A mi primer amor, con pesar - 76
Ethan, como si no estuviera dispuesto a perder ni un segundo más viendo cómo ella se fumaba ese cigarrillo, se lo arrebató de la mano y lo aplastó con saña en el cenicero. La expectativa de que él se le lanzara encima al instante falló por completo.
El hombre se dirigió al fonógrafo, sacó un disco cualquiera y lo puso. Sin quitarle los ojos de encima a Eve, bajó la aguja lentamente sobre el surco, como quien anuncia lo que está por venir.
—No conviene que nuestra ‘conversación privada’ se escuche afuera.
La mirada de Eve se afiló. ¿Planeaba ocultar el encuentro? Qué mentira tan descarada. En medio de una fiesta, el sonido de la música retumbando en una habitación apartada era la publicidad más obvia de que una pareja se estaba revolcando ahí adentro.
Eve se acercó rápido y levantó la aguja del plato justo cuando empezaba a sonar el preludio. Ethan se burló de ella:
—¿Por qué? ¿Acaso la princesa Kentrell quiere darnos un show de entretenimiento a los oficiales del Tercer Ejército de Mercia con su linda voz?
Comparar los gemidos de la mujer que alguna vez amó con un ‘show de entretenimiento’ para la tropa… Eve tuvo unas ganas locas de reventarle la cabeza a ese animal maleducado con el mismo disco de vinilo, pero no podía echar a perder la oportunidad que tanto le había costado conseguir. Tragándose la rabia, respondió:
—… No se va a filtrar nada de lo que hablemos.
—Ja.
se burló Ethan.
—Como si alguna vez hubieras sabido cómo bajar el volumen de tu voz…
Ethan cometió el error del espadachín novato: por querer tajar al enemigo, terminó cortándose él mismo. En el momento en que desenterró ese recuerdo para herirla, él también quedó hecho pedazos. Hace diez años, esa melodía de placer casi mística que ella solo cantaba para él seguía pegada en sus oídos como un eco que no se iba con nada.
—Ah… ¿acaso mi selección es muy vulgar para los gustos de la princesa?
Echándole la culpa a su inocente gusto musical, puso su atención en otro disco.
—¿Y qué tal este?
—¿Crees que esto es un salón de baile? ¿O que voy a mover la cintura al ritmo de la música?
Eve puso una cara de asco, como si solo imaginarlo le quitara las ganas, pero él fue más allá de lo que ella esperaba.
—Ay, caramba, ¿qué hacemos entonces? Es que ahora, si no hay música, no se me para.
… ¿Acaso existe ese tipo de perversión en el mundo? Como Eve conocía a un pervertido de lo más raro, decidió tomarse en serio la supuesta disfunción eréctil por falta de música de Ethan y «preocuparse» por él.
—Vaya, me muero de curiosidad por saber si de verdad no se te para.
Eve agarró al hombre por la corbata justo cuando él iba a poner el disco en el plato y lo jaló con violencia. El disco se le resbaló de las manos y se estrelló entre los zapatos de ambos, rompiéndose en mil pedazos que saltaron por todos lados.
Eve se lanzó a los labios de Ethan con una rabia en los ojos que amenazaba con pisotear todas sus excusas baratas y sus planes rastreros. ¿Así que te haces el que no funciona como hombre para que nos ampayen juntos? Maldito loco. ¿Pero sabes qué? Yo también estoy bien loca. Tanto como para transar con un monstruo antes de dejar que nos descubran. Aunque por dentro sintiera que se estaba muriendo y tuviera ganas de gritar.
Hacer el papel de una payasa sin dignidad que le ruega una noche de pasión al ex que la traicionó era como suicidarse lentamente. Ethan, por su parte, fingía ser el típico libertino que tiene el cerebro en la punta del miembro, pero se estaba tragando la saliva de Eve mezclada con insultos.
Qué conchudez la de este, robándome un beso otra vez. Si lo acepto es solo porque no quiero que la princesa, con todo su orgullo herido, me cierre las puertas del castillo para siempre.
Labios atrevidos y dominantes. Un contacto suave, pero con un movimiento salvaje que lo destrozaba todo. La forma de besar de Eve no había cambiado nada, era tal cual la recordaba. Pero esto ya no era un hechizo para despertar el amor; era una tortura para aguantar el aliento de un traidor por pura venganza.
¿Habrá un nombre para los que se quieren mandar bien lejos pero no pueden estar con nadie más? Los antiguos amantes, ahora enemigos, aceptaron los labios del otro a la fuerza, usando máscaras humillantes para lograr sus propios objetivos arrogantes.
Crac.
El sonido de la carne húmeda chocando se mezcló con el ruido de algo siendo triturado. Los pedazos del disco roto terminaron hechos polvo bajo los zapatos de estos dos enemigos que se tambaleaban mientras luchaban en ese beso. Igualito que su orgullo.
El rechazo hacia ese beso forzado y el asco hacia sí mismos terminaron transformándose en una furia ciega contra el otro, el causante de toda esa humillación.
Ethan le agarró la mandíbula a Eve como si quisiera rompérsela y le devoró los labios. Ella le clavó las uñas en la nuca al hombre que la asfixiaba. Ese beso frío se convirtió en un choque brutal donde saltaron chispas, y ya ni se sabía quién lo había empezado.
Por más que Eve intentara defenderse, no podía ganarle a la fuerza de Ethan. Terminó cayendo sin remedio sobre la mesa de cartas, empujada por él.
—Ja, ah…
Sin dejarla ni respirar, Ethan se dejó caer sobre ella y le atacó los labios como si quisiera arrancárselos a mordiscos. La devoraba con la gula de un invasor reclamando su botín.
Eso no era un beso. Se parecía más a una pelea de animales salvajes tratando de cortarse la respiración. Lo que estaban librando no era amor, era una guerra.
Eve, que estaba perdiendo el sentido bajo el peso de Ethan, reaccionó de golpe al sentir algo duro contra la parte interna de su muslo. Al darse cuenta de qué se trataba, separó sus labios de ese animal que no la soltaba y soltó una carcajada incontenible.
—Vaya, vaya. ¿No me digas que acabo de curar tu enfermedad?
Al oír cómo se burlaba con esa conchudez de que su cuerpo estaba reaccionando, Ethan apretó los dientes con rabia.
Maldita sea, ¿por qué se me tiene que parar justo ahora?
Aunque la situación lo exigía, no sentía ni ganas de felicitarse; al contrario, se quería agarrar a golpes porque esto no era un simple calentón fisiológico.
Era porque alguna vez la había amado. Su cuerpo, que aún recordaba a su antigua amante, estaba deseando a la enemiga que lo refundió en la cárcel. No solo lo había traicionado la mujer que sentía como parte de su propio ser, sino que ahora hasta su propio cuerpo lo estaba traicionando.
—Ja, no sabía que tenía madera de buena doctora…
Esa risa fingida se cortó en seco cuando Ethan levantó el vestido de Eve junto con el fondo de un solo tirón. Ella, como si sintiera remordimiento, intentó cerrar las piernas, pero él la agarró de los muslos y se los abrió a la fuerza.
—Ah…
No hacía falta tocar para confirmar nada. El centro de su ropa interior de seda estaba tan empapado que se había vuelto transparente, dejando ver apenas la carne rosada de su intimidad.
En el momento en que Ethan confirmó que Eve también estaba excitada, un escalofrío de alivio retorcido y victoria lo recorrió entero.
«Tú también eres de carne y hueso, después de todo».
Por un lado, le daba asco ver cómo la mujer que antes dejó el amor por cuidar su honor, ahora estaba tirando ese honor por los suelos por un simple deseo carnal.
—¿Qué se siente mojarse así por un tipo como yo?
Parece que todavía le quedaba algo de vergüenza. La mujer luchaba por bajarse el vestido y tapar su estado indecente mientras lo miraba como si quisiera matarlo. Sosteniéndole esa mirada asesina, Ethan deslizó una mano por la parte interna de sus muslos suaves.
Justo cuando iba a tocarle la entrepierna, Eve, horrorizada, le agarró la muñeca con su mano pequeña y ridícula.
—No me toques.
—Entonces, ¿cómo quiere que le calme el picor, lady?
Eve se mordió los labios como si quisiera comérselo vivo, luego desvió la mirada y soltó un suspiro corto. Quizás fue una señal de rendición, porque ella misma empezó a bajarse la trusa. Ethan se lamió los labios mientras observaba esa escena que, por donde se mirara, le abría el apetito.
—Qué honor que la noble princesa se baje el calzón ella misma porque se muere porque este delincuente de callejón se la tire. Estoy conmovido.
Soltó el sarcasmo porque no podía con su genio, aunque sabía que era una estupidez que podía arruinar la oportunidad que le acababa de caer del cielo. La princesa orgullosa que él conocía no aguantaría más humillaciones y se mandaría a mudar.
Sin embargo, parece que la dama se había degradado tanto hasta ser una esclava de su propio deseo, porque a pesar de la burla descarada, no se volvió a subir la ropa interior. Incluso ella misma soltó los clips de los ligueros que sujetaban sus medias. Sabía que, con la trusa amarrándole las piernas, no iba a poder abrirlas para que él se la metiera.
—Lady, ¿por qué se porta como si nunca hubiera estado con un hombre?
—¡Ah!
Ethan levantó el cuerpo de la mujer, que a comparación del suyo era minúsculo y liviano, la volteó de un porrazo para ponerla boca abajo sobre la mesa de cartas.
—Lo haremos por atrás.
Mientras Eve pataleaba intentando tocar el piso al perder el equilibrio, Ethan se arrancó el cinturón y se bajó el cierre con brusquedad. Apartó la tela que le tapaba el blanco y jaló la trusa, que había quedado colgando entre las nalgas y los muslos, enganchada entre los ligueros que ya estaban por soltarse.
Ahí estaba la intimidad húmeda de Eve. Después de diez años, volvía a ver la parte de esa mujer que antes lo hacía perder la cabeza, pero ahora solo la veía como el blanco al que tenía que disparar. Mientras acercaba su miembro, se mantenía frío como un francotirador apuntando con su fusil.
En el momento en que sus cuerpos se pegaron, Ethan aguantó la respiración sin darse cuenta. Fue porque la entrada de la mujer empezó a contraerse de una manera cínica, como si quisiera devorárselo.
«A la que van a devorar es a ti».
Ethan apretó los dientes y se hundió en el abismo.
—¡Ah!
—Uf…
La mesa de cartas se tambaleó con fuerza. En el momento en que Eve estiró las manos para sostenerse, las fichas de póker y las cartas que alguien había dejado tiradas rodaron por todo el piso.
El que buscaba sembrar la semilla de la venganza y la que buscaba obtener la semilla de la vida; ambos se ofrecieron como sacrificio en ese ritual humillante que acababa de empezar sobre la mesa de juego.
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