A mi primer amor, con pesar - 116
Parece que Evelyn Sherwood tampoco estaba en la lista de ‘niños buenos’ de Papá Noel. Al final, el deseo de Eve no se cumplió.
Ethan se pasó todo el día pegado a esa insoportable de Sherwood, como si fuera su sombra, no había forma de despegarlo. Incluso se coló en la cena de Navidad que Eve había planeado solo con Tony, sin invitar a nadie más. Pero lo que ya colmó el vaso fue verlo metido en la misa de Navidad, siendo él un descreído que siempre decía que no creía en Dios ni en nada.
Para Eve, el día estaba ‘descuadrado’ porque sobraba uno; para Tony, el día estaba incompleto porque faltaba alguien.
—Si tan solo nevara, sería perfecto.
El pequeño se pasó el día mirando ese cielo gris y encapotado, columpiándose entre la ilusión y la decepción.
¿Será que Papá Noel sí escuchó el deseo del niño bueno? Cuando la noche se puso silenciosa y profunda, como por arte de magia, todo empezó a teñirse de blanco.
—¡Ala, miren, nieve!
Tony salió disparado al jardín y empezó a dar vueltas como loco en medio de la nieve. Parecía un perrito que veía la nieve por primera vez; Eve no pudo evitar soltar una carcajada, pero justo en ese instante…
—¡Ahí te va!
Una bola de nieve bien compacta salió volando directo hacia ella. Y para colmo, apuntaba directo a su vientre.
Ante una simple bola de nieve, Eve se quedó helada de terror. No tenía espacio para tomarse a broma la travesura del niño; lo único que le quedaba era el instinto puro de proteger la vida que llevaba dentro.
Justo cuando Eve se cubrió el vientre por reflejo, se escuchó un ¡paf!. La bola de nieve se deshizo en mil pedazos, volviéndose puro polvo. Sin embargo, ella no sintió ningún impacto.
En un abrir y cerrar de ojos, Ethan se había metido en medio, atrapando y deshaciendo la bola de nieve con una sola mano. El hombre, parado frente a ella como si fuera un escudo, le lanzó una advertencia seria al niño:
—A Eve no le lances nada.
—… ¿Por qué?
Tony, que ya estaba ‘recargando’ su siguiente proyectil, se quedó con los ojos como platos. A Eve se le dio un vuelco el corazón al ver que Ethan la protegía de la nada.
¿Será que se dio cuenta porque me tapé la barriga?, pensó ella, asustada.
—Es que nuestra refinadísima señorita no tiene tiempo para estas ‘broncas callejeras’ tan ordinarias
soltó Ethan con su sarcasmo de siempre.
Antes que Eve, fue Tony el que saltó molesto por el comentario:
—¿O sea que yo sí puedo porque soy ‘mitad ordinario’?
—Tú eres un soldado. Capitán Anthony Sherwood, hay una civil al frente. ¡Cese al fuego!
—¡Ya!
Con una sola palabra, el tipo se paseó como quiso con el pobre niño inocente, luego metió a la ‘civil’ —que todavía lo miraba con ganas de matarlo— dentro de una glorieta cercana. Como el hombre es un habilidoso, en un dos por tres ya tenía prendida la fogata en el centro.
—Para que no te saques la mugre de forma vergonzosa y te lastimes, mejor quédate aquí sentadita, bien elegante, hazla de jueza.
—¿Jueza?
Ni bien Eve terminó de preguntar, el tipo agarró un poco de la nieve acumulada en la baranda, armó una bola y la lanzó con fuerza.
—¡Auch!
La bola de nieve le dio en medio de la cara al niño. Eve puso una mirada de pocos amigos.
—Eso es peligroso, le diste en la cara. Ethan Fairchild, quedas descalificado por tramposo.
—Ajá, ¿así que darle en la cara es trampa? Entonces la jueza fue la primera en hacer trampa.
Eve sintió un déjà vu. La cara del niño, toda embarrada de nieve blanca, se parecía muchísimo a cómo quedó la cara de Ethan cuando ella le estampó ese pastel.
—Qué bajo, vengarte así de un niño…
¡Paf!
De pronto, una bola de nieve voló y le dio exacto en la oreja al hombre que estaba frente a Eve, cortándole el discurso.
—Ja…
Ethan soltó una risita burlona mientras se sacaba los restos de nieve de la oreja. Cuando levantó la vista, vio la espalda de Tony, que ya se estaba escapando a toda carrera.
—¿Te atreves a atacar a tu superior?
El hombre saltó la baranda de la glorieta con una agilidad increíble y se lanzó a la nieve.
—¡Si te chapo, ya verás!
El hombre, con sus piernazas, acortó la distancia en un segundo. Los gritos del niño, una mezcla de terror y pura adrenalina, rompieron el silencio del jardín.
—¡Aaaaah! ¡No vale! ¡Tregua! ¡Tregua!
—La tregua es para los cobardes.
Ethan chapó al niño de un porrazo, lo levantó por los aires y lo lanzó sin asco sobre un montón de nieve blanca. Eve se quedó espantada por la brusquedad. ‘A este paso, le va a dar algo al corazón’, pensó. Si había una piedra filuda escondida en la nieve, se podía hacer una herida brava. Estaba a punto de gritarles que paren, pero…
—¡Jajajajaja!
El niño, que había quedado enterrado, salió de la nieve muerto de risa en vez de llorar.
—¡Otra vez! ¡Otra vez!
—Esto es un castigo, no te diviertas.
Aunque Ethan se hacía el que le llegaba el pedido de Tony, no dudó en volver a lanzarlo al montón de nieve. Eve quería intervenir para advertirles del peligro, pero se quedó sentada mordiéndose los labios. Sabía que, si se metía ahora, solo sería la aburrida que viene a malograr el plan.
—¡Jajajaja! ¡Hazlo de nuevo!
Era una noche hermosa, iluminada por los gritos de alegría del niño. En medio de eso, Eve se sentía feliz pero, a la vez, un poco triste.
Le aliviaba saber que el pequeño podía ser tan feliz incluso en brazos de otra persona; era como si le quitaran un peso de encima. Pero, por otro lado, sentía que tenía que guardar luto por la persona en la que se había convertido: la más aburrida del mundo.
‘Yo también sabía divertirme antes’.
Los años encerrada en esa jaula, con las alas cortadas, le habían robado el sentido del humor, el peso de ser madre le quitó la libertad de salirse del cuadro.
Pero no podía echarle toda la culpa al hecho de ser mamá; después de todo, no todas las madres del mundo eran tan aburridas como ella. Eve se puso a pensar en la verdadera razón. ¿Qué la había metido en ese molde de ‘mamá aburrida’?
Seguramente era porque aprendió el sentido del deber antes que el afecto hacia el niño. Como hubo tanta gente estafadora y malintencionada tratando de separarlos, no tuvieron tiempo de crear ese vínculo a través del cariño.
Sin embargo, la responsabilidad es algo que uno puede cultivar solito, aunque sea de forma unilateral. Ese sentimiento creció de manera deforme hasta volverse más grande que la relación misma entre ella y su hijo.
Siendo fríos, ese motor no era tanto el instinto maternal, sino más bien una terca obsesión: ‘Al menos yo no seré una irresponsable como ese tipo’. Cuando una relación se vuelve un contrato con un fin específico, se vuelve rígida y no deja espacio para el disfrute puro.
Mientras Eve estaba ahí en la sombra, atrapada en su armadura de deberes sin poder moverse, ese hombre irresponsable se veía libre, como si tuviera alas sobre la nieve.
Claro, así cualquiera. Ethan era un extraño que hoy jugaba y mañana se mandaba a mudar. Alguien que no carga con el peso de la crianza siempre va a ser ligero. Como no tiene la presión de guiar al niño hacia un buen futuro, puede lanzarse así de fácil al piso y ponerse al nivel del pequeño.
Mientras la responsabilidad asfixiaba a Eve y la volvía sosa, la irresponsabilidad de Ethan le regalaba al niño el mejor momento de su vida.
Esa contradicción hacía que Eve se sintiera poca cosa. Pero, al mismo tiempo, sentía una dualidad: qué bueno que había alguien que llenaba sus vacíos. No quería admitirlo, pero era cierto: Eve estaba agotada y necesitaba ayuda a gritos.
—¡Auch! ¡Está fría! ¡Me rindo! ¡Ya dije que me rindo!
Solo con pasarle a ese hombre la tarea de jugar con el niño, sintió que por fin podía respirar, como un milagro. Pero la sonrisa que asomaba en su cara duró apenas un suspiro.
Le parecía el colmo que fuera Ethan, precisamente él, quien le estuviera aligerando la carga. Y luego se dio cuenta de algo peor. Técnicamente, él no estaba ayudándola con su carga. Ese peso debió estar en los hombros de él desde el principio; era ‘su parte’. Se rió de puro nervio al darse cuenta de que casi le da las gracias por hacer algo que le correspondía por derecho.
De pronto, a Eve le entró la curiosidad. Si en estos últimos diez años hubiera compartido el peso con Ethan, ¿qué clase de adulta sería hoy? ¿Seguiría siendo la apasionada Evelyn Sherwood?
Alguna vez, Ethan dijo que ella era una mujer donde ‘convivían el fuego y el hielo’. Pero, ¿y ahora? De tanto congelar sus sentimientos para sobrevivir y cumplir con su deber, sentía que solo quedaba hielo. Esa alma joven que explotaba cuando la presionaban se había convertido, con los años, en un alma cansada y distorsionada por los golpes.
Eve se quedó mirando la fogata y, de la nada, apretó el puño.
‘No. Puedo recuperar ese fuego’.
El día que diera a luz a su bebé y las amenazas que los asfixiaban desaparecieran… ese día, sin falta, volvería a encender esa pasión. Se imaginó siendo una estudiante universitaria mayor, caminando por el campus. Soñó con romper ese cascarón de ‘mamá aburrida’ y ‘tutora seria’ para lanzarse a la aventura otra vez.
A Eve le dio risa. Tener sueños tan o incluso más arriesgados que antes… la Evelyn Sherwood apasionada no había muerto. Solo estaba agazapada, esperando su momento.
Esa pequeña esperanza encendió una chispita en su corazón congelado. Por fin, con las ideas claras, Eve se levantó. Dejó de quedarse en la sombra segura y dio un paso hacia afuera, donde caía la nieve.
—Ustedes dos, ya dejen de jugar.
No lo dijo para malograrles el plan con sus quejas de siempre. Sus ojos ya brillaban con una chispa de travesura.
—¿Y si mejor hacemos un muñeco de nieve?
Esperar el momento ideal está bien, pero dejar la felicidad para un futuro lejano es de tontos. Hay que chapar las oportunidades cuando las tienes al frente. En este momento, solo tenía que apoyarse en la irresponsabilidad de Ethan y subirse a ese coche.
—¿Y a la señorita qué bicho le picó que está tan animada?
preguntó Ethan, entornando los ojos como si sospechara de su repentino cambio de humor.
‘Tal vez sea la magia de la Navidad’
Eve ahora lo tenía claro. Pensaba que Papá Noel se había olvidado de la ‘niña mala’ que era Evelyn Sherwood, pero no era así. Esa ‘esperanza’ de volver a soñar con el futuro era, precisamente, el regalo de Navidad que él le tenía guardado.
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