A mi primer amor, con pesar - 103
La cara de la empleada se puso roja al toque. No se sabía si era por el roche de que un hombre le preguntara cosas tan íntimas de su jefa o porque sentía que la habían ampayado con el secreto.
—E-eso… eso no se lo puedo decir, señor.
Era lo que Ethan esperaba. Sin perder el tiempo, soltó una sonrisa de medio lado y sacó del bolsillo de su saco el arma definitiva para soltarle la lengua a cualquiera.
La chica no podía quitarle los ojos de encima al fajo de billetes. En un abrir y cerrar de ojos, el miedo y la vergüenza desaparecieron de su mirada, en su lugar apareció una ambición más grande que el Huascarán.
Y claro, pues. Por más que los Kentrell paguen bien, lo que Ethan le estaba poniendo en la mano era otra liga; plata como cancha.
Al final, la empleada decidió que el billete valía más que la lealtad. Miró de reojo la puerta cerrada del cuarto de Eve, se inclinó hacia Ethan y le susurró:
—Usted no puede decir por nada del mundo que yo le conté esto.
Él asintió como si fuera lo más obvio del mundo y le entregó el fajo. La chica chapó el precio de su conciencia, se lo guardó en el pecho y soltó la firme, sin anestesia:
—Ya hace tiempo que se le cortó la regla.
En ese instante, Ethan sintió que algo le hervía desde lo más profundo de las entrañas.
Es un hecho. Está embarazada. Es mi hijo.
El corazón le empezó a latir a mil por hora, como si se le fuera a salir del pecho de pura alegría, pero Ethan se mantuvo frío como un hielo, con esa cara de acero que pone siempre.
—¿Desde cuándo?
preguntó, manteniendo la calma.
—Ya van como un mes y medio, señor.
Un mes y medio. Eso significaba que su hijo ya tenía todo ese tiempo respirando y creciendo ahí adentro. ¡Tanto tiempo esperando por su primogénito! Ya podía imaginarlo: si era hombre, le pondría el nombre de su abuelo; si era mujer, el de su madre. Sentía que el sueño de tenerlos en brazos estaba ahí nomás, a la vuelta de la esquina. Por un segundo, tuvo unas ganas locas de tirar la puerta abajo, entrar y besarle la panza a Eve.
Pero esa alegría se convirtió en una furia helada en un segundo.
Si no hacía algo ahorita, su hijo iba a terminar pasando por el hijo de ese infeliz de Owen Callas.
Ni hablando. Eso no lo voy a permitir.
El chibolo tenía que nacer siendo un Fairchild, como Dios manda. Había llegado el momento: tenía que borrar del mapa a Owen y llevarse a Eve de regreso a los Sherwood.
En sus ojos, que antes eran fríos como la escarcha, brilló una sed de sangre que solo tiene una fiera antes de morderle el cuello a su presa. Daba miedo.
Pasó por el lado de la empleada, que se había quedado tiesa del susto (aunque la bronca no era con ella), empezó a silbar una canción, de lo más relajado.
¿Así que Owen regresa al frente mañana, no?
Qué puntería, caracho. El timing era perfecto; parecía una señal del destino.
Ethan todavía tenía bastantes días de vacaciones, pero decidió que los iba a devolver todos con tal de seguirle los pasos al doctorcito. Total, lo mínimo que podía hacer era ‘despedir’ al ladrón que se quiso sentar en su trono, ¿no?
Claro que esa despedida no iba a ser con pañuelos ni abrazos, sino agarrándolo del pescuezo para mandarlo directo al infierno.
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Tony, con sus manitos chiquitas, me tapó con la manta con mucho cuidado mientras ponía una carita de preocupación que me partía el alma.
—Eve, ¿de verdad no es gripe lo que tienes?
—No, mi amor.
Le mentí. El malestar del embarazo me había dado un golpe de improviso y no me quedó de otra que echarme.
—Bueno, si tú lo dices…..
Tony empezó a darme palmaditas en la espalda, como queriendo consolarme
—Por favor, no te enfermes, Eve.
Lo miraba con una pena inmensa. Él sentía lástima por mí, pero era yo la que sentía que el corazón se me hacía chiquito al verlo.
—Tú también cuídate mucho, mi…
Mi bebé.
Ahora que tengo otra vida creciendo adentro, cada vez que veo a mi primer hijo me viene un arrepentimiento que me quema.
Cuando te tuve a ti, no pude ponerte primero.
En ese entonces, la realidad era tan dura que no pude alegrarme de verdad por su existencia; para ser franca, pasé más tiempo lamentándome que celebrando. Verlo tan debilucho me hacía sentir una culpa enorme, pensando que quizás fue por mi rechazo inicial. Esa culpa crecía a medida que el nuevo bebé pateaba con fuerza, avisando que estaba ahí, vivito y coleando.
—Duerme un poco. Yo te voy a cuidar.
¿En qué momento creció tanto mi chiquitín? Soy yo la que te va a proteger a ti. Estaba ahí, aferrada a su manito caliente y pequeña, aguantando los síntomas del embarazo, cuando alguien tocó la puerta.
—Lady Evelyn, le traje su té.
—Pasa.
La empleada entró con la cara blanca como un papel. La miré fijo, dándome cuenta de que algo no andaba bien, pero no le pregunté nada frente al niño. Me tomé el té de limón de un solo sorbo y sentí cómo el estómago se me asentaba por fin. Rechacé el chocolate caliente que Tony me ofrecía y me levanté de la cama.
—Voy a cambiarme de ropa, ahorita vengo.
Seguí a la empleada hacia el vestidor casi escapando. En cuanto cerramos la puerta, el miedo de la chica se hizo evidente en su respiración agitada.
Algo pasó.
Me acerqué y le susurré, con la voz también temblando por la adrenalina:
—Effie.
—… Sí, mi señora.
—¿Ethan Fairchild mordió el anzuelo?
La chica asintió con total seguridad a pesar de su temblor.
—Tal como usted me ordenó, no le dije ni una palabra sobre el embarazo. Por suerte, el Mayor solo me preguntó si se le había cortado la regla, yo solo le dije que sí.
Perfecto. No soltar la verdad de frente, sino dar solo los detalles necesarios para que él saque sus propias conclusiones. Eso le abría la puerta a Ethan para meterse de cabeza en el juego y, al mismo tiempo, me dejaba a mí una salida de emergencia por si las moscas. La obra de teatro, con mi empleada como protagonista, había seguido mi guion al pie de la letra.
—Bien hecho.
Pero Effie seguía nerviosa. Sacó algo de su delantal y me lo mostró: era un fajo de billetes bien gordo.
—El Mayor Fairchild me dio esto como pago. Lo recibí porque usted me dijo que si aceptaba traicionarla muy rápido iba a sospechar, pero…
Le sonreí con cariño. Menos mal que todavía sé elegir a mi gente. Era plata fácil que ella pudo haberse guardado sin decir nada, pero ahí estaba, entregándomela como si fuera un objeto robado.
—Effie, eso es tuyo. Es el pago por haber sido leal fingiendo que me traicionabas.
Le puse el fajo de nuevo en su delantal y le pregunté
—Dime, cuando se enteró de lo de mi regla, ¿qué hizo?
—No dijo nada, pero se le veía… feliz. Se quedó pensando un rato y luego se fue a su cuarto. No sé si esto sirva de algo, pero se fue silbando una canción……
—Dime todo lo que viste.
—Señora… era una marcha fúnebre.
Ya sabía yo a quién le estaba dedicando ese entierro. El lobo ya le mostró los colmillos al perro de caza que ya no me sirve.
Todo sale según mi plan.
En mi cara, que antes estaba pálida y sin vida, se dibujó la sonrisa roja de un depredador que acaba de morderle el cuello a su presa.
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Chantal.
Ese nombre se le quedaba atorado en la garganta a Owen mientras regresaba al frente, como si fuera una espina.
—Ethan Fairchild ya sospecha algo. Por ahora, no queda de otra que dejar a Chantal así como está.
Le quemaba la sangre haber tenido que irse sin terminar de matarla. ¡Muérete de una vez por tu cuenta, Chantal!, maldecía entre dientes.
Pero, irónicamente, el que tenía la soga al cuello no era ella, sino él mismo.
Apenas puso un pie en el hospital base, le cayó un baldazo de agua fría: lo habían reasignado de emergencia a un hospital de campaña en la zona más brava del frente. Y ahí no le dieron tiempo ni de desempacar; lo mandaron directo al campo de batalla. La excusa era que necesitaban médicos militares que apoyaran la evacuación de heridos en plena zona de combate.
Debí pedir el traslado a la retaguardia antes de venir, pensó desesperado.
Estaba tan concentrado en el lío de Chantal que se le pasó ese detalle, ahora el precio era impagable. En medio de la guerra, donde solo hay líneas militares, no tenía cómo comunicarse con Lady Evelyn para rogarle que lo sacara de ese hueco.
Era obvio que Dios no estaba del lado de Owen. Para colmo, al día siguiente empezó una tormenta de nieve tan violenta que el campamento quedó totalmente aislado del mundo.
Tuvieron que pasar cuatro días para que el cielo se abriera. Owen miraba a los soldados limpiar la nieve de la pista de aterrizaje provisional, soñando con escapar.
Ya debe estar por llegar el transporte de heridos. Si aguanto un poco más, podré volver a los brazos de mi reina.
Pero lo que apareció entre la nieve no fue el rescate, sino el enemigo. En un abrir y cerrar de ojos, el campamento estaba rodeado. Owen vio cómo la resistencia de los suyos se desmoronaba y entendió la cruda realidad.
No iba a llegar ningún transporte de heridos. Y refuerzos, mucho menos.
La línea de defensa cayó como un castillo de naipes. Los soldados enemigos ya estaban entrando a las carpas de auxilio médico.
—N-no… yo no quiero morir……..
Owen dejó tirado a un herido que trataba de levantar su fusil para una última defensa y salió disparado a esconderse en la trinchera más cercana. Se hizo bolita, temblando, mientras el sonido de la muerte se acercaba más y más, cortándole la respiración.
Voy a morir aquí. Sin siquiera haber cargado a mi hijo.
Había perseguido un sueño hasta ese lugar, ahora ese mismo sueño se lo estaba devorando vivo. ¿Se podía tener una suerte más perra? Justo cuando Owen soltó un llanto amargo, como el de un animal herido…
¡BOOM!
Un estruendo como de mil truenos partió el cielo. Aviones. El sonido de las ametralladoras empezó a castigar la tierra congelada.
¡Son aviones enemigos!
pensó Owen, hundiendo la cabeza entre las rodillas, esperando el final. Pero de pronto, afuera alguien gritó en el idioma de Mercia:
—¡Es nuestra Fuerza Aérea! ¡Estamos salvados!
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