A mi primer amor, con pesar - 57
El doctor bajó la mirada con el rostro marcado por la angustia.
—Lo sé. Es una enfermedad incurable que me acompañará por siempre.
—Doctor, no es mi intención insultarlo, pero este tipo de cosas debería conversarlas con un médico.
—Esto no es algo que un médico pueda curar. Solo una persona que sea capaz de dominarme y someterme por completo podrá darme la salvación.
Al escuchar esas palabras cargadas de locura, a Eve se le puso la piel de gallina.
—Me he pasado la vida buscando a alguien así, pero nadie estuvo a la altura. Ni siquiera Chantal era una dominadora perfecta. Pero usted, Lady Evelyn… usted es diferente.
Lo que este tipo estaba describiendo era su retorcida perversión. Al final, había venido movido por la lujuria. Eve sintió que la cara le ardía por la humillación.
—Doctor, no quiero escuchar ni una palabra más. Retírese, por favor.
—Sé que para una dama esto suena vulgar. Pero le ruego, escúcheme hasta el final y luego decida.
El doctor levantó la cabeza de golpe y se puso de pie. Rodeó el escritorio que los separaba y empezó a acercarse. Por instinto, Eve retrocedió y puso la mano sobre el botón de pánico.
‘Atrévete a ponerme una mano encima y verás’.
Pero el doctor ni siquiera rozó el borde de su ropa. Se desplomó de rodillas a sus pies, juntando las manos como un pecador que suplica por una última gota de piedad divina.
—Lady Evelyn, usted es una verdadera reina.
Él la miró fijamente a los ojos. En sus pupilas ardía un deseo que rayaba en la demencia, el fervor de quien finalmente encuentra al dueño que buscó toda su vida. Era simplemente asqueroso.
—Y no lo digo solo por lo de ayer o hoy. La verdad es que, desde el primer día que nos vimos, abajo en el acantilado, usted ya mostraba esa madera de reina. Incluso cuando perdió su poder, jamás perdió la clase.
Claramente era un cumplido. Pero para los oídos de Eve, aquello no era más que una confesión perversa de alguien que sintió placer espiándola en su momento de mayor humillación. Le revolvió el estómago.
—Usted es el único remedio que he esperado toda mi vida. Por favor, haga que le pertenezca y sálveme de esta enfermedad tan terrible, mi Lady.
—¿Y por qué tendría yo que salvar a quien me hundió en el mismísimo infierno? Déjese de asquerosidades y lárguese ahora mismo.
—Tiene razón. Soy un pecador. Por servir a falsos amos, cometí un pecado imperdonable contra mi verdadera reina.
Eve tuvo que aguantar las ganas de meterle un cachetadón a ese monstruo. Aunque confesaba su culpa, eso no era una disculpa. El doctor no se arrepentía de sus pecados, solo lamentaba el error de haber elegido a los ‘amos equivocados’.
—Hoy, al ver cómo juzgaba a Chantal, lo comprendí. Mi salvación no está en el perdón, sino en mi obediencia absoluta hacia usted. Mi Lady, por favor, úseme como su herramienta. Castígueme, aprovéchese de mí y muévame a su antojo. Solo así podré pagar por mis culpas.
Era el colmo. La tragedia en la que le robaron a su familia entera y hasta a su hijo —ese drama que le partió el corazón— se había convertido en el escenario para satisfacer los deseos retorcidos de este hombre. ¿Podía haber un insulto mayor?
Eve levantó la mano con fuerza, lista para cruzarle la cara a ese tipo que, siendo un criminal, se atrevía a levantar la cabeza esperando salvación. Pero su mano se detuvo en el aire.
‘… Un momento. ¿Obediencia absoluta? ¿Que lo use como herramienta?’.
Eso era exactamente lo que Eve más necesitaba ahora.
Había una sola razón por la que Eve se casó con Owen Kallas: recuperar la fortuna de los Kentrell que Robert Kallas se había tirado.
Como el doctor era el único heredero, todo lo robado debía estar en sus manos. Eve ya había consultado con abogados, pero le dijeron que un juicio tenía pocas chances de éxito. Un estafador tan meticuloso seguro habría camuflado todo legalmente o habría lavado el dinero para que fuera imposible de rastrear.
Quizás porque la vio desesperada, o tal vez como una broma pesada, alguien le sugirió una vez al paso:
—Casarse con el heredero sería la forma más fácil y segura.
En su desesperación, Eve no pudo tomarlo como una broma.
El estado legal de cónyuge te da poder. Es de lo más normal que un esposo le dé un poder a su mujer y le deje revisar las cuentas bancarias a su gusto.
El plan de Eve era falsificar ese poder para entrar en las cuentas del doctor, revisar su oficina y su caja fuerte para dar con el paradero de su fortuna.
¿Pero qué pasaba si este tipo le entregaba todo por voluntad propia a su ‘soberana’? Se ahorraría todo ese riesgo.
No sabía si él sería tan básico y tonto, pero no perdía nada intentándolo. Al final de cuentas, Eve ya había sacrificado hasta su matrimonio con tal de aferrarse a un clavo ardiendo. Haría lo que fuera por recuperar lo que le quitaron.
Eve bajó la mano que iba a usar para botarlo y, en su lugar, la extendió hacia él. Los ojos del fanático brillaron. Owen Kallas, como si hubiera recibido un milagro, rompió a llorar, le tomó la mano y se dispuso a besarle el dorso con devoción.
¡ZAS!
Se escuchó el seco impacto de la cachetada. Los lentes del doctor salieron volando contra la pared y su cabeza giró por la fuerza del golpe.
—¿Cuándo te di permiso para besarme?
—He cometido una falta mortal, mi reina.
Él temblaba de miedo ante su ama, pero al mismo tiempo no podía ocultar su alegría, como un animal que por fin encuentra su lugar.
—Al suelo.
Owen Kallas se tiró al piso como un perro, como si hubiera esperado este momento toda su vida. Al verlo en esa postura de sumisión total, Eve se levantó y se acercó lentamente.
La punta afilada de su zapato pisó con firmeza la cabeza del hombre que temblaba de éxtasis. Eve curvó sus labios rojos en una sonrisa afilada. Era la sonrisa de un apostador que, por fin, encuentra la jugada ganadora.
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El sol ya había salido y se había ocultado siete veces, pero Tony seguía atrapado en la mansión. Normalmente, su castigo de no poder salir debería haber terminado hoy, pero como se escapó sin permiso el primer día, le clavaron tres días más de yapa.
—El grupo sanguíneo se determina por los factores genéticos que heredamos de cada progenitor. Por ejemplo, como el Duque es de tipo AB, eso significa que recibió el factor A de uno de sus padres y el B del otro.
Tony escuchaba la explicación de Doctor Kallas solo de pasada, mientras tenía los ojos pegados en el mar, afuera de la ventana. De pronto, una voz severa lo regañó desde atrás con tono bajo.
—Tony, concéntrate en la clase.
Últimamente, Eve hasta se metía a sus clases para vigilarlo. Ese era el castigo por haberse escapado a escondidas y haber regresado tarde aquel día. Eve dictaba sentencia por cada falta; de verdad, parecía una jueza. Y el único preso al que la ‘honorable jueza Evelyn Sherwood’ condenaba siempre era al pequeño Anthony Sherwood.
Tony soltó un suspiro largo mientras miraba con cólera su libro de texto. Esta mansión, que para los adultos era un paraíso, para él no era más que una cárcel.
‘Ya quiero ser grande de una vez’.
Cuando por fin terminó la última clase de hoy, llegó su ‘tiempo libre’, aunque de libre no tenía nada, porque ni a la esquina lo dejaban salir.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
preguntó Eve acercándose, mientras él guardaba sus libros y cuadernos en el estante.
Tony, que todavía estaba picón, le respondió de mala gana:
—Es secreto.
—¿Quieres jugar a los dados conmigo?
Eso sí le llamó la atención.
—Ya, pero con una condición: el que pierde le cumple un deseo al que gana.
—Ni creas que te voy a levantar el castigo de salir.
—Asu, qué pesada…
A pesar de estar quejándose, Tony ya estaba por dar la vuelta para ir al salón de juegos cuando, de repente, el rugido de un motor cruzó el jardín.
Era un vehículo militar. Y solo había una persona que podía entrar así hasta la puerta principal de la mansión.
En cuanto Ethan asomó tras la puerta que le abrió el conductor, los ojos de Tony brillaron con una admiración total. El niño empezó a jalonear a Eve de la mano, rogándole:
—¡Hay que invitar al mayor Fairchild a jugar también!
—Él es un hombre muy ocupado con su trabajo.
—Pero si ya está regresando de trabajar, pues.
Eve soltó un suspiro de cansancio para sus adentros. Tanto ella como Chantal le habían dicho mil veces que no se juntara con ese hombre, pero Tony no hacía caso. Apenas veía a Ethan, soltaba todo lo que estaba haciendo y salía corriendo hacia él. A cada rato lo invitaba a cenar, provocándoles una indigestión terrible a los adultos de la mesa. Incluso cuando él no estaba, Tony no paraba de hablar del ‘mayor Fairchild’ ni un segundo, así que Ethan Fairchild se las arreglaba para atormentar a Eve incluso sin estar presente.
Chantal estaba tan muerta de miedo que llegó a una decisión que, para ser ella, fue bastante radical:
—Me quiero quedar con Tony en Lavinia hasta que termine la guerra.
Pedir un departamento de lujo en la capital y que encima le den para sus gastos era típico de una interesada como ella. Pero, por esta vez, Eve estaba dispuesta a dejar que le ‘chupara la sangre’ con tal de estar tranquila.
Sin embargo, le preocupaba mandar a Tony solo con ella. Pero Eve tampoco podía ir; el trauma de aquel día en que se fue de casa y lo perdió todo por una traición la había dejado marcada, impidiéndole cruzar la puerta de la mansión otra vez.
Al final, el dilema se resolvió antes de empezar: Tony se plantó y dijo que no se iba ni a balas. El niño solo tenía cabeza para el Silverbolt, el Peregrine y para Mayor Fairchild, el héroe que le había hecho vivir todas esas aventuras.
Asure: Espero sea comprensible, estoy agregando jergas de mi país en todas mis traducciones.
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