A mi primer amor, con pesar - 77
Si Ethan Fairchild fuera de esos hombres que se ablandan dándole placer a la mujer que lo hundió en la miseria, ni siquiera habría empezado su venganza.
—¡Ah…!
Pero si el camino hacia el útero está lleno de puntos sensibles, es imposible no pisarlos. Apenas hundió el glande hasta el fondo, rozando la entrada del cuello uterino, la carne suave del interior se hinchó y lo apretó. A Ethan se le erizaron hasta los pelos de la nuca, mientras Eve levantaba la cabeza de golpe. Sus piernas, que la sostenían con las justas contra la mesa, empezaron a temblar peligrosamente.
—Uff…
Sus manos pálidas y flacas se aferraron al borde de la mesa, mientras su interior, latiendo de calor, lo estrujaba como si quisiera arrancarle el miembro. Fue un momento crítico también para Ethan.
—Ha…
Aunque ella intentaba empujarlo para resistirse, su interior empapado se convirtió en una trampa que se aferraba a su pene sin soltarlo. Si ya de por sí la entrada era estrecha, ahora estaba tan cerrada que parecía impenetrable.
—Maldita sea, estás tan apretada como la primera vez.
Apenas soltó eso, se sintió como la basura.
—¿Qué pasa? ¿Tu segundo marido la tiene como un dedo de la mano o qué?
‘¿Y yo qué voy a saber? Si nunca nos hemos acostado’, pensó Eve. Pero no se molestó en sacarlo de su error. No era solo porque no podía ni hablar para que no se le escapara un gemido.
‘Sí, húndete más en esos celos hipócritas. Quédate ciego por esa rabia, que solo así podré matar a mi enemigo inútil sin tener que deberle un favor peligroso a ningún capo de la mafia’.
—Ya sé que te sorprende volver a sentir algo de este tamaño, pero relájate.
Como para que él sintiera lo atrapado que estaba ahí adentro, empezó a sacudirse con fuerza sin salirse. Solo ese movimiento leve de cadera fue como un latigazo eléctrico que atravesó todo el cuerpo de Eve.
Ella juraba que venía preparada mentalmente para esto, pero el impacto de que él le diera justo donde más le dolía —y le gustaba— era mucho más fuerte que cualquier determinación. Con el placer, despertaron recuerdos que ella había enterrado a la fuerza. Le entró miedo por lo que estaba a punto de empezar.
‘Pero no puedo correr’.
Eve intentó calmar su corazón, que latía como loco queriendo escapar de ese acto que se sentía como una autoflagelación. Respiró hondo y pausado.
—Fuu… ¡ah!
Cada vez que el interior de Eve se relajaba un poco y cedía espacio, Ethan no perdía el tiempo y embestía. Como si su cuerpo tuviera memoria mecánica, sin necesidad de pensar.
‘¿Por qué es tan bueno en esto? ¿Con cuántas mujeres se habrá metido después de que me dejó?’.
—¡Ahg!
El miembro atravesó todo su interior hasta chocar contra el fondo. Él, un egoísta que solo buscaba su propio placer, no esperó a que ella dejara de temblar; al contrario, le dio de alma sin dejarla respirar.
—Mierda… hha…
Se portaba como un animal que solo quería descargar su calentura. A ella le daba asco, pero a la vez agradecía que quisiera acabar rápido en lugar de tomárselo con calma. Eve también tenía prisa.
El piso de madera crujía por la fuerza de las embestidas. Justo debajo de ese suelo delgado, en el salón de banquetes, los invitados debían estar en plena fiesta elegante. Sin sospechar que la dueña de casa se estaba revolcando con uno de ellos.
—Ah… mmm… uff…
—Espera, ¿no era justo aquí?
¡Paj, paj, paj, paj!
El sonido de los cuerpos chocando se mezcló con la risa burlona de Ethan. —El lugar donde juramos que nos tiraríamos justo encima de las cabezas de tu padre y tu hermano, cuando ellos no sospechaban nada.
Ethan también estaba viendo los mismos fragmentos de recuerdos que ella. Agarró sus nalgas con fuerza con sus manazas y se hundió todavía más salvaje. Jadeaba como una bestia, pero le sobraba aire para seguir siendo un cínico.
—Señor Duque, señor Barón… espero que estén, ha… descansando en paz. Aunque, uf…
—Ahhh…
—Si la señorita viera cómo se muere de gusto tragándose el bicho de su enemigo, de seguro que patean la tapa del cajón para salir.
Quizás se aburría porque ya no podía vengarse de los muertos. Por eso quería meter a un vivo como espectador en este teatro humillante.
—De hecho, sí que le estás poniendo los cachos a tu marido justo encima de su cabeza.
En cuanto Ethan recordó al esposo de Eve, soltó una lisura y empezó a darle con más rabia.
—¡Ah!
—¿Quieres que la próxima nos revolquemos frente a él?
‘Que me tengas celos me sirve, pero no me apuntes a mí’, pensó Eve. ‘Tú no tienes derecho a hacerme daño’. Entonces, ella movió el cañón de Ethan hacia el blanco correcto:
—¿O sea que tu fetiche es hacerlo de a tres?
—…¿Qué?
En el momento en que ella preguntó con ese tono tan serio, Ethan perdió el ritmo de su cadera por un segundo.
—A Owen le gusta ese plan.
Esa sola frase fue suficiente para que el movimiento salvaje de Ethan se detuviera en seco, como si le hubieran cortado la respiración. El cuerpo de él, todavía enterrado en el de ella, seguía ardiendo, pero se quedó tieso, petrificado.
¿De verdad se había quedado sin aire? Solo después de un silencio que pareció eterno, él habló.
—Así que…
Recién ahí Eve sintió en carne propia que Ethan Fairchild ya no era ese rebelde universitario con pinta de chico malo; ahora era el jefe de una banda criminal. Donde antes había jadeos mezclados con pasión, ahora solo quedaba una voz pausada, cargada de una sed de sangre que ponía los pelos de punta.
—Así que la lady Evelyn… ya ha probado lo que es revolcarse con dos tipos al mismo tiempo…
El cañón de sus celos estaba a punto de apuntar a Eve otra vez.
—Ni hablar. No es lo mío.
Un suspiro brusco cayó sobre la nuca de Eve. Le pareció cínico que él se sintiera aliviado. Por supuesto, la respiración del hombre seguía afilada por una rabia que no terminaba de apagarse.
—Si no es lo tuyo, entonces te diré que te quedes ahí, mirando tranquila. Ah, pero no hay problema si Owen disfruta solo mientras nos ve a nosotros, ¿verdad? A ese hombre le encanta excitarse viendo cómo le quitan a su mujer.
Eve quería ver la cara que ponía él al oír eso, pero no volteó. Solo de imaginar el espectáculo tan bajo de ella entregándose a ese animal en celo, sentía náuseas. No necesitaba mirar para saber qué expresión tenía Ethan.
Ethan no solo no le mostraría este acto a ese pervertido, sino que jamás revelaría que tuvo un amorío con Eve. Owen no podía enterarse. Nadie, absolutamente nadie, podía saber de este trato.
—Maldito enfermo de mierda… ¡caracho!…
‘Cayó. Bien, ahora, ¿cuándo matará Ethan Fairchild a Owen Kallas?’
Dependiendo de ese momento, el siguiente plan de asesinato de Eve cambiaría.
Mientras Eve calculaba todo con la cabeza fría, Ethan perdió los papeles, cegado por la furia y los celos. Esa imagen que tanto intentaba evitar terminó por atraparlo: otro hombre —y encima ese tipo con gustos tan retorcidos— metiendo su suciedad en el interior de Eve, ese lugar que para Ethan antes era sagrado, y ultrajándola sin asco.
Cómo se atrevía.
—Ha…
Ethan se burló de sí mismo apenas sintió ese instinto asesino hacia el otro. ‘¿Cómo se atrevía?’, se dijo. Esta mujer ya no le pertenecía. Él no era más que el perdedor al que botaron de aquí.
Se sentía patético: lo echaron como a un perro y ahora regresaba arrastrándose a suplicar que le abrieran la puerta. Quería salirse en ese mismo instante, pero la venganza lo mantenía anclado. Solo le quedaba descargar su rabia frotando su carne contra esas paredes vaginales que lo atrapaban de forma maldita, como si quisiera raspar y borrar cualquier rastro de otro hombre en ella.
—Ah, ha… ¡ah!…
Esta mujer egoísta, después de haberlo hundido de nuevo en el abismo, se perdía en su propio placer y soltaba gemidos cada vez más intensos.
—Ah… un poco… más…
‘¿Habrá llorado así debajo de Owen Kallas?’. Ya se estaba imaginando vívidamente a Eve abriéndole las piernas a ese pervertido, gimiendo de gusto mientras recibía sus embestidas mediocres.
Maldita sea, maldita sea, maldita sea.
Con el juicio totalmente nublado, Ethan acortó la distancia física que tanto se había esforzado por mantener. Su pecho, que subía y bajaba al límite, se pegó contra la espalda de Eve.
—Ah, mmm…
Él le tapó la boca con la palma de la mano con fuerza, cortando esos gemidos descarados. En cuanto el sonido del placer se detuvo, sus asquerosas imaginaciones también pararon.
—Ha…
Solo entonces recuperó un poco la cordura, pero fue por un instante.
Maldita sea.
Cada vez que Ethan embestía hacia abajo, Eve soltaba respiraciones entrecortadas contra su mano. Se sentían tan calientes como aquellos años, cuando se abrazaban frente a frente y sus alientos se mezclaban antes de desvanecerse.
Maldita sea, maldita sea.
Enterrar la cabeza en el cuello de Eve y masticar insultos fue un error fatal. El aroma de su piel caliente le inundó los sentidos. Su amada ya no existía en este mundo, pero su fragancia seguía siendo exactamente la misma de cuando estaba borracho de amor por ella.
Odiaba con toda su alma a esta mujer que seguía igual mientras que sus sentimientos por ella se habían podrido, pero ese odio no era nada comparado con el que sentía hacia sí mismo.
Maldita sea, maldita sea, maldita sea.
Lo que más loco estaba volviendo a Ethan en este momento era el hecho de que no había olvidado ni un solo segundo de cómo se sentía hacerle el amor a Eve.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com
Deja una respuesta
You must Register or Login to post a comment.