Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 8
—¿Por qué lloras?
Kay suavemente rozó con sus labios el contorno de los ojos de Aubrianna. Ante ese contacto, ella abrió los ojos a medias, aún somnolienta, y sus pupilas rojas captaron la silueta del hombre acercándose en la penumbra.
—¿Te dolió?
Debido a lo brusco que era Kay, le punzaba la cintura y sentía sus partes íntimas adoloridas, pero no era un dolor insoportable. Cuando ella negó con la cabeza en silencio, una sonrisa de satisfacción se dibujó en los labios del hombre.
El cuerpo firme del hombre se pegó por completo a su suave desnudez. A pesar de haber eyaculado varias veces, su miembro, que no bajaba la guardia para nada, seguía hincando sus nalgas blandas.
Aubrianna cerró los ojos con el rostro lleno de cansancio.
—Quiero dormir un poco más. Estoy agotada.
La nieve había parado y ya estaba empezando a amanecer. Estaba exhausta tras haber sido atormentada toda la noche y haber pegado el ojo apenas un momento.
Sin embargo, en aquel hombre que se había pasado el tiempo deambulando por la llanura nevada, no había ni rastro de cansancio por más que uno buscara.
—Si te la has pasado haciendo nada todo el día. Ni que hubieras estado cortando leña o cazando animales.
Kay soltó semejante disparate mientras rodeaba con suavidad el pecho de la mujer. Aubrianna se dio la vuelta y le sujetó la muñeca.
Al lado de esa muñeca gruesa, resaltaba la suya, delgada y de piel clara.
A simple vista, era evidente que la muñeca del hombre era mucho más robusta y fuerte. Ella señaló al bebé, que dormía profundamente.
—Parece pequeño, pero cargarlo todo el día es bien pesado. Tiene muchísima fuerza.
—Qué tontería.
Kay soltó un bufido y la abrazó con fuerza.
—¿Me vas a decir que cuidar a un bicho tan chico cansa? Eres una mentirosa.
Desde que estaba en el orfanato, por ser la mayor, siempre cuidó bebés; pero hacerse cargo todo el día, incluyendo la lactancia, no era tarea fácil para nada.
—Entonces, ¿quieres cuidarlo tú? Yo me encargo de cortar la leña.
—¿Qué?
Kay miró con desconfianza esa muñeca tan fina.
—¿Cortar leña? ¿Tú?
Durante el año que trabajó como sirvienta en el castillo del duque, no hubo labor que no hiciera. Ella no tenía una fuerza innata, pero era muy mañosa para el trabajo, así que se mostró segura frente a él.
—Hagamos esto: yo cortaré la leña y cargaré el agua. Usted cuide al bebé.
—¿Yo? ¿Que cuide a ese bebé?
Mirando el dedo varonil que señalaba al pequeño, Aubrianna asintió con una sonrisa.
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—¡Kyaa!
Kay, desconcertado porque esos labiecitos intentaban morder el cuero tosco de su ropa, se la subió apuradamente. Al ver la piel firme y descubierta empapada por la baba del bebé, Kay frunció el ceño.
—¿Tendrá hambre?
¡Tac!
El mazo que Aubrianna balanceó golpeó la cabeza del hacha, que estaba encajada en la veta de la madera. En ese instante, el tronco se partió en dos con un chasquido.
—¡Ya está! ¡Me salió!
Aubrianna se acomodó con la mano el gorro de piel de zorro que le tapaba los ojos y miró al hombre con aire triunfal.
—¿Qué tal?
—Recién vas uno.
respondió Kay con desgano, mientras se acomodaba para cargar mejor al bebé, que no dejaba de patalear.
—¿Pero este siempre se retuerce así?
Tal como dijo, el bebé se contorsionaba en los brazos del hombre extendiendo sus bracitos.
—Siempre es así.
El bebé apenas tenía tres meses, pero era más grande y fuerte que otros niños de su edad. Además, cada día estaba más curioso; si lo dejaban echado en la cama, no se quedaba tranquilo y empezaba a quejarse en voz alta.
—Al menos hoy el clima ha mejorado un poco.
La nieve, que no había dado tregua durante una semana, por fin paró y el sol asomó después de tiempo. Aubrianna, que se había pasado toda la mañana barriendo el patio nevado y ahora cortaba leña, se secó el sudor que le corría por la frente.
—Uff.
Cuando lo miraba a él hacerlo por la ventana, parecía de lo más fácil, pero ya sentía que los hombros y los brazos le temblaban.
Chu, chu.
El bebé, en brazos de Kay, empezó a mojarle la piel con baba y a frotar sus labios contra él. Kay, sobresaltado, se acercó de un tirón a Aubrianna.
Le entregó al bebé apuradamente y, mientras se sobaba el brazo, dijo:
—Parece que tiene hambre de todas maneras. Mientras le das de lactar, yo me encargo de la leña.
Como ya estaba cansada, ella recibió al bebé al toque y se sentó en una silla que estaba bajo la ventana de la cabaña.
—¿Tenías hambre? Ya, vamos a comer, pues.
Aubrianna sonrió con ternura al ver la carita de su bebé. Se echó hacia atrás la capa de Kay que llevaba para no sentir frío y desabrochó los botones de su vestido para descubrirse el pecho. Aunque era un día despejado y con sol, el aire seguía helado; se le puso la piel de gallina sobre su blancura y los pezones se le pusieron tiesos.
En cuanto el pecho, cargado de leche, desprendió ese aroma dulce, el bebé empezó a succionar haciendo ruido al tragar.
—Vaya, de verdad tenías mucha hambre.
Aubrianna le puso un pañuelo al costado de la boquita y lo abrigó bien con las pieles. Luego, se apoyó relajada en el respaldo y se quedó mirando al hombre cortar la leña.
¡Zas!
Con un solo movimiento, los troncos se partían al instante como si fueran cañas. Mientras el bebé tomaba leche, la leña se iba apilando rapidito.
En un abrir y cerrar de ojos, el hombre terminó de meter la leña a la casa y salió extendiendo la mano.
Ella lo miró sin entender qué quería, pero Kay cargó al bebé dormido y, al ver el pecho descubierto de ella, sus ojos se llenaron de deseo.
—Espérame aquí.
Tras susurrar eso con voz ronca, el hombre desapareció con el bebé en brazos. Aubrianna se cubrió el pecho con la ropa y se envolvió en la capa. Ignorando lo que él le dijo, agarró un cántaro pequeño, cruzó el sencillo jardín y salió de la cabaña.
Tup.
Al dar un paso soltando un vaho blanco por la boca, un mundo distinto se abrió ante sus ojos.
Sentía como si estuviera sola en un espacio inmenso y blanco. A lo lejos se veían unos cuantos árboles con nieve colgando de sus ramas; fuera de eso, todo parecía un vacío absoluto.
—Te dije que esperaras.
De pronto apareció Kay y le arrebató el cántaro de las manos. Luego, la llevó de vuelta a la cabaña jalándola del brazo con urgencia.
—Pero tengo que traer agua…
El hombre ni la escuchó y la empujó contra la pared trasera de la cabaña.
Aubrianna apoyó la mejilla contra la madera áspera y soltó un suspiro al sentir la mano fría del hombre colándose bajo su falda. Con tanto apuro la había traído que el gorro de piel se le cayó a la espalda y la capa, ya desatada por las manos de él, quedó desparramada en el suelo.
‘Lo que ha perdido es la memoria, ¿pero por qué se ha vuelto tan impaciente?’
Él siempre había sido un hombre calmado, relajado y dominante. Casi nunca la había tocado con esa desesperación que traslucían sus manos.
Él se bajó la ropa interior a la volada y hundió sus dedos fríos dentro de su intimidad, que irradiaba calor.
—Está calientito.
Esa frase susurrada le recorrió el oído a Aubrianna, haciéndola temblar ligeramente.
—¿Tienes frío?
Kay intentó dilatarla un poco más empujando los dedos mientras se desabrochaba el pantalón.
—Ahorita mismo te caliento.
Ella, con las manos apoyadas en la pared, se quedó pensando.
Según sabía, Kay había recibido una educación impecable para convertirse en duque. ¿De dónde habría aprendido a hablar y actuar como un tipo cualquiera de la calle?
Frunció el ceño y, justo cuando su miembro, duro como un garrote, intentaba abrirse paso, ella lo empujó.
—Aquí no quiero.
No es que hubiera alguien mirando, pero no tenía ganas de hacer las cosas así nomás, a la carrera, contra la pared trasera de la cabaña.
Ella empujó con los dedos el hombro de un desconcertado Kay y caminó hasta sentarse en la silla donde antes le había dado de lactar al bebé; una vez ahí, abrió las piernas.
Kay, con el rostro ensombrecido por la pasión, se quedó mirando los dos pequeños y hermosos pétalos rojos que se desplegaban ante sus ojos.
‘Maldita sea’
Tenía que mirarla más de cerca. Para él, que había perdido la memoria, ver esa intimidad brillando bajo la luz del sol era algo totalmente nuevo.
Casi sin darse cuenta, se puso de rodillas y gateó hacia la parte inferior del cuerpo de la mujer. Sus ojos estaban inyectados de un deseo delirante. Sus dedos, que acariciaban la piel suave y clara de los muslos, avanzaron lentamente hacia la flor.
—Mmm…
Con un quejido frágil, ella abrió más las piernas, invitándolo a pasar. Los dedos de él se abrieron paso entre el vello de un dorado más claro que el de su cabello, y empezaron a acariciar y frotar la entrada, que ya estaba empapada.
—Qué indecente eres.
—Ah… es por tu culpa.
Al escuchar ese susurro dulce, los oídos del hombre se deleitaron y su mirada se volvió afilada. La realidad empezaba a desvanecerse y su conciencia se nublaba. En su lugar, todos los nervios de su cuerpo ardían, exigiéndole con fuerza que entrara en ella de una vez.
—Me muero por entrar ahora mismo.
—No lo dudes más, ven.
A pesar de la invitación, el hombre vaciló un momento. Parecía estar debatiéndose entre si debía lamerla o simplemente penetrarla.
Sin embargo, los dedos de la mujer lo ayudaron a decidirse. Al abrir los pliegues con sus dedos, la entrada de ese hermoso orificio quedó a la vista.
—Apúrate.
Ese lugar parecía reunir la pulpa más sabrosa de todas las frutas rojas del mundo. Ante ese aroma dulce y húmedo que le abría el apetito, Kay decidió probarla primero.
Su lengua gruesa se hundió en la entrada y, al empujar con fuerza, un gemido de asombro escapó de los labios de ella.
—¡Ah…! Kay.
Chup, chup.
La presión con la que él sorbía su esencia hizo que los muslos de ella temblaran por sí solos.
—Ah… ahhh…
Sentía que sus propios gemidos melodiosos la iban a dejar sorda. Kay, para que ella no pudiera moverse, le apoyó los muslos sobre los hombros y empezó a lamer las paredes internas, revolviendo su lengua en círculos.
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