A mi primer amor, con pesar - 70
—¿Cuándo podré ser padre yo también?
Ese tonto de cuatro ojos, justo en este momento tan importante, se ponía a hablar de cosas que no venían al caso con esa voz que desinfla a cualquiera.
—Owen, ¿cuántas veces te he dicho que si me amas tienes que olvidarte de tener hijos? Si me voy de aquí para tener a tu bebé a escondidas y en ese tiempo alguien me serrucha el piso y me quita mi lugar, ¿qué voy a hacer? ¿Ah? Además, ¿tú crees que Eve va a estar feliz de recibir a mi hijo si yo le digo: ‘Oye, como yo crié al tuyo, ahora tú cría al mío’?
‘¿…Dijo que ella crió al hijo de Eve? ¡Entonces yo soy el hijo de Eve!’.
—¿Y vas a dejar que el hijo de otro sea el heredero de los Kentrell? Por mí no hay roche, pero Eve nica va a aceptar.
—Por eso mismo, si tan solo hubiéramos tenido a ese bebé antes de que todo esto pasara….
—Owen, a mí también me duele mucho lo que pasó. Así que, por favor, ni me lo menciones. ¿Dices que me amas y me haces sufrir así?
—… Perdóname.
—Te amo, Owen. Tú también me amas, ¿no? Júrame que no vas a mirar a nadie más que a mí.
—Chantal, tú siempre serás mi reina.
Desde ese momento, Tony creó su propia regla de oro de espía y se la aprendió de memoria.
Regla tres: No vomitar en la chimenea.
Eve había estado embarazada de Ethan. Y la mujer que Tony creía su madre, resultó que crió al hijo de Eve. ‘O sea, que yo soy el hijo de Eve y de Ethan’.
Incluso cuando ya estaba metido en su cama para dormir, seguía armando el rompecabezas con las piezas del secreto que recogió hoy para que encajaran con lo que él más quería. En eso, el sonido bajito de un motor rompió el silencio de la noche y se fue acercando.
‘¡Ya llegaron!’.
Tony pateó las sábanas, se levantó y corrió hacia la ventana. Bajo la luz de los faros que iluminaban la entrada principal, vio al hombre bajar del auto y, de inmediato, darse la vuelta para estirar la mano. La mujer tomó su mano y bajó después de él.
Tony llamó a esa pareja que parecía llevarse tan bien. Los llamó con los nombres que se supone no debía usar.
‘Mamá… Papá…’
Aunque solo movió los labios sin soltar ni un rastro de voz, sintió que el corazón se le salía por la boca. En medio de su cuarto vacío, Tony se tapó la boca rápido, muerto de miedo de que alguien lo hubiera escuchado.
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Luego de la charla en el coche comedor, el tren se convirtió en una jaula de fieras en pleno movimiento. No pude leer ni una sola línea del libro que compré para matar el aburrimiento del viaje.
—Es Owen Kallas, ¿no? Ese infeliz.
¿Quién podría leer una novela tranquilamente estando encerrada en una jaula con una bestia salvaje?
—¿Te acostaste con él? O sea, ¿te casas por estafa para recuperar tu plata y de paso le robas su ‘pureza’ a ese hombre?
—¿Pureza?
Eve intentó mantenerse indiferente, pero en esta parte no pudo aguantar la risa. Hablar de pureza con ese pervertido de lo peor. Era un insulto a la palabra misma.
—¿Hiciste un trato con ese tipo? ¿Te hacías la reina en la cama a cambio de que te devuelva los bienes que te robó? Ah, por eso me dijiste que si quería estar contigo, tenía que pagar.
Ethan se estaba volviendo loco escribiendo su propia novela de quinta. Si iba a enloquecer, que fuera como un asesino loco de celos. Después de todo, Owen Kallas ya no servía para nada; el testamento ya había sido modificado a la perfección.
Claro que el único objetivo de Eve no era solo hacerle creer a Ethan que ella había tenido actos perversos con Owen.
Ethan, ya no soy esa chica pura de la que te enamoraste.
Eve copió exactamente el método de Ethan. Así como él reveló su verdadera cara de bajeza y mató cruelmente al primer amor de Eve, ella también se convirtió en una mujer despreciable para matar al primer amor de Ethan Fairchild. Todo para que él pensara que esta mujer caída ya no tenía ‘valor de uso’.
Pero, ¿será que lo subestimó? El verdadero pervertido quizás era Ethan Fairchild. A pesar de que la insultaba llamándola sucia, no se alejaba. Eve soltó su veneno para echar al hombre que la había perseguido hasta la puerta del dormitorio.
—Si estás dispuesto a ser mi esclavo y que yo te enseñe cómo ser una reina perfecta, entra. Si no, buenas noches. Gracias por lo de hoy.
Ella sabía que él no era de los hombres que lamerían el veneno que ella esparcía como si fuera un perro. Ethan Fairchild era, por naturaleza, un rebelde que no sabía nada de sumisión. No había forma de que disfrutara arrodillarse y ser pisoteado por Eve como Owen. Y efectivamente, su cara era un poema, como si estuviera masticando un bicho.
—¿Desde cuándo tienes esos gustos? Ah, ¿o siempre fuiste así? Ya dabas señales cuando me ordenaste que me masturbara frente a ti, pero no la vi venir.
Ethan se golpeó la frente con un gesto exagerado, como si recién se diera cuenta de una gran verdad. Ella pensó que él retrocedería, pero en un segundo él acortó la distancia. Sin darle tiempo a escapar, la acorraló entre la puerta y su cuerpo; sus labios invadieron su espacio, quedando a casi nada de su oído. Junto a su aliento caliente, un susurro frío como la lengua de una serpiente se filtró en el oído de Eve.
—Lady Evelyn, ¿qué le parece si mejor yo le enseño algo más divertido e interesante?
—No me interesa. Estoy cansada, ándate.
Él no se movió. Su pecho, pegado al de ella, subía y bajaba rozando el cuerpo de Eve. Él soltó un suspiro como quien toma una decisión difícil, lo cual se sentía como un mal presagio.
—Maldita sea… ya, está bien.
—¿Qué?
—Seré tu esclavo.
A Eve se le dio un vuelco el corazón. No esperaba que, tras lanzarle veneno, él decidiera tomárselo todo con tal de quedarse. ¿Por qué? ¿Acaso pasar una noche con ella valía tanto para ese hombre como para rebajar su orgullo al nivel de un esclavo? Eve no lograba entender esa obsesión enfermiza.
Sea cual sea el motivo, que las cosas se salieran de sus cálculos era un problema. Estaba pensando rápido en una excusa para rechazarlo sin que se note la mentira, cuando divisó un pijama celeste al final del pasillo. Un espía pésimo para esconderse los estaba mirando desde la esquina.
—Tony.
Cuando Ethan volteó hacia allá y aflojó el agarre, Eve lo empujó y se acercó al niño.
—¿Te despertaste por el ruido? Vamos al cuarto, te haré dormir otra vez.
Obviamente, era imposible que los susurros de ambos se escucharan desde la habitación de Tony. Solo necesitaba una excusa para librarse de ese hombre. Aunque pasó por alto que, últimamente, el niño y él eran casi uña y mugre.
—Que Ethan también venga a hacerme dormir.
—¿Y si voy?
—No. Es tarde. Jueguen mañana.
—Pucha… ya pues. Buenas noches.
Tony, empujado por Eve, caminó a regañadientes hacia adelante mientras saludaba con la mano hacia atrás. Ethan también le devolvió el saludo. Pero esta vez, no la siguió.
Justo cuando pensaba que me había librado de él y sentía un alivio, Ethan sacó un cigarrillo de su cajetilla y señaló el suelo a sus pies. Significaba que se quedaría esperando allí mismo hasta que Eve regresara. Qué tipo tan terco. ¿Debería dormir hoy en el cuarto de Tony? Pero Tony era igual de insistente.
—¿A dónde fueron los dos? ¿Qué hicieron? ¿Tuvieron una cita?
—No.
—¿No se han amigado?
Al ver la decepción tan obvia en la cara del niño, Eve se quedó sin palabras por un momento. ¿Por qué rayos quieres tanto que nos amiguemos? No me digas que… A Eve se le pasó por la mente una posibilidad cruel. ¿Acaso quieres que ese hombre sea parte de nuestra familia? Eso no. De ninguna manera. Podía aceptar que fuera un compañero de juegos por un tiempo, pero jamás parte de la familia. Eve trató de desviar el interés del niño hacia un juguete.
—Te traje un regalo.
Tony se lo merecía. Pensó que haría un berrinche por no haberlo llevado con ellos, pero la recibió de lo más tranquilo. Aún está lejos de ser un ángel, pero ya no es tan malcriado. ¿Será que está madurando?
—¡Guau! ¡Un Titán! ¡Quería este, ¿cómo lo supiste?!
Ese hombre… es el que mejor conoce a este niño. La amargura que le produjo ese pensamiento perdió fuerza ante la alegría explosiva del pequeño. Aunque el kit de modelismo era mucho más sencillo de los que solía comprarle, por alguna razón Tony estaba tan feliz como si fuera el primer regalo que recibía en su vida.
—¿Tanto lo querías?
Sentado en su cama, el niño se quedó mirando la caja por un buen rato. Luego levantó la vista hacia Eve y, con un tono algo dudoso pero emocionado, le preguntó:
—Eve, ¿me extrañaste?
—Claro pues. Te extrañé un montón.
En cuanto escuchó la respuesta, la cara del niño se iluminó como el sol. Era una sonrisa de felicidad absoluta, sin una sola pizca de tristeza. Eve volvió a encontrarse, después de mucho tiempo, con la única esperanza que la había mantenido firme en esta vida peligrosa al borde del abismo. Eve se retractó de lo que pensó hace un momento. Anthony Sherwood es lo más cercano a un ángel que existe.
—Armamos esto mañana, ahora tienes que volver al mundo de los sueños. Que tengas lindos sueños.
Le acarició el cabello con ternura e intentó levantarse. En ese preciso instante, la manito de Tony agarró su ropa con urgencia y no la soltó.
—¿Qué pasa?
El niño la miraba como si le costara soltar lo que tenía en mente. Sus pequeños labios temblaron un par de veces hasta que, finalmente, como si se hubiera decidido, soltó en un susurro:
—Eve, que tú seas mi mamá…
Con esa frase, todo en Eve se detuvo. Su corazón, su respiración y hasta el tiempo mismo. ¿Lo sabías? ¿Desde cuándo? Mientras Eve se quedaba de piedra, el niño la seguía mirando y terminó de decir lo que faltaba.
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