A mi primer amor, con pesar - 37
—Adelante.
¡Drrrg! ¡Clanc!
La puerta de barrotes se cerró ante sus ojos. Ethan fue encerrado en la celda. Todavía no podía creer esta realidad.
¿Yo, a la cárcel?
Tú también terminarás en la cárcel como tu padre.
Hizo frente a las maldiciones y regaños que lo persiguieron toda su vida, caminando ostentosamente por el camino recto. Esa había sido la resistencia de Ethan Fairchild contra el mundo y la única prueba de que él era diferente de su padre.
Y había sido un esfuerzo inútil. Un criminal no se hace a sí mismo, sino que lo hace el mundo. El mundo había negado el esfuerzo de Ethan, y él cayó de golpe en el callejón sin salida del que había huido toda su vida.
Por la razón de haber amado a la mujer que no debía.
Hasta ahora, pensó que las únicas trampas para convertirlo en un criminal como su padre serían las humillaciones infligidas por Harry y el Duque. Por eso había soportado las vejaciones, sin dignidad, apretando los dientes, como un perro. Creyó que si no caía en esa trampa, estaría a salvo.
Pero ahora, Ethan Fairchild era un criminal. Exactamente como el padre al que tanto despreció.
Ethan se había convertido en un criminal ante su madre, que murió enferma rechazando la ayuda de su padre para vivir con dignidad hasta el final, y ante el Capitán, que se sacrificó para salvar a su nieto, por lo que no se atrevía a levantar la cabeza.
La reputación de Ethan, que su madre y su abuelo intentaron proteger con sus vidas, y su sacrificio irreversible, se hicieron añicos, reducidos a cenizas por una simple hoja de papel.
Al final, lo que provocó su caída fue su propio amor insensato.
La gente habla de «abandonar a un amante», pero nadie lo arroja a la basura. Sin embargo, la Duquesa, deseando borrar limpiamente su vergonzoso pasado, abandonó a su antiguo amante en la cárcel.
—Este amor tampoco es fácil para mí. Amarte es una caída para mí.
¿Sabes siquiera lo que es una caída?
La caída de la que ella habló y la caída que él experimentó no eran en absoluto lo mismo. La caída de Lady Evelyn fue, a lo sumo, una mancha en su honor, pero la caída de Ethan Fairchild era este piso de celda.
Sí, no quisiste ni siquiera esa mancha, así que me empujaste a este infierno y volaste sola.
En medio de una crisis de supervivencia, revolcarse en el recuerdo de la mujer que lo traicionó era un lujo.
—¿Por qué crimen has entrado, muchacho?
Le preguntó un hombre viejo que compartía la celda con Ethan. Le sonreía mostrando sus dientes amarillos. Era la misma sonrisa sucia que los pervertidos de los callejones oscuros le dedicaban a una niña.
Aunque viviera alejado del crimen, uno se entera de cómo es el mundo de la cárcel. Había oído que si un hombre es joven, débil y bonito, puede ser violado.
No puedo permitir que me subestimen.
—Secuestro y confinamiento.
Aquí no debía decir que era inocente. Apelar a la injusticia era debilidad, y en este lugar no había nadie que no clamara por su inocencia.
—¿Un niño? ¿Una mujer?
El tipo se rió grotescamente al escuchar el cargo.
—El muchacho no solo está desgastado, sino que está podrido hasta los huesos. Yo soy John Mason. Llámame John el Carnicero.
Le extendió la mano para estrecharla. Tocar esa piel sucia le daba náuseas, pero si se negaba, lo subestimarían. Ethan agarró la mano de John el Carnicero. Como era de esperar, este intentó iniciar una pelea con la fuerza de su agarre. Ethan le devolvió el ataque, apretándole la mano hasta casi romperla. El tipo abrió los ojos de par en par y soltó una carcajada.
—¡Vaya! Eres joven y tienes mucha fuerza, me gusta. Mi chico bonito, tu nombre es…
—Ethan Fairchild. Cada vez que me llames ‘bonito’, te arrancaré uno de esos dientes podridos.
John el Carnicero se estremeció. ¿Se había echado atrás por la fuerza? ¿O solo estaba fanfarroneando?
Aun así, no podía bajar la guardia. Ethan pasó la primera noche en la cárcel con los ojos abiertos. Sin embargo, la bestia en la misma jaula no lo atacó.
El incidente que temía estalló a la mañana siguiente, en el patio rodeado de alambradas.
—Oye, novato.
Un hombre robusto, con brazos del tamaño de la cabeza de Ethan, le hizo un gesto con la mano. Era el tipo que emanaba un aura de ser el rey de esta prisión desde que salió al patio, al que Ethan había intentado evitar.
—Si has entrado, tienes que saludar y pasar el ritual de iniciación. ¿Qué miras?
El tipo estaba apoyado contra la pared, rodeado por su pandilla. Era obvio lo que intentarían hacer, creando una pared humana para que los guardias no vieran.
Ethan no se movió ni un paso. Incluso si al final era vencido por la fuerza, su orgullo, magullado pero aún vivo, no le permitía no luchar.
Ethan se envolvió las manos con las vendas hechas con las sábanas de la noche anterior y miró al líder de la prisión con ojos venenosos. Como diciendo: Ven e inténtalo.
El tipo se echó a reír a carcajadas, como indicando a sus secuaces que miraran esa patética acción. Sus subordinados no se rieron. Se acercaron, golpeándose los puños en las palmas antes de que su jefe se lo ordenara. Cuatro tipos rodearon a Ethan.
—¡Detente!
John el Carnicero, el nuevo compañero de celda de Ethan, corrió hacia el líder, pálido, y gritó:
—¡Ese es el hijo de Jack Fairchild!
Al mismo tiempo, la atmósfera entre los presos se congeló. Los hombres que amenazaban a Ethan se asustaron, como si hubieran estado a punto de tocar una bomba peligrosa, y se retiraron, adoptando una postura de rendición.
Los criminales se encogían y huían de él, como si fuera el hijo de Duque Kentrell. En ese momento, Ethan tuvo una revelación que le dio un vuelco a su vida.
—Tú, ven aquí.
Le hizo un gesto con el dedo al rey de la prisión que lo había llamado. Lejos de enfurecerse por ser tratado como un perro por un mocoso, el tipo lo miró con cautela y se acercó, arrastrándose. Incluso se inclinó servilmente, a pesar de su gran tamaño.
—Lo siento mucho. Fui grosero sin saber quién era. Por favor, perdóne… ¡Ugh!
El sonido de un golpe resonó en el patio, congelado como una capa de hielo quebradiza. El tipo, experto en pelear lo suficiente como para reinar sobre criminales viciosos, no contraatacó a pesar de ser golpeado por Ethan.
Así es la vida de un hombre de poder.
Ah, esta era la vida de Harry.
—Ja…
Ethan se echó a reír. Como si rompiera a llorar.
¿Sentir liberación, y no culpa, al golpear y someter a alguien con poder?
Sí, tenían razón. Al final, yo soy el hijo de mi padre.
¿Por qué elegí el camino difícil cuando este era tan fácil? ¿Por qué luché y huí del camino fácil? Pude haber tenido a todos bajo mis pies, pero elegí una vida de ser pisoteado como un gusano.
Le enfurecía darse cuenta de esto solo después de haber perdido todo como precio. Sentía rabia contra el mundo que hacía que su larga lucha fuera un simple esfuerzo inútil.
Kingsbridge lo expulsó sin esperar el veredicto. La única fuente de orgullo que había construido con sus propias manos le fue arrebatada en un instante.
Si hubiera vivido como mi padre desde el principio, ¿no me sentiría tan agraviado?
Por otro lado, estaba agradecido con la escuela por abandonarlo, para que nunca más pudiera soñar con esa estúpida vida de «persona normal».
Al fin y al cabo, nacer en la clase baja y escalar la escalera social hasta el final solo significa lamer las suelas de los zapatos de los nobles y vivir como su esclavo para siempre.
Pero en el mundo del crimen, Ethan Fairchild había nacido como un príncipe heredero.
En la prisión, la mala fama de su padre protegía su cuerpo, y la exclamación de su hermano protegió su mente.
—Todos los Sherwood merecen morir.
Tengo que vivir. Tengo que vivir para vengarme.
Solo necesito salir de aquí, y arrojaré a todos los Sherwood bajo mis pies.
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Había pasado un mes de incesante entrenamiento físico y cultivación de su sed de venganza, cuando un día:
—Prisionero número 1819, liberado.
El juez desestimó el caso. El motivo: falta de cargos.
Ethan fue absuelto. La buena fortuna no llega sin esfuerzo para los desfavorecidos.
Al cruzar la puerta de la cárcel, un camino envuelto en una espesa niebla gris lo recibió. Bajo la tenue luz de las farolas de gas, dos figuras de pie, apoyadas en un sedán negro, eran visibles. Ethan reconoció a Becky y a un hombre desconocido con sombrero de fieltro.
El hombre que solo había existido como una sombra para él: su padre.
El traje de alta costura con cadenas de oro colgantes, los adornos de oro que brillaban en la mano que retiraba el puro de su boca, sus subordinados protegiéndole la espalda y el lustroso automóvil de lujo.
En el hombre, envuelto elegantemente en el peso del poder, ya no quedaba rastro del estibador portuario, marcado por las cicatrices de una vida dura, que Ethan recordaba de su infancia.
Ethan sintió algo. Frente a este hombre que irradiaba una autoridad pesada y aguda sin necesidad de decir una palabra, Duque Kentrell no era más que un viejo verraco. ¿Acaso hasta el aire se había sometido, conteniendo la respiración, aplastado por la presencia de Jack Fairchild? A Ethan le costaba respirar.
Ethan no fue el único conmocionado por la transformación de su pariente.
Ethan, ¿qué te pasó en la cárcel?
Becky había planeado correr a abrazar a su hermano en cuanto saliera y confirmar con sus propios ojos que estaba bien, pero se detuvo, asustada por la hostilidad que él emanaba.
Por eso, la primera persona en acercarse a Ethan fue su padre. Arrojó el puro al suelo y enmarcó con sus dos manos el rostro de su hijo, que había pasado de ser un niño a ser un hombre, acariciándolo.
—Ethan, hijo mío.
La emoción y el remordimiento se reflejaron en los ojos, idénticos a los de Ethan.
—Te pareces a tu madre.
El padre abrazó fuertemente a Ethan, que solo lo miraba aturdido, le dio unas palmaditas en la espalda.
—Has sufrido mucho. Ethan, ¿deseas algo? Este padre tuyo puede darte lo que sea ahora.
Lo sabía. Solo con ver que su padre había vencido a Duque Kentrell en la guerra de la compra de jueces, era evidente que su padre era alguien que podía darle cualquier cosa a Ethan.
Pero, ¿podrá darme también esto?
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