A mi primer amor, con pesar - 74
Ante la bomba que soltó Owen, Chantal se quedó pálida de la impresión. Eve, fingiendo ser la esposa orgullosa de su valiente marido, le dedicó una sonrisa. Pero en realidad, se estaba felicitando a sí misma.
Había eliminado a Owen. Sin mancharse las manos. Tal cual lo había calculado.
Sin darse cuenta de que Eve lo había manejado a su antojo, Ethan, borracho de su propia victoria, empezó a aplaudir.
—Doctor, ¡qué excelente decisión! Mañana mismo yo lo llevo personalmente al centro de reclutamiento. Los que tengan tiempo, acompáñennos para darle ánimos al doctor Kallas.
Invitó a todos los oficiales presentes y levantó su copa hacia Owen.
—¡Brindemos por el honor del doctor Kallas, que por fin se va a convertir en un hombre de verdad!
Y así, le cerró todas las salidas para que no pudiera arrepentirse de su declaración.
En medio de ese ambiente de fiesta donde todos celebraban, solo Chantal estaba sentada con la cara tiesa como una perdedora. De pronto, le preguntó a los oficiales:
—Como las batallas en el sur ya terminaron… entonces todos los oficiales regresan al frente norte, ¿no?
No soltó la verdadera pregunta: ‘¿Ethan Fairchild ya se larga?’, pero no pudo ocultar sus ganas de que desaparecieran de su mansión. Un coronel del ejército, que tenía la educación que a la Gran Dama le faltaba, respondió con una sonrisa forzada:
—La mayoría sí, señora.
Chantal relajó un poco la cara, pero el alivio le duró un suspiro.
—Pero por si las moscas, algunas tropas se quedarán aquí.
—¿Ethan, te vas a la guerra otra vez?
preguntó Tony con la cara toda arrugada, a punto de llorar.
Ethan soltó una risita y le despeinó el cabello con fuerza.
—Tranquilo, chibolo. Yo me quedo acá.
—¿En serio?
En ese instante, el aire del salón cambió. Que el pequeño Duque idolatrara al hombre que mató a su hermano… todos miraban esa conexión tan rara con pura curiosidad. Solo Chantal sentía un terror que casi la asfixiaba al ver ese vínculo.
—Me da una rabia que un comandante tan tinto como el Mayor Fairchild se desperdicie aquí en la retaguardia.
—Concuerdo totalmente con la señora.
dijeron otros oficiales, creyendo que era un cumplido, hasta que ella la malogró con lo que siguió:
—¿Será que en el ejército le tienen ojeriza por su origen? Ahorita mismo le escribo una carta a Su Majestad la Reina para pedirle que lo pongan en un puesto donde pueda ganar medallas de verdad.
No se sabía si quería mandar a Ethan al matadero porque él mandó a su amante, o si solo quería quitarse de encima al competidor por el cariño de Tony. Eve, que sabía que la Reina ni la pasaba a Chantal y que jamás le hacía caso, se tragó una burla junto con su vino.
Mientras tanto, Ethan se hacía el humilde con una actitud bien sobrada.
—Le agradezco el cumplido, pero no necesito palancazos. En el frente sobran los valientes, así que no se preocupe.
Los altos mandos querían tenerlo amarrado, pero en el frente de batalla más sangriento. Sin embargo, Ethan estaba gastando su buena plata para ganar tiempo aquí. Sus subordinados ya lo estaban presionando para volver a sus ‘negocios’ en el norte ahora que la batalla naval había terminado.
‘Nuestros negocios son importantes, claro. Pero mi negocio más grande está aquí mismo, en White Cliff’.
Ethan inclinó su copa y miró a la hermosa anfitriona sentada al otro extremo. La observaba como una fiera que busca el punto débil de su presa, mientras se humedecía los labios secos con la lengua.
Pensó que sería más difícil, pero desde que volvió, Evelyn Sherwood había cambiado. La presa que antes siempre estaba a la defensiva ahora se exponía sin miedo, dejando ver sus debilidades.
‘¿Qué le habrá pasado por la cabeza?’.
Pero a él no le importaba lo que ella pensara. Lo único que importaba era ganar la cacería. Tal vez esta misma noche terminaría la persecución y por fin la tendría en sus manos. Con esa idea en mente, saboreó el vino tinto lentamente.
Al terminar la cena, la fiesta pasó al salón de baile. Música, trago… un ambiente para adultos, no para niños. Pero Tony seguía pegado a Ethan como si fuera su pareja de baile. Eve intentó mandarlo a su cuarto, pero el niño se puso terco.
—Ya es tarde. Tienes que dormir.
—¡Pero yo soy el que manda aquí!
—Sí, pero eres el más chiquito.
—¿Cuándo voy a ser grande?
—Si yo pudiera volver a ser niña, disfrutaría dormir todo lo que ahora no puedo.
—Ser niño es aburrido.
—Anthony Sherwood, corta el floro y camina.
Hoy Eve no tenía tiempo para cuentos. Lo sacó casi a la fuerza y Tony terminó llorando.
—¡Buaaa! ¡Eve es una mala!
‘Hijito, siempre lo hago por tu bien’.
Eve se quedó mirando cómo la empleada se llevaba al niño, que subía las escaleras sobándose los ojos. Al voltear, se cruzó con la mirada de Ethan. Estaba apoyado en la pared del pasillo, sin hacer ni un ruido. Entre sus dedos tenía el papelito que Eve le había pasado a escondidas mientras fingía pelear con Tony. La nota con el lugar de su cita secreta.
Detrás del humo de su cigarro, sus ojos azules brillaban con peligro. Era la mirada de un cazador analizando a la presa que, por su propia cuenta, se había metido en la trampa.
O eso creía él. Porque la verdadera cazadora era ella.
Eve le lanzó una mirada cómplice y le dio la espalda, guiando al ‘cazador’ directito hacia su matadero.
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¡Slap!
Apenas se metieron a escondidas en el salón de visitas, Chantal le metió un señor bofetón a Owen en toda la cara.
—¡Pedazo de animal! ¿Por qué diablos abriste la boca para decir esa estupidez? ¿Tan fácil te la creíste? ¿Solo porque el idiota de Ethan Fairchild te picó un poquito vas a desobedecer mis órdenes?
No era solo que Chantal estuviera en contra de que él fuera a la guerra. Él mismo siempre le había tenido terror a esa vida horrible de terminar lleno de sangre, serruchándole las piernas a otros en el campo de batalla.
Ella pensó que Owen estaría arrepentido de su declaración impulsiva, pero qué va. Por más que ella le cruzaba la cara a golpes, el tipo no pensaba dar marcha atrás a su plan de enlistarse mañana mismo.
—Tú… ¿desde cuándo te has vuelto tan terco?
De pronto, Chantal sintió un miedo distinto al que sintió cuando murió su marido. Era ese terror de sentir que todo se le estaba escapando de las manos: desde Tony hasta esa maldita de Eve que le estaba serruchando el piso. Y ahora, para colmo, Owen… el hombre que ella siempre había dominado como quería, se atrevía a intentar salirse de su control.
—¿Te quieres escapar de mí, no? Es eso.
De pronto, la asaltó la misma inseguridad de antes.
—Perdóneme, Lady… todo su sufrimiento es mi culpa por no haberla servido bien… Por favor… castígueme…
En ese instante, a Chantal se le cruzó el cable y le agarró el cabello a Owen por detrás, como una fiera.
—No me digas que… ¿acaso ya cambiaste de Reina? ¿Ahora es esa perra de Eve?
Recién se daba cuenta. Definitivamente, Chantal ya no servía para ser reina de nada.
Ella acertó al pensar que él decidió enlistarse por el momento, pero Owen no pensaba arrepentirse.
—Lo hiciste muy bien.
Hace un ratito, su verdadera Reina —Eve— se había puesto feliz y le había dado permiso.
—Me encantó cómo le cerraste la boca a Ethan Fairchild. Te portaste como un hombre y dejaste mi nombre en alto. Eres un buen perro.
Cuando ella le dijo que había hecho bien en tenerlo bajo su mando, Owen sintió un choque eléctrico en todo el cuerpo, como si lo hubieran azotado. Pero su Reina no solo lo felicitó, sino que le prometió un premio demasiado generoso.
—Espero que en el frente demuestres que eres un hombre que vale la pena para ser el padre de mi hijo.
Si lograba ganar prestigio militar para la casa Kentrell, ella le daría un hijo. ¡Lady Evelyn tendría un hijo de él, de Owen Kallas!
Así que, pase lo que pase, se iba a convertir en médico militar. Mientras afilaba el cuchillo de la traición, Owen fingió seguir siendo el títere obediente de su antigua reina, que ya no le servía para nada.
—¿Cómo puedes pensar esas tonterías? Mi única Reina siempre has sido tú, Chantal.
Su verdadera ama le había ordenado que todavía no se dejara descubrir. Chantal, que no terminaba de creerle, lo miró con odio y de pronto le soltó la cabeza con desprecio.
—Entonces demuéstramelo. Lámeme como un perro.
Ella lo humillaba y, al mismo tiempo, se entregaba a él. Chantal quería usar el sexo como recompensa para amarrarlo y confirmar que todavía mandaba, pero Owen, en vez de disfrutarlo, sentía que estaba lamiendo veneno.
Ya no aguantaba las náuseas, así que se apartó antes de que ella le diera permiso, usando como excusa que quería convencerla de su inocencia.
—Chantal, piénsalo. ¿Por qué Eve Sherwood se fijaría en mí? A ella no le gustan los hombres cultos como yo; su tipo son los delincuentes de callejón como Ethan Fairchild.
Como ahora eso ya no era verdad, no le dolió decirlo. Y tal como Owen calculó, Chantal se distrajo con otro miedo.
—Esa perra está tan necesitada que capaz se termina acostando con ese tipo por la emoción del momento. Tengo que ir a vigilarla otra vez.
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