A mi primer amor, con pesar - 58
Ya no quedaba otra opción más que recurrir a medidas desesperadas.
—Tony, ese hombre es quien mató a tu hermano y a tu padre. Podría matarte a ti también.
Eve fingió estar aterrada, aunque en realidad no sentía ni un ápice de miedo. No había ninguna razón para que Ethan matara a Tony. Hasta ahora, Ethan solo había acabado con aquellos que fueron cómplices de sus desgracias. Tony, en cambio, era un niño que había nacido después de que toda esa tragedia terminara. Al principio, ella temió que él odiara a Tony solo por ser el hijo de su enemigo, del mismo modo que la odiaba a ella por ser la hija de ese mismo hombre. Pero, ¿quién llevaría a un niño que odia a conocer una base militar o incluso lo subiría a un avión? Ethan no le guardaba rencor a Tony. Es más, hasta parecía que le tenía ley al chiquillo que siempre lo andaba siguiendo a todos lados. Por eso, no tenía de qué preocuparse por la vida de Tony.
—Pero si yo le caigo bien al Mayor.
El problema era que Tony sentía exactamente lo mismo que Eve, así que sus intentos de asustarlo no servían para nada.
—Yo no he hecho nada para que me mate.
El niño tenía la idea equivocada de que Ethan Fairchild era una especie de juez justiciero. Se jactaba de que le cayera bien al Mayor, como si eso fuera una prueba de que él era un niño bueno.
—Tú misma lo dijiste, Eve. Que Harry murió porque se lo buscó.
—¿Cuándo dije yo algo así?
Aunque sus palabras habían sido diferentes, no podía negar que el significado era el mismo. Eve no tuvo más remedio que cambiar de táctica.
—Tony, ¿de verdad quieres juntarte con el exesposo de tu hermana? Ya viste lo malcriado que es conmigo.
—Se peleó contigo, no conmigo.
—Ay, Dios mío… ¿Qué voy a hacer contigo?
—Eve, ¿por qué terminaste con el Mayor? Él es mil veces mejor que el doctor.
—Anthony Sherwood. ¡Te he dicho que cuides tus palabras!
Tony insultó a Owen en su propia cara e ignoró la advertencia de Eve.
—Creo que ya sé por qué te enamoraste de él.
‘No, no tienes idea. El hombre del que me enamoré no era como el de ahora’
Eve se calló, tragándose las palabras que le subían por la garganta como un nudo de sangre. Al ver su expresión, Owen, que estaba por irse tras recoger sus materiales de clase, se metió en medio de ese ambiente tenso como un perro que acude al llamado de su dueño.
—Señor Duque, el hombre que una dama necesita no es un lobo que anda por ahí haciendo lo que le da la gana, sino un perro fiel.
Tony apretó los dientes sintiendo que el almuerzo se le subía por la garganta. Ese tipo era el mismo que el día de la boda, en lugar de estar con su esposa, se arrodilló como un perro ante su suegra y metió la cabeza entre sus faldas. Cuando Tony pensaba que Eve amaba a ese traidor sin saber la verdad, dudó en contárselo por miedo a que sufriera; y después de saber que ya no lo amaba, pensó que no valía la pena decir nada porque igual terminarían rompiendo tarde o temprano. Honestamente, lo que vio ese día fue tan asqueroso que ni quería recordarlo, y mucho menos decirlo en voz alta. ¿Y ahora este tipo venía a dárselas de «leal» con su hermana? No era un perro fiel, era una rata aprovechada. Esto ya no lo podía aguantar.
—Duque, ahora yo soy el esposo de Lady Evelyn. Por favor, ¿podría guardarse esos comentarios? Seguir defendiendo a ese sujeto es un insulto para su hermana.
Tenía que abrirle los ojos a su hermana sobre la verdadera cara de ese hipócrita. Tony soltó lo que tenía guardado:
—¡El que insulta a Eve eres tú! Tú…
—¡Anthony Sherwood! ¿Acaso quieres quedarte encerrado en esta casa hasta el fin de semana?
Eve, presintiendo que el niño estaba por soltar otra falta de respeto a un adulto, le cortó el habla con una advertencia. El pequeño la miró con furia mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.
—¿Y ahora por qué lloras? ¿Qué te pasa?
—¡¿Por qué siempre me riñes a mí?! ¡¿Por qué me odias solo a mí?! ¡Solo trato de protegerte, Eve!
Que el niño, que siempre estuvo del lado de Ethan Fairchild, dijera que quería protegerla… era un argumento que no tenía ni pies ni cabeza.
—Si de verdad quieres lo mejor para mí, por favor, deja de hacer lo que te pido que no hagas.
‘Ya sea decir groserías o juntarte con ese hombre, por favor’
Tony no prometió nada. Se quedó mirando fijo a Eve, se limpió las lágrimas con la manga y salió corriendo del cuarto.
—¡No voy a jugar con una tirana! ¡Juega a los dados con ese perro si quieres!
¡BAM!
El sonido de la puerta cerrándose con violencia se pareció al estallido de un experimento fallido en el laboratorio de un científico novato.
‘Sí, fallé. Por inexperta’
Después de no haber tenido casi contacto con él durante sus primeros cinco años de vida, de pronto pretendía actuar como su cuidadora; era normal que Tony le tuviera ese resentimiento.
Hasta ese momento, para Tony, Eve no era más que una desconocida con la que compartía el mismo techo. El niño siempre estaba rodeado de Chantal o de las niñeras que esa mujer contrataba; y cuando tuvo edad para explorar la casa por su cuenta, Chantal se lo llevaba volando apenas él mostraba un poquito de curiosidad por Eve, como si tuviera miedo de que se lo fuera a quitar.
Solo pudieron volverse cercanos cuando él creció lo suficiente como para que Chantal ya no pudiera controlarlo del todo, pero ahora que Eve también intentaba imponerle reglas, lo único que él quería era escapar.
‘Solo estoy tratando de dar lo mejor por ti’
Eve se dejó caer sobre el marco de la ventana abierta, sintiéndose agotada.
‘Criar a un niño es demasiado difícil. Se ve que los Sherwood no nacimos con el don de ser buenos padres’
Sacó un cigarrillo y se lo puso en los labios; Owen, como si hubiera estado esperando ese momento, sacó un encendedor y le dio fuego. Él se tomaba el atrevimiento de mirarla fijamente a los ojos, bajo la excusa de estar a su servicio.
Parecía la mirada de un perro fiel que observa a su dueño. Sin embargo, ¿acaso la mirada pura de un perro podía ser así de pegajosa y sucia? Era un martirio sostenerle la mirada, pero una dueña nunca es la primera en bajar la vista.
—¿Cómo te atreves a mirarme de frente? Mantén tus ojos en el suelo.
—He cometido un pecado mortal, mi reina.
El loco bajó la cabeza de inmediato mientras respiraba con agitación. A ella le daba asco verlo así de excitado y estaba por ordenarle que se largara, cuando Owen abrió el maletín que traía.
—Si con esto me perdona y logro que se sienta mejor, Lady Evelyn, no habrá nada que me haga más feliz.
Lo que sacó del maletín fue un sobre de manila bastante grueso. Ella había dado la orden sin estar muy segura de si funcionaría, pero ¿realmente había traído los detalles de la fortuna de los Cantrell que heredó de Robert Callas?
Eve dejó el cigarrillo a medio fumar en el cenicero y, sin perder tiempo, sacó el botín para revisarlo. Sus manos empezaron a temblar.
Realmente lo trajo. Pensar que podía tener todo esto en mis manos con solo un par de palabras… Pensar que era así de fácil.
Con una sonrisa amarga, Eve pasó una y otra vez las hojas. Mientras leía rápidamente los registros de depósitos, retiros y el saldo de la cuenta abierta a nombre de Owen Callas, la sonrisa se le fue borrando del rostro.
—Veo que te has robado un montón. ¿Te divertiste desperdiciando el dinero de tu dueño?
Solo era un sarcasmo, pero Owen se arrodilló como si fuera un preso que acabara de recibir una sentencia de muerte.
—Es un malentendido, Lady. No he tocado ni un solo centavo. Solo le estoy devolviendo íntegramente lo que mi padre se llevó.
—Eso ya lo veremos.
Eve empezó a revisar ahora los libros de las propiedades que Robert Callas había desviado usando nombres de terceros.
—¿Esto todavía no lo has puesto a tu nombre?
—Es que yo no tengo mucho interés en las riquezas…
—Ha, más bien será que no sabes cómo lavar dinero ajeno.
¿Acaso Robert Callas creía que viviría veinte años más derrochando el dinero de otros? Qué increíble que hubiera ocultado sumas astronómicas bajo nombres falsos y no le hubiera enseñado a su hijo ni siquiera cómo apropiarse de ellas legalmente.
—Hiciste bien en no meter tus manos inexpertas en esto.
Solo tendría que encargárselo a un experto para recuperarlo todo.
—¿Se siente un poco mejor ahora?
Owen mendigaba una respuesta como un perro que espera una caricia tras un truco. Eve golpeó suavemente la cabeza del descarado desgraciado con el fajo de papeles.
—¿Me traes solo el registro del robo y no el dinero robado, y encima esperas que te felicite? Qué igualado.
Ante ese comentario, el perro se postró cuan largo era en el piso. Miraba la punta de los zapatos de Eve con ojos llenos de excitación, como si estuviera rogando que lo pisoteara. Parecía alguien que hubiera planeado y esperado este preciso momento.
‘¿Un simple perro se atreve a intentar domar a su dueña? Ni lo sueñes’
Sin tocarle ni un pelo, Eve le ordenó con una voz gélida que destilaba pura furia:
—Todo el dinero que hay en esa cuenta, pásalo a mi nombre.
Esta vez también esperaba que todo se resolviera con una facilidad increíble. Sin embargo, el hombre, en lugar de obedecer, se quitó los lentes. Esta vez esperaba una bofetada. Era un acto de desobediencia descarado.
—… ¿Te atreves a desobedecer la orden de tu dueña?
—Yo también quiero obedecer. Pero tengo miedo de que, si le devuelvo el dinero, usted me deseche, Lady.
Entre los dientes apretados de Eve escapó algo que no se sabía si era una risa sarcástica o un suspiro.
—Estás usando el cerebro, ¿no? Quieres jugar a estar por encima de mí. Ya veo, tu obediencia perfecta no era más que un engaño.
Por supuesto, Eve sabía que lo que ese tipo quería no era obediencia real, sino un vulgar regateo. El problema era que ella no estaba acostumbrada a ese tipo de negociaciones.
—Creo que es hora de dejar esta actuación que no me va.
Se puso de pie apretando las pruebas de fraude y malversación; en ese instante, Owen se arrastró como una bestia e intentó agarrarla de los tobillos. En ese mismo segundo, el taco del zapato de ella le molió el dorso de la mano.
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