A mi primer amor, con pesar - 52
Al principio me pareció inaudito, asqueroso, e incluso sentí un instinto de peligro.
Sin embargo, una habitación no es más que una habitación. Aunque Harry, el hombre que trajo consigo su corrupción y la ruina de ella, seguramente no estaría de acuerdo. Pero estaba bien así. Si él gritaba desde las llamas del infierno al ver cómo quien lo mató se quedaba con sus pertenencias, eso tampoco estaba nada mal.
Sí, prefería entregárselo. Si ese hombre se sentía victorioso y satisfecho con solo una simple habitación, era lo mejor.
Cuanto más hambrienta está una bestia, más feroz se vuelve. Si Eve alimentaba primero ese estómago hambriento de venganza, tal vez él dejaría de intentar despedazarla.
Con suerte, algún día se daría cuenta de que su venganza ya había terminado y que seguir era solo un acto de autolesión vacío, entonces se marcharía por su cuenta. Para Eve, esta era la decisión más sabia.
Y, por otro lado, también era la decisión correcta.
Su ira hacia Harry era justificada. Aunque Ethan había empujado el futuro de todos al borde del abismo al ajusticiar a Harry con sus propias manos, Eve seguía creyendo que debió ser una elección inevitable.
Mirando hacia atrás, esta tragedia era, al fin y al cabo, el pecado original de los Sherwood. Por lo tanto, debía haber una redención. Incluso para ella, que en aquel entonces fue impotente y no pudo salvar a Ethan ni a su familia.
A pesar de que ella lo había arriesgado todo por él, Ethan se marchó sin mirar atrás ni una sola vez.
Eve se había convertido en victimaria por ese pecado original, pero por otro lado, ella también era una víctima injusta.
Así que deseaba que este hombre llamado Ethan Fairchild, víctima y victimario a la vez, liquidara todas sus deudas lo antes posible y, por favor, desapareciera de su vida otra vez. Esta vez, para siempre.
Aunque por ahora, él se estaba instalando como si pensara vivir aquí toda la vida. Mientras que los otros oficiales apenas trajeron un par de maletas, este hombre trajo una mudanza completa. Vivía arrimado en casa ajena y aun así tenía el descaro de clavar clavos en la pared.
—Un poco más a la derecha.
En el momento en que sus ojos se toparon con el cuadro que los subordinados colgaban bajo las órdenes de Ethan, a Eve se le cortó la respiración.
‘No puede ser’.
Ese lienzo pintado solo en escala de grises le resultaba demasiado familiar.
‘No. De lejos solo debe parecerse’.
Olvidando incluso el decoro más básico de una dama —el de no entrar en el dormitorio de un hombre extraño—, Eve entró como hechizada. A medida que se acercaba al cuadro, la vista se le ponía más borrosa.
A. Leclerc
Mientras miraba anonadada la firma puesta sobre un cúmulo de pintura en una esquina del lienzo, una sombra se proyectó sobre ella. Ethan, que se había acercado a su lado sin que se diera cuenta, le preguntó:
—¿Sigues pintando hoy en día?
Ante esa pregunta, que se sintió como si le pusieran un puñal en la espalda sin previo aviso, un escalofrío le recorrió la espina dorsal.
—… No.
‘Por favor, que no me lo esté preguntando porque sabe que yo lo pinté’.
—Aun así, tu buen gusto sigue intacto.
Él malinterpretó su reacción, pensando que a Eve le había gustado el cuadro y lo estaba admirando. Al sentir que el puñal se alejaba de su espalda, Eve soltó con cuidado el aire que había estado reteniendo.
—Es un pintor genio que yo mismo descubrí. Por ahora es un desconocido, pero algún día será un maestro.
Ethan la llamó genio. Eve se quedó tiesa, sin saber qué sentimiento debía experimentar ante eso.
—El problema es que sus obras son escasas. Pensé que pasaba por dificultades económicas y le ofrecí mi patrocinio, pero lo rechazó. Dijo que no tenía tiempo porque estaba criando a un niño. Quién diría que era una mujer… Fue una sorpresa.
Eve estaba igual de sorprendida.
‘Así que mi cliente fiel, el que compraba cada cuadro que ponía a la venta, eras tú’.
Como la oferta le había llegado a través de un marchante de arte y de Emily, nunca le mencionaron el nombre, jamás se lo imaginó. De hecho, nunca tuvo curiosidad por saber quién compraba sus cuadros, así que nunca preguntó.
Solo tenía curiosidad por saber por qué alguien elegiría esas pinturas.
Porque los cuadros de Eve eran la tumba de sus emociones. Durante los últimos diez años, para no asfixiarse con los sentimientos que guardaba, los volcó en el lienzo. Por lo tanto, sus pinturas eran el pañuelo con el que se secaba las lágrimas y luego desechaba, o la sangre que escupía tras succionar el veneno.
—¿Sabes por qué este es el cuadro que más me gusta?
Este cuadro, que Ethan colgó justo frente a su cama para tener que verlo al empezar y terminar el día, tenía como protagonista a un faro esquelético.
Un faro que estaba a punto de perderse a sí mismo en el momento en que el acantilado, desgastado lentamente por las tormentas, terminara por derrumbarse.
El guía de los extraviados estaba siendo devorado por la oscuridad, incapaz de salvarse siquiera a sí mismo. La luz que debía iluminar el mundo solo parpadeaba como una señal de auxilio desesperada. Y abajo, las olas embravecidas esparcían la espuma como si fueran lágrimas.
—Es desolador y brutal. ¿Habrán sido así los últimos momentos del Capitán? Se siente como la noche en que abandoné este acantilado. Podría decirse que es una lápida para mi antiguo yo.
Ethan desvió la mirada que tenía fija en el cuadro para observar la reacción de Eve. Ella tenía el rostro de alguien que acababa de ser insultado, tal como en la recepción de ayer.
‘Qué descarada’.
Por supuesto, Ethan no tenía forma de saber quién era el verdadero descarado en esa habitación. Sin embargo, su interpretación de que aquel cuadro capturaba la noche en que él dejó el acantilado era escalofriantemente exacta.
Porque ese cuadro era, precisamente, donde Eve había enterrado los sentimientos de la noche en que fue abandonada por Ethan.
¿Habrá algo más humillante que ver a otro reclamar tu propia tumba como si fuera la suya?
—Ha…
En el momento en que ella no pudo contener una risa seca, el ambiente a su alrededor cambió drásticamente. Era evidente que él había malinterpretado su gesto como una burla hacia él o hacia su abuelo. Eve decidió entonces usar su yo del pasado como sacrificio.
—¿Un maestro? Por favor. Solo mira el manejo de las luces y sombras; es un novato que no tiene ni las bases. Has desperdiciado tu dinero en una tontería.
‘Así que no vuelvas a convertir mis pinturas en tu trofeo de guerra’.
Ante la actitud arrogante de Eve, que no solo despreciaba el criterio de él sino también al ‘genio’ que él mismo había descubierto, el rostro de Ethan se endureció con frialdad.
—¿Acaso esto te parece un paisaje realista? Vivir encerrada en el campo debe haber vuelto tus gustos mediocres. Has perdido el ojo para reconocer una obra maestra.
Ethan no tenía la menor idea de que, en ese preciso instante, estaba insultando a la misma artista que tanto admiraba.
No podía saberlo. Su estilo había cambiado demasiado en ese tiempo.
Las pinturas de Eve que Ethan recordaba eran como fuegos artificiales cargados de una pasión desbordante. Los colores cruzaban el lienzo con una audacia que parecía burlarse de todas las reglas del mundo pero que, al igual que los destellos que adornan el cielo de verano, nunca perdían su orden intrínseco.
Sin embargo, lo que tenía delante ahora era más un caos que una pintura; se asemejaba más a una herida abierta sobre el lienzo. El óleo no había sido aplicado con pincel, sino que parecía haber sido raspado y arrancado con espátula, de forma violenta.
Eve sentía como si estuviera colgada desnuda en la pared de este hombre. Era como si hubiera vendido su diario íntimo y ahora estuviera expuesto en un museo.
Solo quería escapar de allí. Dándole la espalda a esa sensación de humillación, Eve mencionó el motivo por el cual había entrado al antiguo dormitorio de Harry.
—Es el objeto que prometí devolverte ayer.
Al abrir la caja desconocida, Ethan se sintió golpeado por una ola de dolor y humillación tan profunda como si hubiera recibido un puñetazo en pleno rostro.
Dentro de la caja, dos anillos descansaban alineados como si fueran otra lápida. Eran el anillo de compromiso y el anillo de bodas que él le había dado a Eve.
‘¿Los… los conservaste todo este tiempo?’.
Él estaba convencido de que habrían terminado en la basura hace años. ¿Con qué sentimiento esta mujer habría guardado el amor del hombre al que abandonó durante diez largos años?
—Quería devolvértelos y supuse que tú también lo querrías, pero como no tenía forma de contactarte, los mantuve bajo mi custodia.
Por supuesto que quería recuperarlos. Ethan no se perdonaba a sí mismo por haber sido tan estúpido como para perder el legado de sus abuelos; había pasado noches enteras en vela soñando con el milagro de recuperarlos. Finalmente, el milagro había ocurrido, pero no sentía júbilo. El sentimiento de humillación al recibirlos era mucho más nítido que cualquier alivio.
La mirada de Ethan se dirigió al dedo anular izquierdo de Eve. Ella le estaba devolviendo sus anillos mientras lucía el anillo de bodas de otro hombre.
Como si dijera: ‘He encontrado un juguete mejor, tú ya no me sirves’.
¿Qué significaba el matrimonio para Evelyn Sherwood? No parecía amar a Owen Calas. ¿A qué clase de impulso o apuesta por conveniencia se reducía este matrimonio?
Tal como fue con él.
—Con su permiso.
Ella actuaba como si estuviera rindiendo honores a un amor terminado, pero para Ethan, devolver las pruebas de un amor que ella misma pisoteó no era más que hipocresía; una huida cobarde para borrarlo por completo y escapar del pasado.
‘No te lo permitiré’.
Ethan gritó hacia la espalda de la mujer que se marchaba con paso ligero:
—Lady Evelyn, ¿entonces nuestra cita secreta queda pospuesta para esta noche? ¿En su habitación o en la mía?
En el momento en que Eve detuvo sus pasos, él soltó una carcajada estrepitosa para asegurarse de que lo oyera. Sin embargo, en cuanto ella desapareció sin mirar atrás ni una sola vez, la sonrisa se evaporó de su rostro.
Como un payaso agotado que se arranca la máscara tras bambalinas al caer el telón.
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