A mi primer amor, con pesar - 67
—¡Mi pequeño! ¿Qué haces ahí?
Apareció Chantal. Por esta vez, Eve la aceptó de buena gana como si fuera su salvadora.
Chantal llamaba al niño, pero no les quitaba los ojos de encima a los dos adultos. Sonreía como si tuviera la cabeza hueca, pero por dentro sus neuronas trabajaban a mil por hora.
‘Estos dos están demasiado cerca últimamente’.
Eve tenía que odiar a Ethan Fairchild. Tenía motivos de sobra, ¿no? Las razones que la misma Chantal se había encargado de fabricar deberían seguir ahí, intactas.
Chantal Garnier se jactaba de tener un instinto casi diabólico para elegir siempre el bando que más le convenía. Gracias a eso, pasó de ser una prostituta que lidiaba con pervertidos a enfermera, y de ahí hasta convertirse en la Duquesa de Kentrell.
Por lo mismo, era hipersensible cuando sentía que alguien quería ‘cambiarse de bando’ y dejarla de lado.
Claro, Chantal y Eve estaban en el mismo barco, pero jamás serían aliadas. Sin embargo, al menos respecto a Ethan Fairchild, Chantal creía que Evelyn Sherwood estaba de su lado; pensaba que ella también veía a ese hombre peligroso como un enemigo que amenazaba la seguridad de la familia.
Esa confianza se le movió cuando Eve publicó la declaración de disculpa a nombre de la familia.
¿Había sido un trato para proteger al linaje del enemigo? ¿Y si no fuera eso? Quizás Eve estaba haciendo las paces con su rival para formar una alianza peligrosa. El día que esos dos tuvieran otro hijo o que Ethan descubriera el secreto de Tony, Chantal se quedaría en la calle, sin un sol, y la botarían de su puesto de Gran Dama.
Ya era un dolor de cabeza tratar de separar a Tony de su padre biológico, y ahora encima tenía que separar a estos dos. Tenía que meter su cuchara antes de que la situación se le escapara de las manos. Chantal le dio la espalda a Ethan y le susurró al oído a Eve:
—¿Te vas de cita con el hombre que te abandonó estando embarazada? Tienes un estómago de acero, ¿no?
Le dio justo donde más le dolía, a propósito. Si la herida aún no cerraba, esto la haría saltar.
En ese instante, los ojos fríos de Eve se clavaron en Chantal. El dolor se extendió en su mirada como un moretón azul, y sobre él, la rabia se encendió como una llamarada. Definitivamente, esos no eran los ojos de una tonta enamorada del hombre que la dejó tirada.
‘Ah, ya veo. Entonces no se ha vuelto la esclava de amor de este tipo otra vez’.
—Perdón, es que juraría que era una cita.
Si no quieres que piensen mal, mantén tu distancia con él.
Sin importar a qué rayos iban a salir, Chantal se dio el gusto de hincarle la herida una vez más para que no se olvidara del dolor, y luego se dio media vuelta. Se sentía mucho más ligera. Ahora solo le quedaba una tarea: separar a su única carta de triunfo del enemigo.
—Mi vida, tu media hermana dice que no se divierte jugando contigo, que solo se cansa. Pero a mamá le encanta jugar con su tesoro. ¿Quieres que mamá te compre juguetes en el centro comercial?
Se hacía la generosa, cuando en realidad lo iba a sacar al crédito a nombre de los Kentrell. Pero mientras lograra distraer al niño, a Eve no le importaba que Chantal se ganara puntos con Tony.
Sin embargo, cuando Chantal quiso agarrarle la mano, Tony la rechazó con fuerza y se colgó de Eve. Ver a esa estafadora siendo rechazada siempre le daba a Eve una alegría un poco pesimista. Y ni hablar de cómo se sentía al ver que el niño la buscaba a ella como si fuera su verdadera madre.
Pero ese pequeño momento de victoria no era razón suficiente para ceder ante el capricho de Tony. Seguía siendo una mala idea meter al niño en un viaje peligroso con ese hombre, cuando ni siquiera sabía para qué la había citado.
Eve, con mucha pena, soltó las manos del niño que la abrazaban por la cintura y lo regañó con dulzura:
—Anthony Sherwood, ¿quién va a cuidar la casa de los Kentrell si yo no estoy?
Tony no insistió más. Pero ese silencio resignado y triste le dolió a Eve mucho más que cualquier berrinche escandaloso.
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Después de cambiar de tren varias veces y de trepar por senderos de montaña en auto, el lugar al que llegaron fue una mina abandonada. Alguna vez bullente con la vida de cientos de obreros, ahora no era más que un pueblo fantasma con edificios reducidos a esqueletos, siendo devorados lentamente por la naturaleza.
Apenas bajó del auto, el aire húmedo y gélido que soplaba desde la entrada del socavón le produjo un escalofrío que le recorrió toda la columna. Se sentía como si estuviera entrando por su propia cuenta en una tumba con las fauces abiertas.
Ethan caminaba con naturalidad hacia el interior, pero el suelo de tierra sin emparejar era una tortura para los zapatos de Eve. En el momento en que ella trastabilló, su guardaespaldas, que caminaba a su lado, estiró el brazo para sostenerla.
Sin embargo, la mano de Ethan fue más rápida. Apartó el brazo del guardaespaldas de un golpe y sujetó a Eve de la cintura con firmeza. Ella se moría por zafarse de este delincuente que fingía ser un caballero; es más, por ella le habría plantado una bofetada ahí mismo. Pero sabía que, si se resbalaba y se rompía una pierna, tendría que salir de ahí cargada por este hombre tan cínico.
Hizo un esfuerzo sobrehumano por ignorar la sensación de las manos de él sobre su cintura y trató de concentrarse en lo que tenía enfrente.
—Es un buen lugar para enterrar a alguien.
soltó Eve con una sonrisa amarga, lanzando el comentario más ácido y preciso que se le podía ocurrir viniendo del jefe de una banda.
—No habría mejor sitio para deshacerse de una mujer que no obedece. Así que, dime de una vez, ¿cuál es la verdadera razón por la que me has traído hasta aquí?
La risa grave de Ethan retumbó en las frías paredes del túnel. Era una burla evidente, como si su falta de imaginación le resultara hasta tierna.
—Si quisiera enterrarte, te habría secuestrado primero para no dejar testigos.
Cuando ella le lanzó una mirada de odio, él entrecerró los ojos con una sonrisa zorruna, como si todo fuera una broma.
—Te dije que te daría un regalo.
—¿Acaso preparaste carbón para la niña que se portó mal?
—No es mala idea, pero para tu mala suerte, esta es una mina de oro.
Entre indirectas y puñales disfrazados de bromas pesadas, llegaron a un ascensor antiguo y oxidado.
—Sube.
Ante la duda de Eve por dar el paso, Ethan levantó una ceja. ‘¿Tienes miedo?’, parecía preguntarle con esa mueca de superioridad. Eve le quitó la mirada, levantó el mentón con orgullo y entró en la jaula de hierro.
Charrr.
La reja se cerró y la cabina empezó a bajar chirriando hacia la oscuridad del pozo vertical. Eve no sabía si temblaba por el sonido lúgubre del metal que resonaba en el vacío o por el viento helado que se colaba entre los barrotes.
—Suétate de mí.
Ethan la atrajo hacia su pecho con la excusa de que no se cayera por el bamboleo del ascensor. Pero más que sostenerla, la estaba envolviendo.
El calor intenso de su cuerpo, en contraste con el aire gélido de la mina, la golpeó de lleno. Justo cuando ella intentaba resistirse a esa sensación del pasado que creía haber olvidado, él le susurró al oído con esa misma voz de aquellos tiempos:
—Te ves linda cuando tienes miedo. Me hace acordar a esa vez que fuimos a la casa embrujada cuando salíamos.
¿Cómo se atrevía a mencionar esa época que él mismo había pisoteado como si fuera una colilla de cigarro? Y encima lo hacía sonriendo, como si nada. Era un demonio sin un gramo de vergüenza.
¿Te acuerdas de cuando me protegiste de los fantasmas de mentira, pero no te acuerdas del día que me dejaste tirada en medio del campo en plena noche? ¿Por qué diablos me enamoré de un tipo así?
La rabia le subió por la garganta, pero al mismo tiempo, como si esas palabras le hubieran quitado el suelo de los pies, Eve se hundió en los recuerdos que tenía guardados bajo llave.
—Ethan, si me dejas sola, te juro que yo también te voy a mandar a rodar.
—¿Tú crees que estoy loco para dejarte? ¡Ay! ¡Mira! ¡Ahí viene uno!
—¡Ahhh, no quiero!
—Hasta para gritar es elegante la princesa.
—No te burles. ¡Ándate, déjame!
—Qué linda te ves cuando te asustas.
A su edad actual, ella sabía que los vivos dan más miedo que los muertos y se habría reído de la situación, pero en ese entonces, los fantasmas que saltaban de la oscuridad la aterraban.
—Voy a tener que darles propina a los fantasmas.
—… ¿Por qué?
—Porque gracias a ellos, la princesa es la primera en abrazarme.
—¿Qué? ¿Te divierte que tenga miedo?
Parece que Ethan notó que ella se estaba molestando de verdad.
—¡Es hora de la venganza de la princesa!
A partir de ahí, Ethan empezó a asustar a cada fantasma que aparecía. Si venía uno gritando, Ethan le rugía como una bestia y le corría al encuentro. Si bajaba una araña de plástico del techo, le metía un puñete como si fuera una pera de boxeo. Las ocurrencias de Ethan hicieron que Eve se quedara sin aire de tanto reírse.
—Ethan… de verdad… tú… jajaja… estás loco.
De tanto reír, se le quitó el miedo y hasta empezó a esperar con ansias al siguiente fantasma. En ese entonces, Ethan era el caballero que la protegía y el mago que convertía cualquier momento feo en un recuerdo increíble.
¡Pum!
El suelo vibró. El calor del cuerpo de él contra el suyo, encogido por el temor, le sacudió el alma.
Pum, pum.
Su corazón latía con fuerza.
Tenía miedo a la caída.
Hacia el fondo del abismo, o hacia este hombre.
Eve no podía distinguir a qué caída le temía más. Al final, cualquier lado era un barranco.
El ascensor se detuvo por fin. Cuando la reja se abrió, Eve no podía creer lo que veían sus ojos.
Incrustada en medio de la roca gigante, había una pesada puerta de acero que le sacaba más de una cabeza de altura. Era el tipo de puerta de caja fuerte que solo verías en el sótano más profundo de un banco, no en una mina abandonada. La escena era tan irreal que no pudo evitar preguntar:
—¿Qué es esto?
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