A mi primer amor, con pesar - 100
Apenas Owen sintió que lo bajaban de nivel, de ser el ‘padre del milagro’ a ser un ‘producto fallido’ peor que el cobarde que abandonó a su mujer, su cara se deformó de una manera horrible. El blanco del miedo que tenía hace un rato se convirtió en un rojo encendido de pura rabia.
—Ese tipo no es más que un traidor que la dejó tirada. ¡Yo soy el único que haría cualquier cosa por usted, mi señora!
En ese instante, el miedo natural que le tenía a la idea de matar se esfumó como si se lo hubiera llevado la marea. Lo único que quedó en sus ojos fue esa locura de querer pisotear al rival y demostrar quién manda.
Owen, con los ojos inyectados en sangre y una mirada que daba miedo, juró:
—Se lo voy a demostrar. Yo mismo voy a matar a Chantal con mis propias manos.
Eve, detrás de esa máscara de reina con sonrisa cálida, soltó un suspiro de desprecio. No entendía cómo la gente decía que los celos eran cosa de mujeres. Al final, los más débiles ante esa emoción tan infantil, los que pierden los papeles y se vuelven locos por un poquito de orgullo, siempre eran los hombres.
Eve hizo un gesto con la mano y el tipo no dudó en acercarse gateando. Ella le acarició la cabeza como quien premia a un perro que acaba de morder el anzuelo.
—¿No me dijiste que Chantal no puede dormir si no toma pastillas?
Owen asintió, Eve, como quien comenta un accidente que leyó en el periódico, añadió sin darle importancia:
—Vas a tener que tener cuidado. Leí en una revista que los accidentes por sobredosis son pan de cada día… dicen que mucha gente se queda dormida y ya nunca más despierta.
Hasta el método para matarla le estaba dando. ¿Acaso se podía ser más ‘buena gente’?
A Owen le cambió la cara al toque; se le vio aliviado. Siendo médico, la idea de ver sangre lo enfermaba, así que saber que podía deshacerse de Chantal sin mancharse las manos le quitó un peso de encima. Se levantó apurado, casi tropezándose de la emoción.
Eve se quedó mirando cómo su ‘perro de caza’ desaparecía tras la puerta con total determinación. En ese momento, se le cortaron las fuerzas y se desplomó en el sofá como una marioneta a la que le cortan los hilos. Esa pequeña vida en su vientre ya estaba empezando a consumirla por completo.
No luchó contra el sueño que se le venía encima como una ola. Ya había hecho su parte.
Acababa de tumbar la primera pieza del dominó. Ahora, todo se derrumbaría en cadena, tal como lo había planeado. Ya solo le quedaba una cosa por hacer: sentarse en primera fila a ver cómo sus enemigos se destruyen solitos en la trampa que ellos mismos armaron.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
Era tarde por la noche. Con la agilidad de quien sabe lo que hace, Owen vertió el polvo blanco en una copa de cristal.
—¿De verdad me vas a decir que no puedes salirte del ejército?
El polvo bailaba en el agua, disolviéndose por completo como si fuera simple azúcar. Owen se quedó mirando esa calma engañosa mientras, a sus espaldas, Chantal seguía fregando con lo mismo. Él soltó un suspiro pesado y repitió la misma respuesta que ya había dicho como mil veces:
—Estamos en guerra, Chantal. No puedo pedir mi baja así porque sí.
—¡Ya sé! ¡Ya lo sé! Pero te digo que pidas que te trasladen para acá. Eve dice que ella puede mover sus hilos para sacarte, ¿entonces por qué te obsesionas con quedarte en el frente?
Porque la verdadera orden que me dio mi reina es otra, pensó él.
Owen se había quedado en el frente para demostrar que valía algo, como trofeo por esa guerra sangrienta, había conseguido el regalo más grande: un hijo. El precio de aguantar el miedo y el arrepentimiento cada día fue conquistar un territorio inmenso.
Esa mujer tonta, que todavía creía que el hombre frente a ella era su esclavo, no tenía ni idea de que él ya tenía un reino entero en sus manos. Ella solo sabía quejarse de su mala suerte:
—¿Tienes idea de lo difícil que es aguantar en esta casa yo sola? Ethan Fairchild ya camina por aquí como si fuera el dueño, ¡y tú me dejas tirada como si nada!
La mano de Owen, que iba de nuevo hacia el frasco de medicina, se quedó congelada en el aire. La dosis normal ya estaba en el agua. O sea, si se detenía ahí, mañana y pasado mañana tendría que seguir aguantando los mismos berrinches de siempre.
¿Pero y si le echaba una cucharada más?
Ya no tendría que escuchar esos lloriqueos que le taladraban el cerebro. No tendría que venir cada noche a este cuarto como si fuera un prostituto para atender a la ‘falsa reina’.
Podría ir de frente al cuarto de Lady Evelyn. Después de todo, eran esposos legales. Podría ser el ‘marido de verdad’ de la reina sin tener que pedirle permiso a esta tipa que ya pasó de moda.
Maldita sea, debí matarte hace tiempo.
La duda se esfumó en un segundo. Owen llenó la cuchara hasta el tope, echó el polvo en la copa y lo batió bien. El polvo blanco se dispersó en el agua, terminando de preparar el veneno perfecto.
Se borró cualquier expresión de la cara y volteó. Se acercó a la cama, rodeó con el brazo los hombros de Chantal —que fingía estar toda sufrida— y le habló con una voz que sonaba cariñosa:
—Chantal, tranquila. Ya falta poco para que regrese a tu lado para siempre.
—… ¿De verdad? Ay, Owen… sabía que solo podía contar contigo.
Ella, pensando que él por fin había cedido, le dedicó una sonrisa de victoria. Owen le acercó la copa de veneno a esos labios que sonreían. Mientras él le entregaba el vaso y ella lo agarraba, los anillos de matrimonio —que se supone eran un par— brillaron con un frío aterrador.
Chantal, lo siento, pero mi promesa contigo solo se cumple ‘hasta que la muerte nos separe’.
Así que, por favor, tómate esto y muérete de una vez.
Glup
Al escuchar el sonido del líquido bajando por la garganta de ella —el sonido de un sueño que no tendría fin—, Owen sintió un escalofrío de placer que no pudo controlar.
Este teatro barato se acaba hoy mismo.
Mañana, cuando salga el sol, será un hombre que solo le pertenece a su verdadera reina. Junto al hijo que ella va a tener, por fin tendrá la familia que siempre soñó.
La locura brillaba en los ojos del traidor mientras miraba cómo su antigua ama se iba hundiendo lentamente en la muerte.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
A la mañana siguiente, Eve abrió los ojos mucho antes de lo normal. Sentía el corazón galopando como si hubiera corrido una maratón; era imposible quedarse tranquila en la cama.
Hoy sería el día histórico en el que Evelyn Sherwood por fin cobraría su venganza.
Eve se sentó frente al espejo y se empezó a peinar con toda la calma del mundo, pero por dentro estaba contando cada segundo. Ya casi era la hora del desayuno. Estaba segura de que, antes de bajar al comedor, recibiría la noticia que tanto esperaba. Y no se equivocó.
—Lady Evelyn, soy Redgrave.
Pero, para su sorpresa, no era el anuncio de muerte que ella quería escuchar.
—La Gran Dama está inconsciente. No reacciona.
Chantal seguía viva.
Eve salió disparada hacia el cuarto de Chantal. Al pie de la cama, la empleada que la había encontrado estaba pálida y agachaba la cabeza, muerta del susto.
Sentado al borde de la cama estaba Owen, quien seguramente había llegado apenas le pasaron la voz. Estaba revisándole los párpados a Chantal, que yacía ahí tirada como un cadáver. Esa cara de ‘médico serio’ que tenía se desmoronó por un milisegundo apenas vio entrar a Eve.
Owen se recompuso rápido y se puso su máscara de doctor, pero la mano con la que sostenía el estetoscopio contra el pecho de Chantal le temblaba clarito. Solo Eve sabía por qué estaba así de nervioso. Al verlo tan debilucho, a Eve le dio una rabia que casi no puede controlar.
‘¿Ni una sonsera así de simple puedes hacer bien?’
pensó, con unas ganas locas de meterle un cachetadón. Pero no podía delatarse frente a los testigos. Así que, en un abrir y cerrar de ojos, se puso su máscara de inocente.
—Doctor, ¿por qué Chantal no despierta?
Eve preguntó como si no tuviera idea de nada. Owen pasó saliva con dificultad y agarró con cuidado la copa de agua que estaba en la mesa de noche, asegurándose de que se viera bien el rastro de polvo blanco pegado en el fondo.
—Todavía es muy pronto para dar un diagnóstico definitivo, pero parece que se le pasó la mano con las pastillas para dormir que toma siempre.
—¡Ay, no puede ser!… ¿Acaso trató de matarse?
Eve se llevó la mano a la frente, fingiendo angustia, pero aprovechó para soltarle todo su desprecio a la mujer que ni la escuchaba:
—¡Tenía que ser! ¡Hasta el último momento quiere manchar el honor de los Kentrell! Si esto se llega a saber afuera, vamos a estar en boca de todos otra vez. ¡Qué mujer tan irresponsable! ¡Pobre Tony, tener una madre así!
Nadie en ese cuarto iba a pensar que Eve estaba siendo fría o exagerada. Era obvio que la princesa de los Kentrell odiara a su madrastra trepadora. Así que era de lo más natural que se preocupara más por el prestigio de la casa que por la vida de esa mujer.
Además, su intento desesperado por ocultar todo iba a parecer la reacción lógica de una hija que quiere proteger a su familia. Después de todo, el país entero recordaba el escándalo que se armó cuando la verdadera madre de Eve decidió quitarse la vida años atrás. Incluso Redgrave, que no trabajaba para ellos en esa época, sabía perfectamente de qué hablaba.
—No quiero que ni una sola palabra de lo que han visto o escuchado aquí salga de este cuarto. Quédense afuera esperando hasta que yo los llame.
El mayordomo, que era más vivo que el hambre, le puso un candado a la boca de la empleada y la sacó del cuarto antes de que Eve terminara de hablar.
Todo estaba saliendo según el plan. Ahora Redgrave no diría ni pío sobre el estado vegetal de Chantal hasta que Eve se lo permitiera. Al contrario, se pondría de su lado para proteger el honor de la familia a capa y espada.
Ahora solo quedaba una última tarea pendiente.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com