A mi primer amor, con pesar - 54
—Cuando un aliado se queda atrapado en medio de las líneas enemigas y se está muriendo, el que cruza ese infierno de balas para meterse hasta el fondo y lanzarle un salvavidas soy yo, un «simple cargador».
El niño no podía ni cerrar la boca de la impresión. Ethan, disfrutando de ese respeto que rozaba el miedo, añadió con aire de superioridad:
—Ese Silverbolt que tú adoras como si fuera el rey del cielo, no es más que mi escolta.
Para el pequeño, Ethan ya no era un simple cargador. Claro que él nunca ha sido un hombre cualquiera para nadie. Ethan Fairchild era un ángel con alas de acero, un héroe y, al mismo tiempo… un contrabandista.
Desde que se ganó su sitio en la organización, el fuerte de Ethan siempre fue el contrabando. Construyó su imperio como una raíz gigante que crecía bajo tierra, lejos de la ley, extendiéndose por todo el mundo. Pero la guerra vino a remover toda esa tierra y sacó sus raíces a la superficie sin ninguna piedad. Con el cielo, el mar y los caminos bajo el control militar, sus rutas de contrabando se cortaron de la noche a la mañana.
Los barcos y aviones que usaba fueron confiscados como «material de guerra», y sus hombres de confianza terminaron reclutados con el cuento de defender a la patria. Su imperio se estaba cayendo a pedazos.
Pero el Ethan Fairchild de ahora no era de los que se rinden ante la crisis; era el tipo de hombre que caminaba directo hacia el corazón del problema. Porque en el caos es donde están las fijas, las verdaderas oportunidades.
Su plan fue tan arriesgado como inteligente. Infiltró a sus hombres más leales en puestos clave del Ejército, la Fuerza Aérea y la Marina. Tom, el esposo de Becky, se volvió su mejor aliado en la Marina. Por su parte, Ethan se volvió a poner el uniforme de oficial de la Fuerza Aérea que usó en la guerra pasada y se metió en la boca del lobo.
Si no puedes escapar de los ojos que te vigilan, entonces conviértete tú mismo en esos ojos.
Ser militar significaba encontrar desde adentro los huecos en la red de vigilancia. Con plata podía hacer que esa red se aflojara o incluso abrirse un camino nuevo que le conviniera. Además, la guerra y el racionamiento abrieron un mercado nuevo. Aparte de los lujos de siempre, empezó a meter productos de primera necesidad en el mercado negro. Eso le dio a su negocio una fachada hipócrita de «ayudar al pueblo que sufre». A veces, por puro hobby, ayudaba a cruzar la frontera a gente desesperada por un precio razonable.
El corazón de todo este imperio era el Comando de Transporte Aéreo, ese lugar que todos ninguneaban por «aburrido». Si los cazas eran el cuchillo del cielo, los aviones de transporte eran las venas de esta guerra gigante. Y él construyó su trono sobre las venas del país. Por eso Ethan eligió con gusto ser el comandante de esa unidad tan común y corriente.
Ese era un mundo que un chiquillo criado en una burbuja jamás podría imaginar. El niño, que veía a Ethan como un patriota medio raro que se saltaba la ley pero amaba a su país, empezó a mirarlo con ojos de total admiración.
—¿Y cómo es un avión de transporte?
—Bueno… es enorme, nada que ver con un caza, y tiene motores en cada ala. Es como una ballena voladora, por decirte algo.
—Guau… no me lo imagino.
—¿Por qué no?
Si es casi del tamaño de un avión comercial.
—¿Nunca has viajado en avión?
El niño hizo un puchero y sacudió la cabeza. Toda esa confianza con la que hablaba de aviones hace un rato se desinfló como un globo.
—Un avión no es la gran cosa.
dijo Ethan, pisoteando el cigarro que había tirado al pasto. Luego, le hizo una seña al niño con la mano.
—Ven.
El chiquillo abrió los ojos como platos.
—¿Me vas a llevar?
—Pero si te pones espeso de nuevo, te boto. En pleno vuelo.
—¡Ya, bacán!
El niño lo siguió moviendo la cola como un perrito emocionado. Ethan abrió la puerta del conductor del carro que tenía cuadrado en el camino, y el niño se subió al asiento del copiloto sin dudarlo.
Cuando Ethan se sentó al volante y volteó, el niño ya le estaba sonriendo. Esa pequeña fiera orgullosa que le gruñía hace un rato había desaparecido. En su sonrisa no había ni una pizca de duda, solo una admiración pura.
Sus ojos brillantes parecían decirle: «Eres increíble, Ethan».
Con la voz de Eve. En ese momento, frente a él, estaba su primer amor: esa chica tonta e ingenua que, bajo la luz tenue de una taberna vieja, creía que un tipo miserable como él era alguien brillante.
‘Maldita sea, con razón’
El niño se parecía tanto a Eve que, sin darse cuenta, Ethan le había estado abriendo un huequito en su corazón. Hasta que no cayó en cuenta, ni siquiera sabía que estaba hechizado.
Anthony Sherwood no es un recuerdo de amor. Es solo el último sacrificio para completar mi venganza.
Ethan quitó la vista de esa cara que era el vivo retrato de Eve cuando era niña. Con ese gesto, volvió a afilar su venganza, que se había oxidado sin que él lo notara.
—¡Aquí Silverbolt, responda! ¡Avión enemigo derribado! ¡Gloria a Mercia!
El niño empezó a jugar con sus juguetes apenas el carro arrancó. Ese juego tan inocente hizo que Ethan se sintiera incómodo.
‘Carajo, es la primera vez que voy a matar a un niño’
Apretó con fuerza el timón frío.
‘Bueno, siempre hay una primera vez para todo’
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Tony se tiró la pera de todas las clases de la tarde y desapareció. Como no estaba por ninguna parte de la casa, era obvio que se había ido por ahí a jugar, desobedeciendo su castigo de no salir.
—Busquen al Duque y tráiganmelo ahora mismo.
ordenó Eve, mandando a la gente a revisar los alrededores de la mansión.
Pero incluso después de que el sol se ocultó por completo detrás del castillo de Cantrell, no había ni rastro del niño. Un sentimiento de ansiedad empezó a flotar en el aire de la casa. Tic, tac. El paso de las horas terminó por agotar la paciencia de Eve. Justo cuando ella misma estaba por salir a buscarlo, un vehículo militar llegó rugiendo y se plantó frente a ella, bloqueándole el paso.
Apenas el mayordomo abrió la puerta, una pequeña figura saltó del asiento del copiloto: era Tony. En el momento en que Eve confirmó que su hijo estaba a salvo, sintió que se le iba la fuerza del cuerpo, pero al segundo siguiente, la sangre se le subió a la cabeza de pura rabia.
—Tú… ¡¿Se puede saber dónde te habías metido?!
—¡En la base de Littlewick!
El niño, sin saber —o haciendo como que no sabía— que toda la mansión estaba de cabeza por su culpa, empezó a parlotear como si viniera de la aventura más increíble del mundo.
—¡Me subí al Silverbolt! Y al Peregrine también. El Peregrine es un avión de transporte que…
No solo se zurró en el castigo, sino que ni siquiera avisó a dónde iba, haciendo que todos se maten preocupados, y encima volvía de lo más fresco.
—¡Mayor Fairchild me dio un regalo!
En el momento en que el niño presumió el parche de la unidad militar y le empezó a rogar que le comprara un uniforme de oficial, a Eve se le acabó la paciencia.
—Anthony Sherwood.
Iba a ordenarle que se fuera directo a su cuarto, pero Ethan Fairchild, que ya se había bajado del carro, le cortó la palabra.
—Es culpa mía, milady. Olvidé que debía avisarle antes. Espero que su gran corazón pueda perdonar al Duque.
Aunque con la boca admitía su «error», sus ojos no mostraban ni un poquito de culpa; al contrario, miraba a Eve de forma desafiante.
¿Qué rayos haces aquí? ¿Por qué estás con mi hijo? Hace apenas unas horas se estaban gruñendo como si quisieran matarse, y ahora él venía a hacerse el protector y a dar la cara por el niño.
Y Tony… ¿por qué lo seguía como un perrito? Hasta le decía «mayor Fairchild». Se estaban comportando como cómplices totales.
—Eve, Mayor Fairchild no tiene la culpa. ¡Él me subió al avión! La próxima vamos todos. Así que no le tires torta, ¿ya?
Ante la mirada asesina de Eve, Tony se escondió rápido detrás de Chantal. Y esa mujer, que le había enseñado toda esa astucia, aprovechó el momento para defenderlo.
—Ay, pequeño, nos tenías preocupadas. La próxima avisa, ¿sí? ¿No tienes hambre? Vamos a cenar de una vez.
Cuando Chantal quiso agarrarle la mano, el niño se zafó bruscamente como si ella fuera un bicho y caminó solo hacia la mansión, dándole una orden al mayordomo:
—Redgrave, pon un sitio para el mayor Fairchild en la mesa.
… ¿Qué? Tony ni miró a Eve, que estaba en shock, y le hizo una seña a Ethan para que pasara.
—Me vas a terminar de contar lo de la misión secreta, ¿verdad? Todos tienen que escuchar.
—Justo tengo un hambre de locos, así que no voy a rechazar la invitación. Es un honor, Duque.
¿Será que la conchudez de Tony es hereditaria? Ethan declaró que iba a sentarse en la misma mesa que Eve y entró a la mansión con toda la confianza del mundo.
Un padre y un hijo formando un vínculo sin saber quiénes son el uno para el otro… Para alguien que no sabe la verdad, sería una comedia; para el que la sabe, es una tragedia total. Y la única espectadora de esta obra tan bizarra se quedó ahí parada, sin poder moverse por un largo rato.
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