A mi primer amor, con pesar - 105
Apenas levantó la cabeza por puro instinto, sintió el frío del cañón de la pistola aplastándole el entrecejo. Por la silueta, se notaba que era una Constance.
Pero el dueño de esa arma seguía tirado en la nieve. El que le estaba apuntando a Owen no era un enemigo, sino su propio aliado: Ethan Fairchild.
—Y-ya me parecía… lo s-sabía…
La voz de Owen se filtraba entre sus dientes apretados, temblando violentamente por el miedo y la rabia.
—Qué idiota fui al confiar en un demonio como tú…
—Al menos eres lo suficientemente inteligente para darte cuenta de eso, pedazo de imbécil.
Ethan soltó una risa burlona y retorcida, como si disfrutara viendo la desesperación de su presa acorralada. En ese momento, se quitó la máscara de héroe y dejó salir al desgraciado que siempre fue.
—Ugh…
El cañón, que podía disparar ante cualquier mínimo roce, golpeaba la cabeza de Owen una y otra vez, como si estuviera jugando con él.
—A ver, ruégale por tu vida.
… ¿Y si le ruego, de verdad me dejará vivo? Ni hablar. Ese infeliz iba a jalar el gatillo sí o sí.
Pero primero quería divertirse viendo cómo Owen pisoteaba su orgullo soltando halagos baratos y súplicas ridículas.
Como ya estaba muerto, Owen no pensaba hacerle el juego ni darle el gusto a su peor enemigo. Aunque se moría de miedo y las lágrimas le caían por la cara, se mantuvo firme con la boca cerrada. Pero Ethan, ‘muy amable’, decidió enseñarle cómo se debía pedir clemencia.
—’Tengo un hijo que está por nacer’.
En ese instante, los hombros de Owen, que no paraban de temblar, se quedaron tiesos.
—’¿No te da pena que crezca sin padre? Déjame verle la cara aunque sea una vez’. Anda, repítemelo así mismo como se lo dijiste a ellos.
Ethan lo había escuchado todo. Cada súplica desesperada que Owen le había hecho al enemigo para salvar el pellejo.
Ethan Fairchild ya sabe que Lady Evelyn está embarazada de mi hijo. Por eso me quiere matar. Porque yo tengo lo que él no pudo tener. Owen estaba convencido de que su ‘victoria’ había vuelto loco de celos al perdedor de Ethan.
Escuchar cómo Ethan repetía sus propias palabras con una rabia que estaba a punto de estallar solo confirmaba su teoría: eran puros celos. Owen, antes que miedo, sintió una indignación tremenda.
¡Pero si tú también tuviste un hijo con ella! Tal como Owen pensaba, Ethan ardía de celos, pero la razón no era la que él creía.
¿O sea que a este infeliz sí le contó que estaba embarazada? Le reventaba que ella se hubiera quedado callada con el verdadero padre, dejando que un payaso como Owen anduviera pregonándolo por ahí.
Tenía las tripas revueltas. Ethan no soportaba ni que la palabra ‘hijo’ saliera de la boca de Owen. Sentía un odio profundo hacia Eve por haberlo humillado de esa manera.
… Pero, ¿y si es porque de verdad no es mío? Esa duda que tanto intentaba aplastar se le clavó en la cabeza como el colmillo de una víbora. Ethan apretó los dientes y mandó al diablo esa idea.
¡Qué me importa! Así sea un huevo de otra ave, si nace en mi nido, es mi cría. En realidad, no le importaba la sangre. Solo necesitaba que el bebé naciera con el apellido Fairchild. No buscaba un hijo, buscaba una excusa legal para saquear Kentrell.
Recuperando la calma con una lógica fría, Ethan volvió a mirar al ‘pajarito’ con desprecio.
—Igual no necesitas verle la cara. No va a tener ni un pelo parecido a ti.
Porque se va a parecer a mí. A pesar de que se juró que no le importaba el parentesco, Ethan no pudo evitar imaginarse la cara de un niño que fuera una mezcla de él y Eve. Un chiquillo con el cabello rubio como el sol de invierno, pero con las facciones de ella.
Pero, caprichosamente, la primera cara que se le vino a la mente fue la de Tony, el hijo de su enemigo, lloriqueando y pidiéndole que volviera a salvo el día que se fue.
Maldita sea, ¿por qué me acuerdo del hijo de ese desgraciado justo ahora? Ethan soltó un quejido por esa imagen mental y siguió dándole su ‘pésame’ cruel al hombre que estaba por morir.
—Y no te preocupes porque crezca huérfano. Yo voy a regresar vivo sí o sí.
Ante esa promesa tan cínica, Owen pasó de estar pálido a ponerse rojo de la rabia y le gritó:
—¡Ese hijo es mío! ¡No te atrevas a robármelo!
—Tsk, sigues sin entender nada.
Finalmente, Ethan soltó la verdad, esa que iba a hacer que Owen se muera de la traición antes que de un balazo.
—Bueno, ¿qué se puede esperar de un imbécil que se quedaba roncando al lado mientras otro le daba contra el muro a su mujer?
—¿Q-qué estás diciendo…?
—Desde el otoño pasado, todo lo que le he dejado adentro a esa mujer llenaría hasta un cilindro de esos.
—… ¿Qué?
—Si sabes sumar, saca tu cuenta. De quién es ese que está ahí adentro.
En ese instante, la cabeza de Owen empezó a sacar números de forma inevitable, como una operación matemática de pesadilla. Lady Evelyn le había prometido un hijo, pero en el tiempo que ‘ese’ fue concebido, el que estuvo pegado a ella no fue Owen, sino Ethan Fairchild.
Owen se acordó de que tuvo que irse de la mansión, no porque quisiera, sino porque ella le insistió con que le daría un hijo. En ese entonces, Chantal sospechaba que la doña se veía a escondidas con su ex, pero Owen lo mandó a rodar pensando que eran puras alucinaciones.
Todo este tiempo ella me vio la cara de sonso.
Su relación con Lady Evelyn había sido de una sola noche. Y para colmo, ni se acordaba. Aun así, ella juraba que esperaba un hijo suyo. Pero, ¿qué sentido tenía doparlo para que durmiera mientras ella se revolcaba con otro? Una duquesa de Kentrell no se ensucia las manos así nomás. Si ella era una reina que mandaba a matar a otros para no mancharse, ¿por qué se rebajaría como una cualquiera a tener el hijo de su enemigo?
… Ya sé por qué. Por Tony.
Un rey es capaz de arrodillarse ante el enemigo si es por su heredero. Si todo este plan era para salvar a su hijo, que vivía enfermo por un tipo de sangre raro, entonces el fruto de ese sacrificio tenía que ser, a la fuerza, un hijo de Ethan Fairchild.
Mientras más despejaba la cortina de humo y sacaba su cuenta con la cruda realidad, la posibilidad de que ese bebé fuera suyo se hacía humo. Era la operación más cruel del mundo. Aceptar la respuesta significaba que no solo perdía la vida, sino que pasaba a la historia como un macho desechable que se quedó sin descendencia.
—¡No! ¡Mentira! ¡Es mentira!
rugió como un animal herido, negándose a aceptar la firme.
—¡Es mi hijo! ¡Es mi sangre, caracho!
—Qué pena, cholito. Tu sangre se va a quedar regada en este barrizal y nada más.
Para Ethan, ver cómo el ‘raterito’ que intentó quitarle el puesto se retorcía de la impotencia era el mejor espectáculo. Pero ya se estaba aburriendo de tanto berrinche y negación.
—Bueno, parece que nadie va a llorar tu muerte.
Ethan le hundió el cañón con tanta fuerza que le dobló el cuello hacia atrás. Tenía una cara de alivio, como si por fin se hubiera quitado un dolor de muela insoportable.
—Chau, Owen Kallas. Mi sitio me lo quedo yo.
Con una sonrisa de éxtasis en los labios, jaló el gatillo.
¡PUM!
¿Alguna vez has escuchado un disparo desde adentro de tu propio cráneo? ¿Sabías que el cañón bota un fuego que te quema la carne al instante? Esas fueron las últimas sensaciones que Owen conoció en su vida.
Esta vez no hubo milagro. El plomo caliente le atravesó la cabeza de lado a lado. Owen siempre se había preguntado si los soldados que recibían un tiro en la mitra morían al toque o si tenían un segundo para darse cuenta de su propia muerte. Hoy, de la forma más dolorosa, obtuvo su respuesta.
La respuesta es que no mueres al instante.
El aire se le escapaba lento y sus pensamientos se pusieron pesados, pero la conciencia no se le apagaba. Esa mujer… no era ninguna reina perfecta, era una estafadora de primera… me usó de principio a fin y, cuando ya no le serví, soltó a su perro para que me degollara…
Lo último que sentía Owen era un rencor que le quemaba las entrañas. Me voy a vengar…
No se confíen pensando que alguien que se está quedando sin aire no puede hacer nada. Pensar que aquí se acababa todo iba a ser el peor error de esos dos.
Ethan Fairchild, tú también tuviste un hijo con ella. ¡Ese hijo que abandonaste es Tony!
Cuando Owen pensó que Ethan lo mataba por simples celos, estuvo a punto de soltar la firme, pero se la tragó. Fue la decisión más inteligente de su vida. Contarle la verdad sería darle un final feliz a su asesino: que recupere a su primer amor, a su hijo, que junto al bebé que viene, vivan los cuatro en un paraíso levantado sobre su propia sangre. ¡Ni hablar!
Quitarle ese final feliz para siempre: esa sería la venganza de Owen Kallas desde el más allá.
—Esa mujer… ¿Sabes… por qué… te dejó?
escupió Owen entre burbujas de sangre, con una voz que parecía el chirrido de un metal oxidado.
La sonrisa de Ethan, que lo miraba con el placer de quien ve a una mujer calata en un burdel, se le borró al toque. Seguía siendo un esclavo de su pasado con Evelyn Sherwood. Por la curiosidad de saber el secreto, se agachó y le puso el oído cerca.
Entonces, Owen usó el último aliento que le quedaba para soltarle el veneno que lo iba a podrir por dentro para siempre:
—Es que… en ese entonces… ella esperaba… un hijo mío.
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