Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 64
—¿Qué le ha dicho el patrón?
Lazen preguntó mientras chequeaba de reojo a Sion. Desde que salieron de la casa de campo del conde Bellone, Sion no había soltado ni una palabra y andaba con una cara de pocos amigos.
—Dijo que vayamos al castillo del ducado y que esperemos allá.
—¿Y no le dijo nada más?
Sion asintió con la cabeza y le metió más velocidad al caballo; Lazen, que no quería quedarse atrás, le siguió el ritmo.
—¿Y cómo va su memoria? ¿Le ha dicho si ya se acuerda de algo?
Ante la pregunta de Lazen, Sion frunció el ceño. Había algo que le parecía bien raro.
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Sion, que estaba esperando a Kaylock en la sala de estar comiéndose las uñas de los nervios, escuchó el sonido de unos pasos firmes que se acercaban.
Oyó clarito cómo esos pasos se detuvieron un segundo justo en la entrada antes de retomar el ritmo hacia adentro. Sion levantó la mirada. No parecía un simple tic; vio cómo, por puro instinto, la mano derecha de Kaylock se acomodaba la manga izquierda.
—Duque.
—¿Con qué cara te atreves a poner un pie aquí?
Era el lenguaje perfecto de un aristócrata.
—Parece que ya se te curaron las costillas.
El hombre se acercó con una sonrisita burlona y los ojos que le echaban chispas.
—Duque… ¿por si acaso ya recuperó la memoria?
—No.
Le cortó la nota en una, seco, volteó la cara como si nada, pero Sion ya se había dado cuenta de la jugada. ‘¿Desde cuándo exactamente?’, pensó.
Al verle la cara a Sion, Kaylock soltó un suspiro corto. Como andaban juntos desde la época de la academia, no era nada fácil engañarlo. ‘Desde el saque supe que este no era un tipo fácil de agarrar de punto’, pensó Kaylock.
Kaylock se sentó con toda la frescura en el sofá y le hizo una seña al sirviente que estaba esperando. Tenía ese porte de hombre con poder que no se aprende de la noche a la mañana, por más que te den clases. Apenas le sirvieron el té, agarró la taza con una elegancia impecable y levantó una comisura de los labios.
—Gracias a la medicina que me diste, los recuerdos volvieron.
—¿Se acuerda de todo?
—Sí. De lo de antes y de lo de después de perder la memoria.
—¡Entonces! ¿También se acuerda de lo que pasó cuando estuvo desaparecido?
Kaylock tomó un sorbo de té antes de hablar.
—Lo he estado investigando por lo bajo.
—¿Y por qué no me lo encargó a mí?
—¿Y por qué tendría que hacerlo?
A Sion se le desencajó la cara por completo.
—¿Qué está diciendo? Usted sabe mejor que nadie lo leal que soy.
Su voz sonaba cargada de una indignación que hasta lo hacía temblar. Nadie sabía lo mucho que se había roto el lomo para sacar adelante el castillo del ducado mientras él no estaba y todo se iba al tacho. Pero la cara de Kaylock seguía más fría que un hielo.
—Sion.
—Dígame, duque.
respondió Sion, casi emocionado de que lo llamara por su nombre.
Por fin el verdadero duque había regresado. Ahora podrían botar a ese tal Cedric Corvill que se estaba tirando toda la plata del ducado y la gente por fin iba a poder vivir tranquila.
—¿De verdad crees que eres un asistente leal conmigo?
—Por supuesto. Soy capaz de dar la vida por cumplir sus órdenes.
—¿Y entonces por qué no cumpliste la orden que te di sobre Aubrianna?
Esa pregunta fue como un dardo que atravesó toda la sala.
—… Es que, este… yo…
—Cuando me fui a la guerra, te pedí una sola cosa.
Kaylock empezó a juguetear con la taza de té, dándole vueltas.
Se veía relajado, pero ni a balas lo estaba. No estaba bien recostado en la silla y el té solo se lo acercaba a los labios para hacer la finta de que tomaba.
Al contrario, Kaylock parecía un espadachín esperando el momento preciso para atacar. Tenía una frialdad tan afilada que sentías que, apenas bajaras la guardia, te iba a ensartar el corazón sin pensarlo dos veces.
—¿Te acuerdas, Sion?
—…….
—¿O ya pasó tanto tiempo que se te borró la cinta?
—…… No, señor.
Ella estaba en la última etapa del embarazo. Justo antes de que Kaylock se fuera a la guerra, Aubrianna, con su tremenda panza, solo se quedó mirándolo con una cara de que se le iba la vida en cualquier momento.
Si no hubiera estado a punto de dar a luz, se la habría llevado con él al frente, pero era imposible meter a una embarazada que podía parir en cualquier segundo en un lugar tan peligroso.
Por eso se lo encargó a Sion.
—Cuida de Aubrianna y del bebé hasta que yo regrese.
Kaylock repitió la orden que le había dado a Sion en voz alta, como saboreándola.
—Ya ni sé si te acuerdas. Porque, ¿sabes?, Aubrianna llegó hasta donde yo estaba cargando al recién nacido, aguantando todo el frío de esas tormentas de nieve infernales.
Crrr.
Kaylock apretó los dientes con tanta fuerza que se le marcó la mandíbula. Desde que recuperó la memoria, no dejaba de darle vueltas al asunto.
No le entraba en la cabeza por qué Aubrianna tuvo que andar vagando con un bebé por ese desierto de nieve donde solo te espera la muerte.
—¿Por qué fue así? ¿Ah?
¡Paj!
Kaylock no aguantó más la cólera y lanzó la taza.
Era una pieza de porcelana con flores que la condesa Bellone cuidaba como oro, pero la taza le dio de lleno en la cabeza a Sion antes de salir volando y hacerse trizas contra el suelo de la sala.
—Según lo que me dijo Aubrianna, parece que alguien le estaba metiendo veneno en la comida.
Sion sintió un salto en el pecho.
‘¿Será que ella no le contó las porquerías que hizo Cedric?’
—Seguro le daban de a poquitos para que no se muera de arranque. Así nadie sospechaba y podían decir que se murió de alguna enfermedad.
Sion se quedó calladito, con la boca bien cerrada.
—¿Quién fue? ¿La duquesa? ¿O fue la señorita Lott, que siempre le tenía ojeriza a Aubrianna?
—…….
—Tú tienes que saberlo. No hay ni una sola cosa que pase en el castillo que tú no sepas.
A pesar de que Kaylock lo estaba acorralando, Sion seguía sin soltar prenda.
Kaylock hizo un gesto con los labios, como si le diera risa la actitud de Sion.
—¿O fuiste tú?
Recién ahí Sion levantó la cara para mirar a su patrón.
—Jamás, duque. Se lo juro.
—Bueno, ahora los sospechosos se reducen a dos.
Kaylock le hizo otra seña al sirviente que estaba parado allá lejos, en la puerta.
Al toque trajeron otra taza de té, igual de fina.
—Por ahora te voy a creer. Ya, dime, ¿a qué has venido hoy?
Esta vez Kaylock se apoyó en el respaldo de la silla con más relajo, pero su mirada seguía estando bien filuda.
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Después de que Aubrianna subiera, Kaylock se quedó sentado frente a Agnes y se pasó la mano por la frente.
—¿Desde cuándo te acuerdas?
—Ya sabía que a usted no se le escapa nada, doña Agnes.
Kaylock respondió en tono de broma, haciendo una mueca, le contó que recuperó la memoria justo el día del juicio de Aubrianna.
—Parece que todavía no llega el aviso oficial, pero lo más probable es que la reina asista a la fiesta que se va a armar dentro de poco.
—¿Qué?
¿La reina Marcella va a venir al norte? La cara de Agnes era un poema, no podía ocultar su sorpresa.
—¿Pero ella no detestaba el norte? Si hasta le tenía tirria.
—Sí, así es.
El abuelo de Marcella era un empresario de Alandor que, hace treinta años, vino a estas tierras para encontrarse con la tribu Carnu y terminó siendo asesinado de forma terrible. Marcella, que en ese entonces era una niña, quedó traumada y pasó del odio al asco total por los Carnu; es más, le agarró bronca a todo el norte solo porque, según ella, no evitaron la muerte de su abuelo.
En el norte tampoco es que la quieran mucho. Después de lo que le pasó al abuelo de Marcella, las cosas con la tribu Carnu se pusieron color hormiga. Además, apenas ella se volvió reina, les declaró la guerra y cortó toda comunicación, así que ahora todos los años, por otoño, el norte tiene que aguantarse los ataques de los Carnu.
Por si fuera poco, cuando siente que el norte se le retoba o no le hace caso, ella se las arregla mañosamente para restringir los suministros que vienen de Alandor, dejándolos bien parados de cabeza.
—¿Y a qué diablos viene una reina así por acá?
—Quién sabe, hijo.
Agnes seguía con una cara de desconcierto total. Ella y la reina Marcella nunca se han pasado, ni a balas. A diferencia de Agnes, que siempre fue la reina de las reuniones sociales, Marcella nació y creció en Alandor, una ciudad comercial, así que no manejaba los modales de la alta alcurnia con tanta cancha como ella.
Por ahí corre el chisme de que, cuando Marcella entró al palacio después de casarse, la comparaban tanto con Agnes que le terminó agarrando un resentimiento tremendo.
—Con razón usted no se asomaba por la capital hace tiempo.
—Es que no quería líos, quería evitar el choque.
Agnes era prima del rey, como él no tenía hermanas, siempre la había engreído desde chiquita.
—Su majestad siempre fue muy bueno conmigo. No quería ponerlo en un compromiso ni que se sintiera mal.
Hubieran podido ser como hermanas, pero la reina Marcella era bien desconfiada y especial; siempre andaba a la defensiva y le hacía la vida imposible a Agnes.
—Fue por esa época que murió Cecilia y me enteré de que necesitabas a alguien que te cuidara.
Así fue como Agnes terminó en el norte, se casó con alguien de una familia de por aquí y nunca más volvió a la capital.
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