Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 9
Tenía la falda levantada y todo su cuerpo se sacudía. Aubrianna se aferraba con fuerza a la silla del porche, echando las nalgas hacia atrás lo más que podía para resistir la fuerza de las embestidas del hombre. Cada vez que él, sujetando con firmeza sus nalgas rojas por el frío, le metía el miembro, el frío del mundo y todas sus preocupaciones desaparecían.
—¿Tú también lo sientes?
—Ah… ah, sí…
Las yemas de sus dedos, curtidas por la caza, hurgaron entre su zona íntima hasta presionar con fuerza el clítoris hinchado.
—Lo caliente que estás por dentro. Siento que ardes tanto como el volcán Etrom, como si me estuvieras quemando vivo.
—Ah, ufff…
Cada vez que el hombre, pegado a su parte baja, se retiraba, el aire gélido se colaba como si estuviera esperando para enfriar su intimidad ardiente. Pero en cuanto él volvía a entrar, todo se ponía caliente de nuevo. Ese contraste hacía que el placer se disparara aún más. Aubrianna sintió cómo él entraba y salía, dejándola con las ganas, y apretó con fuerza el vientre bajo.
—Mmm, Aubrianna.
Al sentir la presión, se escuchó el jadeo del hombre justo detrás de su espalda y, de inmediato, empezó a mover la cintura con desesperación.
—Ah, ah… ah… ¡Ahhh!
Como era de esperarse, él conocía bien su punto débil y empezó a darle de alma justo donde ella perdía el juicio.
Chac, chac.
Por la fuerza bruta del hombre, la silla de la que Aubrianna se agarraba se tambaleaba, y sentía como si toda la cabaña también estuviera temblando.
—Ah…
Parecía que ella tenía el control, pero al final la que terminó desmoronándose primero fue Aubrianna. Se quedó sin fuerzas en los brazos y, justo cuando estaba por irse de cara hacia adelante, unos brazos fuertes la rodearon y la jalaron hacia arriba. En ese instante, sus ropas se enredaron y ambos terminaron resbalándose de costado con un golpe seco.
—Mierda.
El miembro del hombre se salió de entre las piernas abiertas de la mujer y empezó a expulsar el semen a borbotones. Aubrianna se quedó mirando hipnotizada cómo el líquido espeso y caliente salía de la punta de ese miembro que parecía un mazo rojizo.
—Es… esto es algo sorprendente.
Como él siempre terminaba dentro de su cuerpo, era la primera vez que veía una escena tan explícita. Al ver a la mujer sonrojada como una ingenua, Kay sintió un cosquilleo en el pecho. Tomó la mano de ella y la llevó hacia su miembro, que seguía duro.
—Si te parece curioso, te mostraré más.
Recién en ese momento Aubrianna miró a su alrededor. No había nadie. Era un lugar solitario y silencioso. Como si se hubiera vuelto loca al abrirse de piernas para invitarlo, de pronto la vergüenza la invadió y apartó la mano de él.
—Me… me tengo que lavar.
Sentía el líquido secándose frío bajo sus muslos y le daba una sensación incómoda. Se puso de pie, se arregló la ropa como si nunca se hubiera portado de forma tan escandalosa y levantó el mentón.
—Voy a hervir agua. Tengo el cuerpo helado, así que necesito meterme en agua calientita……
El rostro de Kay, que se había desanimado cuando ella le soltó la mano, se iluminó al instante.
—Yo cargo la tina.
Los hombros del hombre, que la seguía hacia adentro, rebosaban de anticipación. Pronto, el interior de la cabaña se llenó del sonido de la piel chocando, el chapoteo del agua y los gemidos.
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El suelo de la cabaña estaba empapado, como si hubiera pasado un huaico por ahí.
—No tengo fuerzas ni en los brazos.
—Qué raro. Si el que hizo todo el esfuerzo fui yo.
Ante el comentario del hombre, Aubrianna hizo un puchero y le agarró la quijada áspera para girarle la cara.
—Ya, quédese así.
Aubrianna aplicó con cuidado grasa de animal —hervida y luego enfriada a una temperatura ideal— sobre la mejilla del hombre, recuperó el aliento y tomó la daga de él.
—¿Has hecho esto antes?
Aubrianna no respondió a la pregunta de Kay y apoyó la cuchilla con delicadeza.
—Cállese. Tenga en cuenta que tengo un arma en la mano.
Ras, ras.
Los vellos ásperos iban desapareciendo y, poco a poco, el contorno del rostro de Kay empezó a revelarse.
Chis.
Tras enjuagar la daga en el agua, Aubrianna volvió a girar la quijada del hombre hacia la derecha. Como el filo estaba muy agudo, ella se puso tensa, respiró profundo y volvió a pasar la cuchilla con cuidado sobre la piel.
—¿Amabas a ese hombre?
Zas.
—¡Sangre!
Asustada, Aubrianna soltó la daga y tomó un paño para presionar la mejilla del hombre.
—¡¿Por qué hace preguntas que no vienen al caso?!
—Estoy bien, no es para tanto. Ni siquiera lo sentí.
Con total parsimonia, el hombre apartó el paño y se limpió la mejilla con un poco de agua limpia.
—Continúa.
Kay recogió la daga y se la extendió a Aubrianna.
—Tengo miedo.
Al ver los ojos de la mujer cargados de temor tras haber visto la sangre, Kay le puso la daga en la mano y se cruzó de brazos.
—No voy a decir ni una palabra, así que hazlo tranquila.
Dicho y hecho, Kay incluso cerró los ojos. Al desaparecer esos ojos azules que la observaban fijamente, Aubrianna retomó la tarea de afeitarle la barba lentamente.
—Ahora… no lo sé.
Al darse cuenta de a qué se refería con esa respuesta, las comisuras de los labios del hombre se elevaron ligeramente.
—Entonces…….
—Dijo que no iba a hablar.
Ante la advertencia de Aubrianna, que seguía con la daga en mano, Kay volvió a cerrar la boca. Al ver cómo el rostro de Kaylock, tal como ella lo conocía, se revelaba ya a medias, Aubrianna se hundió en sus pensamientos.
¿Alguna vez te amé?
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¡Chuaak!
Las cortinas de la cama con dosel se abrieron de golpe y unos ojos azules y fríos brillaron con intensidad. Aubrianna, muerta de miedo, se quedó tiesa como un poste con el libro todavía en las manos.
—Te dije claramente que no tocaras nada cerca de la cama…….
—Per, perdóneme.
El hombre entrecerró los ojos y murmuró en voz baja hacia ella:
—Así que fuiste tú.
El duque bajó la mirada hacia el libro que Aubrianna sostenía, con sus ojos echando chispas azules. Los días que tocaba limpiar el cuarto del duque, Rien, que no sabía leer, se encargaba del agua del baño, mientras que Aubrianna ordenaba los libros. En el dormitorio del duque había muchísimos libros. Siempre estaban tirados por el suelo, como si él los hubiera arrojado después de leerlos cualquier cosa. A Aubrianna le vacilaba ordenar los libros. Algunos días los ponía por orden alfabético; otros, los separaba por temas como historia, geografía o manuales de estrategia militar. Como le daba un poco de pena que no hubiera libros de cuentos de amor bonitos, la curiosidad le ganó cuando vio, por pura casualidad, un librito apoyado en la mesita de noche. Pero la terminaron ampayando.
‘No pensé que el entrenamiento acabaría tan rápido……’.
Con una sensación de derrota, dejó el libro en la mesita, juntó las manos con respeto y se inclinó.
—Mil disculpas.
Bajo esa nariz respingada de noble, sus labios varoniles pero elegantes se apretaron formando una línea fina. Tras un momento de silencio, el hombre se aflojó el corbatín y lo tiró sobre la cama.
Charak.
Luego se escuchó el sonido de la cadena del reloj saliendo del chaleco, los botones desabrochándose y el saco cayendo sobre la cama con un ruido seco. Rien ya se había ido, así que el cuarto se llenó solo con el sonido de él quitándose la ropa una por una. El chaleco negro cayó al suelo y Aubrianna, que todavía no se atrevía a levantar la cabeza, dobló una pierna con cuidado para hacer una venia.
—Con su permiso, ya me retiro.
—Espera.
Era una orden del amo, así que no le quedó otra que quedarse quieta. Aubrianna se rompió la cabeza pensando en cómo salir de ese cuarto. Nunca había escuchado que al duque Kaylock le gustara andar de picaflor. Incluso cuando venía herido de batalla, las empleadas decían que él siempre se bañaba solo. Aunque veía por el rabillo del ojo que sus pantalones caían al suelo, ella confió en él.
—¿Hay algo en lo que pueda ayudarlo?
Cuando Aubrianna habló, Kaylock ya estaba a medio meter en la tina. La mirada azulada del hombre la escaneó de arriba abajo. El cabello castaño alborotado y esos ojos con un brillo rojizo poco común se abrieron grandes por la sorpresa. Aubrianna no se dio cuenta de que, al descubrir ese matiz rojo en sus ojos —como si un cristal transparente se hubiera teñido suavemente—, en el corazón del hombre también empezó a brotar un sentimiento ardiente.
Plop.
El hombre levantó una pierna y la apoyó en el borde de la tina. Aubrianna desvió la mirada al toque al ver la pierna desnuda y goteando agua.
—¿Cómo te va con el trabajo de empleada?
Ante la pregunta del duque, ella dudó, sin saber qué contestar. No pensó que el duque se acordara de ella. El castillo del duque era inmenso y solo en el pabellón donde ella trabajaba había más de diez empleadas.
—Ya me acostumbré bastante.
Dando una respuesta cualquiera, se retorció las manos nerviosa. El trabajo de empleada era bien pesado. En el orfanato, su chamba era más que nada cuidar a los niños y ordenar los papeles de la oficina del director. Incluso cuando cumplió la mayoría de edad y trabajó en una tienda de la ciudad, solo hacía limpieza básica y atendía a los clientes. Pero en el castillo, cuando el día estaba despejado, tenía que lavar y colgar canastas enteras de ropa. Otros días, se la pasaba trapeando desde que salía el sol. Si había fiesta o baile en el edificio principal, no salía de la cocina en horas, cargando y picando ingredientes sin parar. Y encima, después tenía que volver al pabellón a seguir lavando y limpiando. La verdad, el primer mes estuvo tan cansada que no tenía ni fuerzas para reclamarle a Miss Francis. Solo hubo un día. El día de la ceremonia de ingreso de la escuela de señoritas Regata. Esa vez lloró en el jardín, pero ya no había nada que hacer.
—Bueno, yo ya me…….
—¿Todavía sientes que te estafaron?
—¿Eh?
Los ojos del duque brillaron con agudeza, como confirmando que la recordaba. No se había olvidado. No pensó que se acordaría de una empleada a la que prácticamente habían vendido contra su voluntad. Ella soltó un suspiro bajito y habló:
—Es que es la verdad, me estafaron.
Con el cuento de que le daban casa y comida, le daba la mitad de su sueldo al director del orfanato y el resto lo ahorraba sol por sol. Juntó nada menos que 120 lugen. Había ahorrado lo suficiente para que una persona común viva medio año sola, todo para pagar la matrícula y la estadía en la escuela de señoritas; confió ciegamente en el director cuando le dijo que la ayudaría. En resumen, el director se tiró toda la plata que ella había ganado con tanto esfuerzo.
—¿No tienes padres?
De verdad se acordaba de todo. A Aubrianna se le subieron los colores a la cara de la vergüenza, al recordar cómo le rogó desesperadamente aquel día.
—Mi madre falleció y de mi padre no sé nada.
¿Tenía sentido que el duque supiera cosas tan personales? Aubrianna se sintió incómoda y ya quería largarse de ahí. Parece que el duque le leyó el pensamiento, porque soltó una risita burlona.
—Quisiera que me traigas un libro…….
—Sí.
Se dio la vuelta con paso ligero para ir hacia el estante, pero el hombre tronó los dedos.
—Ahí no.
Aubrianna se volteó a mirarlo. El hombre señaló con el dedo hacia el costado de la cama. Ahí estaba el libro que ella había dejado a medias.
—Ese libro.
Ella lo miró toda desconcertada.
—Tráelo aquí y léelelo.
Aubrianna vaciló.
—¿Ese libro?
—¿Por qué?
Ante la cara de lo más normal que ponía el duque, Aubrianna no pudo ocultar su confusión.
—¿Porque es un libro de cuentos?
Un brillo extraño se extendió por el rostro del hombre.
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