A mi primer amor, con pesar - 62
«Aún soy una persona difícil para ese niño».
Eve se quitó los zapatos y entró despacio en el agua helada. Sumergió su mano cerca de la pequeña mano de él, rompiendo la superficie del agua que se parecía a ese muro invisible entre los dos. Así, Eve lanzó un poco de agua primero hacia el niño, que la miraba con los ojos bien abiertos, aunque su movimiento fue torpe, como si fuera la primera vez que lo hacía en su vida.
Ante el ataque totalmente inesperado, Tony quedó como un perrito mojado. Se quedó congelado del susto un momento, pero pronto estalló en una risa radiante, como si el hielo se derritiera bajo el sol. Y esta vez, sin dudarlo ni un segundo, levantó una lluvia de agua con ambas manos para cobrársela.
—¡Ríndete! ¡Oye, un avión!
Pero el niño se distrajo demasiado rápido con otra cosa. Lo que esta vez le ganó a Eve y se robó el corazón del pequeño fue un hidroavión que cruzaba el cielo para acuatizar sobre el mar. Tony, hipnotizado, jaló la manga de Eve con sus manos mojadas.
—Eve, cómprame un hidroavión para esta Navidad.
Con las justas estaban vendiendo hasta el yate que tenían, ¿y él quería un avión? Bueno, si le devolvían la plata de Owen antes de eso, quizá sí tendría para comprárselo.
—Pero un avión no se puede.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que te hagas daño. Recuerda que no puedes recibir transfusiones.
—Ash, ¿entonces por qué no dices que un carro tampoco se puede?
Tenía sentido lo que decía, pero el corazón le dictaba otra cosa. Al final, el instinto de protección es el sentimiento más alejado de la razón.
Incluso después de que el hidroavión despegó y desapareció, el interés del niño no volvió a Eve. Se quedó mirando fijamente a un grupo de chicos de su edad que, a unos pasos de distancia, intentaban hacer «patitos» en el agua con piedras. Los miraba con cara de querer meterse al grupo.
Eve llevó a Tony hacia los niños, se quedó mirando el juego un rato y preguntó:
—¿Cómo se hace eso?
Al principio, los niños solo los miraban de reojo. Pero parece que el hecho de que ella aplaudiera cada vez que alguien lograba que la piedra saltara rompió el hielo, porque los chicos empezaron a explicarle todo a la vez. Claro, Eve no tenía la más mínima intención de aprender.
—¿Le pueden enseñar a Tony también?
Eve empujó suavemente la espalda de Tony, que estaba ahí parado sin decir nada. Frente a los adultos se portaba como un pequeño tirano, pero cuando se trataba de socializar con chicos de su edad, no sabía qué hacer y se ponía tímido.
Eve ya le había dado el «talán» antes: que no se porte como un duque frente a los otros niños, sino que sea amable. ¿De verdad lo haría bien?
Pero sus preocupaciones fueron por las puras, porque Tony se mezcló rápido con el grupo. Por esta vez, ella no sintió esa envidia de que le estuvieran «quitando» a su hijo.
Así es como él debería vivir. De pronto, le entró la duda de si no estaba yendo por el camino equivocado. «¿Debería mandarlo al colegio otra vez?». Pero ya tenía edad para un internado. Si el colegio de mujeres fue un infierno para Eve, un colegio de hombres, donde manda la ley de la selva, sería peor. ¿Podría ese niño tan frágil aguantar entre chicos fuertes?
Al final, dejó de pensar en un futuro que no tenía respuesta. Eve se sentó en el pedregal y guardó en su pecho este momento tan inusualmente normal de su hijo.
Hacía calor. Se veían las caritas de los niños rojas por el sol. Tony se pondría pálido si seguía jugando más tiempo, así que tenía que hacerlo descansar.
Eve fue hacia el café. Mientras pedía helados para todos los niños, empezó a disfrutar en secreto de ese sentimiento de ser una madre común y corriente.
—¡Te dije que no lo hicieras!
Pero esa paz cortita se hizo añicos con un grito fuerte y seco. Cuando Eve volteó, el niño normal que tanto quería ver ya no estaba. En su lugar, había un pequeño tirano lanzando un puñetazo lleno de rabia a la cara de un amigo.
—¡Tony!
En ese puñito cerrado de su hijo, veía a alguien más. Los Sherwood y los Fairchild… ¿de cuál de los dos habría heredado esa locura? Sea cual sea, estaba claro que tenía que cortar ese mal de raíz ahora mismo.
—¡Detente de una vez!
Corrió hacia el niño, pero las piedras se hundían bajo sus pies y hacían que sus pasos fueran lentos. Mientras tanto, Tony se había subido encima del niño caído y le seguía dando de alma. Eve gritó desesperada:
—¡Anthony Sherwood! ¡¿Qué te pasa?! ¿Cuál es tu problema? ¿Tu sueño es ser un matón como ese hombre?
En ese instante, Tony detuvo el golpe y se paró de un salto. El niño respiraba agitado por la rabia, con los labios pálidos, y miró fijo a Eve. Sus ojos, antes secos, se llenaron de lágrimas al toque.
—¡Eve es la que está mal! ¿Por qué siempre te pones del lado de los otros? ¿Por qué siempre piensas que yo soy el malo?
Apenas terminó el grito lleno de impotencia de Tony, los otros niños, que estaban asustados, empezaron a hablar tartamudeando.
—Es que Tony quería detener a Billy…
—¡Billy empezó a molestar a Ginny primero!
La verdad era muy distinta a lo que Eve se había imaginado. Resulta que el niño golpeado había empujado al agua a una niña que le ganó en el juego de las piedras, y Tony se metió a defenderla y ahí empezó la mecha.
De pronto, a Eve se le puso la cara roja como si se hubiera quemado. «Pequeño tirano». Se sintió la peor por haber juzgado y arrinconado a su hijo de esa manera.
Antes de cualquier sermón sobre que la violencia no es el camino, había algo que hacer primero. Eve se arrodilló frente a Tony sin dudarlo. Miró a los ojos heridos del niño y le pidió perdón de corazón.
—Tony, perdóname por haber pensado que era tu culpa.
Eve estiró la mano para secarle una lágrima que colgaba de sus pestañas y rodeó sus pequeños hombros con un abrazo. Pero Tony la empujó. Fue un rechazo frío, nada que ver con el niño que hace un segundo lloraba porque quería que lo entendieran.
—No tienes que fingir que lo sientes. Yo ya sé la verdad. Tú me odias, Eve. Me odias porque soy el hijo de la mujer que odias.
Tony pasó por su lado y se fue solo. Eve no pudo detenerlo. Se quedó ahí tiesa, como si le hubieran atravesado el corazón de un solo golpe.
«Sí, es verdad. Eres el hijo de la mujer que odio»
Aquella mujer que, en medio del odio, se olvidó de cómo amar, no pudo engañar ni siquiera los ojos puros de un niño que no tenía por qué saber la verdad.
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«Soy una adulta. Una adulta», se repetía Eve. Aunque, por dentro, sus emociones seguían estancadas en ese dolor de cuando tenía diecinueve años.
Eve juntó los pedazos de su razón, logró calmar a Tony y, apenas lo hizo entrar a la casa, se dirigió de nuevo hacia la playa. Esta vez su destino era el Hotel La Mer. Subió directo al ascensor sin pasar por recepción y bajó en el último piso. Al llegar a la última habitación al final del pasillo, sacó una llave de su bolso y abrió la puerta.
El olor familiar a trementina la recibió. Solo después de inhalar profundamente ese aroma fuerte, sintió que finalmente podía respirar. En medio de ese consuelo silencioso, Eve se quitó la máscara.
El cuarto estaba tan revuelto como su interior. Sobre los lienzos apoyados en la pared, sus emociones —esas que no se atrevía a decir con palabras— estaban registradas en colores violentos. Eve pasó de largo esos diarios inconclusos y se paró frente al caballete en el centro de la habitación. Un lienzo en blanco, que aún no confesaba nada, la miraba fijamente. Ella se desplomó frente a él y soltó todo lo que le llenaba el pecho.
—Ja… parece que este papel no es para mí.
El peso de esa máscara que no le encajaba era insoportable. ¿»Reina»? Para nada. Su vida, fingiendo cada segundo mientras se insultaba a sí misma por dentro, se parecía mucho más a la de un payaso.
Eve tragó saliva para no llorar y levantó la cabeza. El cielo, sin límites ni forma, estaba atrapado en el marco cuadrado de la ventana. Justo en ese momento, una gaviota cruzó con audacia ese lienzo azul que parecía detenido para siempre. El ave no chocó contra el marco ni cayó dentro del cuadro, sino que salió de él con ligereza y desapareció sin dejar rastro.
¿Cuándo podré salir yo de esta jaula que yo misma cerré y volar fuera de los límites?
Eve sollozó y agarró el pincel. Hoy también, para no volverse loca, se escondió detrás de un seudónimo para entregar su confesión más vergonzosa.
Para cuando Eve logró aliviar el peso de sus sentimientos y pudo ponerse de nuevo la pesada máscara, ya era bien entrada la noche. Fue justo cuando cerró la puerta del taller y bajó al vestíbulo del hotel.
—Lady Evelyn, qué tarde llega. ¿Subimos a su habitación antes de que descubran nuestra cita secreta?
La voz del hombre que menos quería ver en ese momento la detuvo en seco. Al voltear, Ethan Fairchild salía de la cabina telefónica en la esquina y le lanzaba un guiño burlón.
Eve contuvo el aliento por un instante. Le costaba creer que ese rostro que sonreía con tanta calma fuera el mismo que, hace unos días, había perdido toda la compostura y se había deformado por la ira.
¿Cómo podía mirarla y sonreír así? Como si lo hubiera olvidado todo. De pronto, se sintió miserable al verse a sí misma, todavía chapaleando sola en medio de la tormenta de aquel día. El hecho de que encontrarse con Ethan Fairchild fuera tan desagradable no era solo por eso.
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