A mi primer amor, con pesar - 110
Pum.
El fuerte viento sacude la ventana. Pero no fue el aullido feroz de la brisa nocturna lo que espantó el sueño de Eve.
‘¿Qué voy a hacer?’.
¿Cómo podría conciliar el sueño mientras una tormenta de ansiedad arremete sin tregua en su cabeza?
Aunque se había detenido un poco tras toparse con un arrecife inesperado, el barco de Eve seguía avanzando viento en popa por la ruta trazada. Sin embargo, por alguna razón, hoy la capitana pasa la noche en vela, acosada por el mal presagio de que pronto chocará contra un iceberg gigante y quedará encallada.
El siguiente tramo del viaje también seguía las señales marcadas, sin variables. Shepard le había informado que las pruebas decisivas se estaban acumulando una tras otra, asegurando que pronto podría romperle los tobillos a Ethan. En poco tiempo, las evidencias de sus crímenes estarían en manos de Eve.
Entonces, planeaba llevarlas directo a la policía militar. Mientras el Estado mantenía a Ethan Fairchild atado de pies y manos, Eve desaparecería como el humo y todo terminaría.
‘Si tan solo pudiera conseguir un pasaporte falso’.
La única razón por la que Eve sufría ese presentimiento de no poder esquivar el iceberg que flotaba hacia ella era una sola:
Su identidad.
Porque aún no había podido cortar esa pesada ancla que mantenía al barco prisionero.
‘¿Qué hago? Si me descubren intentando falsificar mis papeles…’.
Justo cuando la tormenta de angustia completaba una vuelta y regresaba al punto de partida, una respuesta clara la golpeó como un rayo en medio de su mente oscura.
‘Pues no los falsifico y ya’.
Una risa amarga escapó de los labios de Eve. Para ser el dilema que tanto la había hecho romperse la cabeza, la solución era demasiado obvia y hasta absurda.
Sea como sea, el camino que estaba bloqueado ahora se había abierto. Aliviada por un momento, Eve cerró los párpados. Por instinto, su mano se dirigió a su bajo vientre, protegiendo con suavidad esa vida que aún no era visible.
‘Si todo sale como planeo… podremos irnos antes de que tu existencia sea revelada al mundo’.
Pero su sonrisa de alivio fue devorada de inmediato por un suspiro de amargura.
‘Hace diez años y ahora también, hijo mío, siempre tienes que ser un secreto en vez de una bendición’.
Esta vez también su destino era huir de casa como una proscrita para dar a luz en un país extraño. Ese lamento cargado de autocompasión invocó de inmediato a los fantasmas del pasado. Los recuerdos de cuando esperaba el nacimiento de Tony la embistieron junto con el remordimiento.
Fue justo cuando presintió que esta noche también la pasaría en blanco.
Pum.
Un sonido que pareció hacerle saltar el corazón retumbó en la habitación. Esta vez no era el viento sacudiendo la ventana.
Eve contuvo el aliento y giró la cabeza hacia el lado opuesto de la alcoba, hacia la puerta firmemente cerrada. Pum. Otra vez, pero esta vez sonó como si algo perdiera las fuerzas y se deslizara…
—Eve….
Escuchó la voz de Ethan llamándola. Por un segundo, Eve dudó si lo había oído mal. No se percibía ni rastro de la arrogancia habitual que solía avasallar a la gente.
Era una voz sin fuerzas, como el crujido del hierro oxidado por el agua de mar deshaciéndose. Sonaba como si alguien que estuviera siendo estrangulado intentara escupir aire con dificultad.
—Abre… la puerta.
El hombre que, si quisiera, podría reventar la cerradura de un solo golpe, estaba frente a la puerta cerrada suplicando que le abriera.
—Eve, ábreme….
‘No le abras. No es una buena idea enfrentarlo. No quiero verlo. Si lo hago, terminaré haciendo algo de lo que me arrepentiré’.
Por una vez, la cabeza y el corazón de Eve se pusieron de acuerdo para detenerla.
Pum.
—Eve, por favor….
Pum. Pum.
Mientras Eve dudaba, los toques de Ethan continuaron con terquedad. Cuando apareció la excusa de que Tony podría despertarse, Eve finalmente se levantó como si no tuviera opción y tomó la perilla.
Al abrir la puerta, lo que se coló no fue solo un fuerte olor a alcohol. El cuerpo del hombre, que había perdido el equilibrio, se desplomó sobre ella.
‘Y yo que me preguntaba a qué venía a buscarme a estas horas de la noche’.
Eve empujó con todas sus fuerzas ese pecho macizo que intentaba abrazarla, pero su enorme complexión ni se inmutó.
—Si viniste porque quieres acostarte conmigo, lárgate. Ni siquiera puedes mantenerte en pie.
‘Veamos quién gana’
‘Te daré duro hasta que te embaraces’
Imaginó que este hombre vulgar había venido en medio de la noche borracho de esa sucia obstinación. Sin embargo, Ethan solo sacudió la cabeza con desgano.
—… No quiero acostarme contigo.
¿Había oído bien?
Mientras Eve se quedaba petrificada, la cabeza de Ethan cayó pesadamente sobre su hombro. El aliento que golpeaba su cuello estaba húmedo. El pecho que la estrechaba de pronto se agitó con fuerza y luego se hundió. Solo después de inhalar profundamente, él levantó la cabeza y continuó hablando, como si masticara y escupiera cada palabra:
—Por más que yo sea un matón sin raíces… no soy un monstruo como para andar tirando facha y revolcándome justo en el camino por donde murió mi propio hijo.
Esas palabras, escupidas con total convicción, terminaron degollándolo a él mismo. El rostro del hombre, que durante tantas noches había sido masacrado por la culpa, se quedó sin una gota de sangre en un instante.
—… Maldita sea.
Porque Ethan Fairchild ya era ese monstruo que había celebrado un festín sobre la tumba de su hijo.
Ante esa conciencia espantosa, Ethan se retorció de dolor como una bestia lanzada al fuego. Empujó a Eve como si el solo hecho de tocarla le diera asco, pero perdió el equilibrio y retrocedió tambaleándose. Entonces, como si quisiera castigarse a sí mismo, empezó a jalarse los cabellos con ambas manos. Si no podía perdonarse a sí mismo, era natural que tampoco pudiera perdonar a la otra cómplice del ‘crimen’.
—¡¿Tú por qué?!
El hombre se acercó a grandes pasos y le apretó los hombros a Eve como si fuera a triturarlos, lanzándole todo su resentimiento.
—¡¿Por qué eres tan cruel?! ¿Cómo se te ocurrió recibir a un hombre en el mismo camino por el que dejaste ir a tu hijo? ¿Acaso tú eres huma…?
Sus acusaciones se cortaron en seco, como si le hubieran dado un tajo con un cuchillo. El rostro del hombre, que estaba deformado como el de un demonio, se desmoronó en un segundo, revelando una vergüenza profunda. Como si un demonio lo hubiera poseído para atacar a Eve, soltó sus hombros de inmediato y pidió perdón.
—Lo siento. Lo que dije… por favor, olvídalo.
Era evidente que acababa de recordar la confesión de Eve: que se había acostado con él porque quería recuperar al hijo muerto.
Ni siquiera la borrachera podía ocultar el sufrimiento en el rostro desencajado de Ethan. El alcohol, al que se había aferrado para olvidar el dolor, solo había terminado por carcomer su espíritu y debilitarlo; hasta el punto de no poder soportar por sí mismo ese peso muerto de la culpa que le aplastaba la garganta.
Para aliviar aunque sea un poco ese pecado y poder respirar, se atrevió a intentar pasarle la carga a la víctima de su propia falta. ¿Habrá tenido cabeza y conciencia para darse cuenta de que, al hacer eso, solo aumentaba el peso de su pecado por haber abandonado a su mujer y matado a su hijo?
Ethan, como una bestia atrapada en su propia trampa, retrocedió gimiendo de dolor. Por el espacio que dejó al moverse, Eve vio que la puerta de la habitación de enfrente estaba abierta apenas un centímetro. Hace un momento, esa puerta estaba cerrada por completo.
Eve le hizo una señal con la cabeza al guardaespaldas que, tras la rendija, vigilaba la situación conteniendo el aliento.
‘No intervengas. No hace falta reducirlo’.
Porque ese hombre que ahora estaba con la cabeza gacha y el rostro hundido en una mano, a pesar de su físico amenazante, se veía infinitamente frágil.
Salió bien. Encadenado por el remordimiento, él ya no podrá propasarse con Eve. Ya no andará de cargoso como un perro en celo.
Incluso sintió un frescor en el pecho. Parecía que finalmente él estaba pagando el precio por haberla abandonado con tanta frialdad aquel día. Aquella elección que destruyó a Eve terminó dando la vuelta para destruir al propio Ethan.
Dicen que para la venganza nunca es tarde, vaya que era cierto.
Así que, en muchos sentidos, esta era una mentira perfecta.
‘Pero, ¿por qué me siento tan hecha un desastre?’.
¿Será porque se dio cuenta de que estaba equivocada?
Esta tarde, cuando él se desesperó ante la sentencia de que Eve no podría tener más hijos, ella interpretó que era solo porque sus diez años de ambición se hacían humo. No estaba en los cálculos de Eve un Ethan Fairchild que sufriera puramente por haber perdido a un hijo.
Aunque ahora Ethan se cubría la cara con la mano, no podía ocultar lo que pasaba detrás de ella. Sus hombros anchos se sacudían de forma irregular.
‘¿Tanto deseaba a ese hijo como para llorar con tanta pena?’.
Así había sido. Hace diez años, sin duda. Hubo un tiempo en que él también soñaba con tener un hijo con Eve y dibujaba un futuro como padre.
Pero el Ethan Fairchild de ahora debería ser distinto. Porque cambió. De ser un padre que protegería a su hijo, a ser un demonio que pretendía usarlo.
Eso fue lo que ella pensó erradamente.
Se sentía como si hubiera caído en el foso que ella misma cavó. Sin saber cómo salir de ahí, Eve extendió la mano con cuidado hacia el hombre que lloraba.
—Ethan….
Fue justo cuando la punta de sus dedos temblorosos rozó aquel hombro que se sacudía. Él se desmoronó, incapaz de soportar siquiera el peso leve de la mano de ella.
El hombre, de rodillas, hundió el rostro en el vientre donde crecía su hijo y estalló en un llanto desgarrador. Creyendo que el niño estaba muerto.
Un grito que parecía arrancarle el aliento retumbó por todo el largo pasillo. La mirada aterrada de Eve se dirigió rápidamente hacia el fondo del corredor. Al final de la oscuridad espesa, una pequeña figura se vislumbraba como una mancha pálida.
Era Tony.
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