Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 62
—Parece que estás cansadita.
Ante la mirada preocupada de Agnes, Aubrianna se sintió un poco corta, dijo que estaba bien y tomó un sorbo de té.
—Es verdad. Y eso que Kaylock y yo, que venimos de montar a caballo, estamos como si nada…
Así era. La cara de Kaylock hasta brillaba de lo radiante que estaba.
Eileen, con movimientos ligeros, se metía fruta a la boca y, mientras masticaba, le invitaba a Kaylock. Se les veía tan cercanos que Aubrianna prefirió voltear la cara y se puso a juguetear con el escote de encaje que llevaba al cuello.
‘Póngase esto. Como el almuerzo es en el jardín, le va a quedar bien’.
Al recibir el pañuelo, se dio cuenta de que tenía demasiadas marcas en el cuello y le daba mucha vergüenza que la pequeña René la viera así.
‘Gracias’.
‘Ya no me hable de ‘usted’, por favor. Usted es la mamá del joven amo’.
Parece que a René le había estado incomodando eso y por fin soltó lo que pensaba. Sin embargo, Aubrianna todavía tenía el rango de empleada, así que no podía hablarle de ‘tú’ a René, que era la hija de un barón.
Con una sonrisa algo triste, Aubrianna dejó la respuesta para después y se sentó a almorzar por invitación de Agnes.
—Qué rico es comer así en el jardín. El clima ya está calentando bastante.
dijo Eileen mientras comía un bocadito, disfrutando de la brisa primaveral. Aubrianna, en silencio, movía unos frutos secos de un lado a otro con el tenedor.
—Es cierto.
Kaylock le dio la razón mientras pasaba la mano suavemente por la mesa redonda.
—Ayer hice clases aquí y, como el sol estaba tan rico, sentí que las lecciones se me quedaban grabadas al toque.
¡Fuuu!
A Aubrianna se le encendieron los cachetes al máximo. El lugar que Kaylock estaba acariciando era exactamente el sitio donde ella había abierto las piernas para recibirlo. Menos mal que la mesa tenía mantel, porque si no, capaz hasta habrían quedado rastros de lo que ella derramó.
Solo de pensarlo le dio tanta plancha que cerró los ojos con fuerza.
—¡Vaya! Parece que Theo ya se despertó.
Al escuchar a Agnes, Aubrianna volteó y vio a René caminando hacia ellas con el bebé en brazos, que se estaba sobando los ojitos. Aubrianna se levantó apurada para cargarlo.
—Upaaa-m.
Seguía con sus balbuceos que nadie entendía, pero su manito se fue directo al pecho de su mamá.
—Parece que se despertó de su siesta con sed.
comentó Kaylock. Agnes sonrió y se levantó para que ella pudiera darle de lactar tranquila.
Eileen, con cara de pocos amigos, miró de reojo a Aubrianna con el bebé antes de levantarse también, por sugerencia de Agnes, para caminar un poco por el jardín.
Apenas se perdieron de vista, Aubrianna se acomodó la tela suelta del vestido y pegó a Theo más hacia ella.
—Esa moda de ahora no me convencía mucho, pero veo que para dar de lactar es bien práctica.
—Es verdad.
Si no, hubiera tenido que usar un vestido con botones, es un lío tener que desabotonarse uno por uno con el bebé llorando de hambre.
Como estaban afuera, el bebé estaba curioseando todo con una carita llena de asombro. Theo tomó un poquito, pero al rato soltó el pezón y se puso a mirar por todos lados.
—Como ahora está comiendo papillas, ya no quiere succionar tanto, ¿no?
Apenas terminó de decir eso, la mano de Kaylock apretó el pecho que estaba al descubierto.
—¡Kaylock!
Ella lo llamó en voz baja, muerta del susto, pero a él no le importó. Se puso a masajear la firmeza y la suavidad de su piel como disfrutándola, luego le dio un tironcito al pezón que todavía tenía una gota de leche.
Aubrianna se mordió el labio y lo miró con furia, pero Kaylock, con una cara de lo más fresca, soltó su mano y se lamió los dedos mojados.
—Y eso que todavía sabe tan dulce. Si no hubiera nadie, yo mismo me la acabaría.
Ante el susurro del hombre, Aubrianna se tapó el pecho a toda velocidad. Theo empezó a forcejear porque quería bajarse, así que Kaylock lo cargó.
—Ya, ya. ¿Vamos a ver las flores y los árboles? Escucha, hijo: un hombre tiene que saber apreciar las flores. Solo así podrá regalárselas a la mujer que ama.
Le guiñó el ojo a Aubrianna y se alejó con el bebé.
‘La mujer que ama…’.
Agnes había sido muy buena y le dijo que podía cortar las flores del invernadero cuando quisiera. Pero Kaylock se lo tomó tan a pecho que siempre llegaba a su cuarto con un montonón de flores, como si quisiera vaciar el invernadero entero. Gracias a eso, su habitación siempre olía riquísimo.
¿Sería esa la forma en que Kaylock le demostraba sus sentimientos? Si era así, pensó ella, tal vez debería tenerle un poco más de paciencia.
Aubrianna se quedó mirando a los que ya estaban regresando. Agnes, que al principio trataba con frialdad a la joven Lotte, ahora la llamaba ‘Eileen’ con cariño. Incluso Eileen se veía muy dulce hablándole al pequeño Theo que Kaylock cargaba; parecían una familia de verdad.
Aubrianna se apoyó en la silla y esperó a que llegaran a la mesa.
—A Eileen de verdad le encantan los bebés.
—Es que yo siempre quise casarme joven y tener un montón de hijos.
La forma en que Eileen miraba a Theo ahora era totalmente distinta a la del principio.
—Pero…
Eileen clavó su mirada en Aubrianna.
—¿Sabía usted? Últimamente en la capital se han descubierto tantos ‘pichones de cuco’ que se ha armado un escándalo total.
—¿Pichones de cuco?
preguntó René, que tenía permiso para almorzar con ellas y andaba mordisqueando una galletita.
—Sí. Resulta que las amantes de algunos aristócratas mayores han dado a luz, hace poco, a hijos bastardos con colores de pelo y ojos totalmente distintos a los de ellos. Y encima tienen el descaro de pedirles que se hagan responsables, o hasta les exigen matrimonio.
Se refería a esos nobles de edad avanzada, viudos que ya habían casado a todos sus hijos y que, por sentirse solos, se conseguían una amante. Muchas mujeres jóvenes buscaban eso: cuidarlos hasta que estiren la pata para quedarse con la herencia.
—¡Ay, no!
René se tapó la boca, sorprendida. Eileen aprovechó para preguntar:
—El bebé se llama Theo, ¿no? Qué hermosos ojos, tiene un azul celeste precioso.
Lo dijo con una expresión de burla descarada. Aubrianna apretó los puños con fuerza.
‘Se atreve…’.
Podía aguantar que la insultaran a ella, que la trataran de cualquiera. Pero que insultaran a Theo… eso sí que no. Sus dedos se pusieron blancos de tanto apretar.
—Gracias.
soltó Kaylock con una risita seca mientras miraba los ojos de Theo.
—Era el color de ojos de mi madre.
Al escuchar eso, Eileen se quedó fría y apretó los labios, toda avergonzada.
—Es el mismo color de mi querida amiga, Eileen.
Eileen ya no supo qué decir, así que puso trompa y se refugió en su taza de té.
—Realmente era una mujer hermosa.
recordó Agnes con nostalgia. Aubrianna se inclinó hacia adelante, interesada.
—¿Y cómo fue que se hicieron amigas?
Tenía mucha curiosidad. La mamá de Kaylock… Aubrianna casi nunca había conocido a nadie más que a su propia madre que supiera algo de los Blanc Goer.
—Debutamos juntas en la sociedad
—Yo era de la realeza, así que todos me trataban bien, pero Cecilia tenía un carácter… que bueno. Siempre terminaba siendo la protagonista de algún escándalo.
—¿Y cómo era su carácter?
Kaylock se sentó discretamente al lado de ella y le tomó la mano. Aubrianna no se la soltó; al contrario, le apretó la mano también.
—Siempre paraba llena de curiosidad y tenía un sentido de la justicia muy fuerte. Normalmente era bien tranquilita, pero si veía que alguien salía lastimado, era la primera en saltar para arreglar el problema.
—Parece que era bien traviesa de chica.
comentó René, tomando su leche calientita con miel.
—Sí, René. Tenía justo tu edad.
—Pero yo no soy traviesa. Yo soy bien madura.
protestó la niña. Aubrianna asintió dándole la razón; René sí que era una niña muy centrada para su edad.
—Este bebé tiene el mismo color de pelo y de ojos que Cecilia. Por eso me hace extrañarla más.
—¡Vaya! Con razón el bebé es tan churro.
Apenas escuchó lo que dijo Agnes, Eileen cambió de actitud al toque. Se levantó y se acercó a Theo, que estaba en brazos de Kaylock.
—Es un azul cielo que me hace pensar en un día despejado después de la lluvia. Qué lindo.
—¿Quieres cargarlo?
le ofreció Kaylock. Eileen dio un salto hacia atrás, asustada.
—No, no. Es que mi vestido tiene demasiadas joyas.
Y era verdad, su ropa estaba tan forrada de pedrería que ya hasta se veía exagerada.
—¡Ay, qué linda! ¿Lo dices para no lastimar a Theo?
—No, es que tengo miedo de que me arranque mis joyas.
Se le escapó la verdad y, al darse cuenta del desplante, Eileen forzó una sonrisa y cambió de tema rápido.
—Como sea, qué bueno que no sacó ese color de ojos tan raro de la señorita Morel.
Eileen se puso el sombrero que se había quitado, ahora que el sol del mediodía estaba más fuerte.
—He oído que ahora viven muchos Blanc en la capital… Hace poco, en un baile, saludé a unas cuantas señoras Blanc que se habían casado con nobles de Trira.
Eileen recalcó lo de ‘señoras’ y empezó a abanicarse mientras murmuraba:
—Pero ninguna de ellas tenía los ojos rojos.
Luego, volvió a mirar a Kaylock y le preguntó:
—Duque, usted dijo que últimamente siente que está recuperando la memoria, ¿no? ¿Cómo va eso? ¿Se ha acordado de algo más?
Aubrianna se quedó tiesa.
¿Recuperando la memoria? ¿Será que se empezó a acordar de cosas por haber conocido a la joven Lotte?
Kaylock levantó la mano despacio y se acarició la barbilla.
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