A mi primer amor, con pesar - 112
No era que simplemente hubieran salido disparados de sus ataúdes por la explosión. El padre y el hermano de Eve estaban ahí, tendidos con cuidado sobre la tierra congelada, exhibidos como un banquete preparado para los perros callejeros.
Ese loco se había dado el trabajo de excavar esas tumbas congeladas en lo más profundo del invierno, de abrir los cajones a la fuerza y de separar minuciosamente los huesos uno por uno. Como si quisiera premiar esa maldad extrema, un perro grande clavó los colmillos en lo que parecía ser una canilla humana.
—Ese… ese perro maldito se atreve a tocar al Duque….
Tanto el encargado como el mayordomo avanzaron hacia la cerca muertos de pánico, pero los perros mostraron los dientes y gruñeron de forma salvaje.
—Déjenlos.
La propia sobreviviente detuvo a los hombres que pretendían recuperar los restos de su propia sangre.
—¿Acaso no es ese el orden natural de las cosas?
Eve le dio la espalda al encargado, quien no tenía forma de entender esa orden tan desalmada, miró al mayordomo.
—Que esto no se sepa. Vuelvan a sellar las tumbas con tierra.
—¿Y las lápidas, mi señora?
—Solo ármenlas como puedan, como si fueran un rompecabezas.
Dictó sus órdenes con total frialdad y empezó a caminar hacia el carro estacionado fuera del cementerio. Un hueso, quién sabe de cuál de los dos, se trabó en la punta de su zapato.
¿Será un omóplato? Qué increíble, ni sus cadáveres sirven para algo.
El hueso —empapado de tierra y baba de perro, como si lo hubieran desechado por no tener ningún valor nutricional— tenía la forma de un ala.
Al ver a los dueños de esas tumbas, quienes habían sido arrastrados a la fuerza tras haber disfrutado sinvergüenzamente de su descanso mientras el mundo afuera era un infierno en vida, Eve recordó a Ethan cuando despertó esta mañana. Incluso en una cama hecha para el descanso, su rostro se veía tan agotado como el de un preso cumpliendo su condena.
Cuando Eve abrió las cortinas y dejó que el sol de la mañana entrara a raudales, él soltó un quejido bajo y frunció el ceño. Pudo simplemente haber volteado la cara, pero el hombre prefirió levantar el brazo para taparse los ojos.
Desde debajo de ese antebrazo grueso, sus ojos seguían a Eve, parada junto a la ventana, como si fueran una sombra. No era tanto la mirada de un lobo que caza para matar, sino más bien la de un perro rastreando a su dueño; pero igual, la sensación era asfixiante.
Desesperada por sentirse viva, Eve había abierto la ventana de par en par para inhalar el aire frío del amanecer. Fue entonces cuando Ethan le preguntó con la voz pesada por el sueño:
—Nuestro hijo… ¿no tiene tumba?
Eve negó con la cabeza. Él cerró los ojos como resignado y balbuceó con impotencia a través de sus labios secos y agrietados:
—Es cierto. No tiene nombre, así que obvio que no va a tener tumba.
Al parecer, él había calmado ese remordimiento quitándoles la tumba a los enemigos que sí la tenían.
Un odio profundo, una promesa de que esos dos hombres jamás descansarían en paz ni después de muertos, flotaba sobre el cementerio como una neblina espesa. Y si se trataba de odiarlos, Evelyn Sherwood no se iba a quedar atrás.
Crac.
Eve pisó el omóplato sin piedad, triturándolo. Una extraña sensación de placer subió desde la punta de sus pies mientras hundía los fragmentos de hueso en el lodo, pero al mismo tiempo, un escalofrío aterrador le recorrió la nuca.
La única razón por la que Eve podía estar tranquila en este momento era porque la violencia de Ethan Fairchild se había dirigido hacia sus enemigos en lugar de hacia ella.
Pero en el momento en que el cañón de ese hombre apunte de nuevo hacia mí….
Eve miró hacia abajo, al ala destrozada, se abrazó los hombros. Sintió una punzada de dolor fantasma, como si le hubieran arrancado sus propios omóplatos.
Si no lograba escapar de ese monstruo cruel, esta sensación no se quedaría solo en una alucinación.
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El juego de los espías terminó ayer. Por hoy, Anthony Sherwood era un detective.
Hoy, el caso del Gran Detective Tony era rastrear al hombre que se había esfumado como el humo sin dejar ni una sola huella: Ethan Fairchild.
—¿A dónde se habrá ido?
Como se había quedado dormido tarde anoche, Tony despertó tarde y no lo encontró por ninguna parte. Empezó sus indagaciones apenas terminó de desayunar, pero todos juraban que no tenían idea de dónde estaba el hombre.
—Huelo algo sospechoso.
Tony se paró frente a la puerta del dormitorio de la persona desaparecida. Sus ojos afilados escanearon el pasillo de izquierda a derecha.
—No hay ojos curiosos.
Sin embargo, como un detective experimentado que ya lo ha visto todo, ladeó el ala de su fedora invisible y se la bajó hasta las cejas, por si acaso. Solo entonces usó la llave maestra para abrir la puerta y se coló dentro.
Como era de esperarse, el dueño de la habitación no estaba. Pero era muy pronto para decepcionarse. Metido en un rincón del vestidor estaba el enorme baúl militar de Ethan.
—No se ha ido al campo de batalla sin avisarme. El objetivo sigue en las inmediaciones. Uff….
Por un momento, Tony olvidó que un detective con experiencia no suelta un suspiro de alivio gigante como un niño de nueve años.
Una gorra de servicio de oficial de la Fuerza Aérea también estaba colgada en la pared. Eso significaba que tampoco se había ido a trabajar a la Base Littlewick.
—Entonces, ¿a dónde se fue?
El niño, tras quitarse su fedora invisible para arrebatar y ponerse la gorra de oficial del Mayor Fairchild, ladeó la cabeza pensando. Mientras daba vueltas por el dormitorio buscando una pista sobre el paradero del hombre, los pasos de Tony se detuvieron en seco junto a la ventana.
Había muchos objetos extraños en la habitación de Ethan, pero la mayoría eran tan aburridos como las pinturas opacas de las paredes, suficientes como para hacerlo bostezar. Sin embargo, el par de objetos que estaban en el alféizar de la ventana, con un cenicero de por medio, fue suficiente para despertar el interés de un niño de nueve años; no, para activar los instintos de investigación de un Gran Detective.
—…¿Cráneos?
Y eran dos. Los ojos de Tony se pusieron redondos como platos mientras miraba dentro de las cuencas vacías.
—¿Serán de verdad?
Solo había una forma de saberlo: encontrar al dueño de estos cráneos e interrogarlo directamente.
Tan pronto como Tony salió al pasillo con una determinación sombría, pegó la espalda contra la pared. Bajó las escaleras vacías en secreto, escondiéndose detrás de estatuas y relojes de péndulo, pero no pudo escapar de la mirada afilada del guardia apostado en la puerta principal.
Cuando sus ojos se cruzaron, el guardia tocó el borde de su sombrero en un saludo respetuoso al Duque. Tony, fingiendo no estar nervioso, levantó la barbilla y pasó frente al hombre con dignidad; pero no se atrevió a salir por la puerta, sino que dobló hacia el pasillo del primer piso.
—La seguridad está fuerte.
Esta no era solo una frase dicha por estar metido en su juego de detectives. Alguien estaba vigilando cada una de las salidas de la mansión. Eve le había explicado que la seguridad se había reforzado por ‘Mamá’, pero Tony no lograba entenderlo.
—Aquí hay gato encerrado. Definitivamente esta mansión oculta algo.
Sin dudarlo, Tony se infiltró en una habitación vacía cercana. Su objetivo era la ventana. Una vez que la abrió y confirmó que el camino estaba libre, saltó sobre el marco y aterrizó en el jardín.
—¡Ouch!
Rodar por el jardín de flores fue, según él, una parte calculada de la operación. Tony recogió rápidamente la gorra de servicio que se le había caído y le dio una sacudida vigorosa antes de ponérsela de nuevo.
—Hasta que nos volvamos a ver.
El detective capaz se volvió hacia la ventana para darles a los guardias incompetentes un saludo y un guiño antes de desaparecer suavemente entre los matorrales.
Su mamá de verdad le había advertido estrictamente: Un Duque no viaja solo. Siempre debe moverse con alguien más.
Pero ahora mismo, Tony no era un Duque; era un detective solitario. Si caminaba con un séquito llamativo, su verdadera identidad como el Duque de Kentrell podría quedar expuesta.
—Un detective siempre se mueve solo.
El pequeño detective escaló con éxito el muro perimetral, deslizándose a través de la densa red de vigilancia del jardín como una ardilla ágil.
—Muy bien.
Parado en medio de la carretera, Tony lanzó una mirada fulminante primero a la izquierda y luego a la derecha.
—Ahora, ¿por qué camino se fue?
A la derecha estaba el espeluznante Castillo Kentrell; a la izquierda estaba el faro aislado.
—El castillo es….
A juzgar por el estruendo de hace un rato y la forma en que Eve había salido disparada con el mayordomo, estaba claro que otra parte del acantilado se había derrumbado por allá.
—No debo ir por ese camino.
No era que fuera un cobarde; simplemente seguía los instintos de un detective veterano.
—Si mi deducción es correcta, se fue hacia el faro.
Con el dobladillo de su gabardina invisible ondeando bajo la brisa marina punzante, el pequeño detective marchó hacia el faro sin dudarlo.
Para encontrar a su padre desaparecido.
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Después de que Ethan sometiera una vez más a quienes le robaron su futuro a la sentencia final, el lugar que buscó fue la escena de un crimen; una escena totalmente desgarradora a pesar de la ausencia de una sola gota de sangre.
Era el sitio que había empujado a su hijo a la muerte. Ese tramo de carretera frío donde Eve estuvo parada… o mejor dicho, donde él suponía que ella debió estar, en una noche de otoño hace diez años.
Maldita sea. Pensar que ni siquiera puedo encontrar la tumba de mi propio hijo.
Atrapado en el camino como un hombre bloqueado por un muro invisible, caminó de un lado a otro. Finalmente, incapaz de soportar la estupidez de intentar reconstruir un recuerdo que no tenía, sus rodillas cedieron. Se desplomó sobre la hierba a un lado de la carretera.
Desde que regresó a estos malditos acantilados, cada día había sido una lucha implacable por mantenerse consciente. A estas alturas, un frasco del tamaño de la palma de su mano no era suficiente para hacerle perder el sentido. Ethan alzó una pesada botella de whisky y vertió el veneno por su garganta.
Pero perdió el equilibrio antes de perder la razón. Su enorme cuerpo cayó sobre la hierba alta como un cadáver.
El viento de invierno le mordía la piel, robándole rápidamente el calor a su cuerpo. Ethan cerró los ojos y dejó que su forma se congelara.
Estaría bien dejar de respirar justo aquí. ¿Qué mejor ofrenda podría haber para la tumba de un niño muerto que la vida del asesino que lo mató?
¿Podré… verte entonces?
Alguien a quien nunca conoció en vida se había convertido en un anhelo de por vida. Era una crueldad sin límites.
Definitivamente estabas vivo aquí mismo ese día….
El latido del niño que debió haber pulsado con tanta fuerza parecía persistir todavía; el suelo vibraba contra su cuerpo. El remordimiento se filtró a través de sus párpados apretados y empapó la tierra.
Si tan solo me hubiera detenido aquí ese día….
—Papá.
Sí, así es como me habrías llamado.
¿No me mostrarás tu cara tú también?
Esperando que las alucinaciones causadas por el whisky le concedieran una visión, Ethan abrió los ojos.
Un niño, de verdad, lo estaba mirando desde arriba.
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