A mi primer amor, con pesar - 73
Finalmente, los enemigos fueron repelidos de la línea costera, ese tiempo larguísimo de recoger los escombros que dejó la guerra por fin terminó. Apenas dieron la orden de regresar a la base, los pasos de Ethan lo llevaron de vuelta a White Cliff Hall.
—¡Ethan!
Ni bien bajó del carro, un cachorrito —bueno, Tony— corrió a lanzarse a sus brazos. Lo recibió con un entusiasmo tal, como si estuviera dándole la bienvenida a un héroe que acaba de salvar al mundo entero, a Ethan se le escapó una sonrisa de oreja a oreja. En ese preciso momento, creyó entender por qué los viejos siempre joden con eso de que uno debe tener hijos.
—Qué felicidad que hayas vuelto sano y salvo —suspiró Ethan mientras le acariciaba la cabecita a Tony.
‘A este chibolo… ¿cómo diablos lo voy a matar después?’
No es que nunca hubiera matado a alguien a quien le tuviera cariño; ser el jefe de una banda te obliga a ser un desgraciado cuando la situación lo amerita. Pero Tony era el primero al que le agarraba camote después de haber planeado eliminarlo. Mientras intentaba zafarse del niño para entrar, el pequeño, que no sospechaba ni michi, lo seguía por todos lados hablando por los codos, todo emocionado.
—¿Por eso me dijiste que me quedara en casa? ¿Tú ya sabías que venían los enemigos, no?
—Ajá.
—¡Asu, qué paja! ¡Hice todo lo que me pediste! Me quedé todo el día escuchando la radio y esperándote. ¿Tú fuiste el que mandó a los paracaidistas para ganar la guerra, verdad? ¡Me tienes que contar todito! ¿Y esta vez también casi te mueres? Yo le rezaba a Dios tres veces al día. Mi oración debe haber funcionado porque mira, estás enterito.
‘En serio… ¿cómo voy a matar a este mocoso tan tierno?’
Ethan no pudo con el impulso y volvió a despeinarle el cabello al pequeño. Pero al levantar la vista, se cruzó con los ojos de la mujer que bajaba las escaleras.
Seguro ella está tristísima de que su pasado vergonzoso —o sea, él— no se haya quedado muerto en el campo de batalla. Estaba convencido de que ella no se había acercado para darle la bienvenida, pero justo en ese instante, Eve le sonrió.
A Ethan se le cortó la respiración. Esa no era la sonrisa burlona o fría de los últimos tiempos. Era esa misma sonrisa desafiante y provocadora que ella ponía hace años, cuando se sentaba en su vieja moto.
Su primer amor, la mujer que lo sedujo, estaba ahí mismo frente a sus ojos.
‘No, ni hablar. Ella no intentaría seducirme otra vez’.
Pensó que seguro se le había cruzado el cable por haber respirado gas tóxico en la guerra y que estaba viendo visiones. Pero entonces escuchó:
—Bienvenido, Ethan.
No era una alucinación. Ethan sintió cómo esa esperanza estúpida, que creía muerta hace tiempo, empezaba a latir con fuerza otra vez.
Ese sonido que tanto escuchó en el frente y del que creía haber escapado por fin… esa alarma de peligro volvió a sonar a todo volumen dentro de su cabeza.
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En tiempos de guerra, el lujo es un pecado. Pero si se trata de un banquete para los oficiales que lideraron la gran victoria de hace unos días, más que un lujo, es un acto de respeto.
Sobre las mesas largas, se lucían platos abundantes y vinos caros que no se veían desde que empezó el racionamiento. Los oficiales, que habían cambiado sus uniformes de combate por los de gala bien planchados, reían y brindaban con fuerza, contagiados por la alegría y el alivio de la victoria.
Eve, sentada en el lugar de honor, lucía esa sonrisa de anfitriona perfecta mientras observaba a sus invitados. Como se permitió venir con pareja, casi la mitad eran mujeres.
De pronto, se cruzó con la mirada de una mujer al otro lado de la mesa: Rebecca Holbrook. A Eve le dio un hincón en el corazón desde el momento en que vio ese nombre en la lista de invitados.
‘Parece que a Becky le ha ido bien’.
Han pasado diez años, así que era lógico que se hubiera convertido en una dama hecha y derecha. Su ropa y su porte eran tan finos que parecía la heredera de un millonario. ¿O sería más exacto decir la princesa de un imperio mafioso?
Mientras Eve se perdía en esos pensamientos, Becky le quitó la mirada de un porrazo. Incluso hace un rato, cuando se saludaron al llegar, la chica mantuvo la boca cerrada y evitó mirarla a los ojos. Solo que esta vez, Becky no pudo ocultar el desprecio en su mirada.
‘Becky también me odia’.
A Eve le dolió el gesto, pero a la vez no pudo evitar preguntarse qué pensaría ella si supiera que su hermano anda como loco detrás de la hija de sus enemigos. Eve repasó su plan para hoy y dirigió la vista hacia Ethan, que estaba sentado al lado de su hermana.
—En un salto nocturno, calcular el viento lo es todo —decía Ethan—. El comandante de los paracaidistas se quejaba porque decía que los habíamos soltado en cualquier parte, pero cuando regresó vivo, vino a agradecerme diciendo que fue perfecto.
Ethan no paraba de contar sus hazañas, hablando de cómo lanzó víveres y refuerzos con precisión exacta en un hospital de campaña rodeado de enemigos, salvando a los heridos. Hablaba como si él solito hubiera ganado la guerra.
—Regresaba de mi tercer lanzamiento cuando, por piña, me crucé con un avión enemigo. Pensé que lo había perdido, pero el maldito Peregrine no me hacía caso. Empecé a caer en picada y alrededor solo había bosque o mar. ‘Ya fue’, me dije, ‘aquí quedé’.
—No…
Tony, que se había terqueado para sentarse cerca de él, escuchaba la historia con la cara pálida, como si Ethan estuviera cayéndose en ese mismo instante, a pesar de que el tipo estaba ahí mismo, vivito y coleando.
Pero Ethan regresó sano y salvo. Logró un aterrizaje de emergencia en una playa cercana y, para colmo, caminó armado por un bosque lleno de enemigos hasta encontrarse con los suyos.
Era una historia tan dramática que parecía mentira. ¿Sería puro floro? Sin embargo, la mayoría de los oficiales lo miraban con respeto, e incluso en las caras de los que se morían de envidia no había rastro de burla. El ambiente en el salón estaba totalmente hipnotizado por su relato.
—Esa medalla en su pecho va a tener compañía pronto. Mis felicitaciones adelantadas, Mayor Fairchild.
Apenas terminó la historia, un oficial de la fuerza aérea levantó su copa. Nadie se burló; todos brindaron por una medalla que todavía no le daban. Parece que los rumores de que él compraba sus condecoraciones eran puro cuento.
—Gracias. Pero me gustaría proponer un brindis de agradecimiento por los dos médicos militares que están aquí hoy.
Ethan Fairchild, que normalmente no sabe lo que es la humildad, les estaba dando el crédito a ellos. Los médicos no podían ocultar su sorpresa, pero se les veía inflados de orgullo.
—Los verdaderos héroes de esta batalla fueron, sin duda, los médicos.
dijo Ethan con una voz profunda y solemne que silenció todo el salón.
—Ese valor para no soltar el bisturí mientras las balas silbaban y el enemigo se venía encima… Esa forma de enfrentar a la muerte para salvar vidas es la verdadera medicina. Ustedes son médicos de verdad y hombres de honor.
Luego de que las copas chocaran con alegría en ese ambiente tan cálido, Ethan volteó la cara a propósito hacia Owen, que estaba sentado al extremo más lejano de la mesa. Su cara fingía lástima, pero en sus ojos brillaba un cálculo cruel y afilado.
—No me imagino lo frustrado que se habrá sentido Doctor Kallas, encerrado en esta mansión tan segura, cuidando a pacientes que están sanos. Es una pena que un médico con tanto talento no haya podido estar donde más se le necesitaba.
Recién ahí, Eve se dio cuenta de lo que tramaba ese hombre arrogante. Si se había puesto a alabar a los médicos militares de la nada, era solo para dejar por los suelos a Owen.
Las miradas de los oficiales se clavaron en Owen como si fueran jueces. Sus ojos decían claramente: ‘Mientras los hombres de verdad se desangraban, ¿tú dónde diablos estabas?’.
El veredicto fue instantáneo: un cobarde que se escondió en la retaguardia mientras sus colegas se jugaban el pellejo. En las miradas de los presentes había un desprecio descarado o una lástima barata. Cualquiera de las dos era insoportable para cualquiera.
Entonces, Chantal saltó una vez más para defender a su títere sin voz:
—Mayor Fairchild, creo que ya le dije que el doctor tiene una enfermedad crónica que le impide ir a la guerra, ¿no?
Chantal dejó en evidencia ante todos que Ethan tenía malas intenciones, pero a nadie le importó eso. Una de las señoras, que miraba a Owen con esa lástima de sol a sol, preguntó:
—¿Debe ser una enfermedad muy grave si ni siquiera un médico pudo curarse, no?
En ese momento, Ethan soltó una risita burlona para que todos lo oyeran y respondió por él:
—Mejor no preguntemos qué enfermedad es.
Y así, Owen quedó marcado como un rematado desertor. Si revelaba el nombre de su supuesta enfermedad, podría contraatacar a Ethan, pero los médicos militares presentes se darían cuenta al toque de que era puro cuento. Owen Kallas se quedó mudo, atrapado en su propia trampa.
Un oficial, preocupado de que la situación terminara humillando a la anfitriona —ya que Owen es el esposo de la heredera de Kentrell—, intentó salvar los papeles de la familia ducal:
—Pero la familia Kentrell ha sido muy generosa al abrirnos las puertas de esta mansión a nosotros, los oficiales.
Eve, arriesgándose a que los chismosos del salón malinterpretaran las cosas, le lanzó una mirada de ‘admiración’ a Ethan por un segundo. Luego, para lograr su verdadero objetivo, miró a su ‘esposo’ con ojos llenos de una lástima fingida.
—Es lo mínimo que podemos hacer para cumplir con nuestro deber hacia la patria. Lamentablemente, ahora mismo en la casa Kentrell no hay ningún hombre que pueda enlistarse.
Lo dijo mirando fijo a Owen Kallas, un hombre joven y sano. Estaba diciendo, frente a todos, que en esa casa no había un solo hombre de verdad.
Eve se había pasado el rato observando a Owen mientras Ethan alardeaba de su heroísmo y presumía su masculinidad superior. Owen estaba con los dientes apretados, aguantando ese complejo de inferioridad que se le inflaba en el pecho.
‘¿Por qué te aguantas? Suéltalo de una vez’.
Owen no se había movido ni un centímetro cuando Ethan le tendió la trampa, aguantándose la humillación. Pero apenas Eve tocó esa herida purulenta y le dio un empujoncito suave, él solito se lanzó al hueco que cavó su enemigo. Con una mirada llena de veneno dirigida a Ethan, Owen sentenció:
—Yo también me voy a enlistar en el ejército.
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