A mi primer amor, con pesar - 68
—…¿Qué rayos es esto?
—Una caja fuerte.
Ante la respuesta indiferente de Ethan, Eve tuvo que aceptar que lo que veía era real.
Criiic. Bum.
La puerta de la caja fuerte recién se abrió después de que tres hombres jalaran de ella. Ethan encendió el interruptor y, cuando la luz iluminó el interior que antes estaba sumido en la oscuridad, Eve se quedó sin aliento.
El tesoro que él había ocultado en esta mina abandonada, protegido incluso con una caja fuerte, eran joyas y obras de arte carísimas. Todas le resultaban familiares a Eve, pues le pertenecían a los Kentrell.
—No hay imitaciones ni falsificaciones. Yo mismo lo comprobé todo.
No podía creer que Robert Kallas aún no hubiera vendido lo que se robó. Ethan lo había recuperado por completo y lo enterró aquí, bajo tierra. De las manos de un ladrón a las manos de otro. Hasta ahí, podía entenderlo. Pero….
—¿Por qué me muestras esto a mí?
—Es un regalo.
Ethan le puso la llave de la caja fuerte en la mano con una actitud despreocupada, como quien regala un juguete con el que ya se aburrió de jugar. Eve, aun sintiendo el metal en su palma, todavía no podía creer en esta suerte.
—¿Me estás diciendo que me vas a devolver todo esto?
Él solo asintió ligeramente, arqueando una ceja como si la respuesta fuera obvia.
—Avísame cuando decidas a dónde quieres llevarlo. Mandaré a mis hombres para que hagan el traslado.
Eve asintió, aceptando la ayuda. No le dio las gracias.
—¿Por qué… cambiaste de opinión de un momento a otro?
—Porque sé que es lo que tú quieres.
Él le devolvió las mismas palabras que Eve había usado cuando le entregó aquella carta de disculpa.
Eve se dio cuenta de algo. Lo que Ethan Fairchild realmente quería como final de su larga y terrible venganza no era la fortuna de los Kentrell, ni tampoco verla a ella destruida.
Solo quería limpiar el honor de su abuelo.
Ahora que había conseguido lo que más deseaba, ¿acaso este hombre había decidido ponerle fin a su venganza?
Ethan la había invitado a esta caja fuerte para devolverle una fortuna que para él ya no tenía sentido poseer; aunque esto fuera apenas una parte de todo lo que le había arrebatado.
Sin embargo, solo con eso, Eve no pudo evitar verlo de otra manera.
Tal vez Ethan Fairchild no se había convertido en un demonio hasta la médula, como aparentaba por fuera.
Quizás se volvió un demonio para sobrevivir al infierno, pero en lo más profundo de su corazón, ¿no seguiría vivo ese mismo hombre al que ella amó alguna vez?
—¿Crees que estoy loco para abandonarte?
Era una esperanza tonta y peligrosa para alguien que sentía algo por el mismo loco que la había abandonado antes.
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De regreso, en la estación de tren, Eve entró a una librería. Su idea era comprar una novela para no aburrirse en el viaje, pero, de la nada, un juguete captó su atención.
Era el tipo de regalo que un padre, de vuelta a casa tras la guerra, le compraría a su hijo. Aunque Eve no regresaba de un campo de batalla lleno de pólvora, sentía que podía entender ese sentimiento. Durante todo el día, no se había podido quitar de la cabeza la cara triste de Tony. Quería comprarle algo, lo que sea, con tal de verlo sonreír.
Justo en un rincón de la librería, había una ruma de cajas de modelos para armar aviones, los favoritos de Tony. Aunque, pensándolo bien, lo más probable es que él ni los mirara, estando tan distraído con los juguetes finazos que Chantal le compraba en las tiendas por departamento.
Eve se quedó dudando con una caja en la mano. En ese momento, Ethan intervino, dejó la caja en su sitio y agarró otra.
—Ese ya lo tiene. Este es el que le falta.
Para Eve todos se veían igualitos, pero parece que Ethan sí notaba la diferencia. ‘Por cierto’, pensó ella, ‘¿cuánto tiempo habrá pasado este hombre con el niño para saber qué tiene y qué no en su colección de juguetes, cuando ni la empleada sabe cuántos hay?’.
Decidió dejar de intentar separarlos. Primero, porque Tony lo vería como una interferencia injusta. Y segundo, porque tras enterarse de que Ethan protegió a Tony con su propio cuerpo entre los fragmentos de las bombas, nació en ella la confianza de que él nunca le haría daño al pequeño.
—Además, últimamente está rayado con las misiones de destrucción de represas, así que le van a interesar más los bombarderos.
Eve se quedó mirando a Ethan de forma fija y luego cerró y abrió los ojos lentamente, como tratando de espantar esas visiones crueles que empezaban a aparecer de nuevo.
—… Gracias.
Salieron después de comprar lo que él recomendó, pero ese Ethan colaborador desapareció al toque, como si tuviera otra personalidad, y empezó a fregarla con sarcasmo.
—Lady Evelyn, parece que después de vivir a la sombra de su hermano, ahora está decidida a ser la sombra de su hermano menor. ¿Esa es la vida que quiere?
En un segundo, el corazón de Eve se heló.
‘¿Por quién crees que me perdí a mí misma?’.
El hombre que una vez le susurró que escaparan juntos de la jaula, terminó volando solo. Y ahora, se burla de ella, que sigue encerrada, preguntándole por qué no vuela. Otros podrán burlarse, pero tú, precisamente tú, no tienes derecho.
La verdadera intención detrás de esas palabras tan frescas la descubrió más tarde, mientras brindaban con copas de vino en el vagón restaurante del tren en movimiento.
—¿No crees que ya es hora de dejar de serle fiel a tu familia y empezar a vivir tu propia vida? Después de todo, nunca fuiste de las que se mueren por el apellido.
‘¿Tanto para que, después de abandonarme, lo que eligieras fuera otra jaula?’.
Ethan tenía una curiosidad genuina. ¿Por qué Evelyn Sherwood se convirtió de pronto en una mujer que sacrificaba su vida por su familia? Sabía que había cambiado desde que lo dejó para ponerse del lado de su padre, pero la razón exacta de esa entrega ciega seguía siendo un misterio para él. ¿Sería una obsesión por lo único que le quedaba ahora que su familia estaba al borde del abismo? ¿O quizás era una forma de pagar por ese juego con fuego que tuvieron los dos?
—Evelyn Sherwood, ¿cómo piensas vivir de ahora en adelante sin ser la sombra de tu familia?
Para Eve, pensar en su futuro era un lujo que todavía no podía darse.
—Si no has dejado tu sueño de ser pintora, yo puedo ayudarte. Tengo contactos con dealers y coleccionistas bien conocidos. De todas formas, una duquesa no puede andar caminando por ahí buscando dónde vender sus cuadros.
—Paso. No necesito tu ayuda.
‘Porque ya estoy viviendo así. Sin tu ayuda’.
Ese comentario le sirvió para confirmar algo: Ethan todavía no se daba cuenta de que ella era Leclerc.
Por otro lado, desde que empezó con su sarcasmo, Eve tenía unas ganas locas de meterle un cachetadón, pero ese impulso se le pasó un poco. Al ver que él se ofrecía a ayudarla, parecía que al menos sentía un poquito de culpa por haberla dejado tirada en el pasado.
—Te ves más como un pájaro enjaulado ahora que antes.
Eve no lo negó. Levantó su copa de vino para quitarse el sabor amargo de la boca, mientras Ethan la observaba fijamente antes de soltar su siguiente propuesta.
—Entonces, ¿por qué no sales con alguien para despejarte un poco?
Ella se quedó mirando, por encima de su copa, al hombre que le recomendaba salir con otros hombres.
Cuando Ethan pidió la botella de vino, Eve no sospechó nada. En la cena, el vino era como el agua. Pero ahora no. Ahora sentía que esa copa era una pócima para nublarle el juicio. Hasta su invitación a cenar le sonaba distinta. Cuando salieron de la mina, él insistió en ir a un restaurante que quedaba lejos, diciendo que ya era tarde y que mejor comían con calma. Eve se negó porque sentía que no llegaría a casa hoy.
—¿Acaso tienes algo escondido en tu casa? ¿Por qué tanta prisa?
Incluso ese reclamo de él ahora se veía diferente.
‘¿Venganza terminada, así que ahora yo también debo vivir mi vida? Qué bien, te lo agradezco’.
‘Pero, ¿por qué quieres arrastrarme a tu vida si yo ya no tengo nada que ver contigo?’.
¿Acaso ahora que ya no siente culpa por amar a la hija de su enemigo, quiere jugar de nuevo al amor?
¿Quién se cree que es?
Eve deseaba de todo corazón que Ethan también se liberara de las cadenas del pasado y encontrara la felicidad común y corriente. Pero, por favor, ‘sé feliz donde yo no te vea’.
El Ethan Fairchild que odiaba a los Sherwood, y el Ethan Fairchild que abandonó a Evelyn Sherwood. Él diría que son la misma persona, pero para Eve nunca lo serán.
¿Cómo puedes abandonar mi amor y ahora, tan fresco, volver a pedir amor? Especialmente tú, que nunca creíste en mi sentimiento.
‘Ethan Fairchild, yo no cometo el mismo error dos veces’.
Eve miró con furia al hombre que estaba sumido en su propia arrogancia.
‘Ya veo que entendiste que me refería a que salgas conmigo’.
Ethan, detrás de su sonrisa relajada, apretó los dientes en secreto. Eve lo despreciaba abiertamente. Hace mucho tiempo, cuando lo traicionó, seguro lo pisoteó con esa misma mirada con la que uno mira a un bicho insignificante.
Pero Ethan tiene que fingir que la corteja como un bicho sin orgullo ante la mujer que lo aplastó. Todo sea por su última venganza. Para que los Fairchild le quiten el título de los Kentrell a los Sherwood, él necesita tener un hijo con la duquesa de Kentrell, que es quien tiene los derechos de sucesión.
‘¿Pero cómo lo hago con una mujer que me detesta?’.
Él será un contrabandista sinvergüenza que estafa al país y a los ricos, pero no es un violador. Forzar a una mujer no es demostrar poder. Es simplemente la declaración de derrota de un cobarde que sabe que, por sus propios méritos, jamás podrá ganarse el corazón de nadie.
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