A mi primer amor, con pesar - 53
Ethan levantó la mirada hacia el faro blanco que aguantaba el viento fuerte, recordando la primera vez que vio ‘El Faro de Leclerc’. Ese cuadro fue un choque total, pero a la vez un consuelo extraño. Era como una empatía dolorosa, como si alguien hubiera calcado su propia alma sobre el lienzo.
Después de todo, nadie en este mundo pinta un faro como si fuera una lápida.
Seguro ese pintor también vio el mismo infierno que Ethan. Solo alguien que entiende la tristeza de vivir salvando a otros, pero sin poder salvarse a sí mismo, podría pintar algo así.
¿Se habrá sentido igual el Capitán en sus últimos momentos?
Ese hombre, que se pasó la vida rescatando a náufragos, terminó rescatando incluso a Ethan antes de irse. Hasta el día de su muerte, fue un faro.
Ahora, el faro de White Cliff se había vuelto una lápida gigante que guardaba su infancia y los años de su abuelo, pero para los demás no era más que una señal en la ruta. Un farero cualquiera, que no era el Capitán, salía de la casa de servicio hacia el faro. La rutina de un extraño se estaba encimando sobre los recuerdos de Ethan.
Él ya se había resignado a que algún día, cuando su abuelo faltara, esa casa sería de otros; pero una cosa es cerrar la puerta uno mismo y otra muy distinta es que, de la nada, te cambien la chapa de la casa a la que pensabas volver. Ese era un sentimiento de pérdida en otro nivel.
Ethan le dio la espalda al faro y bajó caminando por el campo inclinado. Recién cuando llegó al borde del acantilado, sus botas militares, manchadas de polvo blanco, se detuvieron.
Abrió la mano. En su palma quedaban los restos de ese chico tonto de diecinueve años que alguna vez fue. Esa promesa torpe que hizo en el verano de Monfleur se enfrió al toque con el viento marino del acantilado.
Cerró el puño lentamente. Ya no quedaba en su mano una promesa de amor ardiente, sino un deseo de venganza frío y duro.
Justo cuando juraba que no volvería a flaquear, un avión de juguete apareció frente a sus ojos cortando el viento. Ethan estiró la mano y lo chapó en el aire antes de que le diera en la cara.
Era un avioncito de madera con motor de liga. Un juguete que solo encajaría en el mundo de los niños.
—¡Mi Silverbolt!
Al escuchar el grito del dueño, levantó la cabeza y se cruzó con la mirada de un chiquillo que vestía camisa y tirantes. El pequeño señor de Kentrell, parado en la subida, se quedó frío al ver que Ethan tenía a su ‘ejército’ atrapado en el puño. Tenía una expresión que, de forma casi desagradable, era igualita a la de su hermana.
—Devuélvemelo ahorita mismo.
—Casi me dejas tuerto con tu avioncito, ¿no te parece que lo mínimo es pedir disculpas por educación?
—¡No te lo tiré a propósito! ¿Y tú qué haces parado ahí?
—Típico de los Sherwood, creer que esto todavía es territorio de los Kentrell.
Ethan bajó el brazo con fuerza, amagando con el avión. El niño soltó un grito y corrió hacia él, pensando que lo iba a estrellar contra el suelo o tirarlo por el acantilado.
Pero Ethan solo dio media vuelta y empezó a caminar con el juguete en la mano. Para ser un juguete de niños, estaba tan bien hecho y detallado que hasta a él le dio pena romperlo.
—¡Ya, perdón! ¡Discúlpame!
El pequeño duque corría detrás de él, gritando desesperado mientras Ethan seguía caminando como si nada. No parecía una disculpa sincera, pero tampoco es que él esperara una.
—¡Dijiste que si te pedía perdón me lo dabas!
Él no recordaba haber prometido nada, pero igual soltó el juguete hacia atrás, al vacío. Como el avión no tenía la liga cargada, se fue picada de frente. Pensó que el niño iba a chillar, pero el chiquillo se lanzó al suelo para atraparlo.
—Aj, aj…
Pero al intentar levantarse, se agarró el pecho con su manito y empezó a jadear fuerte. Ethan sabía muy bien que Anthony Sherwood sufría del corazón.
—Haa…
Sin querer, Ethan estuvo a punto de estirar la mano para ayudarlo, pero cerró el puño con fuerza y la regresó a su sitio.
‘Yo he venido aquí para matar a este niño’.
Aplastó ese sentimiento de lástima humana con su objetivo principal y se dio la vuelta con frialdad. Parece que el chiquillo no iba a morir en el mismo sitio que su hermano mayor, porque logró recuperar el aliento y lo alcanzó de nuevo.
—¿Por qué lanzas algo tan importante desde un acantilado?
—Porque se ve bacán volando sobre el mar.
—¿Y si lo pierdes?
—Hago otro, pues.
Lo decía como si nada, pero se notaba que le había metido harto punche a la pintura. El mocoso empezó a hablar por los codos sin que nadie le preguntara, diciendo que los Silverbolt eran sus modelos favoritos.
—Desde que pusieron la base de Littlewick se ven aviones a cada rato, me encanta. Hasta me sé las horas de entrenamiento de memoria.
Parece que hoy también había salido al campo solo para ver los aviones.
—Hoy es lunes. ¿Por qué no estás en el colegio en vez de estar vagando solo por el campo?
—Es que el colegio es muy fácil, me aburro.
—Tan chiquito y ya eres un alharaquero.
Era obvio que su madre o su hermana lo tenían en una burbuja por lo de su corazón y por eso no lo mandaban al colegio. Y como para darle la razón a lo que pensaba, el aire le faltaba al chiquillo y se escuchaba su respiración agitada mientras lo seguía.
—¿Y a ti qué te dio por seguirme?
—Tú eres el jefe de la banda, ¿no?
Parece que el pequeño duque, que siempre ha vivido en su mundo de color de rosa, tenía curiosidad por saber cómo era la vida de un delincuente que se arrastra por el fango.
—¿Alguna vez te han agarrado a balazos?
Empezó a preguntar de todo sobre la vida de los gángsters, cosas que fijo había leído en los periódicos o en algún libro. Ethan, que ya estaba harto, le respondía con un ‘sí’ o un ‘no’ para cortarle el floro.
—¿Y has matado a alguien? ¡Ah, ya sé!
Antes de que Ethan pudiera abrir la boca, el mocoso se le adelantó con la respuesta.
—Tú mataste a mi hermano y a mi papá, ¿no?
Ethan se detuvo en seco. Se volteó a mirar al pequeño duque, sin saber si el niño era demasiado inocente o se pasaba de conchudo. Lo que vio en sus ojos no era rabia; era más como el asombro de quien ve a un bicho raro por primera vez.
Un mocoso de nueve años que te dice en tu cara que eres un asesino… Dicen que todos los Sherwood están de la cabeza, pero Harry al menos era como una hiena que sabía a quién morder; este chiquillo, en cambio, no se sabía a quién había salido.
—Escúchame, mocoso. Yo soy el enemigo que mató a tu familia.
—¿Y?
—Pff…
¿Será que está muy tierno todavía y no entiende qué es un enemigo o qué es matar? Ethan decidió, por un momento, hacérselas de profesor aunque no le pegara el papel.
—Un enemigo, niño, es alguien a quien tienes que odiar, como hace tu hermana, o a quien tienes que tenerle miedo, como el doctor Callas.
Pero el chiquillo solo parpadeaba con sus ojazos. Su mirada limpia parecía preguntarle: ‘¿Y por qué tendría que hacer eso?’.
—Ah, pensándolo bien, soy como tu ángel de la guarda. Gracias a mí ahora eres el duque.
Ethan soltó la provocación y se quedó esperando a ver qué hacía el pequeño. ¿Se le iba a enfrentar? ¿Se iba a picar porque le manchó el honor? Pero el niño no saltó al toque; se quedó pensando un rato, bien serio, luego soltó con una facha de lo más desinteresada:
—¿Tú crees? Venir a dártelas de importante por heredarme un apellido que está en la quiebra… como que no es muy de hombres, ¿no?
—¡Habla, qué tal tipo! ¿De dónde salió este?
Ya tenía suficiente con el difunto duque, con Harry y con Eve, ahora le salía un nuevo Sherwood para seguirle los pasos y no dejarlo en paz.
Parece que fregarle la vida a Ethan Fairchild es una enfermedad hereditaria de esa familia.
Ethan le dio la espalda con frialdad y siguió caminando, pero el bombardeo de preguntas no paraba.
—¿Y por qué Eve se casó contigo?
—Anda pregúntale a tu hermana, que fue la que me estampó un pastel en la cara.
—¿Y tú por qué te casaste con ella?
Ethan no dijo ni pío y sacó un cigarro. Como el viento del mar no lo dejaba prender la candela, tuvo que parar, en ese ratito las preguntas le caían como una tortura.
—¿Por qué terminaron? ¿Todavía la amas? ¿Por eso has venido, para quitársela al de los lentes?
‘¡Que no, oye! ¡Que he venido a matarte!’.
—Ten esto clarito: si quieres casarte con Eve otra vez, ahora me tienes que pedir permiso a mí.
‘Como si fueras a estar vivo para su próxima boda’, pensó Ethan.
Soltó una risita burlona mientras por fin prendía el cigarro, pero el niño ya se había distraído con otra cosa. Estaba mirando con ojos brillantes las medallas de su uniforme de oficial.
—¿Eres jefe de banda y oficial del ejército a la vez? ¿Cómo haces?
—Hay mañas para hacer las dos cosas juntas.
El mocoso no tenía ni idea de lo que eso significaba realmente.
—Tú eres de la fuerza aérea. ¿Alguna vez has piloteado un Silverbolt?
—No.
—¿Por qué?
—Porque soy piloto de aviones de transporte.
—Ash, qué aburrido.
—¿Qué tiene de aburrido?
—Eres un cargador, pues. Un repartidor de paquetes.
—¿Cargador? O sea… bueno, si para ti un batallón de paracaidistas es un ‘paquete’, entonces sí, lo soy.
—¿Ah? ¿Paracaidistas?
—Yo piloteo el avión hasta la retaguardia del enemigo y suelto a toda la tropa ahí.
—¡Alaaa! ¿En serio se puede hacer eso?
—Es gente entrenada. Si yo los suelto en el punto exacto, esos soldados de élite les caen por la espalda a los enemigos y los revientan.
—¡Qué bacán!
—También mi chamba es traer los aviones gigantes que compramos del otro lado del mar. ¿Tú alguna vez has cruzado el océano volando?
—No.
El duque chiquito y soberbio desapareció por completo. En su lugar estaba un niño de nueve años, con los ojos brillando de pura envidia sana. Por primera vez, se veía como un niño de su edad, hasta a Ethan le pareció un poco tierno.
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