A mi primer amor, con pesar - 64
—Eve me odia.
—¿Por qué?
Ethan le preguntó por qué lo odiaba, pero el chiquillo estaba tan metido en su rollo que, para variar, salió con otra cosa.
—Últimamente ya no se amarga conmigo.
Uno pensaría que eso es algo bueno, pero Ethan conocía demasiado bien a esa mujer como para responderle así.
—Esa mujer es más peligrosa cuando no explota.
—¡Anthony Sherwood!
Tony se paró de un porrazo y gritó su propio nombre al cielo, para luego dejarse caer otra vez entre el pasto.
—… Hace un buen tiempo que no escucho mi nombre salir así de su boca.
—De hecho que no es porque te estés portando como un santo…
—Exacto.
Ethan soltó una carcajada seca. Qué tal chibolo, aceptando con todo el descaro del mundo que es un tinterillo. Aunque Ethan es de los que, sin querer, termina azuzándolo para que haga travesuras, por un momento sintió un poco de pena por Eve.
—Pero igual, me da un miedo que me hable así de tranquila. Ya no me sermonea ni se mete en lo que hago. Seguro ya se asqueó de mí.
—Al final tiró la toalla con su hermano joyita.
El niño se picó y cerró el puño al toque, pero no respondió ni lanzó ningún golpe; se desinfló como un globo pinchado.
—¿Pero qué diablos hiciste para colmarle la paciencia a la ‘tan tolerante’ Lady Evelyn?
El mocoso se quedó mirando sus propios puños y soltó un suspiro como si fuera un viejo, antes de confesar:
—Hubo algo en lo que Eve se confundió conmigo. Ella me pidió perdón, pero yo no quise aceptarlo y le dije cosas bien feas.
—¿Qué le dijiste?
Tony no quería contarle esa parte, así que cambió de tema.
—Es que me dio la chiripiorca y se me salió…
Pero no podía mentir diciendo que no lo sentía de verdad.
Tony nunca creyó que su papá se hubiera casado con su mamá por amor. Para él, estaba claro que su viejo solo quería jugar con ella, pero terminaron teniendo un hijo y, como el único heredero murió, no le quedó de otra que aceptarlos.
Es obvio que Eve odie a la mujer que aprovechó la crisis de la familia para convertir a su hijo en duque. Y si odia a la madre, pues caballero, también tiene que odiar al hijo, que es Tony.
Y no era solo una idea suya, tenía pruebas: esa actitud de Eve, que siempre se sentía incómoda viviendo bajo el mismo techo que él.
Lo que Tony no entiende es a la Eve de ahora. Hace unos años, su hermana cambió radicalmente. De pronto se le acercó un montón y empezó a meterse en su vida, como si fuera su segunda mamá.
Ese día en la playa, Eve le dijo que no lo odiaba. Parecía sincera. O quizás, como Tony se moría por escuchar eso, le sonó a verdad.
—¿Ese día de verdad me pasé de la raya? O será que…
Tony volteó la cara. Como Ethan no le respondía bien, pareció perder el interés y se quedó echado mirando al cielo con los brazos como almohada. El niño lo observó pestañeando.
—¿Será que ya no me quiere porque me la paro pasando con Ethan?
—¿Qué? Encima que saco tiempo de donde no tengo para jugar contigo, ¿me sales con esas? Qué tal raza…
Ethan le empujó la frente al mocoso con el dedo índice. El chiquillo se dejó mover así nomás, estaba demasiado ocupado pensando en cómo recuperar el cariño de su hermana.
—Si dejo de juntarme con Ethan, ¿se le pasará el amargo?
—Entonces ahora me dan más ganas de seguir viniendo.
—La verdad, a mí también. Así que, Ethan, mejor amístate tú con Eve.
—¿Amistarme? No hables piedras.
Ethan se rió por lo absurdo que sonaba.
—Escúchame, chibolo: uno se amista cuando se ha peleado. Nosotros nunca nos peleamos. Esa mujer fue la que me dejó tirado.
—Ah, ya decía yo… Imposible que a Eve la dejaran plantada.
—Este mocoso de miér…
Ethan se tragó la lisura y se puso un cigarro en la boca. Pero el viento, burlándose de su único consuelo, le apagaba la llama del encendedor una y otra vez. Al final, Ethan tiró el encendedor con rabia y se quedó mirando el cielo vacío. Por aquí, nada había cambiado con el tiempo.
Igualito que Evelyn Sherwood.
—Tu hermana sigue siendo la misma. Sigue igualita a esa versión de la que me enamoré, maldita sea.
Esa frase se le escapó, era un pedazo de los pensamientos que lo venían torturando todo este tiempo. Una vez que salió, ya no pudo frenar lo que seguía.
—Y por eso sigo enamorado como un idiota…
¿Cómo puedo seguir amando a la traidora que me vendió?
Ethan sintió ganas de pegarse un puñetazo a sí mismo por ser el tipo más estúpido del mundo. Cerró el puño con fuerza y, en ese instante, el niño se levantó de golpe. Lo miraba con los ojos bien abiertos, su cara era tan idéntica a la de Evelyn que le dolió.
—¡Asu! O sea que sí volviste porque no la puedes olvidar.
‘Que no, te digo. Que he venido para matarla’.
Ethan tuvo que volver a ponerse el cigarro en la boca.
—No le digas nada a tu hermana. Aunque, por cómo me mira, creo que ya se dio cuenta.
El chibolo asintió con una seriedad digna de un espía que acaba de recibir una misión ultra secreta. Y, claro, no perdió el tiempo para pedir algo a cambio.
—Ya, pero no le digas a Eve que hemos estado jugando hoy.
—Qué buena… Ya, ya, está bien.
Ethan soltó una risa por lo absurdo de la situación. Parecían dos camaradas sellando un pacto secreto.
Originalmente, eran aliados porque tenían a Evelyn Sherwood como su ‘enemiga’ común. Pero, sin darse cuenta, se habían convertido en una alianza bastante ridícula: dos hombres que, cada uno a su manera, estaban templadísimos de la misma mujer.
Ethan soltó un suspiro amargo y siguió castigando al pobre encendedor que no tenía la culpa de nada.
—Evelyn Sherwood es una mujer fatal, de verdad. Pero dime, ¿por qué te mueres tanto porque tu hermana te dé bola y no tu mamá?
—¿Acaso hay alguien en este mundo que prefiera la atención de mi mamá antes que la de Eve?
—Bueno, en eso tienes razón.
—Y también…
El niño se abrazó las rodillas y clavó la mirada en el horizonte. Tenía los ojos nublados como el mar a lo lejos.
Por un buen rato, solo el sonido de las olas llenó el silencio entre los dos. Entonces, el pequeño habló con una voz tan bajita que parecía sacada de lo más profundo del océano:
—Mi mamá es mala. Es bien mala.
—¿De qué hablas?
En realidad, Ethan podía imaginárselo. Desde hace tiempo corría el chisme de que la enfermera había falsificado la firma del Duque —que ya era casi un cadáver viviente— para casarse con él. Ese niño ya había crecido lo suficiente como para escuchar los secretos cochinos de los adultos. Tony, como queriendo escapar de esa respuesta obvia, cerró la boca con fuerza y se levantó agarrando su cometa.
—El viento se calmó.
Y no era un floro para huir. Como si fuera una señal de que esa conversación tan pesada había terminado, el viento fuerte que los azotaba se detuvo de golpe. En medio de esa calma, Ethan por fin pudo prender su cigarro mientras veía cómo el niño se alejaba.
Parece que el entrenamiento había acabado, porque los cañones antiaéreos que rugían hace un rato se habían quedado mudos. Ethan cometió el error de confiar en esa calma engañosa y no detuvo al niño; pronto pagaría el pato.
En un segundo, la cometa voló altísimo hasta volverse un punto minúsculo. Se notaba en los ojos del chiquillo esa terquedad de querer llegar hasta el fin del cielo. Ethan se quedó mirándolo tranquilo cuando, de repente…
¡BOOM!
Al mismo tiempo que un estruendo le reventaba los tímpanos, una explosión negra con chispas rojas estalló justo encima de la cometa. Un cañón antiaéreo le había dado de lleno, confundiendo la cometa con un blanco de práctica.
—¡Tony, al suelo!
Antes de que su cerebro terminara de procesar lo que pasaba, Ethan ya había tirado el cigarro y corría hacia el niño. El chiquillo se había quedado estático por el susto y no reaccionaba, así que Ethan lo envolvió con su cuerpo y se tiró al piso.
Debajo de él, podía sentir la respiración agitada y muerta de miedo del pequeño. El corazón de Ethan empezó a latir fuera de control.
¿Sería por el miedo de que les cayera un resto de metralla en la espalda? Quién sabe. Pero ni siquiera cuando se vio metido en balaceras con bandas rivales y sintió a la pelona pasarle cerquita, su corazón se había puesto así de loco.
Poco después, todo volvió a quedar en silencio. Ni a Tony ni a él les había caído ningún pedazo de fierro, aunque un trozo de metal del tamaño de un puño se había clavado justo donde el niño estaba parado antes. Ethan soltó un suspiro de alivio mezclado con una sarta de lisuras.
—Estos hijos de… ¿están locos o qué? ¿Se han metido los ojos al bolsillo? Saben perfectamente que hay casas cerca y, ¿se ponen a disparar encima de la cabeza de un niño sin fijarse?
O de repente era que la guerra, que se sentía cada vez más cerca, ya los había dejado ciegos. Ethan empezó a caminar hacia la mansión y le advirtió al niño:
—Por un tiempo no salgas a vagar por aquí. Quédate tranquilo en casa con tu hermana.
—S-sí…
—Y que yo te he dicho esto es secreto, ¿ya?
Le pidió que fuera un secreto porque los de arriba no paraban de repetir lo de ‘mantener la confidencialidad estricta’ como si fueran loros drogados.
Claro, por culpa de tipos como él, que no sirven para quedarse callados, es que se filtran las cosas.
¿Pero cómo van a pedir que cierren el pico cuando el enemigo está por entrar por el mar? Es una locura. No sé a qué genio se le ocurrió esa apuesta, pero la vida de un montón de gente dependía de esa predicción tan incierta.
Ethan no entendía qué tenía el ejército en la cabeza para no evacuar a los civiles ni darles una advertencia. No sabía si los militares eran una sarta de inútiles o si simplemente habían decidido que sacrificar unas cuantas vidas civiles no era gran cosa. Sea como sea, esa forma de actuar ya le llegaba al pincho.
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