A mi primer amor, con pesar - 106
Ahora, empezarás a imaginártelo. Hace diez años, mientras tú gemías de dolor por la pérdida de tu familia, te imaginarás a Evelyn Sherwood gritando de éxtasis debajo de mí.
Al final de esa sospecha, llegarás a una certeza. Creerás que Tony —ese niño que te parece tan adorable— es en realidad el hijo que esa mujer tuvo conmigo.
De ahora en adelante, cada vez que mires a ese niño, verás mi rostro y recordarás a la mujer sometida bajo mi cuerpo. Espero que el odio ciego que brota en tu interior crezca hasta dejarte ciego de verdad. Y cuando llegue el día en que el chico se sienta como una burla tan cruel que ya no puedas soportarlo, apoya la boca del arma contra esa cabecita y aprieta el gatillo, tal como hiciste conmigo.
Mata a tu propio hijo con tus propias manos.
Solo entonces conocerás la verdad, pero para ese momento, tú y esa mujer habrán llegado a un punto en el que ya no podrán perdonarse. Incluso como un fantasma, mantendré los ojos bien abiertos y vigilantes mientras soy testigo de cómo ambos se destruyen.
—… ¿Qué?
El veneno ya había hecho efecto. La sonrisa arrogante en el rostro de Ethan Fairchild se hizo pedazos, revelando una agitación pura. Al ver cómo se formaba esa grieta, Owen torció las comisuras de los labios, con la intención de burlarse del hombre por última vez.
Pero su mueca quedó incompleta.
Owen Kallas no cerró los ojos en el momento en que su respiración se detuvo. Sus ojos inyectados en sangre miraron fijamente a Ethan como si pretendieran seguirlo para siempre. El resentimiento acumulado en esas pupilas sin luz se sentía más persistente que el instinto asesino de cualquier alma viviente.
Para un muerto.
Tsk. Ethan completó la sonrisa burlona que Owen Kallas no pudo terminar, mofándose del difunto con una expresión de desprecio perfecta.
Cuando mataba, miraba a su oponente directamente a los ojos. Era la forma en que Ethan Fairchild mostraba ‘cortesía’ —asumiendo el peso del asesinato— mientras que, al mismo tiempo, actuaba como un ritual arrogante para grabar permanentemente su victoria en la memoria final de la víctima.
Tal como lo planeó, Ethan miró fijamente a los ojos del perdedor que había muerto guardando un rencor. Normalmente, no habría sentido nada más que regocijo ante un resentimiento tan eterno. Pero esta vez, el sabor que le dejó no fue para nada agradable.
—Esa mujer… ¿sabes… por qué ella… te abandonó? En ese entonces… ella llevaba… a mi hijo.
La nieve agitada por el viento inclemente comenzó a posarse sobre el cuerpo de Owen Kallas. Mientras el muerto era enterrado pacíficamente en la nieve, Ethan estaba siendo enterrado vivo por las últimas palabras de aquel hombre.
Todavía miraba fijamente al hombre que ya no podía responder a sus preguntas cuando un subordinado que custodiaba la zona desde un escondite lo devolvió a la realidad.
—Jefe, tenemos que irnos ya.
En el momento en que reaccionó, Ethan sacó un frasco del bolsillo interior de su casaca y entumeció su mente con un whisky fuerte. El sabor amargo del licor eliminó esa sensación desagradable que aún persistía.
Ya sea que las palabras de ese infeliz fueran ciertas o no, ¿qué me importa ahora?
Lo único que importaba era el hecho de que había eliminado limpiamente un obstáculo que bloqueaba su camino. Independientemente del pasado, ¿acaso el futuro no estaba marchando exactamente de acuerdo a su guion?
Mientras una emocionante sensación de victoria surgía por sus venas una vez más, el ánimo de Ethan subió hasta los cielos.
Silbando esa fútil marcha fúnebre, se inclinó y arrancó sin piedad las placas de identificación del cuello de Owen Kallas. Después de todo, un informe de muerte tenía que presentarse con precisión y rapidez.
Finalmente, arrojó la pistola que había usado para asesinar a su aliado junto al cadáver del soldado enemigo, cambiando impecablemente la identidad del asesino.
Habiendo terminado el escenario para esta obra engañosa, el director dio la espalda sin un ápice de remordimiento.
Hacia el siguiente escenario.
Subiendo a la cabina del avión de transporte, Ethan miró el final de la extensa pista y tiró de la palanca de mando sin piedad. El gran pájaro de acero se impulsó desde la tierra congelada y se elevó hacia el cielo.
Solo había un lugar al que el halcón debía regresar después de terminar la caza.
Con Evelyn ‘Sherwood’. Hacia el acantilado custodiado en soledad por ese centinela indefenso.
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En el Cementerio Cliffhaven, el sonido de las olas rompiendo contra los acantilados de abajo se oía como un lamento fúnebre por los muertos.
Era un hecho del que Eve nunca se había dado cuenta antes. En funerales previos, los gritos de los deudos consumidos por la pena siempre habían ahogado el sonido del océano.
—Hoy nos hemos reunido aquí para guiar al Dr. Owen Kallas hacia el cielo.
El sacerdote que presidía el servicio cometió un error desde su primera frase. La razón por la que Eve estaba parada allí era para burlarse al ver cómo su segundo esposo era arrojado a los pozos más oscuros y ardientes del infierno.
—Incluso en medio de la lluvia de disparos, al difunto no le importó su propia seguridad. Permaneció al lado de los heridos hasta su último momento, muriendo como un héroe mientras cumplía su noble vocación de médico.
La causa de muerte de Owen Kallas figuraba oficialmente como ‘caído en combate a manos del enemigo’.
No era del todo una mentira. Simplemente era distinto a la verdad: que el ‘enemigo’ no venía del otro lado de la frontera, sino que estaba parado justo aquí, en este cementerio, al lado del ataúd.
Eve levantó la mirada a través del velo negro tipo jaula que cubría su rostro y miró al verdadero culpable. Ethan Fairchild la observaba como si pretendiera atravesarla con la mirada, empinando su frasco de licor una y otra vez.
A los ojos de quienes no sabían nada, ¿acaso se veía como un soldado intentando ahogar en alcohol la agonía de perder a un camarada?
A los ojos de Eve, él era un sicario incomparablemente competente, pero ridículamente estúpido.
No había habido necesidad de un contrato ni de una petición formal. Sin gastar un solo sol ni entregar una sola debilidad, Eve había logrado deshacerse fácilmente de un esposo que ya no le era útil.
Con esto, Eve había alcanzado el objetivo de su segundo matrimonio. La vasta fortuna que el padre y el hijo Kallas habían malversado descaradamente —y que sinvergüenzamente se negaron a devolver— había regresado por completo a ella como única heredera.
Era una victoria perfecta para Evelyn Sherwood.
Los labios carmesí de Eve dibujaron una sonrisa de ganadora tras el velo negro. Sin embargo, en lugar de una carcajada, soltó un sollozo, con sus delicados hombros temblando.
Tenía que asegurarse de parecer lo suficientemente afectuosa como para haber concebido un hijo con su difunto ‘esposo’.
‘Si estás tan triste, ¿por qué no lo sigues a la tumba?’.
Al ver a la ‘viuda’ sollozar con tanto dolor, el ceño de Ethan se frunció ferozmente.
¿Esas lágrimas eran una actuación o eran reales?
—Esa mujer… ¿sabes… por qué ella… te abandonó? En ese entonces… ella llevaba… a mi hijo.
Si tan solo esa maldita revelación no se hubiera quedado grabada en su mente, habría estado seguro de que las lágrimas de Evelyn Sherwood no eran más que lágrimas de cocodrilo y se habría burlado de ella a más no poder.
Pero ahora, Ethan estaba ahí parado, tieso como un muerto, incapaz de dejar escapar ni una mínima sonrisa burlona. Se mandó otro trago de ese licor fuerte en un intento de callar la sospecha que le invadía el cerebro.
Puras estupideces. Solo era una mentira descarada que un moribundo lanzó como un último y desesperado manotazo de ahogado.
‘¿Esa mujer estaba esperando el hijo de otro hombre el verano que salía conmigo? No tiene sentido’.
Sin embargo, el breve golpe del alcohol no pudo borrar la duda que lo había dominado los últimos días. Cuando unió las piezas de lo ocurrido hace diez años con el comportamiento sospechoso de Eve, la afirmación de Owen Kallas empezó a formar una figura lógica.
—Ella llevaba… a mi hijo.
El desgraciado había dicho específicamente ‘hijo’, no solo ‘un niño’. Significaba que el niño había nacido sano y salvo.
Si estuviera vivo, tendría nueve años para este entonces. Y solo había un niño de esa edad cerca de Owen Kallas o de Evelyn Sherwood.
Anthony Sherwood.
Esta pieza del rompecabezas también encajaba con la afirmación de Owen Kallas con una precisión perfecta. Sería totalmente convincente si la razón de la fragilidad del mocoso fuera que su padre había sido ese tipo debilucho.
Pero entonces, ¿de dónde salió ese cabello rubio?
Owen Kallas tenía el cabello castaño. Sin embargo, Ethan recordó que su padre, Robert Kallas, había sido rubio.
Atavismo —saltarse una generación—, ¿no era eso algo común? La misma Eve había heredado su rostro directamente de su abuelo. Y Eve le había heredado ese rostro a Tony….
—Maldita sea….
Mirando esos rostros que se parecían tanto entre sí, Ethan no pudo evitar que la maldición escapara de sus labios. Aunque se echara todo el whisky del mundo al cerebro para borrarlo, la evidencia innegable estaba justo frente a sus ojos.
¿Era la hija de Kentrell realmente el tipo de persona que sería generosa con un hermano varón que estaba usurpando su parte? Jamás.
Era una mujer que una vez le lanzó una maldición a Harry, diciendo que su único arrepentimiento era no haberlo matado en el vientre. Había guardado tanto odio por su gemelo, con quien compartía toda su sangre, sin embargo, presumía a un mocoso de media sangre, hijo de un parásito, como si fuera su propia descendencia.
¿Por qué rayos?
Solo había una respuesta plausible.
Porque es el hijo que ella sufrió para dar a luz.
Mirándolos ahora, no podían ser otra cosa que madre e hijo. Durante todo el funeral de su esposo, Eve estuvo al lado de Tony, sin soltar nunca su mano apretada con fuerza.
En los papeles, Anthony Sherwood era simplemente el cuñado de Owen Kallas. Ni siquiera habían tenido una relación particularmente afectuosa, aun así, Eve puso a Tony en la primerita fila —el lugar reservado para la familia— en el funeral.
Como si… fuera el hijo del difunto.
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