A mi primer amor, con pesar - 66
—El precio de esta disculpa debe ser exactamente el mismo que la herencia que recibí de Robert Kallas.
Era la única explicación: una transacción donde ella ofrecía devolver la fortuna de Kentrell que él le había quitado a Kallas. Ethan estaba convencido de haber dado en el clavo, pero Eve lo miró con la frialdad de una profesora frente a un alumno limitado y le dijo que estaba equivocado.
—No. Vender el honor de un difunto por dinero es, en sí mismo, un insulto a su memoria.
En otras palabras, no estaba usando la reparación del honor de su abuelo como un simple anzuelo para recuperar sus bienes.
—Entonces, ¿por qué diablos quieres pedir perdón?
—Porque es lo justo y lo correcto.
—Vaya, «justicia» y «buenos modales». Veo que por fin te puedes dar el lujo de ser tan generosa.
Ante su sarcasmo, Eve sintió una llamarada de rabia por dentro, pero no soltó ni una palabra ni cambió su expresión. Por más barro que este hombre me tire, no voy a dejar que me ensucie.
Él había abandonado sus principios, pero ella mantendría los suyos; por más que él se portara como un patán, ella mantendría la compostura. Ahora que a Eve no le quedaba nada más que su orgullo herido, se aferraba a él con más fuerza.
—Lo que le pasó al señor Robinson siempre fue una carga en mi conciencia. Si algún día tenía el poder para corregir los errores de mi familia, quería hacerlo a toda costa. Pensé que tú también querrías esto.
Ethan no tuvo más remedio que asentar. Era verdad que quería hacerse con el ducado para limpiar el nombre de su abuelo. Pero, claro, ese no era su único objetivo.
¿Y yo? ¿Acaso no te dio pena lo que me hiciste a mí?
En la carta de disculpa no figuraba su nombre. Pero no le importaba. Para ser honestos, era más exacto decir que no quería mendigarle un perdón. La víctima que lo perdió todo era él. Los victimarios que le arrebataron todo eran ellos. ¿Por qué tendría que rogarle a los culpables que se disculparan, como si él fuera el que debiera pedir perdón?
Parece que Eve malinterpretó por qué él se había quedado mirando el documento tanto tiempo.
—Si hay algo que quieras cambiar en el texto, dímelo. Lo corregiré y lo publicaré como declaración oficial lo antes posible.
Como texto para limpiar el honor de su abuelo, el escrito era perfecto, no tenía ni un pero. No había excusas baratas escondidas entre líneas ni frases que culparan a la víctima. Ethan le devolvió el papel y asintió, sintiéndose casi grosero por haber buscado segundas intenciones en una disculpa tan respetuosa y sincera.
Sintió que ese nudo gigante que le oprimía el pecho se aflojaba un poquito. Ese pedazo de papel no le devolvería la vida a su abuelo, pero al menos rescataría su honor pisoteado.
—Es un acto de justicia y respeto hacia el Capitán. Acepto la disculpa.
Ethan no le dio las gracias. Tampoco parecía que Eve las esperara. Ella solo mostró una sonrisa de alivio, como si se hubiera quitado un peso de encima. Se mostraba transparente, con una sinceridad pura, como si por fin se hubiera arrancado una máscara pesada.
Ese rostro tan limpio, sin rastro de cálculos, logró desarmar extrañamente el corazón de Ethan, que estaba blindado por capas de odio. Por un instante, él también se dejó llevar y bajó su propia guardia, pensando que nunca imaginó que volvería a sentir gratitud, y no odio, hacia la mujer que lo abandonó con tanta crueldad.
Pero ese momento fue un abrir y cerrar de ojos. El odio regresó por puro instinto. Porque en su sangre seguía grabada a fuego esa despedida cruel que solo una princesa arrogante podría firmar:
Señor Investigador, le ruego encarecidamente:
Imponga a Ethan Fairchild la pena más severa que permita la ley.
Lady Evelyn Sherwood de Kentrell.
Esa sonrisa de alivio le daba asco. Eve todavía no tenía derecho a sentirse libre de sus pecados. Habrá pedido perdón por los crímenes de su familia, pero seguía guardando silencio absoluto sobre su propia y mayor culpa.
Era una mujer a la que le debía gratitud… y una mujer tan hipócrita que le daban ganas de matarla.
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Anthony Sherwood, ¿qué demonios estás tramando?
Últimamente, Ethan sentía que era el mono del zoológico, el centro de todas las miradas. Eve, por su parte, pensaba que Tony simplemente estaba obsesionado con su nuevo «juego de espías».
Desde hacía unos días, el niño no les quitaba el ojo de encima. A veces se les quedaba mirando fijamente de cerca; otras, se escondía torpemente detrás de las puertas o los muebles, como un avestruz que esconde la cabeza creyendo que así nadie lo ve. Su habilidad para ocultarse era un desastre, pero lo que sí lograba esconder a la perfección eran sus pensamientos.
—Oye…
empezaba a decir algo.
—No, nada.
y se callaba al instante.
En lugar de soltar lo que sentía, le dio por hacer preguntas, una tras otra.
—Ethan, ¿tú y Eve eran amigos de chiquitos? ¿Jugaban como juegas conmigo? ¿Y ahí te empezó a gustar? ¿Desde cuándo? ¿Por qué?
Con esa carita de ángel, Tony no hacía más que pisar todas las minas personales de Ethan; parecía un demonio experto en meter el dedo en la llaga.
—¿De verdad te escapaste con Eve? ¿Cuándo? ¿Y qué hicieron cuando se escaparon?
¿Pero qué cosa está preguntando este mocoso?
—Ethan, ¿tú sabes quién soy yo?
—El Duque.
—¡Te equivocaste, sonso!
A Tony le encantaba proponer acertijos donde solo él sabía la respuesta para burlarse de él. Ethan pensaba que ese pequeño diablillo era un Sherwood de pura cepa. Si Eve hubiera sabido lo que él pensaba, se habría reído en su cara, porque ella veía en la curiosidad obsesiva de Tony la viva imagen de su padre biológico.
—Eve, ¿de verdad amaste a Ethan? ¿Por qué lo amaste? ¿Y por qué lo dejaste? ¿Ya no lo amas?
El niño no dejaba de hurgar en la herida preguntando por su relación con ese hombre. Aunque Eve no le respondiera nada, él seguía y seguía.
¿Será que los genes de los Fairchild recién están despertando, o se le pegó el estilo de Ethan por andar tanto con él? Sea como sea, a Eve le preocupaba que su hijo se estuviera pareciendo tanto a su padre.
Mientras esperaba que a Tony se le pasara la fiebre por ese juego raro, llegó el final de julio. Fue por esos días que el ambiente en la mansión cambió; todos los oficiales andaban de un lado a otro, apurados, como si algo los estuviera persiguiendo.
El Mayor Fairchild no era la excepción. Parecía que ya no tenía tiempo ni para arruinar las cenas cuando Tony lo invitaba. Gracias a eso, Eve por fin pudo comer sin que se le cerrara el estómago.
Ojalá se fuera para siempre.
Ese era su único deseo, pero como si fuera una maldición, Ethan Fairchild se le apareció de la nada y le dijo:
—Dame un día de tu tiempo. Hay un lugar al que quiero que vayamos juntos.
Eve lo mandó a rodar al toque. No quería ir con él ni a la esquina de Cliffhaven, ¿y ahora pretendía que se subiera a un tren para irse lejos? Tenía razones de sobra para negarse. Pero Ethan fue terco y, como ya esperaba que ella le dijera que no, empezó a soltar anzuelos: que no se arrepentiría, que le tenía preparado el regalo que ella tanto quería…
“¿Qué me va a dar ahora? ¿Acaso la cabeza de Chantal bien peinadita dentro de una caja?”
Lamentablemente, Chantal seguía con la cabeza bien pegada al cuello, usando a Tony como rehén para sacarle plata a Eve cada vez que podía.
“Así que no sé qué regalo será… pero ese es el problema: no saber”.
Al final, la curiosidad le ganó a Eve y aceptó acompañar a ese hombre en quien ya no confiaba, con la condición de llevar a sus guardaespaldas.
Cuando terminó de alistarse y salió a la puerta principal, se dio con la sorpresa de que Tony estaba ahí esperando. El niño se paró cerrando el paso a la puerta del sedán que esperaba a Eve y preguntó:
—¿A dónde van los dos?
Antes de que alguien pudiera inventar una excusa, Tony se les colgó.
—Llévenme a mí también.
Recién ahí Eve se fijó en la apariencia del niño: se había preparado con una seriedad que daba hasta miedo. Él, que siempre andaba en mangas de camisa, se había puesto saco y chaleco. Incluso se había peinado ese cabello que tanto odiaba cepillarse.
Se veía tan tierno que a Eve se le partía el corazón de solo pensar en la decepción que se llevaría. Pero era imposible llevarlo; no sabía qué planeaba Ethan y, además, era un viaje largo.
Mientras ella pensaba cómo decirle que no sin que el niño pensara que ya no lo quería, Ethan, por su cuenta, apartó a Tony de Eve.
—Tú no vas.
—¿Por qué?
—Porque es cosa de adultos.
Eve no pudo evitar fruncir el ceño. En la boca de ese hombre, una frase tan simple como «cosa de adultos» sonaba pegajosa y vulgar. Eve se encargó de limpiar ese mal olor con sus propias palabras:
—No vamos a jugar, Tony. Te vas a aburrir.
—No me importa, quiero ir.
El niño se puso terco y se metió en medio de los dos, haciendo algo que nadie se esperaba.
Agarró la mano de Eve con su izquierda y la mano de Ethan con su derecha.
Los tres quedaron unidos. En ese instante, parecían una familia normal; una pareja con su hijo en medio.
A Eve se le dio un vuelco el corazón al ver esa imagen que ya no podía existir, y que tampoco debía permitirse. Estuvo a punto de soltarle la mano por puro instinto, cuando de pronto…
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