A mi primer amor, con pesar - 61
Dicho de otro modo, ese dinero que Eve reclamaba como suyo era, en la práctica, de Ethan. Tarde o temprano sería de los Fairchild… en cuanto los Kentrell se convirtieran en Fairchild.
Ethan inhaló profundamente y soltó el humo del cigarrillo despacio, directo a la cara de la mujer. Ni siquiera esa nube densa pudo ocultar la furia que destellaba en los ojos de ella.
Sí, esa es la mirada.
Había fantaseado con el día en que ella vendría a buscarlo con esos ojos llenos de un desprecio crudo y una rabia recién florecida. Pensó que estaba tardando demasiado, llegó a creer que se estaba cuidando como una cobarde aburrida, pero resulta que su venganza simplemente tardó tres años en alcanzarla.
—Esperé tres años solo para que te dieras cuenta. ¿Por qué tardaste tanto?
Apenas preguntó, Ethan mismo entendió la respuesta y soltó una risa seca.
—Parece que Lady Evelyn se casó con un muerto de hambre para recuperar sus bienes perdidos.
Su instinto no le falló. Ella no amaba a Owen Kallas. Confirmó, una vez más, que para Evelyn Sherwood el matrimonio no era más que una apuesta por pura conveniencia.
—¿Entonces ahora toca matar al infeliz? ¿Quieres contratarme para un asesinato por encargo?
Solo así la fortuna del nuevo esposo pasaría a manos de Eve. Y ese dinero recuperado no sería de la familia Kentrell, sino propiedad personal de Evelyn Sherwood.
—Lady Evelyn, qué cabeza la suya. Logró conseguir mucho más dinero del que el difunto duque le prometió como herencia con esta jugada.
Eve no se dejó provocar por ese ataque barato que la tildaba de ser otro parásito más de la fortuna familiar.
—¿Tú crees? La parte que tú te robaste es mucho más grande, así que todavía no estoy satisfecha.
—Ah, espera. ¿Me estás sugiriendo que si me caso contigo y luego te mato, me puedo quedar con todo ese dinero?
A Ethan le hizo tanta gracia que se dobló de la risa.
—¿Para qué repetir algo que no tiene sentido?
Esa carcajada que parecía dejarlo sin aliento se detuvo en seco, como si le hubieran cortado la respiración de verdad.
—¿Acaso no insististe tú en que todavía no nos hemos divorciado? Ethan, te doy un consejo por andar hablando de más…
Eve se inclinó y le susurró al oído con una dulzura letal:
—Ten cuidado de que no te maten en mi propia casa.
Aunque solo Ethan escuchó la advertencia, el aire en la habitación se congeló al instante. El aura del hombre, que se enderezó para mirarla de frente, cambió por completo. Su rostro, ya sin rastro de risa, emanaba la ferocidad de una bestia.
—Ese dinero… te lo devuelvo.
—¿Bajo qué condición?
Eve lo supo por instinto. Esa oferta tan tentadora escondía un precio asqueroso. Y no se equivocó. Él, con la mano que sostenía el cigarrillo, señaló el espacio entre sus piernas.
—Gatea por aquí.
Quería que Eve pagara por los pecados de Harry. ¿Acaso ya no significaba nada que, cuando todo el mundo le dio la espalda, solo ella estuvo de su lado?
‘Sí, tú siempre me despreciaste y me abandonaste. Siempre fuiste un hombre que no valía la pena’.
Poner en la misma balanza la única mano que lo protegió y la mano del enemigo que lo hundió en el abismo… eso era una traición absoluta, una negación de quién era Eve. El insulto ya había empezado.
‘Y pensar que ella fue la que traicionó primero’, pensó él.
Los ojos de la mujer ardían llamándolo traidor. Eve cerró los puños y avanzó con pasos llenos de rabia, como si fuera a cruzarle la cara de un cachetazo.
‘Es diestra’, calculó Ethan, pasando el cigarrillo a la otra mano para atajarle la muñeca, pero sus cálculos fallaron por completo.
Eve, sin quitarle la vista de encima, se arrodilló lenta y elegantemente. Con la espalda recta como la gran dama que era y el mentón en alto; más que rogarle a un ladrón, parecía estar rindiendo honores a un rey.
¿Era esa la única forma de sumisión que conocía la orgullosa princesa? Esa mirada que venía desde abajo pero que no se doblegaba ni un milímetro decía que aquello era una burla intencional. Sus ojos tranquilos preguntaban en silencio: ‘¿Esto es realmente lo que quieres?’.
No era una rendición, era una declaración de guerra. No era sumisión, era una prueba. Ethan, a pesar de estar por encima de ella, sintió la crisis de quien está siendo conquistado en lugar de conquistar, aunque se negó a aceptarlo.
Sí, esto es lo que quiero. Esto es lo que debo querer.
La mujer, tras observarlo fijamente, bajó la cabeza con docilidad como si hubiera obtenido su respuesta. Pero lo que se quebró no fue la voluntad de Evelyn Sherwood, sino la cordura de Ethan Fairchild. Ese sentimiento que tanto intentó negar brotó con fuerza a la superficie.
‘No te atrevas a destruir a la mujer que amé’.
Podía soportar su resistencia arrogante, pero ante esa sumisión pura, Ethan se sintió impotente y perdió la batalla de forma patética.
Ganador y perdedor a la vez, ya no pudo aguantar ver a esa mujer postrada dispuesta a gatear entre sus piernas. La levantó con brusquedad. Sin darle tiempo ni de ponerse bien de pie, la empujó fuera de la habitación.
¡Bum!
A través de la rendija de la puerta que se cerraba, vio a Eve con cara de no entender nada. Pero era una duda genuina, sin rastro de alteración. El que estaba perdiendo la cabeza de la pura ansiedad era Ethan.
—¡Loca de mierda! ¡De todos los Sherwood, ella es la más loca!
Le arrebató el taco de billar a uno de sus hombres y lo estrelló contra el suelo. El trozo de madera rota salió volando al otro lado de la sala con un crujido seco. Hasta sus hombres, que habían visto de todo menos el mismísimo infierno, se quedaron tiesos y contuvieron el aliento ante la furia del jefe.
En medio de todo ese caos, Mikey pensó:
‘O sea, ¿él puede revolcarla en el fango, pero no soporta que ella se meta al fango solita? Eso es amor’.
Pero no pensaba decir ni media palabra. Si abría la boca, ese taco roto terminaría ensartado en su garganta.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
Bajo el sol abrasador, todo se veía nítido, pero nada parecía real.
Era julio en la playa de Cliffhaven. Normalmente, este balneario debería estar repleto de turistas, pero hoy reinaba un silencio inquietante. El café frente al mar donde Eve estaba sentada se encontraba vacío; ni siquiera las gaviotas merodeaban por ahí. En el pedregal, solo se veía a niños corriendo sin la supervisión de ningún adulto.
Los adultos debían de estar allá arriba. La mirada de Eve recorrió el puerto donde descansaban los buques de guerra, subió por los acantilados blancos y se detuvo en las posiciones de artillería antiaérea frente al castillo.
¿A quién apuntaban esos cañones que miraban al cielo? El enemigo ya estaba invadiendo, pero desde la espalda.
Esas enormes armas solo repetían entrenamientos una y otra vez, sin haber escupido fuego contra un avión enemigo ni una sola vez. Pero tampoco eran adornos puestos ahí para oxidarse con la brisa salada. Ese paisaje extraño, que no tenía lógica alguna, era en sí mismo un presagio de desgracia.
Charrr. El sonido de los guijarros siendo arrastrados por las olas caía como una ráfaga de disparos de una guerra que aún no empezaba. Eve intentaba convencerse de que esto era solo el eco lejano de un campo de batalla remoto, pero sabía perfectamente que ese deseo era de una ingenuidad absoluta.
No solo esos bloques de acero vivían con los nervios de punta por un enemigo invisible. Las secuelas de la pelea de hace unos días seguían dándole vueltas en la cabeza.
‘¿Por qué diablos se enojó tanto? ¿Porque no me humillé tanto como él quería?’.
No lograba entender qué buscaba. A decir verdad, ya no le importaba lo que él pensara. Solo le importaba saber cómo echarlo de una vez por todas.
Después de ver cómo quedó la sala de juegos, Eve abandonó su resolución de esperar a que ese hombre soltara su rencor y se marchara por cuenta propia. Ahora, su prioridad no era pagar una deuda emocional con Ethan Fairchild, sino el niño.
—Hubiera sido genial que Ethan viniera también.
Tony, que ya tuteaba a Ethan como si fueran amigos de toda la vida, se quejó mientras raspaba con el sorbete el fondo de su vaso de helado flotante.
Eve lo había sacado de casa a propósito para alejarlo de ese delincuente, pero el niño terminaba buscándolo. Sentir que Tony se aburría con ella le provocó a Eve un absurdo sentimiento de competencia.
‘Yo también sé cómo divertirme’, pensó.
Llevó al niño a caminar por la orilla. Olvidándose de que las olas le mojaban los tobillos, Tony pasó un buen rato hurgando en el agua, buscando ‘la piedra perfecta’. De pronto, levantó la vista hacia Eve con una cara llena de picardía y gritó:
—¡Eve! ¡Mira esto!
—¿Qué cosa?
En el momento en que ella se inclinó hacia la superficie, la mano del niño que estaba sumergida subió de golpe. Iba a lanzarle agua a la cara. Sin embargo, su mano se detuvo justo antes de romper la superficie y volvió a hundirse en el agua.
—Ah, estee… había un pececito, pero se escapó.
Tony mintió con torpeza. Al sentir la verdad que se escondía tras esa excusa mal ensayada, a Eve se le estrujó el corazón.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com