A mi primer amor, con pesar - 65
—Promételo, cumple tu palabra.
—Ya, bueno…
Respondía al toque, pero se le veía totalmente desanimado. Por cómo hablaba, se creía un adulto, pero al final niño es niño. Parece que se había pegado un susto bien grande porque el chiquillo, sin pizca de vergüenza, no dejaba de sollozar. Le había dado la mano porque decía que tenía miedo, y todavía no me soltaba.
¿Por qué diablos le estoy haciendo de papá al hijo de mi enemigo?
Ethan soltó un suspiro, sintiéndose un tonto. En ese mismo instante, escuchó otro suspiro igualito al costado, pero mucho más chiquito. El niño miraba su cometa rota con una cara como si se le hubiera acabado el mundo.
Tanto drama por esa sonsera…
—Cuando retiren los puestos de artillería, te haré otra.
Tony asintió con fuerza, pero se notaba que seguía triste. No dejaba de sobar el dibujo del avión que se había rajado, cuando de pronto se quedó tieso.
—¡Ay!
Se le escapó un gritito. Se había cortado con el borde afilado del papel. En la punta de su dedito gordo empezaron a brotar gotas de sangre roja, y Tony no sabía qué hacer del susto.
—No es para tanto. Ya va a parar, límpiate en el pantalón.
—No puedo…
—¿Por qué? ¿Acaso tu nana estricta te ha dicho que es de gente ordinaria limpiarse en la ropa? Pero si ya estás todo cochino.
—¡No es eso! ¡Es que yo no puedo perder sangre!
¿A dónde se había ido esa cara de tristeza? Tony, con un aire de importancia como si estuviera contando el secreto más grande del universo, le puso el dedo ensangrentado a Ethan frente a la cara.
—Mi sangre es la más valiosa del mundo.
—Ya, claro, porque eres noble.
Hasta un chiquillo así ya estaba contaminado con esa conciencia de clase, creyendo que su sangre era «valiosa». En ese rostro inocente, Ethan creyó ver la sombra de esos nobles arrogantes que tanto detestaba. Ese pequeño vínculo que había sentido hace un momento se enfrió de golpe.
—¡No es por eso! ¡Es que me operaron cuando era bebé!
—Todavía eres un bebé.
—¡Casi me muero esa vez!
Ethan se imaginó la típica historia: instrumental quirúrgico sin esterilizar, o algún médico borracho que le cortó un vaso sanguíneo por error. Pero la verdad era más extraña de lo que pensaba.
—Es que mi tipo de sangre es bien raro.
Y por otro lado, le resultó familiar.
—¿Tú también?
—¿Ah? ¿No me digas que tú también, Ethan?
—Eso me dijeron en el ejército, así que supongo que sí.
Era un secreto que jamás habría descubierto si no hubiera ido a donar sangre.
—Qué estafa… entonces no es tan raro.
Al ver que su «sangre más valiosa del mundo» ya no era algo solo suyo, la cara de orgullo del niño se desinfló como un globo pinchado.
—Escucha, mocoso, eso no es algo valioso. Es una maldición. Significa que por una herida donde otros se salvan con una transfusión, nosotros nos podemos morir.
… ¿Nosotros?
Esa palabra que a Ethan se le escapó sin querer se quedó dando vueltas en la cabeza del niño. Tony miró la mano grandaza del hombre que envolvía la suya. Luego, volvió a mirarle la cara. Para que lo llamara «nosotros», significaba que tenía muchas cosas en común con este hombre.
De pronto, las palabras de Doctor Kallas —que como médico era un desastre, pero sabía de todo— le vinieron a la mente como un rayo.
—El tipo de sangre se decide por los genes que uno hereda de cada padre.
Y no era solo la sangre. Los hijos también heredan otros rasgos físicos de sus padres. Como ese cabello rubio ceniza, clarito como el sol de la mañana… o esos ojos que, si los miras bien, se parecen al mar que baña esos acantilados blancos…
Tony empezó a ver al ex de su hermana con otros ojos.
—Tony, tú tienes buen ojo para la gente.
—¿Ah, sí?
—Sí, así que de ahora en adelante confía siempre en tu instinto.
Su hermana, que tenía la misma cara de Tony… ella también lo decía.
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Apenas dejó a Tony en White Cliff Hall, Ethan convocó a sus hombres y cayó de sorpresa en la posición de artillería antiaérea del castillo de Kentrell.
—Tu unidad casi mata a un niño civil, ¿y todavía tienes cara para pasarte el té por la garganta?
Ante su reclamo, el mayor a cargo de la batería respondió con una concha impresionante, diciendo que, «según el reglamento», la culpa era del civil.
—Dígale al niño que, por reglamento, no se pueden volar cometas cerca de una zona de artillería.
Al oír eso, una sonrisa de depredador se dibujó en el rostro de Ethan.
—Dime una cosa, ¿tú viste al niño volando su cometa en ese campo?
El mayor dudó con la taza de té en la mano, y la sonrisa de Ethan se volvió más peligrosa.
—Te voy a dar a elegir. Uno: ustedes vieron al chiquillo volando su cometa todo este mes y no hicieron nada. Dos: no lo vieron; por lo tanto, son unos brutos que no tienen ni idea de lo que pasa frente a sus propias narices.
—Cof, cof… Mayor Fairchild…
—Escoge. ¿Cómo quieres que los denuncie ante su comandante general?
—B-bueno, es cierto que hubo un descuido de nuestra parte, pero al final al niño no le pasó nada. Estamos en un momento crítico, si tú también eres militar, no hagas un escándalo por esto ni generes problemas internos en el ejército.
—¿Ah, ahora resulta que yo soy el exagerado? Ya. Te doy una tercera opción. Tres: mañana esto sale en todos los periódicos. Con el titular: «Batería antiaérea intenta asesinar al Duque Kentrell»
Al final, al comandante no le quedó otra que aceptar su culpa, pedir disculpas y prometer que algo así no volvería a repetirse.
De regreso a White Cliff Hall, Mikey, que iba al volante, no podía evitar mirar a cada rato por el retrovisor a su joven jefe. No le cuadraba. ¿Por qué el jefe se metía tanto en pleitos para defender al pequeño duque?
Justo cuando volvía a mirar al frente rascándose la cabeza, una voz grave le cayó como un hachazo desde atrás.
—Habla de una vez.
Lo habían pescado dudando. Mikey sintió que estaba pisando huevos, sin saber qué tan grueso era el hielo, y soltó la pregunta con cuidado:
—Jefe… ese mocoso… ¿no se supone que lo mejor es que muera?
El silencio de Ethan se prolongó. Mikey se dio cuenta de que se había metido en terreno peligroso. Contuvo el aliento, sin saber hacia dónde estallaría la furia de su jefe. Pero lo que Ethan dijo al final lo dejó frío.
—Si se muere cuando está conmigo, me van a echar la culpa a mí otra vez.
¿Cómo le van a echar la culpa a un oficial de la Fuerza Aérea si al niño le cae una esquirla de artillería?
Ethan había ido a una universidad de prestigio; él, mejor que nadie, debía saber que esa lógica no tenía ni pies ni cabeza. Quizás por eso, el jefe se corrigió de inmediato:
—Además, primero tengo que matar al marido.
Claro, eso también era un sinsentido. En una venganza no hay por qué seguir un orden. Alguien que ha pasado diez años afilando su odio debería saberlo de sobra.
Entonces, solo había una explicación para que el jefe se portara así de raro. Mikey sintió que sus miedos se hacían realidad.
«Ay, no… El jefe ya perdió. Se ha encariñado feo con ese chiquillo».
¿Qué pasaría ahora? ¿Sería un final cruel donde mataría al niño sin darse cuenta? ¿O un final sentimental donde renunciaría a su venganza al ver que ya no puede matarlo? ¿O tal vez el final más destructivo de todos: matar al niño llorando lágrimas de sangre? Mikey sentía que solo le quedaba esperar a que llegara la tormenta.
Al bajar del carro y entrar a la mansión, el mayordomo se acercó a Ethan.
—Lady Evelyn desea verlo.
Ethan frunció el ceño. ¿Esa mujer, que últimamente me huye como si fuera un bicho, me está buscando? ¿Para qué?
Lo primero que pensó fue en Tony. Le había pedido que guardara varios secretos hoy, ¿acaso el mocoso ya había roto su promesa? Pero ella no lo llamaría solo por una sonsera así.
Sentados frente a frente en la sala, Eve le entregó un papel. En cuanto Ethan leyó el título, su cerebro se quedó en blanco por un segundo.
‘Declaración de Disculpa’
A nombre del Duque Kentrell, Anthony Sherwood, el documento reconocía las falsas acusaciones contra Jeremiah Robinson y pedía disculpas por la injusticia.
La cabeza de Ethan se volvió un lío. Que un noble, y encima de la familia Kentrell, sacara una disculpa oficial era algo que no entraba en la cabeza de nadie. Los nobles no piden perdón. Si ofendieran a la Reina, se arrodillarían a escondidas donde nadie los vea. Si cometieran un error, soltarían plata para callar a la gente, pero jamás reconocerían su culpa públicamente.
La princesa debía saber perfectamente el terremoto que esto causaría en la nobleza y en la prensa. Entonces, ¿por qué me entregas esto ahora?
Pensar que lo hizo solo porque salvé a Tony era casi ridículo. Pero no se le ocurría otra razón que no fuera un pago o un agradecimiento.
‘Ah, ya entiendo’
Ethan creyó haber encontrado la respuesta.
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