff… no te contengas……
susurró Ethan entre dientes, con la voz forzada por el esfuerzo
—Ve.
‘Yo no quiero ir a ningún lado. Tú eres el que debe terminar de una vez’, pensó ella.
Eve, que se resistía sacudiendo la cabeza, comprendió de pronto: si era una mujer vendiendo su cuerpo, tenía que usarlo. Con una determinación que se sintió como un despertar amargo, se mordió los labios. Al mismo tiempo, apretó con fuerza ese miembro implacable con sus músculos internos. El hombre, que mantenía un ritmo constante por detrás, se sobresaltó y detuvo por completo el movimiento de su cadera.
‘No te detengas. Suelta tu semilla de una vez’.
Eve contrajo sus paredes vaginales como si una criada estuviera escurriendo una toalla mojada. En el instante en que ella empezó a mover la cadera torpemente para compensar la pausa, Ethan soltó un gemido desgarrador, como si algo dentro de él se hubiera quebrado.
—¡Ah…!
¿Ya terminó?
—Ja… esto tampoco ha cambiado… maldita sea…
Lamentablemente, no era eso. El hombre, que hasta ahora no se preocupaba por nada más que taparle la boca y penetrarla, la abrazó con fuerza y empezó a sacudir su cadera de forma espasmódica, casi como una convulsión.
—Haa…
—¡Mmm, ugh, mmm!
—Eve, ah, maldita sea, ¿por qué siempre tú…?
Esto ya era una especie de ataque de locura. Las reglas mecánicas que su cuerpo había intentado seguir esta noche desaparecieron en el momento en que él recuperó la lujuria desatada. No había forma de prepararse para un ritmo que había perdido todo control; Eve solo pudo dejarse arrastrar, convulsionando junto a él.
—¡Ah, ah!
—Por esto… uff… hace falta música.
Si intentaba levantar el torso apoyándose en la mesa, Ethan la aplastaba de nuevo; si intentaba sostenerse con las piernas, el ariete de él golpeaba las puertas de su castillo hasta derrumbarlo todo.
¿Cómo podría moverse para satisfacer a otro si ni siquiera podía sostener su propio cuerpo? Eve apenas podía aguantar el arma que entraba y salía de ella, pero Ethan estaba sumergido en la ilusión de que ella lo seguía apretando y succionando por voluntad propia.
—Mierda, ¿quieres arrancarme el bicho? Te voy a dar de alma todos los días para que no sientas ese hueco vacío, ¿para qué me lo quieres quitar? ¿Eh? Si lo haces, ya no tendrías razones para buscarme… ha…
Él empezó a succionar el lóbulo de su oreja de forma vulgar, susurrando obscenidades. ¿Por qué, entonces, a Eve le vino a la mente aquel viejo susurro de amor que no se parecía en nada a lo que estaba viviendo?
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