A mi primer amor, con pesar - 59
—Ugh…
Aunque ella no le puso mucha fuerza, el hombre retrocedió temblando de pies a cabeza. Eve frotó el taco de su zapato contra la alfombra, como si acabara de pisar un bicho asqueroso. Esto no era un entrenamiento de obediencia ni nada parecido. Era simplemente una reacción instintiva de asco al encontrarse con un insecto que intentaba treparse por su pierna. Pero el bicho lo interpretó a su propia manera.
—Lady, usted ya es una reina maravillosa. Por favor, termine de domesticar a este esclavo insignificante. Hasta que llegue al límite de mi sumisión y le entregue por voluntad propia toda mi fortuna.
Esto no era un juramento de lealtad. Era la declaración de guerra astuta de un esclavo experto hacia una reina inexperta. Ella creía que ya había visto lo más bajo del ser humano, pero no se imaginaba que debajo existiera un abismo tan enfermizo. Haber pensado que ya conocía el fondo fue un error; quizás Eve había vivido siempre encerrada en una burbuja de cristal.
‘¿Cómo diablos se supone que maneje a este tipo?’.
Su mente se quedó en blanco ante la exigencia de interpretar un papel de ‘reina’ que nunca había hecho en su vida. Pero estaba segura de que, incluso si fuera la mismísima Reina de verdad, se sentiría abrumada frente a él. Eve siempre había vivido como una jefa, pero pagaba a sus empleados con dinero; nunca le habían pedido que los domara como a un perro.
Las pruebas de que le habían robado su herencia ya estaban en sus manos. Así que lo más lógico era poner una demanda y punto. Al ver ese camino corto y fácil, no le daban ganas de meterse en ese sendero de espinas largo y sin final claro.
‘Me va a reventar la cabeza’.
Al sentarse apoyada en el marco de la ventana, el fajo de documentos que cayó sobre su regazo le pareció tan vacío como su propio peso. Pensó que lo había obtenido fácilmente, pero fue un engaño. Esto no era la fortuna recuperada, sino apenas una lista que probaba que se la habían quitado. En realidad, nada había vuelto a su poder. Un sentimiento de victoria hueca dio paso a una furia tardía.
De pronto, recordó por qué su abogado le había sugerido, casi en broma, que casarse con ese tipo era la forma más fácil. La indirecta era clara: si el esposo moría, ella recuperaría todo automáticamente.
—Vas a redactar tu testamento pronto, así que ven a firmarlo.
No hacía falta explicar que el contenido debía decir que le dejaba todos sus bienes a Eve. Era obvio que Chantal le había hecho hacer lo mismo. Si eso era así, el día que este tipo muriera, Chantal se quedaría con todo.
Apenas soltó la orden con frialdad, Owen Callas la miró como quien despierta de un sueño hermoso para toparse con la realidad más cruda.
—¿Acaso piensa matarme? Eso no es lo que me prometió cuando dijo que me cuidaría…
—No te preocupes. No te voy a matar.
‘No con mis manos. Como siempre ha sido’.
Eve saboreó esa amarga ironía mientras miraba con desprecio al descarado que, con toda la concha del mundo, le pedía que calmara su ansiedad. ‘No te preocupes, no te voy a matar’. Era la mentira menos convincente del mundo viniendo de la heredera de un testamento. ¿Quién se lo creería? Entonces, ¿cómo hizo Chantal para convencer a Owen de que cayera en una mentira tan obvia?
De pronto, el rostro de Eve se encendió de una humillación insoportable. No podía creer que estuviera queriendo aprender los trucos de esa estafadora. ‘He querido convertirme en esa mujer sucia’. Sin darse cuenta, se estaba hundiendo en ese nivel tan bajo por culpa de estarse mezclando con alguien como él.
—Un esclavo falso y trepador como tú solo sirve para una reina falsa y vulgar. Regresa con tu dueña original.
Ante la sentencia gélida de Lady Evelyn, Owen se puso pálido como un muerto. En ese momento, le daba más miedo vivir atado a Chantal por el resto de su vida que la propia muerte. El hombre, que tontamente había intentado poner a prueba a su nueva ama y terminó pateando la oportunidad de su vida de servir a una reina perfecta, empezó a rogar por perdón convertido ahora sí en un verdadero esclavo.
—Yo… me equivoqué. He cometido un pecado imperdonable al intentar probar a mi ama siendo yo un simple esclavo. No volverá a pasar, así que por favor, no me deseche.
¿Sería esto otra táctica para manipular a una reina novata? Sin embargo, ya no sentía esa astucia de quien intenta tantear el terreno en el hombre que temblaba frente a ella. Solo veía terror puro.
Verlo así le dio un poco de satisfacción, y lo que iba a dejarlo ahí nomás, cambió. Eve se puso un cigarrillo en la boca con ganas de disfrutar un poco más el momento. Justo cuando el tipo iba a levantar las rodillas del suelo para darle fuego, la punta del zapato de Eve le dio una patada en el pecho.
—¡Uff!… Per-perdóneme.
El tipo no paraba de pedir perdón mientras volvía a arrodillarse. Eve rescató su orgullo que estaba por los suelos y le lanzó las palabras perfectas para terminar de hundirlo.
—¿Por qué tendría que quedarme con algo como tú? No tienes la talla para tenerme como ama.
—No es cierto. Se lo demostraré. Por favor, déme una oportunidad, una sola más. Yo seré un prospecto mucho mejor que Ethan Fairchild.
Eve se detuvo justo antes de encender el cigarrillo. Ethan Fairchild. ¿Por qué ese nombre salía a relucir aquí y ahora?
—Lo dije en serio: lo que usted necesita no es un lobo que hace lo que quiere, sino un perro fiel y obediente como yo. Ese hombre se atrevió a abandonarla y se fue, pero yo jamás la traicionaré.
Fue entonces cuando Eve se dio cuenta del tremendo error en el que vivía Owen. Él creía que ese hombre también fue, en su momento, un esclavo bajo el ‘dominio’ de Eve. Malinterpretó todo lo que Ethan hizo en el pasado como si hubieran sido órdenes de ella. Pensaba que Ethan era el ‘esclavo perfecto’ que huyó porque ella se lo pidió y que no dudó en matar porque ella se lo ordenó.
Ahora entendía por qué este hombre, que disfruta ser dominado, se le había enfrentado a alguien que claramente tiene madera de dominador como Ethan Fairchild. Porque no lo veía como un superior. Lo veía como a otro ‘esclavo’.
Así como los hombres comunes odian al primer hombre de su pareja, Owen había estado sintiendo celos, competitividad y un complejo de inferioridad constante hacia el ‘primer esclavo’ de Eve. Y así, casi sin querer, Eve obtuvo la correa perfecta para encadenar a este sujeto.
—¿En qué sentido dices que eres sumiso? Al menos Ethan Fairchild me obedecía ciegamente.
—Pero al final la abandonó y huyó.
—¿Y no eres tú igual que él, que por miedo a la muerte te atreves a desobedecer mis órdenes?
El silencio de Owen fue la aceptación de su derrota total. La trampa que él mismo había tendido al mencionar la ‘traición’ se le acababa de cerrar en su propio tobillo. Al darse cuenta de que la balanza del poder se había inclinado totalmente a su favor, Eve sonrió por fin con la suficiencia de una verdadera jefa.
—¿Quieres demostrarme que eres un esclavo que me queda mejor que Ethan Fairchild?
Clack.
Encendió el encendedor y, en lugar de acercarlo al cigarrillo, lo llevó lentamente hacia la barbilla levantada del hombre. Cuando estuvo a una distancia crítica, Owen se estremeció por el calor que amenazaba con quemarle la piel. Pero justo cuando el hombre iba a esquivar la llama, una palabra de Eve lo inmovilizó.
—Un verdadero esclavo no tiene derecho a rebelarse contra su dueña.
Owen no se movió ni un milímetro. Sabía que si huía de la llama de su ama, volvería a ser ese esclavo de mentira, digno solo de una prostituta que juega a ser reina en un burdel.
Al ver a ese hombre apretando los dientes y aguantando una amenaza contra su vida por solo un par de palabras, Eve lo entendió. ‘Ah, esto es el dominio’. Se lo sentenció a sí misma con frialdad: un dueño no tiene la obligación de convencer a su esclavo.
—De ahora en adelante, te prohíbo pensar. Tú solo limítate a obedecerme.
—Sí, mi reina. No volveré a rebelarme y le obedeceré incondicionalmente.
Solo entonces, el esclavo se sometió por completo. Eve comprendió al fin la esencia de esta relación retorcida. A un perro no se le convence. Se le manda.
Se quedó sola después de despachar a Owen. Al quitarse la máscara de reina que se había puesto a la fuerza, apareció el rostro de una mujer agotada hasta el cansancio.
‘Tony, recuperar lo que es nuestro es así de difícil’. ‘Claro que tú no tienes por qué saberlo. Por favor, que nunca lo sepas’.
Pero Tony era un niño que no entendía ni siquiera lo que sí debía saber. Los fragmentos de las palabras que el niño lanzó como una granada antes de irse se le clavaron en el corazón, haciéndole doler el pecho.
—¡¿Por qué me odias solo a mí?!
‘¿Cómo podría odiarte? Si ahora eres la única persona que amo en este mundo’.
Era un amor contradictorio. Ese niño era el grillete que mantenía a Eve atada a esta mansión y, al mismo tiempo, la única razón por la que ella resistía en esa cueva de demonios. Eve no negaba que, si no fuera por Tony, podría haberse ido a cualquier parte. No se quedó por la fortuna o por el apellido, sino porque no podía dejar a su hijo en las garras de esos monstruos.
Incluso cuando Ethan se fue y ella tuvo que hacerse cargo sola del bebé que llevaba en el vientre, jamás odió a Tony. Lo que odiaba era su destino; por el niño que nació justo cuando el amor se había acabado, solo sentía una inmensa culpa. Al principio, ese sentimiento no era amor, sino algo mucho más oscuro: una mezcla de deber y remordimiento.
Sin embargo, ese niño que ella consideraba un grillete se había convertido, sin darse cuenta, en el único consuelo que la mantenía con vida. Verlo crecer, aunque fuera de lejos y a escondidas, era el único rayo de luz en su vida color ceniza.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com