A mi primer amor, con pesar - 60
‘Ya camina. Y ahora hasta habla’
Cada vez que escuchaba la risa feliz del niño, Eve pensaba: ‘Aunque mi amor haya sido un error estúpido, tu nacimiento tiene que haber sido una necesidad planeada por Dios’.
Eve se enamoró de esa pequeña vida poco a poco, tal como alguien enfermo recupera las ganas de vivir al ver crecer un retoño. Así que, ¿cómo podría odiarlo?
‘Mi pequeño’
A excepción de esos días en los que estuvo cegada por su error, Eve siempre había vivido lejos de sentimientos como la envidia. Pero cada vez que Chantal llamaba así a su hijo, Eve se convertía, sin falta, en prisionera de esa emoción tan extraña para ella.
Se enderezó, dejando de apoyarse en el marco de la ventana.
‘Bebé, mi bebé’. No se atrevía a llamarlo así, pero sentía que debía ir a buscar a Tony, que a estas alturas ya habría calmado sus penas solo, para darle un abrazo fuerte. Tenía que consolarlo, aunque no fuera como madre sino como hermana; y ella también necesitaba recibir consuelo mientras lo arrullaba.
Pero Tony ya había encontrado consuelo en alguien más.
—Un cometa, por más lejos que lo mandes a volar, nunca se pierde si tienes un hilo de donde sujetarlo.
Tony pasaba justo debajo de la ventana abierta, caminando al lado de Ethan Fairchild, quien llevaba en la mano un cometa en forma de avión.
—¡Vamos al acantilado a volarlo!
—Ahí el viento es demasiado fuerte. Pruébalo aquí primero y de ahí vamos.
‘Anthony Sherwood, ya empezaste otra vez’.
Eso de querer romper el castigo de no salir cada vez que podía, ya se había vuelto una travesura casi tierna para Eve. En realidad, ahora toda rebeldía le parecía algo insignificante… comparado con el hecho de que el niño le hubiera abierto su corazón al hombre con el que menos debía juntarse.
¿Qué padre en su sano juicio dejaría que su hijo anduviera con el jefe de una banda de delincuentes? Y peor aún si ese jefe es el hombre que considera a su familia como su peor enemigo.
Aunque Ethan no tuviera ninguna mala intención y solo estuviera jugando con el niño por puro capricho, Eve no podía estar tranquila. Enemigo es enemigo. Una relación con raíces podridas no dura mucho, y es un hecho que el final no será nada bueno. Tony terminaría herido. Tal como le pasó a ella.
Y justo en este momento, Eve ya se sentía herida.
‘Tony, ese hombre te abandonó. Yo soy la que te protegió’.
Ese resentimiento tan superficial desapareció pronto, tragado por una culpa tan profunda como el mar. No podía culpar a un niño que no sabía nada. Después de todo, en esta casa no había amigos de su edad para jugar, ni un adulto que le enseñara el mundo de los hombres en su propio lenguaje.
Ese hombre que había pasado por todos los callejones y campos de batalla del mundo… Ethan Fairchild era el primer hombre fuerte que Tony conocía en su vida. Era normal que el niño no pudiera evitar caer rendido ante su encanto.
‘Yo también tuve una época en la que estuve ciega por él y no veía nada más’.
La única razón por la que ahora se torturaba el corazón recordando esos tiempos, que fueron tan dolorosos como brillantes, era porque la imagen de Ethan hoy se parecía demasiado al hombre que ella tanto amó antes de que él cambiara.
Parado en medio del inmenso jardín, el hombre le entrega el cometa al niño. Tony corre lejos hasta que el hilo se tensa y lo suelta.
—¡Guau!
Cuando el cometa se elevó impulsado por el viento, el grito de alegría del niño resonó en todo el jardín con una inocencia total. Tony corre de vuelta hacia Ethan, con su cabello rubio claro —heredado de su padre— ondeando bajo el sol.
Ethan se veía tan tierno entregándole el carrete al niño y enseñándole cómo soltar y recoger el hilo. Era como una obra de teatro cruel que le mostraba a Eve qué clase de amor habría recibido Tony de su padre si él no se hubiera ido.
—¡Ay, no!
El grito de Tony rompió la fantasía de Eve. El cometa, tambaleándose por el viento, se había quedado trabado en la copa de un ciprés que marcaba el límite del jardín.
Hace años, cuando ese ciprés era mucho más bajo y los cometas no se trababan —es decir, cuando Eve era del tamaño de Tony—, Ethan solía traer cometas hechos por él mismo. Fue él quien le enseñó a Eve cómo volarlos.
—¡Ah!
En el momento en que el viento fuerte jala el cometa hacia arriba, ella siente en su cintura, como una alucinación, el tacto de las manos que la sujetaron cuando perdió el equilibrio y estuvo a punto de caerse.
—Lady… Los cometas no luchan contra el viento, sino que se dejan llevar por él. Si siente el viento con la punta de sus dedos y suelta un poquito…
—¿Así?
—Sí, así. Parece que tiene talento para esto, aunque sea un talento inútil para una princesa.
Eve vuelve a caer sin remedio en esas tristes visiones. La escena frente a sus ojos le hacía creer, por un segundo, que esos amigos de la infancia se habían vuelto esposos y ahora le heredaban el mismo recuerdo a su amado hijo.
‘Si el pasado no se hubiera torcido, este sería nuestro presente’.
Aunque desde aquel día ha estado recuperando todo lo que le quitaron, Eve sintió que se hundía más y más en un abismo de pérdida, con la sensación de haberlo perdido todo para siempre.
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Eve tuvo que pagar un precio altísimo —una especie de sarampión emocional que sufrió en soledad— por haber espiado ese otro ‘hoy’ llamado ‘si hubiera’. Sin embargo, logró despertar de ese sueño efímero y volver a la realidad mucho más rápido de lo que esperaba.
Y fue el mismo Ethan quien se encargó de darle un bofetón de realidad.
—Este es el informe sobre el estado de los bienes que solicitó.
Le había pedido a un detective privado que rastreara las propiedades que Robert Callas había desviado usando nombres testaferros. Pensó que tardaría una eternidad, pero el hecho de que el tipo regresara con resultados en apenas diez días ya le olía mal…
—Ahora todo figura bajo este nombre.
Ethan Fairchild.
El rey sin corona que reina por encima de la ley. Al aparecer el nombre del temido jefe de la banda, hasta el detective más valiente no tuvo otra opción que tirar la toalla.
—Es una lástima, pero yo ya no puedo tocar eso. Es más, nadie podrá. Lady, sé que es frustrante, pero ¿por qué no mejor lo deja así?
‘Ya, claro’, pensó Eve con una risita burlona por dentro.
Esto no era una advertencia para que no se metiera; era una invitación. Él había puesto su nombre en las propiedades de Eve a plena vista, como diciendo: ‘Si quieres recuperar lo tuyo, ven a buscarme’.
Eve decidió aceptar la invitación de inmediato.
Hacía tiempo que Ethan Fairchild había convertido la sala de juegos de White Cliff Hall en el búnker de su banda. Apenas abrió la puerta, Eve arrugó la nariz al ver la juerga que se traían en pleno día.
Sus subordinados, que ni con uniforme militar podrían ocultar que eran delincuentes, perdieron la sonrisa y se pusieron tensos al verla. No se portaban como los maleantes comunes que ella imaginaba.
A veces eran unos patanes y buscaban pleito con los empleados hombres, pero curiosamente, ni siquiera se atrevían a bromear con las mujeres. A Eve, específicamente, la evitaban como si fuera una mina personal; era algo de lo más extraño.
El hombre que estaba inclinado sobre la mesa de billar recién se dio cuenta del ambiente pesado de sus hombres. Al cruzar mirada con Eve, la saludó apenas moviendo el cigarrillo que tenía en los labios y volvió a concentrarse en la punta del taco.
¡Tac!
El sonido seco del impacto resonó como el disparo de un arma. La bola blanca, lanzada desde el taco de Ethan, atravesó el punto vital de la pirámide de bolas como si fuera una bala. La formación perfecta se quebró y las bolas salieron disparadas como fragmentos, soltando chillidos rítmicos. Unas cuantas, por pura suerte, rodaron directo hacia su tumba en las troneras.
Él ni se molestó en mirar si las bolas caían; simplemente le entregó el taco a uno de sus hombres. Caminó hacia Eve mientras se echaba hacia atrás el cabello rubio que le caía sobre la frente. La sonrisa que asomaba bajo la sombra momentánea de su mano era de una prepotencia insoportable.
—Vaya, qué sorpresa. Debiste avisarme que venías. Me he metido una tranca tan brava que no sé si se me vaya a levantar… el ánimo.
Esa broma vulgar era puro lenguaje de malandro, pero sus hombres no se rieron. Entre ellos había una regla de oro: cuando el joven jefe mencionaba a su primer amor, así fuera en broma, nadie se reía. Jamás.
‘Ya no me vas a afectar con tus provocaciones baratas para arrastrarme a tu fango’. Eve ni parpadeó ante su comentario obsceno y apuntó directo al grano:
—Como torturaste a Robert Callas por tanto tiempo en lugar de matarlo rápido, pensé que era por venganza. Pero veo que solo fue por plata. Al final, los parásitos son todos iguales, estén vivos o muertos.
Eve lo rebajó al nivel de un muerto de hambre que vive de la plata ajena. Ethan soltó una carcajada burlona mientras prendía un nuevo cigarrillo.
—Me vienes a reclamar por una miseria que no sirve ni para el té.
En diez años, las posiciones en la pirámide de la riqueza se habían invertido por completo. El dinero por el que esa mujer se desesperaba por recuperar no era más que una moneda tirada en el suelo para Ethan. No valía ni el esfuerzo de agacharse a recogerla.
Aun así, si se había tomado la molestia de hacerlo fue por dos razones: primero, por una venganza personal contra el cómplice que lo incriminó y causó la muerte de su abuelo; y segundo, para cumplir la ley de hierro de su organización: al que se atreve a tocar la plata del jefe, se le corta la mano.
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