A mi primer amor, con pesar - 63
Ese hombre no parece ni un poquito sorprendido de habérsela cruzado por casualidad. Es más, emanaba una seguridad arrogante, como si hubiera estado esperando que Eve bajara al lobby. ¿Ahora hasta la estaba siguiendo? Eve se sintió invadida por una sensación de peligro; temía que Ethan Fairchild terminara conquistando hasta su último refugio. ¿Tendría que mudar el taller? Lo primero sería esconder los cuadros. Menos mal que no había firmado ninguno. Su mente ya estaba volando hacia el taller, pero su cuerpo se movía en la dirección opuesta. Como un ave madre que se lanza como carnada para alejar al depredador de su nido, ella se dirigió hacia el punto más lejano de su estudio.
Ignorándolo con frialdad, apresuró el paso para alejarse. Pero, con sus pasos cortos, era imposible dejar atrás las piernas largas de aquel hombre. Ethan, como quien se burla de una presa que intenta escapar, la alcanzó en apenas tres zancadas y se puso a su lado.
—¿Qué hará una dama en este hotel tan sencillo, teniendo una tremenda mansión a la vuelta de la esquina…?
Eve no lo haría, pero si ella llegara a preguntarle «¿y tú qué haces aquí?», Ethan le respondería que vino a ver a un «cliente». Y no sería mentira. Hoy por la tarde, mientras discutía un negocio importante en el café del primer piso, vio a Eve entrando sola al hotel. El ascensor en el que subió se detuvo en el último piso, y ahí no había ni cafés ni restaurantes. Entró a una habitación…
¿Acaso tendría un amante escondido? Según lo que Ethan conocía por experiencia, dentro de Evelyn Sherwood vivía un deseo ardiente que nunca dormía. Era imposible que ella sola estuviera lidiando con algo tan intenso. De hecho, lo más probable era que hubiera otro hombre encargado de recibir todo ese deseo. Me muero por verle la cara a ese infeliz.
Sentía que se estaba tomando un cáliz de veneno por cuenta propia, pero no podía evitarlo. Ethan mandó sus negocios al diablo y siguió a Eve hasta el último piso del hotel. Sin embargo, no encontró ninguna habitación de donde saliera su voz o el ruido de una pareja revolcándose. Tampoco apareció después el supuesto amante para la cita secreta. Y lo más extraño: la propia Eve no salió de ahí. En todo el día.
Ethan esperó con terquedad en el último piso incluso después de que bajara el sol. Eve recién apareció cuando él tuvo que bajar al lobby porque no le quedó otra que usar el teléfono. Estaba sola. ¿Pero qué diablos hizo todo el día metida en un cuarto de hotel?
La duda sin resolver se volvió obsesión, y la obsesión se convirtió en acción. Sin dudarlo, él enredó su mano en el cabello de la mujer, que caminaba sin siquiera darle una mirada. Eve se quedó espantada por ese gesto tan atrevido, pero antes que la rabia, lo que sintió fue un frío presentimiento recorriéndole la espalda.
Ethan no le jaló el cabello con violencia. Solo lo sujetó con suavidad y se lo acercó a la nariz. Luego, como un sabueso que rastrea el paradero de un animal por su olor, inhaló profundamente su aroma. Incluso en ese instante, los ojos ardientes del hombre atravesaban los de Eve. Era una declaración de guerra silenciosa: «Sea cual sea tu secreto, lo voy a descubrir». Ethan frunció el ceño de golpe. ¿Acaso habría sentido el olor a pintura y a trementina?
En el momento en que Eve retrocedió por instinto, su cabello negro se resbaló de entre los dedos de él. Pero ya era tarde. Ethan la observaba con una mirada que mezclaba la sospecha con la curiosidad.
—¿Te has bañado en perfume…? Menos mal que al menos no se te mojó el pelo.
Eve soltó una risita burlona para disfrazar el suspiro de alivio que casi se le escapa. Menos mal. Él no sabía nada. Por un lado, hasta le daba risa. Así que él sospechaba que ella había tenido una cita secreta con un hombre. No podía entender la contradicción de ese sujeto, que después de haberla dejado, seguía mostrando ese afán de posesión.
Tenía que escapar de este hombre tan confuso cuanto antes. Eve apresuró el paso hacia la puerta principal del hotel donde estaban los taxis, pero tuvo que detenerse en seco. Ethan se agachó y puso su cara frente a la de ella. Él la miraba con fijeza, con una curiosidad incómoda que no era precisamente malicia, y le preguntó:
—Oye, ¿has estado llorando?
Ethan no pasó por alto que ella evitó la mirada como alguien a quien le han dado en el clavo. De verdad lloró.
Desde que reapareció en el lobby, él sintió la extraña sensación de que Eve no era la misma de siempre. Ahora que la veía de cerca, se daba cuenta. Tenía los ojos rojos e irritados. Para Ethan, Evelyn Sherwood era la contradicción más difícil de entender. Ella era, sin duda, una llama ardiente, pero a la vez era más fría que nadie. Por eso, era la persona que uno menos se imaginaría derramando una lágrima. Y una mujer así había llorado. ¿Por qué? Ese rastro de debilidad, algo que nunca antes había visto en ella, se le pegó en la cabeza y no había forma de que se lo sacara.
—¿Por qué lloraste?
Eve ignoró la pregunta e intentó pasar por su lado para subirse al asiento trasero de un taxi. ¡Pum! Pero el escape de Eve fracasó cuando Ethan cerró con brusquedad la puerta que el taxista había abierto. Bloqueándole la única salida que le quedaba, el hombre se paró frente a ella y, con una tranquilidad increíble pero con una voz cargada de una terca insistencia, volvió a preguntar.
—¿Ya cenaste?
Ethan preguntó aun sabiendo que Eve no había probado bocado. No habían pedido servicio al cuarto ni una sola vez. Y en el restaurante ya habían apagado las luces hace rato.
—¿Vamos por un trago?
En lugar de esperar respuesta, señaló con el mentón hacia el bar que estaba al costado del lobby. La mujer no dijo nada, solo se le quedó mirando fijo. En ese instante, Ethan sintió cómo una chispa de emoción empezaba a encenderse dentro de él.
En esos ojos enigmáticos, donde siempre encontraba odio, desprecio o una frialdad defensiva, aparecía por fin —después de muchísimo tiempo— un brillo distinto. Una curiosidad pura, como si se estuviera preguntando «¿por qué?». Evelyn Sherwood sentía intriga por él.
Sí, esa era la mirada. La misma mirada de la mujer que Ethan amaba antes de que ella lo abandonara de la forma más miserable.
Eve parecía seguir tanteándolo, pero con la guardia un poco más baja, le soltó una pregunta como para probarlo:
—¿Me estás intentando consolar?
—Sí.
Ethan soltó una sonrisa amarga. Consolar a la mujer que lo dejó. Ser así de generoso era parte de su naturaleza, pero ella y su familia pisotearon esa esencia suya hasta convertirlo en un demonio. Aun así, Ethan Fairchild sabía mostrar misericordia cuando quería.
Pero lo que sacó a Ethan de su nube de autosuficiencia fue la frase arrogante de Eve:
—¿Y cómo podrías tú servirme de consuelo?
En un segundo, la sonrisa se le borró de la cara.
—Ethan, ¿por qué diablos pensaste que ver tu cara me iba a hacer sentir mejor?
Si lo hubiera dicho con resentimiento, hubiera sido más fácil de digerir. Pero Eve preguntaba con una duda genuina, como un médico que observa el comportamiento errático de un paciente psiquiátrico. Esa honestidad desnudó la frágil arrogancia de Ethan de la manera más humillante posible.
—Sí, claro, maldita sea… disculpe usted, «mi lady», por atreverme a ponerle este tipo tan corriente al frente.
—No lo dije en ese sentido.
Eve ni se molestó en responder a su rabieta; solo suspiró como si le diera pena, dejándolo como un tonto.
—Los seres humanos suelen pensar que el mundo gira alrededor de ellos.
Ese análisis frío y calculador de Eve fue como poner a Ethan en una mesa de disección. Sin darle chance a escapar, ella le abrió el corazón con un bisturí preciso.
—¿A ti te pone de buen humor verme?
Ethan no pudo responder. Como si estuviera amarrado a esa mesa, exponiéndolo todo, ni siquiera pudo detener a la mujer cuando lo hizo a un lado para subirse al taxi.
Antes de que se cerrara la puerta, el desprecio había vuelto a esos ojos que lo juzgaban.
Incluso después de que el taxi se fue, Ethan se quedó clavado ahí un buen rato. La última pregunta de ella le zumbaba en el oído como una maldición:
—¿A ti te pone de buen humor verme?
Ethan se pasó la mano por la cara con brusquedad. Pero no había forma de que ese sentimiento tan espeso se borrara como si fuera una mancha cualquiera. Era una marca a fuego en su corazón que ni todas las heridas habían logrado arrancar.
—Maldita sea…
Al final, Ethan Fairchild no era más que un idiota con una enfermedad mental incurable.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
A mediados de julio, los campos sobre White Cliff eran el reino del viento.
Soplaba demasiado fuerte como para volar una cometa. Así que el hombre y el muchacho, dándose por vencidos, se echaron uno al lado del otro en medio de ese mar de hierba alta que ondulaba como las olas.
Desde aquí, la guerra se sentía como algo lejano, de otro mundo. Pero, en realidad, este lugar era el ojo de la tormenta, más cerca del caos que ningún otro lado.
¡PUM!
Como respondiendo a los pensamientos de Ethan, un estallido de artillería desgarró el silencio. En la batería antiaérea frente al castillo, que desde lejos parecía un juguete, estaban entrenando a todo dar.
‘¿O sea que el enemigo va a dar la vuelta por todo el continente para venir por acá?‘
Ethan estaba dándole vueltas a las órdenes incomprensibles que llegaban de los altos mandos, cuando un punto blanco apareció en su campo de visión y cruzó el cielo a toda velocidad. Iba demasiado recto y rápido como para ser una gaviota.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com