A mi primer amor, con pesar - 56
—Mayor Fairchild, tengo una curiosidad.
Eve llamó a Ethan con el trato que se le daría a cualquier invitado cualquiera, solo para fregarlo.
—¿Por qué será que el ejército ha mandado a un héroe como usted, alguien que es pieza clave para la victoria de Mercia, aquí a la retaguardia donde todo está tan tranquilo, en vez de tenerlo en el frente de batalla?
Él se quedó mirando las manos entrelazadas de aquel hombre y aquella mujer con la mirada de un conquistador arrogante que descubre que un invasor mugriento ha plantado su bandera en su propia tierra. Luego, levantó la cabeza. Sus ojos, fijos en Eve, estaban más fríos que nunca.
—Es información clasificada.
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Mi plan era cuadrar a Tony apenas termináramos de comer. Pero, como siempre, Chantal se metió en el medio para fregarme y todo se fue al agua.
Su forma de joder hoy fue algo original. Me arrastró a la sala de estar con el pretexto de conversar y, de la nada, empezó con su histeria exigiendo que botara a todos los oficiales.
—¿No te dije que, o entregabas a mi esposo al ejército, o te quedabas tranquila dejando que yo les diera posada a los oficiales en la casa?
Los oficiales recién llevaban dos días instalados. Ni se notaban, ni daban molestias. Si ella se portaba como si un oficial le hubiera hecho algo malo, era obvio que se debía a una sola persona.
—Entonces bota a Ethan Fairchild.
De los tres que estamos aquí, a nadie le hace gracia que ese tipo viva bajo el mismo techo. Chantal, al menos, parecía contenta de recibirlo solo por ver cómo el honor de Eve terminaba revolcado en el lodo. Eso fue hasta que a Tony se le dio por admirar a Ethan y andar siguiéndolo a todos lados.
Para ella, no hay competencia más peligrosa que alguien que le pueda quitar su único poder y su fuente de plata, tal como lo haría un padre biológico. Chantal le había agarrado miedo a Ethan Fairchild.
—Lo voy a botar. Cuando sea el momento.
—¿Momento? ¿Qué tanto esperas? No me digas que todavía le tienes un cariño estúpido al hombre que te dejó tirada.
Ante esa calumnia tan ridícula, Eve se enfureció como si le hubieran metido un cachetada.
—La única estúpida ciega por un hombre eres tú. ¿Crees que no me doy cuenta de que estás asada porque el doctor y yo nos dimos la mano haciendo de esposos?
Chantal no pudo negarlo y se limitó a lanzar una mirada venenosa al hombre que estaba parado junto a la puerta como un guardián.
—Entonces métete un lapo tú misma. Cuando vendiste a tu amante para que fuera mi marido, ¿no te preparaste para este teatro?
La verdad es que los planes de boda entre Doctor Kallas y Eve empezaron hace tiempo. Claro, de forma unilateral.
Robert Kallas no se quedó tranquilo con quitarle el hijo a Eve y apoderarse de Kentrell. Legalmente, Tony era hijo del difunto duque y de Chantal, y él, oficialmente, no era más que el abogado de la familia.
Por eso, el tipo tuvo la ambición de casar a Eve —quien tenía el derecho de sucesión— con su hijo, para que tuvieran un heredero. Su plan era cambiar el apellido de Kentrell a Kallas.
Pero Chantal se rebeló y sus sueños se hicieron humo. Ella, que siempre fue la cómplice fiel de Robert Kallas, se puso como loca al ver que le iban a quitar a su amante; prefería verlo muerto antes de que fuera de otra. Esa fue la primera y última pelea de poder a muerte entre esos dos cómplices.
Sin embargo, cuando Robert Kallas murió y Eve recuperó el mando de la familia, Chantal terminó en el mismo callejón sin salida. Se dio cuenta de que, si Eve se casaba y le entregaba el ducado a otra familia, o si a Tony le pasaba algo, no habría nadie que impidiera que la botaran a la calle.
La cadena que Chantal encontró para amarrar a Eve fue, irónicamente, el mismo método de Robert Kallas al que ella tanto se había opuesto a gritos. Aunque, claro, su objetivo era distinto.
Quería casar a Eve con un títere que ella pudiera controlar, para asegurarse de que nunca más tuviera otro heredero.
Chantal debía estar sintiéndose la gran cosa pensando que su presión para que Eve se casara con Doctor Kallas había funcionado. Lo que todavía no sabe es que Eve no eligió ese matrimonio por obligación, sino por voluntad propia.
—Tus rollos no me importan. Haz lo que sea, pero bota a Ethan Fairchild de aquí ahora mismo.
La tonta, que todavía cree que tiene el poder, volvió a usar su vieja amenaza como un arma ahora que se siente acorralada.
—Si no lo botas, lo voy a largar todo. Voy a contar que tuviste un hijo con el asesino que mató a tu hermano y a tu padre, y que lo hiciste pasar por hijo de tu padre agonizante para quedarte con la familia.
—Cuéntalo, pues.
Antes, Eve siempre retrocedía cuando la amenazaban con su secreto más fatal. Pero hoy Chantal se quedó fría al ver que Eve, en lugar de asustarse, le daba el encuentro al cuchillo.
—Ah, ¿o sea que ahora como tu reputación ya está por los suelos por culpa de la lengua de tu primer marido, ya no tienes miedo?
Chantal soltó una carcajada burlona y trató de darle lecciones a Eve.
—Te vas a ir a la cárcel. ¿O eres bruta que no te das cuenta?
—La única bruta aquí eres tú, Chantal. Yo no voy a ir a la cárcel.
Eve se había encargado de juntar, paso a paso y durante mucho tiempo, todas las pruebas de que había sido víctima de amenazas y coacciones.
—La única que va a terminar presa eres tú. Y Tony, que es tu único seguro de vida, te va a mandar a rodar apenas sepa que no eres su madre biológica. ¿Qué afecto te va a tener ese chico a la tonta que hizo que perdiera su título y lo convirtió en un hijo bastardo? Al final, yo recupero a mi hijo y el ducado pasará a mi otro futuro hijo, así que yo no pierdo nada. Así que, por favor, desembucha de una vez.
Es tan tonta que ni cuenta se da de su propia estupidez. Recién ahora pone cara de haber entendido.
Si la hubiera botado como a los otros empleados cuando murió Kallas, su único respaldo, no tendría que estar viendo esa cara asquerosa.
—Chantal, que se te grabe bien esto: la única razón por la que sigues metida aquí en Kentrell es porque Tony cree que eres su mamá. Solo por eso.
La boca que no paraba de hablar por fin se cerró. Eve le lanzó una última mirada de desprecio a la cara de Chantal, que se había quedado pálida como un muerto, y se dio media vuelta sin dudarlo.
—No entiendo cómo alguien puede querer suicidarse solo porque se le metió una culebra a la casa. Yo he aguantado en una casa llena de chinches.
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El niño, que era más vivo que una pulga, ya se había ido a esconder a su cama. Muy tarde por la noche, Eve, sentada sola en su despacho, volvió a abrir los asuntos que había tenido que dejar de lado por andar buscando a Tony, pero no pasó mucho tiempo antes de que un toque en la puerta la interrumpiera otra vez.
‘Por favor, que no sea Ethan Fairchild’.
Pero en el fondo, Eve ya lo sabía. El único invitado inoportuno que vendría a buscarla a estas horas era ese hombre. Como quien se enfrenta a una fiera, abrió la puerta con todos los sentidos en alerta. Sin embargo, al cruzar la mirada con el hombre que estaba afuera, la tensión se le bajó de golpe, dejándola fría.
—… ¿Doctor Kallas?
Frente a la puerta estaba el hombre que no tenía ninguna razón para buscarla, a menos que fuera por las clases de Tony o algún tema de su salud.
—¿Qué pasa?
El doctor no respondió al toque; se acomodó los anteojos y se quedó dudando. Cuando por fin se decidió a hablar, no pudo aguantar la mirada de Eve, que lo observaba fijamente, y terminó bajando los ojos.
—Tengo algo que decirle. Por favor, permítame pasar un momento.
De pronto, Doctor Kallas le pareció un completo extraño. Eve no lo dejó entrar a su espacio y le preguntó:
—¿Sabe Chantal que ha venido a buscarme?
—No lo sabe. Si usted me lo permite, ya no necesito el permiso de Chantal.
En ese instante, a Eve le recorrió un escalofrío por toda la espalda, puro instinto.
‘¿Qué rayos piensa hacer este tipo para andar hablando de permisos?’
Eve escudriñó esos ojos que ya no la evitaban. El sentimiento que se veía ahí se parecía al amor, pero a la vez estaba lejos de serlo; y para ser puro deseo carnal, tenía algo extrañamente devoto.
—Doctor, espero que no haya venido para decirme que quiere que este matrimonio sea de verdad.
—¿Cómo podría un pecador tan insignificante como yo atreverse a tomar como esposa a una dama a la que respeta tanto?
‘Menos mal que sabe su lugar…’.
—Yo lo que quiero es servirla a usted como mi reina.
—… ¿Y esa sandez a qué viene?
¿Acaso estaba borracho y venía con otra de sus borracheras locas? Pero el doctor, que miraba con ansiedad hacia el pasillo vacío, no olía al tufo típico de un borracho.
—Es una historia larga. ¿No me permitiría pasar para contárselo?
—Pase. Pero deje la puerta abierta.
Se preguntaba si sería algo que le convendría. Tenía curiosidad. O tal vez, el tipo simplemente se había rayado.
Sin quitarle el ojo de encima al doctor, que entró dejando la puerta abierta como ella ordenó, Eve se sentó detrás del escritorio, donde tenía a la mano el timbre de servicio y su revólver.
—Siéntese.
El doctor se sentó en la silla de al frente, entrelazó las manos con ansiedad y, mirando a Eve, le confesó:
—Yo no soy como los demás hombres.
Eve tuvo el presentimiento de que lo que iba a decir era una locura que no le traería ningún beneficio.
—Lo normal es que un hombre quiera conquistar y mandar, pero mis deseos son distintos. Yo… ansío ser dominado y obedecer.
Eve estaba tan desconcertada que no le salían las palabras. ¿Por qué le soltaba una confesión tan personal?
Sin embargo, lo que acababa de decir encajaba perfectamente con la forma en que el doctor se había portado todo este tiempo, como un títere sin cerebro. Saber que esa era la vida que él mismo quería fue un choque total para ella.
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Eliz_2000
El doctor quiere que se lo nalgueen pues.